Lo que me faltaba
Después de que el muchachito se fue al salón, me dirigí a la oficina donde atendían a las personas que necesitaban información con respecto a la iglesia.
Para mi colección de desgracias recientes, parece que ese día todo el mundo estaba ocupado, bueno al menos eso me dijo una señora como de 50 años que era la encargada de la limpieza a la que recuerdo muy bien porque desprendía un olor muy fuerte como de esmalte de uñas súper tóxico y porque ella movía las manos como las movía mi abuela cuando recién se hacía la manicura. De modo que, la única persona que en esos momentos podía atenderme era la mamá de una muchacha que cuando éramos niños querían meterme por los ojos y no me gustaba para nada.
Entré a la oficina y al verla recibirme dije en mi mente: «¡Excelente! Lo que me faltaba, una celestina».
Lo que pasaba con su hija es que era de esas niñas que les gusta jugar con golpes, no que fuese violenta en el sentido que son violentas las personas que reciben castigos físicos, sino que me parecía que en su casa veían la MMA o lucha libre y cada vez que era tiempo de jugar, la niña se ponía a repartir montadas, ejecutar sumisiones, patadas voladoras, candados contra el suelo y demás.
A mí de niño solo me gustaba correr como loco, pretender ser un superhéroe, imaginar ser un pistolero y hablar de videojuegos, no recibir azotes y vapuleos de una niña que era fan de Hulk Hogan y una vez llevó a la escuela una franela que tenía estampada la foto de Jean-Claude Van Damme haciendo un split perfecto sobre un par de banquillos.
Pero lo peor no era ella, ni sus juegos físicos violentos, sino su mamá y las muchas formas en las cuales pretendía conspirar con la mía para emparejarnos. O sea, digo ¿qué niño anda pendiente de planificar su boda y mucho menos con una muchachita que quiere inmovilizarlo o ponerlo contra las cuerdas?
A esa señora le fascinaba tomarnos fotos juntos y luego cortarlas en forma de corazones y enviárselas a mi mamá, quien, por cierto, a veces le seguía el juego.
Recuerdo una vez que para navidad hicieron una presentación en la iglesia donde a mí me tocó ser San José y a ella la Virgen María. Esa mujer pasó todo el evento grabando y llorando. Además, decía en voz alta cosas como que estaba viendo nuestro futuro y que le daríamos innumerables nietos. Aún debe haber por ahí regadas algunas de las decenas de fotos que nos tomó sosteniendo a un muñeco que esa noche sirvió de Niño Jesús.
Para mí, eso era una forma de acoso y yo me sentía indefenso. Por la edad que tenía, solo recuerdo que lo que hacía ante sus impulsos celestinos era correr como loco gruñendo como un hombre de las cavernas, mascullar frases como «ya, señora, deje así» y evitar, a toda costa, acercarme a ella.
La persecución con intenciones de aparejamiento infantil de esa señora siguió por años, incluso durante mi tiempo de bachillerato, lo más interesante es que su hija parecía ni enterarse, nunca hubo insinuaciones de su parte ni comentarios al respecto. Aunque yo casi no hablaba con ella, no recuerdo que jamás hayamos comentado nada al respecto, creo que la vez en que más interactuamos fue cuando en un retiro de la iglesia tuvimos que hacer grupo para hablar de nuestras aspiraciones para el futuro y ella dijo algo de hacerse luchadora profesional. Y si eso no fue lo que dijo, es lo que recuerdo.
Esa vez, creo que le dije que en mi adultez quería ser alguien como Batman, un tipo que nada en dinero, parece que trabaja poco y hace lo que le place por la noche sin que nadie sepa quién es. Pero, bueno, aquí me ven siendo un tipo que solo consigue trabajos eventuales, su desaparecida ex falleció en condiciones muy inusuales, está siendo interrogado por agentes policiales y, al parecer, tiene como pasatiempo perseguir un mapa que no lo lleva a ningún lugar.
