El misterio de la iglesia

La celestina que atormentó mis años escolares me miró con sonrisa de empatía forzada y me contó una historia con la esperanza de que aquel golpe de suerte que me hizo lucir por algunas semanas como una leyenda tanto de la investigación como de la resolución de crímenes aun estuviese latente en mí y la librara de este misterio que le perturbaba.

Yo solo pensaba que ella perdía su tiempo, que yo no le iba a ser útil en nada, pero el recuerdo de mi ex fallecida, razón por la cual estaba allí, hizo que me callase y escuchase con atención la historia de esa mujer.

Ella me dijo que para estos días tenían planificado una actividad social que consistía en ir a una de las comunidades a las afueras de la ciudad para promover la lectura entre los niños que allí vivían.

Cuando dijo eso, asumí que tal actividad explicaría la visita que mi ex tenía planificada por estos lares.

La mujer continuó diciendo que la actividad fue suspendida porque ocurrió algo que, hasta los momentos, nadie había podido explicar pero que, de acuerdo con las leyes vigentes, no se trataba de un crimen así que no iban a llamar a la policía pidiendo ayuda.

Dijo un par de cosas más, pero yo estaba distraído pensando en qué sería de su hija y sus aspiraciones de luchadora y eso me resultaba graciosos porque en toda mi vida jamás había conocido a una luchadora municipal, mucho menos en esta ciudad, creo que podría afirmar que ni siquiera en el país.

Cuando me percaté de que no estaba prestando atención, abrí mucho los ojos, sacudí la cabeza y proferí un resonante «umjú» como pensé que lo haría quien asiente algo que ha escuchado y comprende perfectamente.

Ella continuó diciendo cosas aleatorias y cuánto le dolía que la actividad planificada todavía no se había podido llevar a cabo. Me contó cosas de gente que yo no conocía y que ella asumía que sí. Yo solo decía expresiones tipo: «ya», «¿en serio?», «entiendo» y las demás cosas que supongo que dicen las personas que prestan atención cuando escuchan una historia que les interesa.

Como sentía que el tiempo se había detenido y sufría un castigo de tortura intolerable por todo el tiempo que había pasado sin asistir a la iglesia desde que terminé la universidad, tomé un fuerte sorbo de mi propia saliva como para agarrar las fuerzas que necesitaba para interrumpir su cuento interminable.

Pero de nada sirvió, me salió un sonido muy raro como cuando una persona traga algo que sabe muy mal y hace una especie de arcadas con la intención de sacarse ese sabor de la boca. Ella me miró raro y siguió hablando de las muchas cosas maravillosas que los niños de las comunidades estaban perdiendo y toda la gente que quería ayudar.

Entonces, sin pensar mucho y teniendo presente que estaba allí para recabar información que me ayudase a saber qué había pasado con mi ex, le pedí que me dijese concretamente qué había ocurrido y cómo podía ayudarla.

«Bien, bien, cierto», dijo la mujer y continuó diciendo que la actividad de promoción de lectura se había suspendido porque alguien había borrado de la computadora de la iglesia el archivo que contenía la planificación final de la actividad y los números de teléfono de las personas de la previamente contactados a quienes debía llamar antes de ir a la comunidad, y a ella le daba vergüenza reconocer lo mala que era para la informática y el pesar que le causaba decir que no tenía más respaldos del archivo.

De modo que, ella no le había contado de eso a nadie y había estado posponiendo el evento una y otra vez dando excusas poco creíbles como que faltaba afinar detalles logísticos y que no se había podido comunicar con las personas de la comunidad.

Yo pensé que el archivo fácilmente se encontraría en la papelera de reciclaje de su equipo y cualquier persona que supiese lo mínimo acerca de cómo usar un computador la hubiese ayudado sin problemas. Pero también pensé que yo no era nadie para juzgar la forma en que las personas lidiaban con su vergüenza, que las vergüenzas pertenecían a sus portadores y que ellos deberían decidir si exhibirlas o no.

Le dije que la podía ayudar sin problemas, que me mostrara la computadora, que me diese un par de minutos y que su archivo se recuperaría sin mayores dificultades.

Ella replicó que le parecía bien, pero que lo que más le perturbaba era saber quién había cometido la afrenta de borrar su archivo porque estaba segura de que ella no había sido ya que el día del incidente ella encendió el computador y, antes de abrir el archivo para mandarlo a imprimir como tenía pensado, la llamaron para un caso de consejería matrimonial y eso para ella siempre era un tema de suma importancia, los consideraba emergencias. Así que, ella fue a atender a la pareja que buscaba ayuda divina para su relación y cuando volvió, el archivo no estaba, alguien lo había hecho desaparecer.

Entendí su preocupación y me pareció sensata, así que le dije que primero intentaríamos recuperar el archivo y luego buscaríamos al culpable.

