AMORES Y CICATRICES
—Veena.
Me agito un poco, pero no abro los ojos. Estoy demasiado cómoda para despertar, quiero quedarme en el calor de mi cama y dormir todo el día.
—Despierta—vuelve a susurrar en mi oído—. Vamos, Veena, despierta.
Me doy la vuelta y tanteo la cama en busca de mi almohada favorita, sin embargo, mis dedos acarician algo suave y cálido, retiro la mano enseguida y arrugo la frente, un tanto confusa.
Una suave risa varonil estalla justo a mi lado.
—¿Acostumbras manosear sin siquiera avisar? —inquiere y yo abro los ojos de golpe.
Gian está acostado junto a mí, de hecho, me tiene abrazada de la cintura y nuestras piernas están enredadas con las sábanas. No hace falta que baje la vista para saber que estamos desnudos, puedo sentir cada parte de él en contacto con cada parte mía. Cierro los ojos de nuevo, recordando lo sucedido anoche, incluida la parte donde yo le ruego hacerme el amor. He hecho a un lado mi orgullo y aceptado que me gusta, pero, ¿por qué demonios le pedí algo así? Debió ser el vino, sin duda fue culpa de la bebida, no encuentro otra explicación.
—Escucha, Gian—comienzo con firmeza—, lo que pasó anoche…
—Después—me interrumpe deshaciendo el abrazo y levantándose de la cama—. Ahora vístete, hay visitas en De Silvanus y quiero que desayunemos con ellas. Por cierto, ayer te perdone, pero más vale que ya no vuelvas a beber así.
Cualquier queja u objeción que pude haber dicho mueren al instante, anoche estaba un poco borracha y Gian lo notó. Pero hoy estoy completamente sobria y por lo tanto nada nubla mi mente, afuera hace un día soleado y las cortinas blancas filtran la luz del sol, la habitación está completamente iluminada y no hay nada que no esté bañado en luz. No he respondido a su regaño, mis ojos están clavados en el hombre desnudo parado a los pies de la cama, pero no lo veo precisamente por su atractivo físico, sino por las marcas blancas en todo su cuerpo, marcas plateadas que destacan igual que descuidados trazos en el reluciente lienzo. En la blanca piel hay un sinfín de pequeñas y delgadas líneas invisibles a simple vista, líneas que se entretejen como telarañas, pero que gracias a la claridad del día pueden apreciarse a detalle; son marcas viejas, no, son cicatrices de hace años. Y por fin lo entiendo, siempre que hemos estado juntos, la habitación está en penumbras o la luz es escasa, y todo para que nada de esto se vea.
Las cicatrices son más de las que puedo contar y abarcan todo su cuerpo, desde la nuca hasta los tobillos, hay algunas que serpentean hasta los costados y otras que suben por las costillas. De repente tengo la garganta seca y el corazón comprimido.
—Gian, ¿qué te pasó? —musito sin apartar la vista de su espalda.
Rápidamente se gira y nuestras miradas se encuentran, pero al ver mi expresión sus ojos se estrechan con hostilidad. Sin una palabra se viste y cuando termina, se dirige a la puerta.
—¡Espera! —pido y él se detiene—. Dime que te sucedió.
—¿De verdad quieres saberlo? —pregunta sin volverse.
—Claro—respondo sin dudar—, estamos casados y todo lo que te pase me importa—no miento, Gian me importa mucho más de lo que soy capaz de expresar.
Por un largo rato no dice nada, tampoco se mueve, se limita a mirar la puerta y pensar. Por fin entiendo porque las cortinas de su habitación son oscuras, el por qué nunca antes se había desnudado cuanto teníamos sexo y porque se empeña en usar ese ridículo pijama blanca sin chiste. Gian esconde muchas cosas, probablemente más pecados que placeres, pero, ¿de verdad esos pecados que arrastra son suyos?
—Veena, la disciplina y la obediencia están estrechamente unidas—dice al fin en tono bajo—, una no puede existir sin la otra. Educar al primogénito del rey va más allá de lo que imaginas, crear un carácter firme y una personalidad dominante vienen incluidas en las enseñanzas de los herederos a la corona. Un rey no nace, Veena.
No lo pienso en absoluto, solamente salgo de la cama y corro hacia él. Hundo el rostro entre sus omóplatos y lo abrazo por la espalda, me pego a él tanto como puedo.
—Veena—dice con sorpresa, no respondo. Acaricio su abdomen con las yemas de los dedos y puedo sentir las finas cicatrices en la piel, aprieto los labios.