Cuando entré a la oficina, a la mujer se le alumbraron los ojos como de felicidad, pero casi al instante bajó y desvío un poco la mirada como en señal de vergüenza, quizá, procuraba evitar que preguntara por su hija. Y ese tema lo evité a toda costa.
Antes de preguntarme el porqué de mi visita, ella dijo que Dios estaba respondiendo sus oraciones. En ese instante respiré profundo, estaba pensado en que ella volvería a su intromisión con fines casamenteros, mas no fue así.
La mujer me dijo que había sucedido algo y ella recordaba que, cuando yo era más joven, ayudé a uno de mis amigos a resolver un misterio.
Bueno, no fue un misterio en sí. Resulta que para una actividad deportiva del liceo donde su hija y yo estudiábamos, fuimos enviados a otro estado a jugar voleibol. Era una actividad que duraría solo por el fin de semana y nos pidieron ir desayunados y que llevásemos el almuerzo listo para comerlo al llegar o cuando fuese el momento de comer.
Todos llevábamos loncheras, Tuppers, o sándwiches en bolsas herméticas tal como nuestros profesores lo habían solicitado.
Cuando se hizo la hora del almuerzo, todos sacamos nuestras comidas y el envase de mi amigo estaba vacío. Según él, había llevado pasta con salsa roja, pero nosotros no veíamos nada, solo un plato vacío, muy limpio, y ni en la tapa había rastros de salsa de ningún color.
Por un segundo, no le creí a mi amigo y pensé que no había llevado comida, que la había olvidado o algo así, pero él no mentiría por algo tan simple y si quisiese otra comida podía comprarla porque su papá siempre le daba más dinero del que necesitaba, incluso cuando llevaba comida o merienda a clase.
Él dijo a los profesores a cargo del viaje y ellos preguntaron a todos, pero ninguno confesó haber robado o tomado por error la comida de nadie. Ellos también pensaron que mi amigo había olvidado su almuerzo porque no había evidencias de la comida que él afirmaba haber llevado. Además, uno de nuestros compañeros había llevado sándwiches demás y le ofreció un par para que no pasase hambre.
Como esa vez le creí a mi amigo, le dije que me prestara otra vez su Tupper; cuando él me lo pasó, le quité la tapa y le di una olisqueada como si fuese un perro porque me acordé de que hace mucho había visto en la TV a un perro llamado Whishbone que una vez resolvió un misterio disfrazado mientras portaba un disfraz de Sherlock Holmes.
Aunque quedaba muy poco del olor de la salsa roja de tomates y orégano, lo que más llamó mi atención fue el aroma a toallitas húmedas que se podía percibir cuando le acercabas bastante la nariz al envase.
Recuerdo que sonreí como si hubiese descubierto la identidad del fulano informante norteamericano que solían llamar Garganta Profunda. Pero faltaba algo para resolver mi misterio, así que pensé en levantarme e irle a decir a los profesores a cargo del viaje que el ladrón de comida era esa persona que llevase consigo toallas húmedas de esas que vienen en paquetes plásticos y huelen a trasero de bebé recién bañado.
Cuando me iba a levantar de donde estaba sentado para avisar de mi descubrimiento, noté que uno de mis compañeros que, por causalidades no gozaba de la mejor fama pero era excelente en deportes, llevaba un bolso de manos de esos que se usan para poner los zapatos deportivos y este tenía una incipiente mancha aceitosa que me resultó de lo más sospechosa porque nadie guarda sus zapatos deportivos para que estos se manchen o nadie los mete al bolso sin limpiarlos luego de haber pisado una superficie grasosa.
Me volví a sentar pensando qué hacer y recordé que ese joven de dudosa reputación estaba como enamorado de la fan de Hulk Hogan, así que fui hasta él y le dije que ella gustaba también de él, pero era muy tímida por lo que debía aprovechar ese viaje ya que ella se notaba muy entusiasta.