Ella me llevó hasta un escritorio que estaba cerca y solo hasta ese entonces me di cuenta de que ella parecía llevar ropa que dejó de estar a la moda, si alguna vez lo estuvo, como hace tres décadas atrás; pero, en serio, aunque su forma de vestir no era asunto mío, no podía dejar de fijarme en ella porque parecía sacada del elenco de la película Volver al futuro.

Me senté en el escritorio, noté la laptop algo desactualizada, me senté y, efectivamente, al buscar archivo, este estaba en la papelera de reciclaje junto a otros documentos también recientes que restauré por si acaso la mujer los llegase a necesitar posteriormente.

Ella me veía como si yo fuese Mark Zuckerberg en su mejor momento y yo le dije que eso era algo muy sencillo y le expliqué lo que podía hacer si volvía a perder otro archivo de texto, pero ella era mostró ser una de esas señoras tercas que, si no sabe mejor que tú, inventa excusas absurdas de por qué es incapaz de realizar la acción sencilla que le estás enseñando.

Contenta con la recuperación de su archivo, lo mandó a imprimir en un proceso que le tomó como unos eternos tres minutos. Mientras la impresora hacía sus ruidos molestos, me dijo que ahora la debía ayudar a descubrir quién había sido la persona que le había hecho pasar tales penurias y afectar los procesos lectorales de unos pobres niños.

Yo le pregunté que quién tenía acceso a esa laptop, ella dijo que solo ella la usaba porque había sido asignada a las labores que le concernían y no dejaba que más nadie la usase, pero ese día dejó, como siempre, la puerta abierta y había una reunión de jóvenes por lo que temía que alguno de ellos hubiese entrado a perjudicarla solo para pavonearse entre sus amigos al contarles de su acto de maldad secreto.

Volví a mirar la laptop y noté que por el borde inferior de la tecla Delete había una especie de manchita colorida, me acerqué un poco más para ver de qué se trataba y me pareció una especie de barniz transparente muy brillante como el que se ponía mi abuela en las uñas porque eso y que las fortalecía y las hacía crecer mejor que el pelar ajos. Teniendo eso presente, y recordando el olor asfixiante que desprendía la señora de limpieza que me recibió, le pregunté si ella tenía la costumbre de pintarse las uñas cerca del computador.

La mujer puso sus manos casi a centímetros de mi cara y me dijo que notara que ella no tenía esa costumbre porque los quehaceres de la casa no le permitían darse esos lujos ya que cuando fregaba se le caía toda la pintura y le incomodaba lo mucho que le molestaba tener que pintarse las uñas tan seguido.

En ese instante, la señora de limpieza se acercó para informarle a mi antigua celestina que tenía otra reunión en breve. Cuando la vi, sentí la euforia de mis días de Wishbone y le pregunté sin pensarlo mucho cómo había borrado el archivo de la computadora y por qué no había dicho nada.

La señora de limpieza comenzó a llorar y entre sollozos y resoplidos de nariz confesó que aquel día ella venía hasta esta oficina para desestresarse un poco y hablar con ‘la jefa’, como llamaba a la celestina de mi infancia, pero que como ella no estaba en ese momento, se sentó en el escritorio y se puso a «echarse un brillito en las uñas», pero que sin querer le cayó una gotita al teclado y que cuando ella procuró limpiarla, vio que salieron unas cosas en la pantalla y que cuando quitó la mano, ya las cosas ya no estaban y ella dejó eso así y se fue.

Asumo que le dio a la tecla de borrar y sin querer presionó sí a una advertencia que le preguntaba si estaba segura de eliminar el archivo.

Las dos mujeres se abrazaron y empezaron a gemir mientras soltaban confesiones de afecto. Yo, motivado por la desesperación, solo quería llevarme las manos a la cabeza y arrancarme los pelos, mas no lo hice porque he aprendido a apreciar los cabellos que me quedan.

Luego de su ritual afectivo, ambas me preguntaron que cómo había sabido lo que había ocurrido con el archivo.

Antes de que dijesen que yo era un excelente detective y volviese a salir a relucir la historia de la vianda de pasta con salsa roja, les dije que no lo sabía, que pregunté fingiendo saber probando suerte porque noté un poco del esmalte transparente que me recordaba al que usaba mi abuela y que cuando llegué sentí el fuerte olor a uñas recién pintadas.

Las dos mujeres rieron y me dijeron que yo era un santo. Yo solo sonreí apretando mucho la boca al punto de que mis labios casi desapareciesen y que mis ojos se entrecerraran.

Estaba a punto de decirle a la mamá de la fan de la lucha que aún no había cumplido el propósito de mi visita y ella, como leyendo mis pensamientos me dijo que volviese al otro día porque, como había escuchado, ella debía atender otros menesteres. Pero que mañana me atendía sin falta.

¿Y qué más podía hacer?

Mañana seguiría con mi búsqueda.