Capítulo 38: Litost
La cabeza le zumbaba, justo cuando adquirió un poco de consciencia; su cuerpo estaba caliente, y podía sentir cómo su sangre fluía. Tenía el pecho oprimido, como si muchas manos lo apretaran con una tremenda fuerza, y esa sensación se extendía hasta su espalda.
Sus brazos… no podía levantarlos, y sus pies estaban fríos. Sus oídos tapados y, segundo a segundo, era como si una presión lo subyugara desde afuera, y contrajera todo en su interior.
Entonces… lo supo: estaba allí, de nuevo.
Luke aclaró su mirada en el techo de yeso, la decepción abordó su ser; posó la vista alrededor, y las vio. Allí se hallaban Alessandra, su madre, y Denisse, la menor de sus hermanas, sentadas a un costado de la cama.
No pudo sostenerles el mirar ni por dos segundos, y lo llevó al otro lado de la habitación.
Se sentía miserable.
De nuevo… ambas contemplaron esos ojos perdidos en el varón.
—¡Luke!, cómo…
Denisse murmuró, pero sus palabras se esfumaron al contemplar el mirar desvalido que imperaba en los orbes miel de su hermano, su expresión cansada, sus hombros caídos.
Ella apretó los labios uno contra otro, y juntó las manos en su regazo, encerrando el cejo con pena en él.
Respiraba, su corazón latía con ferocidad, y todos podían escucharlo.
—Tu padre no se detendrá hasta que obedezcas sus designios —pronunció Alessandra con firmeza.
Luke se sentó, aún parecía perdido, y llevó ambas manos a su pecho, arrugando la camisa al tomarla con fuerza. Se sentía agotado, débil, como si toda su fortaleza hubiera sido drenada, y eso no se trataba con la sangre.
Eran sus pensamientos, su ser, su existencia… Dentro de él, de una forma que no podía comprender, algo tembló y se sacudió como un gran terremoto lleno de dolor, y ese dolor, no físico, se extendió por todo él y lo bañó de malestar, de frío, de calor, de amargura.
La ira se regó como la pólvora, la furia, y recogió las piernas, que abrazo con fuerza; encorvó su espalda, y dejó caer la frente sobre sus rodillas. Con los ojos abiertos, observó ese pequeño espacio semi oscuro, y todos los músculos del cuerpo se le tensaron.
«¿Por qué?», la pregunta bordeó sus pensamientos con potencia. «¡Por qué!», una lastimera expresión lo golpeó… ¿Por qué?
Apretó las mandíbulas una contra otra, una parte suya no quería dejarlo salir, pero ya no podía, ya no… ¿Hasta cuándo? ¿Cuánto más podría seguir adelante pretendiendo firmeza? ¿Por cuánto tiempo más sería capaz de aguantar esta clase de golpes?
Esto era más fuerte que él, más fuerte que cualquier cosa que hubiera conocido jamás, y lo perseguía… corría detrás suyo a lo largo de su vida, lo tomaba de los pies y no lo dejaba escapar, hasta que solo existía dolor y soledad.
Un sollozo se quedó atrapado en su garganta, fue el primero, pero ya no pudo reprimir el segundo, ni los que vinieron después.
Delante de su madre, y de su amada hermana, Luke rompió en llanto.
Los ojos de Alessandra se abrieron de par en par por la sorpresa de lo que escuchaba, al igual que los de Denisse, quien se levantó y escaló en la cama hasta llegar a él, tomarlo por los brazos y levantarlo, solo para ver esos ojos miel que tanto amaba inundados en sangre, y los caminos rojizos que manchaban sus mejillas, la debilidad de su mirada, la fragilidad de su expresión…
En su interior, los músculos se le contrajeron.
—Todo va a estar bien… —murmuró apenas, con dificultad, pero Luke negó.
—No… nada estará bien —musitó él con la voz ronca, apretó los dientes, dejando ver los colmillos, y le desvió el mirar—. Nada estará bien.
—¡Todo estará bien, Lulu! —insistió ella, poniéndose también a punto de llorar al verlo en esa condición.
Él volvió a negar.
—Tú no lo entiendes… no lo entiendes… nadie lo entiende…
Denisse apretó los labios uno contra otro, y los dedos de los pies; el cuerpo se le tensó, y la molestia apareció, junto a un revoltijo en su mente.
—¡Entonces explícame! —exigió—. ¡¿Qué es lo que se supone que no entiendo?! —Lo miró con dureza.
