Capítulo 35: Schandenfreude
Año 2015 d.C., 16 d.G. Ciudad Neutral de Gaia.
Ya nada podría volver a ser como antes, y Luke Edevane lo sabía.
Tras diez días de un viaje planificado a detalle donde, además de haber cumplido con su tarea anual de fortalecer un conjuro de reconstrucción que él mismo perfeccionó con el tiempo, había podido deshacerse, al fin, de los terribles grilletes que lo aprisionaban desde su interior, Blaise y él regresaron a casa.
Fue solo poner un pie en la propiedad y, lejos de ver el auto, lo supo: no existía forma de no sentir esa poderosa aura.
—Luke, tú… —murmuró Blaise, pero el rubio negó con la cabeza.
—Que sea lo que tenga que ser, querido Blas —musitó con sencillez.
Ambos cargaban sus maletas, y se detuvieron en el portal. El mayor sacó sus llaves y abrió la puerta. A ojos del menor, tenía una rara valentía en sus ojos, que no era eso como tal, pero él no sabía qué nombre ponerle. La cosa es que, contrario a sí mismo, que estaba temeroso de lo que pudiera pasar, el otro no parecía sentir nada.
Luke dio el primer paso al interior, y una carrera resonó.
Denisse corrió hacia su hermano y lo abrazó de golpe, lo envolvió con sus brazos y lo apretó con fuerza, metió su cabeza en su estómago, y gruñó.
—Lulu, ¿dónde estabas?, ¿por qué te has ido por tanto tiempo? — preguntó casi en llanto.
Luke miró después del pasillo, y luego a su hermana, que usaba un vestido suelto y se hallaba descalza.
—Me encontraba de viaje… —murmuró él, sin dar detalles de ningún tipo.
Denisse se separó y lo miró con ojos temerosos.
—Lulu… las cosas se pusieron feas mientras no estuviste. Nuestro padre… —lloriqueó ella.
Blaise llegó por detrás y cerró la puerta. Denisse lo miró con molestia, hecho que no sorprendió al menor.
Desde el fondo, en la sala, se escuchó un golpe recio, como de un manotazo. El mayor entendió que se trataba de eso contra uno de sus muebles. Despegó a su hermana y dejó la maleta que cargaba a su lado, para dar un paso al frente.
Desde atrás, al verlo avanzar, Blaise lo tomó de la chaqueta, gesto que hizo al rubio voltear y encontrar ojos temerosos, a los que solo pudo responder con una sonrisa. Luke estiró su diestra hasta rozar con el pulgar la mejilla ajena, y le dijo:
—Todo estará bien, querido Blas.
Un consuelo tácito que nubló el mirar del menor, y que hizo a Denisse retroceder y bajar su mirada con decepción.
Luke avanzó hacia la sala de estar, donde encontró a quienes ya había sentido apenas acercarse al lugar: su madre, una mujer alta y bien portada, de apariencia treintañera y finos rasgos, cuyo cabello ahora estaba recogido en un moño, y que lo veía con dudas y preocupación notables; su padre, quien apenas encontrar sus ojos deseó fulminarlo, y los guardianes de ambos, colocados en las esquinas contrarias, para vigilar todos los ángulos.
Ailen y Raúl se encontraban en sus habitaciones.
Detrás, Denisse y Blaise, quien también dejó su maleta en la entrada, se aproximaron.
—Bienvenidos, madre, padre —saludó el menor.
Sin embargo, no tuvo tiempo para más.
Malcom se levantó de un tirón y, con la celeridad propia de cualquier vampiro, llegó a él y lo tomó por el cuello, estampándole un gancho de derecha en todo el centro de la cara, que hizo retroceder a su vástago apenas, pues el mayor aún lo tomaba.
—¡Maldito bastardo! —bramó el padre, sumergido en un muy caliente pozo de ira.
Blaise gritó y se dispuso a interferir, pero la mano y miradas de Luke lo detuvieron, con una orden tácita de que se quedara atrás.
Denisse lo miró, impresionada, y puso ambas manos frente a su pecho, entrelazándolas.
—¡Eres un maldito! —aulló Malcom de vuelta, y propinó otros dos golpes a un Luke que apenas opuso resistencia, pero que se liberó dando un paso atrás.
