Capítulo 37: Saudade
Año 1676 d.C. Serenísima República de Venecia.
Eliza era una mujer feliz, tanto como nunca lo fue en ningún punto de su joven vida vampírica. Vivía en un lugar alejado de todos aquellos capaces de abrir sus bocas para decir falacias, en una preciosa casa, sin servidumbre, y junto al hombre del que se había enamorado al apenas verlo bajar las escaleras de aquel salón, en la fiesta de años atrás.
La vida de un no muerto podía ser magnífica. Para ella lo era.
Esa noche no hizo más que limpiar y leer y, cuando los primeros rayos del sol se anunciaron, cerró puertas y ventanas, y decidió reposar, como hacía mucho tiempo no lo hacía; se recostó en su cama, cerró los ojos y divagó.
Hasta que, en medio de aquel brutal silencio, escuchó algo.
Sin embargo, al abrir los ojos ya era demasiado tarde.
Allí los vio: Dylan, Natasha, Frederick y Logan, tres de ellos portaban estacas de plata y, en menos de un segundo, las enterraron en su pecho.
El dolor que aquello le produjo la hizo gritar, y comenzó a sentir que se quemaba por dentro. Su cuerpo empezó a removerse, buscando liberarse, pero ellos la aprisionaron entre los cuatro.
Ese era el problema: ella era solo una.
—Esto es para que entienda… que no puede solo dejarnos porque encontró a ese noble repleto de estatus —murmuró Logan con acidez, y se encargó de hundir más las estacas, de un golpe.
Eliza bramó en consecuencia. En su interior, el pecho se le apretó, y sus órganos comenzaron a funcionar en automático, lo que desató la perdición, porque la sangre comenzó a fluir fuera de su cuerpo a través de las heridas y, antes de darse cuenta, cuatro manos rodearon su cabeza, y comenzaron a jalar.
Temió.
—No…no… ¡No! ¡Ayuda! —gritó ardida en terror, y el cuarteto invasor se burló.
—No hay nadie aquí, más que usted y nosotros —proclamó Natasha, e imprimió más fuerza en su agarre.
Entonces, en medio de su forcejeo, Eliza lo sintió, y el terror se pintó en su mirar de jade al notar cómo los huesos de su cuello se quebraban, y cómo su cabeza se separó del resto de su cuerpo, que comenzó a removerse más y más, como una gallina descabezada.
Eso era, en efecto, lo que era ahora.
El dolor se quedó en su cerebro, como miles de balas de plata siendo disparadas una y otra vez, y Logan tomó su cabeza entre sus manos, para mirarla y reír. «¿Cómo puede hacer eso?», Eliza se preguntó, en el momento en el que sus ojos se llenaron de lágrimas de la poca sangre que no se escurría por su medio cuello lacerado.
El mareo se sobrevino, y cuando colocaron su cabeza a un lado, sin sentir nada más que su propia consciencia, se llenó de temor, de ira, de dolor, de frustración, de deseo…
—Lu… ke… —musitó apenas, o eso pensó ella, porque tan solo un gangueo sin sentido abandonó sus pálidos labios.
Y los cuatro se quedaron en pie allí, a un costado de la cama.
El cuerpo dejó de moverse primero, y celebraron, felicitándose los unos a los otros, burlándose de la cabeza que aún conservaba un poco de consciencia, cuyos mofletes se hallaban bañados en lágrimas escarlata.
«Luke… ayuda, por favor… Luke… lo siento, lo siento…», era lo único en lo que podía pensar, en medio de una desesperación acentuada porque sabía que se estaba perdiendo. «Te amo, Luke… te amo… y lo siento, lo siento tanto… te amo… te amo…».
Sus ojos contemplaron la negrura y, de repente, todo solo desapareció.
Luke apretó los dientes, y la ira se disparó en su interior.
Las lágrimas de sangre oscura brotaron de sus ojos, y caminó hasta la cama, donde el cuerpo de Eliza ya casi se deshacía por completo; colocó la cabeza sobre lo que en algún momento fue su pecho, y se reprimió. Gruñó apenas, e hizo funcionar a su cuerpo para poder mantener la cordura.
Sus pensamientos comenzaron a bailar con la desesperación, pero la enterró y puso sus esfuerzos en su nariz, y en la dirección que debía tomar.
Abandonó la casa en una carrera, dejando al cochero, y a su propio alimentador, intrigados, y siguió sus instintos.
Corrió por varias decenas de kilómetros, pero el rastro era claro a sus sentidos; llegó a un poblado retirado, y los encontró. Allí, en medio de una nublada mañana, ellos bebían un buen vino en una habitación casi vacía; tiró la puerta y, en el momento en el que ellos lo vieron, se dio cuenta del terror que sintieron.
Sin embargo, no le importó.
Corrió hacia los cuatro y los inmovilizó, les partió las piernas y los brazos en segundos, y los escuchó gritar. Disfrutó de hacerlos berrear en dolor, de jugar con sus extremidades rotas y dominar sus cuerpos cuando deseaban oponer resistencia.
Sus orbes de color miel brillaban casi en naranja con el firme deseo de hacer sufrir, y así lo hizo. Insonorizó la habitación para no ser interrumpido y, sin decir una sola palabra, arrancó miembro por miembro de cada uno de ellos: primero, el pie de Logan, después, la pierna de Dylan, el brazo de Natasha, la mano de Frederick; uno a uno, intercalándolos, y aguzando, gracias a la dominación y la nigromancia, la agonía que sentían.