Alessandra se levantó, rodeó la cama, y se detuvo al otro lado, más no dijo nada.
El silencio reinó, solo segado por los sollozos que Luke se esforzaba en contener sin éxito, su cuerpo tembloroso y en funcionamiento. Denisse, al no obtener respuestas, desesperó:
—¡Háblame, Lulu! —exigió de nuevo, colocando ambas manos sobre los hombros ajenos y zarandeándolo—. ¡No puedo saber lo que sientes si no me lo dices! —lloró.
La madre miró a su hija con pena, porque sabía que su desesperación por su hermano mayor era tan real, como el dolor que su primogénito sentía en estos momentos.
Para Luke… todo era confusión, todo se trasformó en un desastre. Se sintió en desequilibrio, y negó, abrazó más sus piernas y trató de huir, pero Denisse no se lo permitió: ella lo tomó por los brazos y enderezó su espalda, lo hizo confrontarla; y él observó molestia, celos y dolor en sus ojos…
«¿Por qué no puede ser así de fácil?», se lamentó, encerrando su mirar en ella, a sabiendas de que no podría huir, a pesar de que lo que tenía para decir no iba a ser agradable a oídos ajenos.
—Dime… Lulu —pidió la rubia en un susurro acercándose a él, que tragó con dureza.
—Esto… me quema y… es tan doloroso —musitó al fin el mayor, y Denisse se detuvo en seco.
»Lo que siento por él es tan… diferente, tanto que no puedo explicarlo en palabras, y nunca podré. Yo sé que me amas, créeme que lo sé; sé lo que hemos sentido por el otro desde que naciste, pero… esto es diferente, Deny, es abrumadoramente diferente.
Ella retrocedió, y Alessandra detectó el choque contra una pared en su mirada.
—Se siente como… una tortura —gimió Luke—. Cada vez que pienso que puedo ser feliz… existe una razón que me lo arrebata.
Denisse sintió como si todo por dentro se le contrajera en un retorcijón terrible, y le desvió el mirar, incapaz de seguir vislumbrando esos dolidos ojos, que mostraban compasión con ella en medio de una crisis existencial.
Pero lo sabía, no era tonta… siempre lo había sabido.
Marianne… recordarla era como traer a la vida los mejores años de su hermano, donde lo desafió todo para estar con ella, donde la amó hasta el último segundo de su vida humana, y después. Eliza… con ella fue tan diferente, y a la vez tan similar. Luke se convirtió en un monstruo por su muerte, no importándole nada con tal de vengarla… ella quería algo así.
Pero, en el momento menos esperado, Blaise Habsburg nació.
Las lágrimas inundaron sus ojos, al tiempo en el que retrocedió hasta el borde de la cama, mirándolo de lejos.
—Yo… no puedo evitarlo —declaró Luke en un susurro—. Necesito estar cerca de él, pero no puedo…
»Cuando no estoy cerca de él, es doloroso… se siente como si algo me quemara por dentro de una forma mil veces más dolorosa que la misma sed, más terrible —jadeó, y sus ojos bajaron a sus piernas—. Lo deseo tanto, lo quiero tanto… lo necesito tanto… que no puedo evitar terminar yendo hacia él.
»¿Por qué… tiene que ser de esta forma? —preguntó al aire, recogió las piernas, y volvió a abrazarlas, con el mirar perdido al frente, a ninguna parte.
»Me fui porque… creí que así dejaría de doler, pero solo empeoró. Cada día lejos fue un suplicio y… no puedo evitarlo, no puedo controlarlo… —La mandíbula de Luke tembló, como el resto de su cuerpo, y el desconsuelo tan solo creció.
Denisse se levantó y, ante la atenta mirada de su madre, se quedó parada al costado, mirándolo. Luke levantó la vista y la volvió hacia ella. Sus ojos afligidos chocaron con los decepcionados de la dama, y el malestar se extendió por su expresión.
—Yo te amo, y lo sabes —recordó el mayor, Denisse no dejó de mirarlo, ni él a ella—. Sabes que un día serás la madre de mis hijos, pero… esto es diferente, está por encima de cualquier otra cosa, Deny.
Las lágrimas comenzaron a recorrer los pálidos mofletes de una Denisse que se mostraba firme por fuera, pero a quien las palabras de su hermano le hacían clavarse clavos por dentro de forma lenta y dolorosa.
Ella no podía objetarlo… ¿cómo podría?
Tenía tantos deseos de que su hermano fuera solo suyo, pero el destino no le concedió jamás esa petición.
