Capítulo 46: Languor
Tras abandonar la sala de reuniones, Marco regresó a su habitación, y Luke ignoró a sus dos hermanos, para partir camino al centro de Casteddu junto a un Blaise curioso de lo que harían.
Los dos se aproximaron a la entrada de la fortaleza, pues bajarían a pie. El viento nocturno soplaba con fuerza y refrescaba más de lo normal; no se avecinaba ninguna tormenta, pero había que ser precavidos.
Tras salir del edificio, se acercaron a las murallas y, antes de poder cruzarlas, se dieron cuenta de que algunas personas más llegaban; se trataba de otros miembros del clan que venían a reunirse con Adhemir, entre los que destacaban dos que iban al frente, y que al mayor le dieron curiosidad.
Luke se detuvo y, en consecuencia, Blaise también. El rubio hizo una leve reverencia en el momento en el que esos dos pasaron al frente y, dando cuenta de eso, los aludidos pararon su andar, y el resto de recién llegados pasó de largo.
—Tío Bruno, tío Charles —saludó el rubio con solemnidad—. Es extraño verlos por acá
—Luke… debería yo decir eso de ti que, a pesar de ser el gobernante de estas tierras, rara vez las visitas. Cedric está muy presionado gracias a eso —acotó con gracia Bruno, castaño, de ojos oscuros y fornido.
—He sido llamado —respondió con neutralidad el menor.
—Es la primera vez que acudes a un llamado en mucho tiempo… ni siquiera pasó en los años de la guerra —destacó Charles con una diversión bastante extraña.
Luke se mojó los labios, y sin perder la serenidad de su rostro, contestó:
—No ha sido mi propia voluntad.
Charles y Bruno se miraron y soltaron a reír. Entonces, el castaño destacó, viendo hacia un Blaise que correspondió con atención:
—Y… es verdad que el Príncipe de los Kyburg está junto a ti… ¿No es eso demasiado pretencioso por parte de tu padre? —Corrió la mirada hacia Luke.
—Malcom nunca sabe cuándo es suficiente —agregó Charles y bufó.
Sus ojos brillaron en regocijo, y eso fue algo que, ni Luke, ni Blaise, ignoraron.
—Buenas noches, señor Bruno, señor Charles —saludó a ambos Blaise por orden de edad, e hizo una cortés reverencia, para después regresar a su posición.
Los dos nombrados tan solo lo miraron, la diversión creció en ambos, pero no dijeron nada.
—Blaise ha sido asignado como mi guardián, eso es un hecho —contestó Luke—. Sin embargo… los designios de mi padre han de tener una significancia importante, ya que él jamás hace nada sin sentido.
—Es una bonita forma de decir que hace lo que se le da la gana —acotó Charles.
Luke se encogió de hombros y suavizó su expresión.
—Esas son solo sus conjeturas, tío Charles. La realidad es que no me pesa para nada obedecer sus disposiciones, en estas circunstancias. —Dibujó una tenue sonrisa en su rostro.
—Claro… —bufó Bruno, quien miró a Blaise con interés—. Desde que este muchacho nació, tus prioridades cambiaron y se alejaron de nuestro clan.
Charles soltó la risa, y miró a Bruno, para espetar:
—¿Cuándo estuvieron las miras de este muchacho fijas en el futuro de nuestra familia, tío Bruno?
Charles se divertía, eso era obvio por su tono burlesco y su expresión desenfadada; sin embargo, tras esas palabras, los oscuros orbes de Bruno se volvieron hacia él y fulminaron una orden de silencio que llevó al rubio a retroceder medio paso; tras ser consciente de eso se detuvo, y esperó que el otro par no lo hubiera notado.
Pero ya era tarde: Luke guardó ese instante en su mente con soberana inquietud.
—Pues bien, tíos… es momento de que los deje seguir su camino, y de que nosotros continuemos con el nuestro —interrumpió Luke, sacando a Charles de un misterioso trance de temor interno.
»Me despido de ustedes. —Hizo una nueva reverencia y, tras recibir la venia del mayor de sus tíos, Bruno, se marcharon.
Dejaron la fortaleza y, solo después de haber avanzado varios metros cerro abajo, Blaise se atrevió a hablar.
—Eso fue extraño.
—Lo fue —murmuró Luke.
Bruno Flabiano era el primogénito del hermano menor de Adhemir, el segundo hermano; y Charles Flabiano era el hermano menor de su padre.
Ellos dos no era en realidad tío y sobrino, sino primos, pero Charles tomó por costumbre llamarlo de esa forma, y así permanecía hasta ahora.
—Tal vez el abuelo los llamó, aunque… no entiendo por qué —dudó el rubio—, el aroma que desprenden es muy llamativo.
—¿Lo notaste? —curioseó el menor, y Luke asintió.
—Claro que sí… aunque están tratando de ocultarlo, pero… lo que olí de ellos no fue la sangre de un Flabiano.
El otro asintió, y ambos continuaron su descenso a través del parque y por el camino principal. Abajo, la ciudad se dejaba ver muy viva: personas y otros seres en la calle, disfrutando en las ferias y las atracciones.
El pelinegro contempló cada rincón con curiosidad, porque era la primera vez que estaba en esta isla en toda su vida, a pesar de que fueran los dominios del mayor.
—Este lugar es muy bonito —murmuró cuando entraron a una calle repleta de banderines, donde la gente bailaba al ritmo de los violines y mucho alcohol.
—Es una buena ciudad… —Luke caminaba con las manos en los bolsillos, y su andar relajado brindó comodidad al otro.
—Pero no vienes mucho aquí, todos lo dicen.
