Capítulo 36: Ramé

Año 1670 d.C. Serenísima República de Venecia.

Los conflictos bélicos de los humanos solían tenerle sin cuidado; sin embargo, las fiestas nocturnas que acostumbraban organizar, resultaban actos perfectos para buscar, en su acometida personal, apoyo y conexiones.

Luke se hallaba hoy dispuesto a disfrutar del acontecimiento, ataviado con una camisa blanca bordada y de mangas largas, sobre la que llevaba una chupa con detalles en hilo de oro, y una casaca de un azul órcela con puños y ruedos bordados también en hilos de oro; pantalones, medias y zapatillas, además de su largo cabello peinado hacia atrás, y un rostro limpio.

Uno de los nobles locales había convocado a la clase alta de las cercanías a reunirse; en medio de una república que iba de capa caída no era lo mejor, pero los conflictos humanos poco importaban a los Veneto. Pronto harían su movimiento, y el inicio del fin de esta torpe nación llegaría.

Bajó del carruaje tirado por un par de caballos negros; hoy asistía en soledad, a pesar de que era impropio para alguien de su clase, pero nada le interesaban las insistencias de su padre. No pasó mucho para que fuese capaz de contemplar las deformes siluetas de mujeres ataviadas con excesos de tela. Con sinceridad, no comprendía este concepto de vestimenta, ni ahora, ni en los últimos setenta años.

Los seres humanos, tan metidos en sí mismos, parecían solo ir más y más hacia la decadencia.

Subió las escaleras y entró a la mansión, siendo guiado por un varón destinado para la ocasión, y fue presentado en voz alta a su entrada al gran salón, notando cómo algunas damas volteaban con disimulo, porque los rumores decían que él se hallaba en la búsqueda de una mujer para el matrimonio, y para llevar descendencia a su familia.

Culpa de su padre, y una completa mentira.

Su fino olfato detectó con rapidez que no era el único vampiro en el lugar y, desde arriba, identificó a cada uno en un instante; bajó y fue recibido por el Lord que presidía la celebración. Su familia era una de las que controlaban esta ciudad, por lo que ya se encontraba más que curtido en el arte de soportar la zalamería de los seres humanos.

Los últimos cuatrocientos años habían estado llenos de ella.

Durante gran parte de la noche, se vio a sí mismo hablando con chicas quinceañeras que pensaban en él como un buen partido, el hombre que las sacaría de sus miserias y, más importante, les daría el estatus suficiente para burlarse de las demás; y no fue sino hasta después de unos cuantos bailes, que pudo librarse de ellas y salir al patio a disfrutar de la soledad.

Sin embargo, estando en un jardín de flores multicolores, descubrió no ser el único en desear tal cosa.

—Vaya… pero si es Lord Veneto. Es un placer encontrarlo por aquí, su Señoría.

La voz rebotó en sus oídos con finura y gracia y, al voltear, ataviada con ese estilo aparato que él tanto aborrecía, con la gorguera, una saya entera, además de su cabello, una melena tan roja como una sangre brillante, peinada y adornada con el copete, una dama sonrió.

Luke abrió de más los ojos, y solo la contempló acercarse a él, con una tranquilidad señorial; sin embargo, algo no cuadraba en todo eso, y el fondo de sus ojos, tan verdes como el jade, se lo reveló.

—¿Acaso no son suficientes todas las damas que lo rodearon esta noche, su Señoría? —preguntó la dama con provocación al acercarse más a él.

Por supuesto, ella era una vampiresa, y su aroma la identificó como una Veneto al instante. Sin embargo, él no la recordaba de ninguna parte, lo que era destacable. Tanto como el cosquilleo en el interior de su cabeza, que resultó bastante molesto.

—No tiene sentido para ellas que me quede allí, señorita. —La pelirroja sonrió y siguió avanzando, hasta detenerse a su lado.

—¿No está usted interesado en los frágiles cuerpos de las mujeres humanas? —indagó curiosa, con la vista puesta en las flores que tenían al frente.

Detrás, a varios metros, aquella fiesta seguía en desarrollo.

—No me siento particularmente atraído por las mujeres humanas —contestó Luke en calma, y ella soltó una risilla, lo que hizo al varón voltear a mirarla.

—Eso no es lo que su reputación anuncia, mi Señor —espetó ella. La diversión recorría cada sílaba de lo que pronunció.

Luke arrugó el mirar, y solo entonces la dama volteó: la picardía y el juego rondaron su mirada, y la sonrisa en sus labios creció.

—Mi nombre es Eliza, Lord Veneto, y me temo que soy una de sus fieles súbditas.

«Eliza». El nombre quedó grabado en él… y mucho más.

Eliza resultó ser una pariente lejana suya, una vampiresa joven, de apenas poco más de doscientos años, con una personalidad bastante particular.

Y no está de más decir que ambos se saltaron todas las normas y el cortejo de la clase alta esa misma noche, en un profundo encuentro carnal que llevó al rubio a rememorar un muy distante pasado, trayendo de su interior emociones enterradas, sentimientos perdidos.

Después de aquella fiesta, Luke se vio obligado a dejar los terrenos de la familia para buscar, junto a Lord Kyburg, soluciones a dos conflictos humanos que amenazaban con debilitar el poderío de ambas casas.