»¡¿Cómo osaste deshacer el hechizo?! —Lo miró con fuego en los ojos.
Luke, en cambio, solo tuvo asco en su mirada para él.
—No voy a hacer lo que tú quieras, padre. Ya no soy un niño.
—¡Entonces deja de comportarte como tal! —exclamó y levó los brazos a los lados, encerrando el cejo.
El menor negó. Él, cuya nariz comenzó a sangrar, sangrado que se detuvo al instante, se mantuvo sereno y colocó los brazos a los lados.
—Tienes que dejar de pensar que haré lo que quieras, padre.
Malcom bufó.
—Harás lo que yo quiera, Luke, porque soy tu padre, y soy la única razón por la que sigues con vida —habló serio, con suficiencia, y una mirada altanera.
Luke se echó a reír, haciendo arder al otro, y dijo:
—¿Crees que sigo vivo por tu causa, padre? No sabía que fueses tan iluso —se burló.
El mayor dio un paso al frente y, sin pensarlo demasiado, impactó un gancho de zurda contra el rostro de un hijo que ni se inmutó. Estaba débil, por supuesto, tras diez días desde su última comida, pero era fuerte y lo sabía.
Malcom engrinchó la cara en una mueca espantosa, cargada de la más pura furia, pero, antes de que pudiera dar otro golpe, algo sostuvo su mano: no se trató de Blaise, Denisse, mucho menos su esposa, ni alguno de los guardias. El mayor contempló con sorpresa cómo un cinto de grueso negro rodeó su muñeca y, a pesar de que imprimió fuerza para deshacerlo, este lo empujó hacia atrás, haciéndolo incluso retroceder en su posición.
—¡Qué es esto! —rugió con sorpresa.
Desde atrás, Alessandra, la madre, los miró con impresión. Su hijo nunca antes había presentado un desafío tan directo hacia su progenitor.
—No soy tu juguete, padre. No soy un objeto que puedas manejar a tu antojo. —La dureza en la voz de Luke rebotó en los oídos de los demás.
Blaise lo miró desde el costado, y vio en sus ojos un atisbo de ira que brilló solo por un segundo, y después fue cubierto por severidad.
—¡Tú harás lo que a mí me dé la gana, Luke! —desgañitó Malcom con fiereza.
»¡Te vas a casar con Denisse, y traerás al sexto Patrizio de nuestro clan al mundo, como debe ser! ¡Ya basta de tus estúpidos deseos, ¿acaso no te das cuenta de quién eres?!
—¡Ya basta! —exclamó Luke, áspero, cortante y severo, como una orden.
Alrededor, el silencio reinó.
Era la primera vez que alzaba la voz, y su autoridad no tuvo discusión, incluso hizo erizar los vellos del cuerpo de Denisse, de su madre, y del mismo Blaise.
Ojos firmes confrontaron a Malcom, quien no se quedó atrás: enderezó su postura y lo confrontó.
De repente, una vibración comenzó a sentirse alrededor, y los ojos de Malcom se aguzaron sobre su primogénito; él ejercía fuerza, y los demás entendieron que estaba tratando de someterlo a su voluntad por las malas, con la capacidad natural que los Veneto poseían para hacer caer a aquellos de generaciones inferiores.
Malcom era de la cuarta generación, Luke de la quinta.
Sin embargo, nada pasó.
La fuerza ejercida por el mayor comenzó a hacerse visible en su rostro, que se frunció y tensó. A la redonda, todos pudieron sentir esa potencia, pero también se dieron cuenta de algo: no solo una estaba presente.
Los guardianes de Alessandra y Malcom perdieron su posición y, antes de que se dieran cuenta, terminaron de rodillas en el suelo; el piso de la casa comenzó a temblar, y Luke metió las manos en los bolsillos de su pantalón.
Los adornos de cristal empezaron a caer de la mesa de centro y la auxiliar, e incluso una lámpara de mesa terminó en el piso, causando estrépito.
Desde el costado, Blaise se hallaba impresionado, mientras miraba los ojos que Luke tenía dirigidos a su padre: ira, una profunda ira que jamás había contemplado en ellos, se dejó ver, como el brillo de la hoja de un cuchillo de mortal plata que buscaba ser enterrado en su progenitor.
