Capítulo 43: Sibilino

«El mal se apoderó de él, y entonces… todo terminó»

Caín y Abel fueron los primeros gemelos nacidos en el Edén. Durante toda su vida, Abel no solo servía mejor al Creador, sino que también se había ganado el favor y amor de la misma mujer a la que Caín amaba.

Por celos, por venganza, una noche, a la luz de la luna, Caín acabó con la vida de Abel. Él fue desterrado por el Dios de los Cielos de las tierras que este cuidaba con celo en su Creación, directo a un mundo desbordante de desastre, de todos los errores que la antigua especie humana alguna vez cometió.

Fue en esos parajes donde Caín conoció a Lilith, la primera mujer que vio la luz en la Tierra, pero que no quiso someterse a las órdenes del primer hombre, lo que generó su expulsión de los jardines del Edén.

Por su tiempo en medio de las áridas tierras desbordantes de pecado, rodeada de seres caídos, Lilith se degeneró, y abrazó a su lado a aquel chico, pervirtiéndolo con su maldición de una forma diferente a la suya, pues Caín había nacido con la protección del Dios de los Cielo, y su naturaleza cambió.

Caín fue el primer vampiro conocido de la historia y, llevado por su deseo de poder, y su desafío al creador, comenzó a expandir su dominio entre los hombres que vivían fuera de las tierras protegidas, sin importar a quién se llevara por el medio.

Gracias a eso, los vampiros se salieron de control y, en algún punto de la historia, fueron llamados «Los Caídos», término que sobrevive en los anales de la humanidad.

Sin importar lo que el Creador hiciera, no hubo forma de estos retrocedieran, mucho menos de que desaparecieran de la faz del planeta.

La «paz» solo llegó un día, en el que el Dios de los Cielos sacrificó al «Hijo de Dios y los hombres» a favor de firmar una tregua con Caín. El sacrificio se sucedió, y el primer vampiro juró dormir para siempre.

Sin embargo, sus vástagos continuaron en el mundo.

Las más de doscientas estirpes vampíricas continuaron sus guerras internas, guiados por Lilith algunos, y la Gran Guerra estalló.

El Creador hizo despertar a Caín de su sueño en ese entonces, pues era necesario que pusiera las cosas en orden entre los suyos, era el único con el poder para hacerlo. Este desterró Lilith y luego la asesinó.

El Primer Vampiro se encargó de purgar por su cuenta a todos aquellos clanes que desafiaron el acuerdo de paz alcanzado siglos atrás.

Después de eso, tan solo permanecieron doce casas, doce clanes, que se unieron alrededor de su Padre y comenzaron la construcción de un nuevo mundo.

Los Lyksborg, los Weilburg, los Teck, los Karadj, los Orange, los Dietrich, los Mat, los Norfolk, los Avis, los Gottorp, los Kyburg y los Veneto.

Estos últimos gozan de una vasta línea familiar, que se extiende, en la actualidad, hasta la doceava generación de los secundarios; sin embargo, la rama principal, desde hace ochocientos cuarenta y siete años, momento en el que nació el quinto Patrizio, se encuentra en el aire.

Luke Edevane, antiguamente conocido como Luke Flabiano, sigue siendo la excepción a la regla de sucesión de todos los clanes.

♦ ♦ ♦

Año 2015 d.C., 16 d.G. Casteddu, Territorio de Vitéliu, Düster.

Malcom Edevane ardía en furia, como ya era común desde que su primer vástago vio la luz del mundo.

«Si no fuese necesario… ya estaría muerto desde hace mucho, convertido cenizas y lanzado a las profundidades del mar», caviló en medio de su molestia, pues esta noche, primera hora del día en el horario vampírico, seguía en soledad—junto a su secretario y su guardián— en medio de la sala de reuniones de la fortaleza del Castillo de San Michelle.

Su expresión dura trató de relajarse y, sentado en aquella silla revestida en cuero blanco, luciendo un impecable traje de gala de tres piezas, pues la ocasión lo merecía, se dio cuenta de que era imposible. Su padre estaba pronto a llegar, pero Luke no aparecía.

Jamás hubiera pensado que, en sus novecientos cincuenta y siete años, mismos que su esposa, tendría que padecer un hecho que ahora calificaba peor a la locura—pues no la había vivido—, y que vendría de alguien nacido desde él.

Cuando anunciaron que su hijo vendría al mundo, pensó que todo sería diferente… ¿Su hijo siendo la razón de sus molestias? De seguro, esto no les sucedía a los líderes de generación de los demás clanes.

Su padre iría a dormir, y la presión de no tener ni siquiera mil años y convertirse en el Gran Patrizio era enorme, y caía sobre sus hombros como se decía que el mundo caía sobre Atlas. Esta responsabilidad no podía depender solo de él, ni mucho menos ser compartida con sus hermanos. Tal como en el pasado hizo con su padre, llegado el momento, Luke, como heredero que era, como su primogénito varón, debía plantar cara.

Entonces, las puertas dobles se abrieron, y Luke ingresó al cuarto, de tamaño medio y con solo tres sillas acomodadas alrededor de una mesa redonda pequeña; detrás de él, su guardián, Blaise Habsburg, y su secretario, Marco, también entraron.