Qué estúpida he sido todos estos años, siempre creyendo que Gian era el chico con la mejor vida, la persona más afortunada por haber nacido en cuna de oro, por estar destinado a la infinita riqueza y al inconmensurable poder que sólo los reyes poseen. Pero ya no pienso así, ahora entiendo porque Gian no quiere ser rey; su codiciado destino es una maldición para él, desde niño ha sido disciplinado para convertirse en un gobernante con mano de hierro, y esa “educación” le ha costado más de lo que nadie imagina.
Puede que sea un hombre terrible en cuanto a carácter, pero él no decidió convertirse en un tirano, y eso lo entiendo, culparlo por quien es ahora, sería muy cruel de mi parte. Me he equivocado todos estos años al juzgarlo y culparlo de todo; no abandonó a Emma luego del atentado, y su odio por el futuro que le espera como rey no es la típica caprichosa rebeldía de un noble.
—¿Me tocas porque te inspiro lástima? —murmura tomándome de las muñecas para deshacerse de mi abrazo, no se lo permito, me aferro a él con más fuerza.
Estoy consciente de mi desnudes, de que en cualquier momento puede entrar Fanny y las doncellas, pero también sé que Gian me necesita y que no puedo dejarlo marchar sin decirle nada. Por ahora estamos juntos y puedo dejar de lado su pasado un rato, aunque sea un momento quiero ser Veena Creel, esposa de Gian Creel.
—No. Gian, me conoces, sabes que yo jamás consolaría a nadie por lástima.
—Entonces, ¿por qué lo haces?
—Porque quiero— respondo alzándome de puntillas y plantando un beso en la blanca cicatriz de su nuca. Gian no dice nada, pero se estremece ligeramente al sentir el roce de mis labios en su piel—. Ahora, ¿por qué no me esperas en tu habitación y bajamos juntos? —propongo sonriente.
Ladea la cabeza y me mira por encima del hombro, tiene las cejas fruncidas y los labios apretados. Gian no confía en mí y no me extraña, Gian no confía en nadie y está claro el porqué.
—¿No preguntaras quién me hizo esto? —su voz se ha vuelto fría, está a la defensiva.
Emma Creel nunca me permitió ayudarla a vestirse, a pesar de ser yo su Primera, jamás ejercí mi verdadero trabajo como Fanny hace conmigo. Pero un día, por casualidad entré a las habitaciones de la princesa y la vi poniéndose sus tacones favoritos, unos zapatos cerrados color rosa palo; esa fue la primera y única vez que Emma me regañó.
Lo que vi en esa ocasión fue el tobillo de la princesa marcado por una fea cicatriz roja, e igual que las cicatrices de Gian, esa marca era vieja y producto de la estricta disciplina a la que la princesa fue sometida. Emma me dijo que esa cicatriz se la hizo el rey al encadenarla en las mazmorras del palacio cuando era niña, pero jamás me dijo la razón de ese cruel castigo.
—¿Y bien, Veena? —insiste.
Me esfuerzo y logro curvar los labios en una cariñosa sonrisa.
—No, tú me lo dirás algún día—su ceño se profundiza y yo acentúo más mi sonrisa—. O no, si hablas o no, yo no preguntare nunca.
Sus verdes ojos permanecen fijos en los míos un momento más, analizando mi expresión y viendo qué tan sincera soy. Al fin esa cara desagradable se desvanece, su cuerpo se relaja y me devuelve la sonrisa, la más encantadora y sensual de sus sonrisas.
—Bien. Ahora, ¿no quieres que llame a la señorita Fanny para que te ayude a vestirte?
Lo libero al tiempo que hago un puchero.
—No es necesario—le guiño un ojo—, recuerda que yo no tengo sangre azul, y que, por lo tanto, soy independiente.
Se ríe con ganas y mi corazón da un salto en mi pecho. Lo miro embobada, esta es la primera vez que su risa es natural y fácil, una risa auténtica.
—¿Por qué no me lo demuestras? —musita con la voz ronca, bajando la vista a mi cuerpo desnudo.
Inmediatamente retrocedo un paso, conozco perfectamente esa mirada suya.
—Ni se te ocurra—le advierto viendo como sus ojos se oscurecen por el deseo. No me hace caso, da media vuelta y comienza a aproximarse, una parte de mí también quiere quedarse en la cama con él, pero la otra todavía tiene los pies en la tierra—. Gian, recuerda que hay visitas en De Silvanus, tú mismo lo dijiste.
Parpadea un par de veces y levanta la mirada, tuerce la boca con desilusión.
—Cierto—sus ojos vuelven a bajar, traga saliva antes de retirar la mirada. Resopla llevándose las manos a las caderas y mirando al techo con evidente frustración—. Joder,
tengo una esposa que es una obra de arte... Maldición—me señala con un dedo e inmediatamente gira sobre los talones, parece que está decidido a no posar sus ojos en mí hasta que me ponga algo de ropa—. Vístete rápido, tienes 10 minutos, no más.