Como el joven, además de su fama dudosa, también era conocido por ser de aquellos a los que le gustaba cortejar a todas las chicas, tal como yo lo ansiaba, se levantó de su asiento y fue a hablar con la fanática de la lucha dejando descuidado su bolso para zapatos. Mientras él iba al encuentro con la muchacha que tenía aspiraciones de luchadora y sus amigos lo miraban y decían bobadas, yo tomé su bolso y lo abrí.
Al abrir el bolso, voilà, aparecieron tres servilletas húmedas, de esas que huelen a trasero de bebé recién bañado, embadurnadas de salsa roja. Ipso facto, llamé a mi amigo y este salió corriendo con la evidencia hasta donde estaban los profesores y le contó lo sucedido.
Luego de que los profesores se encargaran de llamar al implicado, pudieron descubrir que no fue él solo, sino él más otros tres de sus amigos. Resultó que los cuatro fantásticos, mientras íbamos en el bus escolar, quisieron hacer una broma y se pusieron de acuerdo para hacer desaparecer una comida sin dejar rastros. Era como una de esas apuestas tontas que los chicos suelen hacer por diversión y sin medir las consecuencias.
Los maleantes del momento, como vieron que la vianda de mi amigo no era muy grande y como sabían que él no era arisco y solía ser medio descuidado, se pusieron de acuerdo para llevar a cabo su plan en la primera parada que hicimos para que los que quisieran estirasen las piernas, tomasen fotos o fuesen al baño.
Los cuatro culpables resultaron ser: un par de mellizos, chico y chica, que eran traviesos y todos se reían de sus travesuras. El chico nos distrajo, a mi amigo y a mí, en la parada que se hizo al contarnos una historia extravagante acerca de que uno de sus tíos era un gran doble de acción que trabajaba en películas importantes y le había conseguido un autógrafo de Bruce Willis. La chica, por su parte, siempre usaba de esas toallitas húmedas y fue la de la idea de limpiar el plato para que nadie se diese cuenta de su travesura. Los otros dos participantes fueron el chico del bolso y uno de sus amigazos que aprovecharon la parada del bus y la distracción del mellizo para comer apresuradamente la pasta y limpiar el Tupper con las toallas húmedas.
El error de meter los toallines sucios en el bolso sucedió porque, justo cuando estaban terminando su fechoría, uno de los profesores se acercó a preguntarles si de verdad preferían quedarse en el bus y, en ese momento, no hallaron otro lugar para ocultar su crimen; así que, para no levantar sospechas, las dejaron allí metidas y se bajaron con el profesor como si nada hubiese acontecido, olvidando los superpoderes penetradores de las manchas de grasa de salsa para pasta.
Así que, en cierta forma, gracias al perro Wishbone gané mis 15 minutos de fama e hice que los profesores del colegio mejoraran los protocolos de seguridad escolar.
Pero yo no solía hablar de eso ni recordarlo porque desde ese día y hasta el final del bachillerato viví con miedo de que los cuatro pseudocriminales tomasen represalias contra mí. Aunque, se comentaba que ellos no hicieron nada al respecto porque las daba mucha risa saber que su error fue pensar poco y no haberse comido unos sándwiches de queso de esos que nunca dejaban rastros reveladores, sino que fueron por lo que más manchaba.
De modo que, aunque yo intenté sepultar ese evento y los escondí entre miles y miles de recuerdos inútiles, datos triviales de juegos de mesa de preguntas y respuestas, nombres de jugadores de fútbol y episodios de South Park, mi celestina autoimpuesta lo recordaba como si hubiese sido ayer y, por lo visto, es estos momentos le venía como anillo al dedo.
Así que la mujer me dijo: «No sé a lo que vienes, y te prometo que te voy a dar toda la ayuda que necesites, sabes que será así. Pero, primero, siéntate y escucha, que este misterio solo tú me ayudarás a resolverlo».