Capítulo 40: Ikigai

Luke caminaba a paso constante y veloz, y Blaise solo se centraba en seguirle el ritmo. La madrugada era fría incluso para un no muerto, y el viento soplaba con cierta fuerza. Al mirar al cielo, Blaise se dio cuenta de que era muy probable que pudiera llover en unas pocas horas.

No importaba, ellos debían estar en casa para entonces, o eso pensaba.

Varios minutos después, se dio cuenta de que se dirigían a un sitio bastante particular de la ciudad, un gran espacio, alejado del bullicio del centro, donde se alzaban decenas de obeliscos repartidos en zonas. Era un campo enorme, extenso, marcado por caminos de piedra, y con preciosos jardines por acá y por allá, cercado por el acero negro en forma de grandes barras.

Entraron por una de las estaciones, pasando por la vigilancia, y transitaron un sendero curvo que rodeaba un primer gran grupo de seis obeliscos.

Blaise los contempló y comprendió su pequeñez ante tan tremendas estructuras, que se alzaban unos treinta metros y que poseían, en sus cuatro costados, nombres y más nombres tallados en la piedra blanquecina y fuerte.

Este era el «Gran Monumento», donde decenas de miles de nombres se distribuían en las caras idénticas de cada obelisco, encumbradas por puntas de pirámides, y que servían como un recordatorio de lo que la Gran Guerra fue, y del caos que trajo al mundo.

La razón de que la Ciudad Neutral de Gaia se encontrara ubicada en este lugar, en medio del antiguo Irak, era porque la batalla final que selló la reconciliación con el mundo, se había librado aquí, entre aquellos partidarios de la paz, y quienes estaban en contra.

Muchas vidas se perdieron entonces, pero el objetivo, tras contemplar la unión de múltiples especies y razas con miras al futuro, sentenció el fin del conflicto.

El día en el que la batalla culminó, la Mesa de los Pecados Capitales dio su primer paso. Y ahora se hallaban aquí.

Luke caminó y caminó, hasta llegar a un lugar alejado de los pocos seres que recorrían el espacio a estas horas, y se sentó en una banca, haciendo señas al otro para que se sentara a su lado.

El pelinegro así lo hizo, y Luke volteó con lentitud; sus ojos se encontraron, y la nada fue lo que el menor contempló. Sin embargo, Luke abrió la boca y pronunció, con limpieza:

—Blas… déjame ver de nuevo en tu interior, por favor.

Blaise abrió los ojos de par en par, y su cerebro trató de explicar la petición, o más bien las circunstancias, sin éxito.

—Pero… ¿no podías haber hecho eso en la casa? —preguntó extrañado.

Luke negó.

—No quería estar allí, de eso se trata todo —confesó y se mojó los labios, llevó la vista al frente, donde un obelisco se alzaba al otro lado del camino, y pronunció—: en tres días partiremos a Vitéliu.

Blaise asintió.

—Está en tu agenda. —Blaise volteó a ver a Luke.

—Así es… —Resopló—. Blas, mi padre será designado como el nuevo Gran Patrizio de nuestra familia. —Los ojos del menor se abrieron como platos, y la tensión recorrió su cuerpo.

»Lord Veneto ha decidido ir a dormir, junto al completo de toda la tercera generación de nuestra familia, lo que convertirá a mi padre en uno de los jefes más jóvenes dentro de los Doce Clanes Vampíricos —agregó con solemnidad.

Malcom Edevane ni siquiera había llegado a la frontera de los mil años, cambio importante para los vampiros. Blaise no pudo evitar preguntarse por qué Lord Veneto, Adhemir Flabiano, emprendía una acción como esa, sabiendo el peligro en el que se podía poner a una familia que ostentaba tanto poder, deseado por otros clanes nada benévolos.

—A partir de ahora, no solo se trata de ti y de mí, del Kétnemü, o de sus deseos… Incluso a esta distancia, si las cosas no salen bien, todo se complicará mucho más.

Aquella declaración hizo dudar a un Blaise que no dejó de mirarlo, de estudiar su mirar de reojo, sus expresiones, su firmeza.

—¿Qué quieres decir, Luke? —Se atrevió a preguntar.

—Soy un fracasado, querido Blas, ¿acaso no lo recuerdas? —pronunció Luke con una gracia que sorprendió al menor, y volteó a verlo.