Luke se sentó en la silla más alejada de su padre, dejando la más céntrica para su abuelo, Marco se colocó en pie a su derecha, Blaise a su izquierda, con su espada envainada colgando de la funda en la cintura, y un porte muy recto.

Se sabía a leguas que vivió con una educación diferente a la del mismo Marco, pues sus auras diferían bastante.

—Vaya… por fin te dignaste a aparecer —soltó Malcom con la voz áspera.

El padre de Luke era el mejor amigo de su padre, pero Blaise sintió asco de escucharlo, porque sus sentimientos por él ya no eran los mismos: ya no lo respetaba, solo deseaba mal para él, y tenía unos enormes deseos de hacerlo callar, de cerrar su boca de una buena vez y no volver a escuchar su voz nunca más.

Pero se contuvo. A pesar de ser el heredero de los Kyburg, no era más que un «crío» de poco más de doscientos años y, en medio de esta sala, solo ejercía las funciones de un simple guardián.

—Buenas noches, padre —saludó Luke, ignorando lo anterior, con una solemnidad inesperada para el otro, quien arrugó la mirada.

»Me encontraba en medio de una conferencia de negocios que se extendió más de lo esperado. Me disculpo por llegar tarde —agregó. En sus ojos, la nada, en su voz, sequedad.

—Es una suerte que padre aún no llegue —espetó Malcom.

—El abuelo es conocedor de mi ausencia de la fortaleza durante la tarde, me invitó a continuar con mis labores en calma.

Malcom corrió la vista hacia los otros dos recién llegados, que lo miraron.

—Señor, buenas noches. —Marco saludó.

—Buenas noches, señor Malcom. —Blaise también saludó con solemnidad y respeto, aunque por dentro lo asqueaba si quiera dirigirle la palabra, e hizo una leve reverencia.

Malcom regresó la vista a su vástago.

—¿Tú y Denisse han decidido sobre la boda?

A oídos de Blaise, del mismo Luke, y todos los demás presentes, Malcom quería hacer molestar a su hijo.

—Eso es algo que no se encuentra en mis planes, padre —contestó el primogénito con tal serenidad, que solo era presagio de una gran tormenta.

El ceño de Malcom se frunció al instante, y todos pudieron sentir un fuerte descenso en la temperatura de la habitación.

—¿Hasta cuándo seguirás con esto? —refunfuñó el mayor, uniendo sus manos sobre la tabla de madera oscura.

»Eres mi hijo. ¿Tienes idea de la vergüenza que representa el hecho de que, a estas alturas, el sexto Patrizio de nuestra familia no esté caminando por este mundo? —Levantó la voz con autoridad, y el cuerpo se le tensó, apretó los dedos.

Alrededor, los espectadores de padre e hijo solo aguardaban, a la espera de que no se desatara el caos, pero con casi una completa certeza de que lo mejor no sucedería.

—No me importa —contestó Luke con firmeza. Su voz resonó en medio de la silenciosa habitación.

Lo siguiente que se escuchó fue el golpe del mueble contra el suelo: Malcom se levantó casi en seguida, se colocó delante de su hijo, haciendo uso de su celeridad y, con la ira desbordando por su rostro, lo abofeteó.

El manotazo resonó en la habitación, pero el rubio no se inmutó. Detrás de él, Blaise llevó la mano a su cintura tras una reacción instintiva, dispuesto a desenvainar; sin embargo, la zurda en alto de su Amo, consciente de sus pensamientos y deseos, lo detuvo.

—No es necesario perder la cordura y posición por esta nimiedad, querido Blas —dijo sereno, pero con mucha presencia. El uso de su habitual «querido Blas» al dirigirse al pelinegro en medio de este ambiente formal, sorprendió a propios y extraños, y añadió más leña al fuego.

»No soy bueno para hacer lo que no deseo, padre —continuó, dirigiéndose a Malcom.

Las mandíbulas del mayor chocaron con fiereza, y sus ojos expresaron un firme deseo de matarlo en ese mismo segundo.

—La vergüenza de ser un «fracaso», como a todos les gusta llamarme, recae sobre mí, y solo me afecta en el grado en el que le dé importancia, cosa que no hago.

»En estos momentos, padre. —Resaltó con conocimiento de causa la última palabra, alzando una ceja—, me encuentro ocupado en asuntos más importantes.

»Puedes hacer lo que desees, y colocar en mí todos los grilletes que quieras, pero entiende, de una buena vez y para siempre, que el único que decide sobre mi vida soy yo. —Miró al varón con ojos tan calmos, que solo lo empeoró.

Una parte de Luke disfrutó de ver la furia crecer y crecer en los ojos de su progenitor, las venas marcarse, el corazón y los pulmones funcionar de forma involuntaria… Él había causado todo eso.

Malcom mostró los colmillos, y el aire se enfrió todavía más; las partículas congeladas se hicieron visibles a sus ojos vampíricos, flotando alrededor; no obstante, de un solo mazazo, la tensión se disipó a fuerza de un grito:

—¡Ya basta los dos!

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—Sibilino: Persona misteriosa e incomprensible.