Se metió en sus mentes, aquel cuarto ya era un cúmulo de sangre y tripas, y los hizo revivir una y otra vez estos momentos hasta que, poco a poco, arrancó sus ojos, cortó sus orejas y, al final, arrancó sus cabezas de sus cuerpos, con una lentitud tal que sus gritos se perdieron en ahogos y desesperación.
Solo después de eso, cuando ya no hubo más gritos, cuando ya nadie pedía piedad, su cuerpo se calmó.
Deshizo la barrera y, en medio de ese desastre sangriento, tras haber gastado gran parte de sus fuerzas en torturarlos a nivel mental, cayó de rodillas al suelo.
No supo cuánto tiempo pasó, pero la fetidez aumentó, y, antes de que los cuerpos comenzaran a volverse cenizas, la puerta de aquel cuarto se abrió, y vio a su padre allí, a su hermano Markuss, y a Lord Kyburg.
Y ellos lo vieron a él, todo cubierto en una sangre que ahora era negra, de los pies a la cabeza, cada fibra de su cuerpo, y la impresión y el asco les ganaron.
Sin embargo, no podía ser tan fácil.
Esa misma noche, después de bañarlo y vestirlo, Luke Edevane fue llevado ante Adhemir Flabiano, Gran Patrizio de los Veneto, y referido al concejo del clan, lugar en el que se lo juzgó por tortura y asesinato, donde se puso en duda incluso la integridad de la rama principal de la familia.
El tribunal pasmó cuando Adhemir utilizó su visión y la llevó a cada uno de ellos, para que contemplaran el horror que el muchacho había visto padecer a su amada, y su propio terror.
«Debemos agradecerle por limpiar a nuestro precioso clan de esa basura», vociferó uno de los miembros de las familias secundarias, y eso selló su declaración de inocencia.
Sin embargo, la duda ya estaba puesta, y Malcom ardió en furia, gracias a ese primer vástago que siempre lo ponía en entredicho.
Un Luke devastado, metido en sus pensamientos al tener que revivir el horror de la muerte de Liza, fue llevado a las catacumbas de la casa de su padre, apresado con cadenas, y encerrado por eternos días, sin derecho a alimentarse.
Sin embargo, aquello no terminó como Malcom deseaba.
Él quería que Luke enloqueciera y que rogara piedad, pero no fue así.
Los gritos de dolor por la terrible sed llegaron a la casa desde abajo, y cada día se hicieron insoportables, pero Luke jamás rogó, nunca se doblegó, y eso enfadó más y más a un Malcom que no dudó en lastimarlo, en torturar su cuerpo de formas terribles y carentes de sensibilidad, acusándolo de bastardo, de desgracia, de fracaso.
Los hermanos tan solo podían escuchar y callar; y no fue sino hasta que su madre, Alessandra, y el mismo Adhemir, se apersonaron varios días después y lo sacaron de allí, en contra de los deseos de Malcom, que el martirio terminó.
Tras haberse bañado y alimentado, Luke desapareció.
Y no fue visto sino semanas después cuando, en medio de una visita las criptas que Cedric, Denisse y su madre hacían, lo captaron a lo lejos, hacia el final, donde se encontraba la tumba asignada a Eliza.
Denisse pensó en ir, acercarse, pero su madre no se lo permitió.
Desde lejos, los tres vieron cómo Luke se desplomó frente a la tumba y lloró, un llanto que caló en su interior y los sacudió con dolor, con desesperación e impotencia, porque ellos nada podían hacer para ayudarlo a sentirse mejor.
Porque, de nuevo… de nuevo, él lo perdía todo.
¿Cómo podría olvidar eso?
El día que perdió a Liza, fue cegado por el deseo de venganza, pero también por el dolor. Durante los pocos años en los que estuvieron juntos, se sintió como en casa. Por primera vez desde que Mary se había marchado de su lado, la sed fue saciada en infinidad de ocasiones, y su mente permaneció tranquila.
Ellos le quitaron eso. De nuevo… la felicidad le era arrancada de tajo justo frente a sus ojos, y transformaba el jardín de su existencia en un montón de hierbas resecas y sin vida, a la tierra en piedras donde nada más podría nacer.
Justo ahora, en el momento en el que su pecho ardía con un dolor tan terrible, como hacía años no sentía, recordó el malestar de la perdida, el temor, el deseo, la ensoñación… la triste realidad.
Su cuerpo se encogió, y sintió la cabeza darle mil vueltas, justo antes de percibirse siendo estampado contra un falso suelo y, en medio de la negrura, la pesadez se instaló en su centro como pesados grilletes dolorosos enterrados en cada porción de su existencia.
Una parte de su ser temió, sin saber lo que sucedía, y deseó tener un momento de libertad; otra aborreció la fuente de este malestar, que se transformó en malestar en cuestión de nada y abrumó cada centímetro de su existencia.
De repente, fue como si una estaca fuese clavada justo al centro de su esternón, y la punzada de dolor que se le regó lo hizo reaccionar.
Sintió su cuerpo de un golpe.
Despertó.
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—Saudade: Profundo estado emocional que mezcla las tristezas con los afectos. El vacío que produce la distancia de la persona amada.