Su hermano no había nacido para ser suyo, ese era el problema.
Su hermano había nacido para sufrir, y eso le rompía el corazón.
—No puedo solo… hacer lo que él quiere. No puedo…
El hilo de la voz de Luke resonó, tanto en la madre, como en la hija.
Alessandra se colocó de rodillas sobre la cama, ninguno de sus movimientos era innecesario, y eso se debía a que fue educada para ser una señora desde muy niña, y ya eran casi mil años.
Ella pasó las manos por la cabeza de su hijo, y lo instó a levantar el rostro. Luke obedeció, consciente de que se trataba de su progenitora, y sus orbes se encontraron con los suyos, que lo miraban con una ternura propia de una madre que ve a un hijo sufrir.
—Siempre he pensado que tu felicidad vale más que cualquier cosa, mi Luke —habló, pausada y serena—. Durante toda tu vida, solo has tenido tiempo de sufrir… muy poco para ser feliz.
»Tu padre es un hombre chapado por el miedo a la locura, y el deseo de demostrarle a su propio padre que él es capaz de hacer lo necesario para mantener a nuestra familia unida.
Sus ojos se suavizaron, y Luke mojó sus labios. No podía dejar de hacer latir su corazón, no conseguía dejar de respirar, porque estaba débil, porque eran diez días sin ingerir sangre, porque ese varón, Malcom, había puesto «eso» de nuevo en él, con una ferocidad mil veces superior.
—Tú… has nacido atado a una fuerza superior a cualquier entendimiento, mi niño —prosiguió Alessandra—. ¿Por qué tú? No lo sé. ¿Podrás dejar de sufrir? Estoy segura de que, incluso con esto, encontrarás la forma.
Luke achicó el mirar en ella, sus lágrimas comenzaron a acumularse de nuevo, y tragó con dureza.
Él se estaba conteniendo, sus orbes sufridos y su mandíbula tensa se lo anunciaban a Alessandra.
—Eres un muchacho valiente, más que ningún otro… Sé que encontrarás la manera de ser libre de todo lo que te ata en este mundo, y en todos los mundos. —Llevó las manos a las mejillas ajenas y las acarició con los pulgares.
»No te resistas —pidió la dama y avanzó un poco más, hasta desarmarlo, hacer que bajara las rodillas, y lo abrazó a su pecho.
El frío recorrió a Luke como un calambre doloroso. Sentía el pecho en el aire, pero dolía, y a cada segundo solo lo punzaba más y más.
No quería parecer débil, pensaba que carecía de ese derecho, pero… se sentía tan miserable, se sentía como la nada…
Sus emociones, esas que solía enterrar en lo profundo, actuaron por sí solas y, ante el afable abrazo de su madre, decidió dejar de resistirse y, de nuevo, las lágrimas y los sollozos lo inundaron todo.
Denisse nunca pensó que podría odiar a su padre, por el simple hecho de que era eso, el ser que ayudó a que viniera al mundo; sin embargo, al ver los brazos de su hermano rodear el torso de su madre, y pegarse a ella con fuerza, al escucharlo llorar con desesperación, ser como un niño pequeño…
No… Luke nunca había actuado así, nunca tuvo la oportunidad. Él siempre fue el hermano mayor que debía cuidar de los demás, y eso lo supo desde el momento de su nacimiento, porque la primera sangre que tomó fue la suya, tal cual el resto de sus hermanos.
Ellos estarían atados a él para la eternidad, y él a ellos.
Sintiéndolo envolver su cuerpo, Alessandra no evitó recordar el momento en el que su hijo, Cedric, le habló sobre lo sucedido en la casa Habsburg a ella, al resto de sus hijos, y a Malcom.
El destino de su niño siempre había estado marcado por el sufrimiento, pero de verdad esperaba el día en el que él pudiera abrir sus alas y surcar los cielos en libertad.
Desde su habitación, recostado en la cama y mirando al techo, Blaise Habsburg ardía en furia al tener que escuchar el llanto de Luke desde la distancia.
«¿Por qué cuando siento que al fin todo irá bien… pasa esto?», sus pensamientos lloraron, y él apretó las mandíbulas.
—Maldito seas, Malcom Edevane, por poner esos grilletes de nuevo en él —masculló con la voz áspera y grave.
Él no era ese tipo de ser… pero ese hombre lo sacaba de su centro.
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—Litost: Estado de agonía y tormento creado por la visión repentina de la propia miseria.