El cogitabundo

Mientras caminaba de vuelta al apartamento me pregunté: «¿Cómo puedo ser tan bueno en resolver casos que no me interesan y ser incapaz de recordar detalles sencillos de la persona que más amé?».

Así es, reconocí que la había amado, no es algo que reconozca a menudo y no sé cómo me sienta al respecto, porque si alguien prestara atención a mi vida, notaría que en estos últimos días he estado más interesado en saber qué pasó con ella que en procesar un duelo o padecer una pena.

¿Será porque en verdad sí fui parte de lo sucedido? Ahora, no lo sé o sepulté ese recuerdo entre el montón de cosas que arranqué de mi vida como quien tiene la afición de desprender las etiquetas de todo lo que compra.

Eso ha sido un rasgo de mi vida, olvidar cosas que se pierden en los bifurcados caminos de mi memoria. Quizá se deba a los muchos traumas vividos, es que no recuerdo haber sido un niño feliz. O, tal vez, sí lo fui y cual hombre prototípico de Schopenhauer, soy como un erizo que se abraza a las espinas de los otros y siente cierta culpa de la felicidad, así que voy por la vida saboteando la dicha como si no la mereciese.

Aunque, también podría ser que mi felicidad depende de sentirme al límite de la desdicha, como si rozar la tristeza fuese mi secreto para la estabilidad. Fuese como fuese, todas las cosas que pasaban por mi cabeza y nunca eran pronunciadas podrían servir a un psicólogo con problemas financieros ya que tendría en mí, más que un paciente, un cliente fijo por mucho tiempo.

Volviendo al tema del amor, si es que en verdad he llegado a conocerlo, pienso que llegué a amar a mi desaparecida ex porque cuando pienso en los días que estábamos juntos, no suelo hallar miseria. Vale, sí hubo momentos de ira, celos, inseguridades e incluso hastío, pero no miseria y creo que el amor se extrapola a lo miserable.

Es que en la miseria no hay sosiego, bueno, para quien la padece, quien la observa puede encontrar un circo de la lástima que avivará sus sentidos.

Ahora bien, yo de amor no sé mucho y parece que lo equiparo con la tranquilidad. ¿Será por eso que hay matrimonios que duran tanto? ¿Por la tranquilidad de no tener que buscar pareja al saber que hay alguien que te soporta y con quien puedes despertar hasta en esos días en los que tus pelos se rebelan y tu aliento podría hasta secar la grama? ¿Será el amor tranquilidad?

¿Por qué dije que la amaba?

Afirmaría que fue un impulso, pero no me arrepiento de haberlo dicho. ¿Será porque con ella descubrí los placeres carnales y eso me une a ella de forma muy especial? No lo sé, quizá no es eso, tampoco éramos como perros en celo que no podían estar sin apareándose; además, casi siempre estábamos en espacios públicos o vigilados por una madre que llevaba galletas o sándwiches motivada más por preservar un ideal de hijos inmaculados que por el interés de que sus retoños se alimentasen. ¡Vaya necedad! Ja ja.

¿A quién se le habrá ocurrido eso de montar una vigilancia a sus hijos cuando estos se enamoran? Alerta de spoiler a los padres: sus hijos saben cuando ustedes andan de vigilantes de la virginidad, es que los padres así exudan un olor a preocupación muy distinto y más abundante al que emanan cuando se preocupan por si sus hijos han comido o si han salido mal en alguna tarea del colegio.

Por cierto, nunca he entendido la obsesión de la mayoría de las mujeres por las bodas y los vestidos de novia. No le veo el encanto en esperar que un hombre la entregue a otro hombre y, por si aquello no fuese mucho, ir callada y vestida de blanco para que todos sepan que, además del pediatra y el ginecólogo, ningún otro hombre ha visto o tocado sus “partes pudendas”. Es más, parece que esa tradición la inventaron vendedores porque ¡vaya que son caras las bodas! y los vestidos de novia cuestan lo mismo que un viaje de negocios.

Entonces, ¿a qué me referí cuando dije que la amaba? No puede ser solo sosiego. ¿O sí? Creo que la respuesta se puede resumir en que cuando ella me abrazaba quería detener el tiempo y sentir como si el mundo desaparecía y solo éramos nosotros dos. Pero ¿no es eso algo mezquino? No creo que el amor sea así de egoísta y que amar sea simplemente saber que te sientes bien con alguien que puede tocar tus genitales sin que te moleste.

Aunque, también, si tanto la amaba ¿por qué no supe nada de ella por tanto tiempo y su existencia me era indiferente? Bueno, que me haya alejado de ella no significa que jamás hubo amor, solo es evidencia de que preferimos caminos separados, o al menos yo lo hice así y a ella no le quedó de otra que seguir con su vida.

Es que no creo que lloraría por alguien que no amase, y ese sueño de ella en la plaza me deshidrató por los ojos una lágrima a la vez.

¡Qué feo es llorar! ¿No? Digo, no es normal que a alguien le guste que lo vean llorar y no he escuchado a la primera persona que diga que lo disfruta. Cuando lloras expones tus vulnerabilidades, llorar es peor que sangrar porque es como si tu alma se desangrase a chorros y no hay puntadas, antisépticos, vendas ni curitas para ello.

¿Cuándo habrá sido la última vez que ella lloró?

¿Habré dejado de amarla y solo rememoro con simpatía los buenos momentos que tuvimos juntos? No estoy seguro de ello gracias a una película que vi hace tiempo.

Hablo de (500) Days of Summer, una película de 2009 en la que el protagonista cree haber encontrado al amor de su vida y que compartirá todos sus días con ella en suma felicidad por toda eternidad hasta que la vida misma pasa y ellos toman caminos distintos porque los planes de cada uno apuntaban a direcciones opuestas.

En la película, el protagonista está hablando con su hermana menor acerca de la chica que amaba y con quien ya no está y la jovencita le profiere con total naturalidad las siguientes palabras de sabiduría que he intentado tener presente cada día de mi vida: «Creo que solo estás recordando las cosas buenas. La próxima vez que mires hacia el pasado, yo, ah, de verdad creo que deberías mirar con atención».

Y yo miro con atención nuestra relación, recuerdo que me parecía terrible que le gustara rayar mis libros, oler mi ropa o registrar mi billetera, pero cuando nos abrazábamos no hacía nada de eso, todo era sublime, apacible y en cámara lenta.

¿Será que dejé de amarla y por eso afronto de forma tan rara su muerte? ¿En qué momento pasé de querer fundirme con ella en un abrazo infinito a la indiferencia y a las lágrimas ocasionales cuando tengo sueños de lo que pudo ser y no permití que fuese? ¿Será que dejar de amar a alguien y saber que sí amé sufriendo lo mínimo es mi superpoder y soy parte de los X-Men pero tengo la habilidad más inútil de todas?

Bueno, suficiente, ya basta de estar elucubrando tantas tonterías. No soy Walter Riso, no publico 47 veces el mismo libro diciendo generalidades acerca del amor y las parejas cambiando solo una cosita por aquí y otra allá ni me he autoproclamado experto tanto en las artes amatorias como en la emancipación sentimental más allá de los cónyuges.

Además, no sé qué tanto he caminado; pero por lo visto no es mucho porque aún no he salido de la iglesia y puedo ver a la señora encargada de la limpieza con su mano extendida diciéndome adiós.