En sus ojos, Blaise detectó una diversión impropia del momento, pero incluso así la agradeció: era la primera emoción que veía partir de él en varios días.

—Mi padre piensa que puede dominarme mientras el conjuro siga en mí; el resto del clan cree que soy un vástago fracasado, incapaz de cumplir los designios de mi progenitor, alguien que solo ha vivido para causar malestar —se silenció y dejó ir su cuerpo hacia atrás, hasta que su espalda pegó con el respaldo.

»A partir de ahora voy a necesitar que seas mi roca, querido Blas. —Lo miró desde su posición—. Mucho más que antes, te necesitaré.

Blaise se serenó, presa del peso en las palabras ajenas, y asintió.

—Siempre estaré para ti, Luke, sin importar dónde te encuentres… —murmuró, y una tímida sonrisa pinto sus labios.

Luke lo imitó, aunque su sonrisa era un poco más tenue, y asintió.

—¿Por qué quieres ver dentro de mí una vez más? —indagó el menor, aún curioso por sus primeras palabras.

—Hay un par de asuntos que deseo confirmar ahora que he averiguando algo más al respecto. —Blaise, en automático, encerró la mirada en él, pero Luke negó.

»No puedes saberlo… no por ahora.

El otro sopló con disgusto, pero, pasados unos segundos, lo aceptó, y lo dejó ver en su interior.

Para Luke, todo fue como coser y cantar.

Cuando entró a la profundidad de sus recuerdos, se vio en el mismo sitio que recordaba, y dejó correr la escena hasta que, llegado el momento de la destrucción de la pared, todo se volvió negro: eso era lo que esperaba.

Rebobinó esa escena, esos poquísimos segundos, una y otra vez, y se ocupó de hondear en ellos, de sentirlos con el instinto, con la magia, hasta que sus sensores se activaron, y lo dejó ir.

Al mirar al pelinegro a los ojos, lo supo: su hipótesis acababa de ser confirmada.

—Pronto, querido Blas, podrás saber la verdad que tanto ansías, que tu padre también espera. Tenlo por seguro —murmuró el rubio, y la esperanza se encendió en los ojos ajenos.

»Sin embargo, permíteme confirmar algunas cosas más, antes de poder decirte, con toda certeza, quién segó la vida de tu madre.

El pelinegro asintió, y se acomodó sobre la banca. Su mirar se perdió unos segundos, sintiéndose inútil al ser incapaz de recordar por su cuenta lo sucedido y, finalmente, se dejó ir hacia atrás, para fijar la vista en el cada vez más nublado cielo.

—Luke… ¿de verdad te sientes con fuerzas de emprender con lo que anuncias?

El mayor lo miró, y una tímida sonrisa surcó sus labios. Él negó, aunque Blaise no pudo verlo.

—Hay un terrible dolor que aún ahora recorre mi cuerpo, y al que todavía no consigo acostumbrarme —murmuró—. El hechizo es más fuerte esta vez, más perfecto… aprisionando mi cuerpo incluso tras un simple pensamiento.

—¿Un pensamiento? —interrogó Blaise, curioso.

—Siempre estás en mi mente, querido Blas… y mi padre supo muy bien aprovecharse de eso. Pero no te preocupes por mí; sé que encontraré la fortaleza para hacer lo que debo.

»Mientras estés allí… siempre voy a tener una razón para vivir, querido Blas. Tú eres mi «ikigai».

«Ikigai», la palabra rebotó en la mente de Blaise con propiedad, porque podía entender la complejidad de su significado: «La razón por la que se levantaba y vivía cada día».

Bajó la cabeza y lo miró; no había sorpresa ahí, sino más bien emoción, euforia…

Se lanzó hacia él y lo besó, y Luke no dudó en corresponder, a pesar de que el dolor se extendió a través de él como una terrible y aguda punzada. El rubio deseaba tanto dejarse poder llevar por sus deseos, por sus emociones.

Pero los grilletes de Malcom Edevane estaban ahí… y Blaise se dio cuenta por el temblor en su pecho y brazos, a pesar de que él no se detenía. Entonces, tuvo que decidir por ambos, y se separó.

Ambos se miraron, y Blaise sonrió.

—Lo siento… creo que tenemos que dejarlo hasta aquí.

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—Ikigai: La propuesta que te lleva a descubrir la razón por la que estás en este mundo, el porqué te levantas cada mañana.