CARIÑO, AMÁME
Antes de saber lo que hago, me encuentro tomándolo de la barbilla y besándolo con ganas. Su miembro se ha puesto rígido, lo noto buscando mi entrada con el glande.
Gian levanta una mano y me acaricia una mejilla, quita los cabellos que me caen por la cara y sin dejar de besarnos, clava los ojos en los míos mientras vuelve a
penetrarme. Nos separamos jadeantes y gemimos al unísono cuando se introduce del todo.
—Y me gustan tus ojos; el color azul de tus ojos es tan intenso que siempre me hacen pensar en los profundos mares que rodean Pangea, y en las poderosas olas que golpean las bases de los puentes fronterizos de Laured. Tus ojos no son claros como el cielo, o pálidos como los lagos, ni fríos como la escarcha en las mañanas de invierno; son brillantes y profundamente azules, son igual al choque de la luz sobre el zafiro, intensos e inclinados al oscuro. Veena, me gusta que no seas débil como quisieran muchos.
Lo quiero dentro de mí, quiero sentirlo en mi interior y quiero que me tome sin piedad, quiero perderme en un orgasmo, quiero terminar hecha polvo para no pensar de nuevo en Julissa y en lo que dijo. Por lo menos esta noche, quiero ser una esposa complacida, no complaciente. Rodeo sus caderas con las piernas y me aferro a su cuerpo, buscando estar lo más posible unida a él, sin ningún espacio entre nuestros cuerpos.
—No te contengas—le susurro al oído.
—Mi segunda petición es más compleja que la anterior—dice plantando un beso en mi hombro.
Estoy exhausta, aún me tiemblan las piernas y me siento algo aturdida.
—Creí que acostarte conmigo era todo lo que querías—respondo sin abrir los ojos.
Lo escucho reír.
—No, no es todo—sus brazos envuelven mi cintura y me estrechan en un fuerte abrazo. Siento su miembro entre las nalgas y su pecho desnudo contra la espalda, es una sensación muy hogareña—. Veena, quiero que hoy duermas conmigo.
—Acabamos de tener sexo…
—No me refiero al sexo—me interrumpe—. Quiero que duermas esta noche en la misma cama que yo—abarca uno de mis pechos con la palma y comienza a estrujarlo, provocando que me retuerza y deje salir un gemido—, aunque también quisiera follar de nuevo.
¿Por qué? ¿Por qué de pronto eres dulce y atento? ¿Por qué no me muestras tu verdadera cara, Gian Creel? ¿Por qué me obligas a vivir con tu falsedad y carácter hipócrita? Odio a Gian más de lo que creí, lo odio por deslumbrarme con sus falsas atenciones, lo odio por ser hipócrita y un mentiroso.
—¿Por qué? —pregunto sin poder evitarlo, ¿por qué eres de pronto una buena persona? —. Gian, dime, ¿por qué quieres que duerma contigo?
Sin previo aviso me tumba sobre el estómago y vuelvo al presente bruscamente, abro la boca para preguntarle qué rayos le pasa. Sin embargo, mis quejas mueren en mi garganta, y en su lugar un grito rompe el silencio y hace que todo sopor desaparezca. Entierro la cabeza en las almohadas y mis uñas se clavan en las sábanas, mis ojos se llenan de lágrimas y el placer comienza a invadirme de nuevo. Siento la rápida respiración de Gian en mi cuello y sus manos sujetándome de las caderas para mantenerme quieta, y no sólo eso, también siento su duro miembro embistiéndome con rudeza.
—Porque eres mi mujer—gruñe en mi oído, sin detener sus rápidos movimientos—. Tú eres mía, Veena, mía y de nadie más.
Lo odio infinitamente por engañarme y haber despertado en mí sentimientos por él, pero también hay una parte de mí que quisiera que todo lo dicho por Julissa Hester sea una mentira; quisiera que Gian me vea como Veena y no como el reemplazo de Julieta. No quiero ser una sustituta, quiero que me ame a mí, no a ella.
>>Dígame, princesa, ¿usará lo que yo diga para desbaratar su matrimonio? ¿O acaso ahora que ha descubierto sus sentimientos por el príncipe, no sabe qué hacer?<< Unas cuantas lágrimas brotan de mis ojos y suelto un gimoteo, Gian se detiene en seco.