Detrás de Malcom, Alessandra vislumbraba con sorpresa esos mismos ojos, y temía… porque su amado primogénito sentía tal rencor hacia su padre, que incluso era capaz de desafiar la coacción natural que este debería poder ejercer sobre él.
—Voy a hacer, en mi vida, las cosas como yo quiera, y cuando me plazca —sentenció Luke, lo que acrecentó la rabia de Malcom.
El mayor irradiaba furia, al verse incapaz de someter a su vástago. Entonces, se dio cuenta de que la firmeza de su posición se comprometía, sintió sus piernas flaquear, y decidió darlo todo.
Una gran ola de poder, como una energía tremenda, brotó de Malcom Edevane, y los impactó a todos, haciendo flaquear a Blaise y a la misma Denisse, pero Luke se mantuvo firme, y su expresión se ensombreció.
—Solo sabes dar golpes, solo sabes someter… es lo único para lo que eres bueno. Solo sirves para destrozarlo todo —declaró Luke con aspereza destacable en su tono.
El piso comenzó a temblar con más virulencia, como un terremoto.
—Lárgate de mi casa —ordenó con firmeza, como una sentencia.
Al segundo siguiente, todo temblor cesó, y el ambiente, pesado por la energía que lo circulaba, amainó y se limpió.
Los guardianes pudieron levantarse casi en seguida, y Malcom Edevane tragó con una dificultad que solo ejemplificaba su derrota.
Había obediencia en sus ojos… apenas.
Él asintió, y dio un paso al frente.
—Me voy a ir —dijo con simpleza, y dio otro paso al frente—; sin embargo, no creas que has ganado hoy, Luke.
—No lo creo —contestó el menor y no le quitó la vista de encima.
No obstante, Malcom fue más rápido y, para cuando Luke pudo hacer algo, el índice derecho de su progenitor ya estaba sobre su pecho.
El padre dio un paso atrás, y el hijo lo sintió en seguida.
Un rayo de energía cayó sobre él desde arriba, partiéndolo, y lo hizo gritar de dolor. Cayó al suelo de golpe y comenzó a removerse, sin dejar de gritar.
Blaise se lanzó sobre él y lo detuvo boca arriba, las manos de Luke se fueron a su pecho, y el menor se dio cuenta de que su piel se había enrojecido, de que todas las venas se le marcaban en un color azul muy extraño, y temió.
No podía verlo, pero lo sabía.
Denisse se agachó a un lado de su hermano, y sus ojos contemplaron el horror de pequeñas bolas formarse debajo de su piel, y las venas se azularon más.
Alessandra contempló la escena con pánico.
—¡¿El Kétnemü?! ¡A la mierda esa unión! —vociferó Malcom, burlándose con suficiencia. Miró a Luke desde arriba con arrogancia, y se rió.
»Si no cumples con tu deber, me encargaré de ti, sin importar las consecuencias —canturreó.
Blaise Habsburg no pudo más.
La ira en su interior se transformó en odio y, en menos de una fracción de segundo, se encontró a sí mismo de pie frente a un Malcom que apenas divisaba su presencia, y le propinó un gancho de derecha que llevaba todas sus fuerzas.
El Patrizio de la cuarta generación salió volando hacia atrás en la sala, y cayó de sentón sobre el sofá, clavado. Su suficiencia se transformó, de nuevo, en furia, y se levantó en cuestión de nada.
Los ojos de Blaise brillaron en un azul perturbador, lleno de furia y rencor, y le plantó cara.
Malcom dio un paso al frente, iba dispuesto a, según sus pensamientos, volverlo papilla, sin importar que fuera el hijo de su mejor amigo, pero una mano sobre su hombro lo detuvo y, al voltear a la fuente, ojos serenos lo hicieron centrarse en ella.
—Malcom, es momento de que te vayas —sentenció Alessandra.
Menos de diez segundos después, sin un efecto causado por ninguna coacción, Malcom Edevane abandonó la casa junto a su guardián, dejando a un Luke que, desmayado en el suelo, no dejaba de convulsionar.
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—Schandenfreude: Disfrutar de la desgracia o sufrimiento de los demás.