—Ah… Ya sabes que no me gusta quedarme en un mismo lugar por mucho tiempo.
Blaise reprimió una carcajada y asintió.
—Lo sé bien… tienes esa clase de naturaleza impredecible. Eres un espíritu libre.
Una sonrisa pintó los labios de un Luke complacido por escucharlo decir eso, y pasaron en medio de un grupo de personas, donde se vieron detenidos por mujeres y hombres que saludaron a Luke al reconocerlo, y pequeñas conversaciones protocolares los retuvieron por unos quince minutos, hasta que alcanzaron una zona más despejada y tranquila.
Aquí, al estar las casas más atrás, la brisa soplaba con libertad; el césped segado con finura, y los derredores limpios, con árboles un poco más arriba. Sin esperar mucho, Luke se agachó y se sentó en el suelo, mirando al frente; se encontraban en la parte media de la ciudad, en altura, lo que significaba que desde ese horizonte despejado veían el mar a la distancia, y la luna reflejándose en él con delicadeza.
El rubio era del tipo que disfrutaba el silencio y la soledad, y Blaise lo sabía. Por eso, sin mediar palabras, se sentó a su lado.
—Blas… creo que es la última vez que te pediré algo como esto… —interrumpió el mayor el silencio tras unos segundos, y el menor lo miró con dudas.
»¿Puedo ver, una vez más, en tu interior? —Volteó a mirarlo.
La extrañeza se pintó en los orbes gris azulados de Blaise, que luego se transformó en expectación, al saber que no podría rechazarlo.
—¿Qué quieres hacer?
—Quiero verlo todo.
La serenidad bordeó en el rubio y causó sorpresa en el menor, cuyos párpados se abrieron de par en par.
—¡¿Verlo todo?!
Luke sonrió y asintió.
—Tengo un presentimiento, pero… podré hacerlo. Confía en mí.
¿Cómo no poder creer en esos ojos, que lo miraban como si fuera el único ser en el mundo, con un brillo insano para un vampiro? Blaise se mojó los labios y tragó; el amargor del sabor de sus fluidos lo invadió, y asintió.
—Está bien.
Luke se volvió hacia él y, sin mediar palabras, lo besó.
Los ojos de Blaise se abrieron como platos al simple contacto, y una corriente eléctrica se regó en su interior como la pólvora, y llegó a cada una de sus terminaciones nerviosas.
De repente… fue como si todo se adormeciera.
Luke se separó, y en sus ojos encontró una rara confianza que no comprendió hasta que, de la nada, su mente se quedó en blanco.
Entonces, el mayor entró en la oscuridad de la escena, justo al momento en el que la puerta y la pared se rompieron, y el frío se regó por un Blaise que no sentía exactamente miedo, sino impresión.
En ese momento, la bruma trató de poseerlo todo, de echarlo del lugar, pero él no la dejó, porque ya conocía su procedencia, sabía cómo sacarla de ahí, cómo ver a través de ella.
Un remolino atacó a su consciencia, buscando ser una daga mortal, pero lo represó a su nivel más mínimo, y lo condenó a permanecer preso en un rincón de la mente de Blaise, hasta que él decidiera qué hacer. En ese momento, cuando los cuerpos aparecieron entre el polvo de las paredes caídas, por fin… lo vio.
No solo lo que pasó con Lady Kyburg, Lilly Habsburg, sino también con su primogénito, un Blaise que comenzó a arder en sí mismo.
Para el pelinegro, fue como si le chuparan las fuerzas.
En un momento veía a Luke, y luego todo fue negro. Entró en una bruma de espesa negrura, donde pareció flotar por largos segundos, y un frío congelante lo invadió. Se preguntó si se trataba de la nigromancia, pero esa línea de pensamientos no duró mucho porque, de golpe, fue jalado hacia afuera, donde la luz lo recibió y, al enfocar con claridad, contempló el rostro de un rubio que lo miraba con impresión.
No se había dado cuenta, pero su cuerpo funcionaba como el de los humanos: respiraba, su corazón latía, la sangre circulaba, los órganos se movían. El frío apretó desde sus pies, y se sintió sin energías, tanto que no pudo mantener su posición, y el cuerpo se le desvaneció a un costado.
La pequeña parte suya que aún era consciente de lo que pasaba a su alrededor se preparó para un impacto indoloro, pero este nunca llegó.
Luke lo tomó en un abrazo rápido y lo llevó hacia su pecho. Blaise quería hablar, y solo entonces se dio cuenta de que no podía, de que ni siquiera tenía las energías para hacerlo.
«¿Qué fue lo que pasó?», en el fondo de su consciencia, la pregunta apareció.
Sus pensamientos se dispersaron por todas partes, y se transformaron en miles de palabras sin sentido, de voces que no reconocía, pero que inundaban su espectro auditivo sin cuidado, y después se volvieron a unir, como metal siendo atraído por un imán, provocando dolor en la parte trasera de su cabeza.
Un zumbido se instaló en el fondo de su mente, y creció en volumen, haciéndolo cerrar los ojos por reflejo, con la esperanza de que no contemplar luz alguna lo ayudara a detenerse. Las náuseas aparecieron, así como los mareos, y sintió el abrazo ajeno apretarse a su alrededor, junto a un cuerpo tenso.
—Sin importar qué… yo te daré el regalo de la venganza, querido Blas.
La voz molesta de Luke resonó en el interior de un Blaise que sintió cómo, poco a poco, presa de un cansancio impropio para un ser de la noche como él, su consciencia se desvanecía en la negrura.
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—Languor: Indolencia indiferente, sueños. Un estado del cuerpo o de la mente causado por el agotamiento o la enfermedad, y caracterizado por un sentimiento lánguido.