Los Veneto y los Kyburg, a diferencia de los otros clanes vampíricos, no escatimaban en trabajar juntos por el bien común, y era por eso que, tras tantos siglos, conservaban la hegemonía de sus territorios, y la influencia sobre las pobres autoridades humanas.

Y cuál fue su sorpresa cuando, al final de una reunión secreta, en medio de su camino de regreso al hospedaje, la vio… rodeada de otros vástagos a quienes identificó como Venetos, apenas.

Ella también lo vio y, como si fuera una conexión, ambos se acercaron al otro.

Entonces conoció a Logan, Dylan, Natasha y Frederick, que resultaron ser chiquillos que Eliza levantó al lado vampírico, pero que carecían de cualquier relación previa con el clan.

—Los encontré en tan malas condiciones, que no pude solo dejarlos allí —espetó ella cuando él le preguntó al respecto, algunas horas después en una posada alejada del bullicio del centro.

Los cuatro en cuestión se habían marchado a su propio hospedaje y, bebiendo de un buen vino, ambos conversaban.

—Mi padre casi me asesina al darse cuenta, pero cuando le dije que estas eran las consecuencias de nuestro propio desenfreno, porque esos chicos fueron dañados por las guerras que aupamos, me dejó en paz. —hablaba ella a viva voz, mientras describía sus proezas.

Logan fue el primero, casi noventa años atrás, a él lo salvó de ser comido por unos lobos, tras haberse perdido en el bosque; Dylan fue el segundo, un vástago de apariencia adolescente que cayó enfermo por el agua, y cuyos padres murieron, él no tenía salvación, así que ella le dio una oportunidad, lo mismo que con Natasha, ella y Dylan eran hermanos; y el más reciente era Frederick, un varón espigado, aunque no tanto como él, que sufría de convulsiones, al que sus padres echaron de casa muy joven, y que fue condenado a ser tratado como un demonio a causa de su enfermedad. Un vampiro no padecía enfermedad alguna, su decisión fue así de simple.

Mientras la escuchaba hablar de sus desventuras, y tomar vino como loca, la pesadez que Luke había llevado consigo por muchas décadas comenzó a ceder, y lo supo: estaba perdido.

Dos años pasaron desde entonces y, lejos de los conflictos y las batallas humanas, Luke y Eliza consolidaron una relación que iba más allá de lo físico; para ambos, estar separado del otro se transformó en un suplicio, y estar juntos en una necesidad.

Como siempre, su padre no se encontraba de acuerdo con que él se aliara a una Veneto que tenía chiquillos a su cargo, porque eso era una deshonra; sin embargo, Alessandra, su madre, siempre lo calmaba anunciando que «al menos era una vampiresa, una Veneto, esta vez».

Luke y Eliza tomaron una pequeña propiedad a las afueras, cerca de Bolzano, lejos del bullicio y las críticas de la médula familiar, y se establecieron en un compromiso formal; al año siguiente, Eliza desterró a todos sus chiquillos, y los dejó ir al mundo para que aprendieran a valerse por sí mismos.

Los cuatro se fueron, aunque en contra de su voluntad, pues ya estaban muy acostumbrados a las comodidades que una Veneto consolidada podía proporcionarles.

Los siguientes dos años, para Luke Edevane, fueron como un bálsamo, una paz.

Ellos no contrajeron matrimonio en seguida, porque Eliza no creía en esa institución, y mucho menos deseaba capitalizar los deseos que su padre guardaba para ella, pero a Luke no le importó: el solo tenerla a su lado le era suficiente para vivir un día más, para existir.

De un momento a otro, o desde el primer segundo, Eliza se transformó en el centro de su vida.

Y un día, como todo lo que atesoraba, como todo lo que amaba… la perdió.

Había partido a Venecia con uno de sus hermanos, para tratar asuntos de emergencia que comprometían a la familia, y permaneció fuera unos diez días. A caballo, y ansioso por su regreso, lo que encontró lo dejó desolado.

Al llegar a casa, una mansión alejada de todo y todos, cuatro aromas distintivos enturbiaron su ser, y uno, que debería ser predominante, ya casi no se podía sentir.

Luke corrió al interior de la casa, ignorando al cochero, y fue hasta la habitación principal.

Allí la encontró: su cuerpo, ataviado con vestimentas sencillas de andar por ahí, estaba tirado sobre la cama, deshaciéndose en cenizas poco a poco, y con tres estacas de plata clavadas en el pecho; su cabeza, esa que parecía haber sido arrancada de tajo, se hallaba tirada al otro lado del cuarto, y hacia allí, en desespero, corrió.

La tomó entre manos, y contempló esos orbes jade sin vida mirar a un punto vacío, y su temor, el horror pintado en el fondo. Dentro de él, la inquietud, la sorpresa y el espanto burbujearon, pero meditó y, aunque sentía algo muy parecido a las náuseas humanas, se concentró y miró en su interior, en busca de lo último de lo que ella había sido testigo.

Y lo vio…

Y el horror se transformó en ira, en deseo de matar, en sed de venganza.

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—Ramé: Algo que es caótico y hermoso al mismo tiempo.