—¿Veena? —murmura recostándose sobre mi espalda—. ¿Estás bien? ¿Estoy siendo demasiado brusco?
Niego e inhalo profundamente. Soy una estúpida y me detesto por ello, he demostrado ser débil en cuerpo y pensamiento, y todo por un hombre, uno que no me ama y sólo me ve como una pieza de repuesto. Gian ha dicho que le gusto, pero, ¿me ama? ¿Siente por mí lo mismo que por ella? Quisiera que Julissa mintiera, quiero pensar que Gian amó a esa mujer, pero que ahora me ve a mí y a nadie más.
—Por favor—lo miro por encima del hombro, Gian sigue dentro de mí, pero se ha quedado quieto y me mira con preocupación. Esbozo una sonrisa floja, no puedo creer lo que voy a decir—. Gian, por favor, hazme el amor.
Sus verdes ojos se abren desmesuradamente, igual que su boca. Estamos unidos, por ahora somos un único ser, por lo que siento el momento exacto en el que su cuerpo se tensa.
—Hacerte… ¿qué? —inquiere con la frente fruncida.
Muy despacio me doy la vuelta, provocando que Gian salga de mí con un gruñido renuente.
—Quiero que me hagas el amor—murmuro volviendo a rodear sus caderas con las piernas y acariciándole el pecho desnudo con mis largas uñas. Él se estremece bajo mi tacto y su manzana de adán se mueve cuando traga saliva—. Gian Creel, soy tu esposa y quiero que me trates como tal. Contigo no quiero follar, por hoy quiero que me hagas tuya. Anda, hazme el amor.
Mi mano libre desciende hasta el espacio entre nuestros cuerpos y toma su miembro por la base, me muerdo el labio y Gian cierra los ojos. Suspiro profundamente cuando su sexo me penetra lentamente, estirándome muy despacio; esta es la mejor sensación de mi vida y no estoy lista para dejarla atrás, tener a Gian dentro de mí es tan necesario como respirar.
Levanto las caderas y gimo, sintiendo como me llena completamente.
—Veena, yo …—dice con voz grave, cargada de ronco placer—. Yo no estoy seguro de cómo hacer eso.
Abre los ojos y nos miramos fijamente, él irguiéndose sobre mí como un dios y yo siendo todo lo contrario, una suplente. Que mentiroso eres, quiero decirle, ¿entonces qué fue Julieta Visconti para ti? ¿Qué soy yo para ti? ¿Simplemente soy una herramienta para darte placer? Mi mano deja su pecho para subir hasta su nuca, acaricio los rebeldes cabellos rizados y vuelvo a sonreír.
—Sólo debes ser dulce y besarme como si me amaras—digo y de inmediato me arrepiento, yo no soy una arrastrada y menos una rogona que mendiga cariño. Sacudo la cabeza con la cara roja, como mi cabello—. Olvídalo, yo no…
—Lo haré —me interrumpe—. Te haré el amor—su mirada se ha vuelto suave, nunca antes me había mirado así—. Si haciéndote el amor entiendes que me perteneces sólo a mí, entonces te lo haré las veces que quieras.
Se inclina y sus labios se unen con los míos en un beso dulce, un toque lleno de amor. Automáticamente mis brazos se aferran a él y comenzamos a movernos juntos, los dos a la misma velocidad, disfrutando de cada roce y beso, de cada caricia y fricción entre nuestros cuerpos. Poco a poco nuestras respiraciones se vuelven más rápidas, mi corazón comienza a latir el doble de rápido y mis gemidos se hacen más fuertes, mezclándose con los quedos gruñidos de Gian.
—Veena, de verdad me gustas—jadea en mi oído.
¿En qué momento, a qué hora me dejé engatusar por este hombre? Cuando estaba dispuesta a encontrar un pasado sucio con él como verdugo, me descubrí deseando toparme con todo lo contrario. Le clavo las uñas en la espalda y él no se queja, sino que responde clavándome su enorme miembro hasta los testículos. Cierro los ojos y me entrego a él en cuerpo y alma, por lo menos esta noche seré suya y de nadie más. Por hoy le perteneceré a Gian y sólo a él.