Habilidad
Debby miró a todos lados mientras caminaba por los pasillos del palacio. Tenía días donde se sentía vigilada y eso la tenía en un estado de nervios raro. Desde hace dos días que estaba más alerta que nunca, sentía que los accidentes que sus padres habían pasado no eran casualidad, no creía realmente que fueran accidentes. O al menos ese instinto de ella le dictaba que no.
Vio a Darlene en ese jardín y una mueca de asco apareció en su rostro. Ella la detestaba, le molestaba verla tan tranquila, quería quitarla de su camino para siempre y si tenía que matarla para conseguirlo, lo haría.
Caminó en su dirección dispuesta a perturbar la tranquilidad que la rodeaba. Si ella no tenía esa tranquilidad, tampoco Darlene la tendría. Darlene levantó la mirada y suspiró, una pequeña sonrisa se formó en esos labios cereza que solo ella poseía en aquel palacio.
La belleza de Debby era realmente algo admirable, portaba proporciones que todas las mujeres y hombres al ella pasar tenían que darle toda la atención, porque Debby la demandaba.
—Querida hermana—murmuró Darlene, la sonrisa en sus labios provocativos molestó a Debby. No entendía qué demonios ese delicioso hombre veía en ella.
—Darlene—Debby le dio una larga mirada, el hermoso collar en el cuello de su hermana llamó su atención—lindo collar—murmuró mirando el precioso diamante azul que iba a juego con el vestido azul que llevaba puesto.
—Gracias, a Maddox le gusta cumplir pequeños caprichos—comentó la azabache sonriendo, sabiendo que Debby se sentiría frustrada—es un diamante muy costoso según lo que escuché—le dijo tocando la joya en su cuerpo—hermoso, digno de portarlo alguien como yo—la miró fijamente—¿no lo crees?—Debby apretó los labios molesta. Ella sabía que aquellas joyas costaban una fortuna. Solo con ese collar vivirían bien lo que les restaba de vida.
—Eso lo dudo un poco, hermanita—Darlene enarcó una ceja acercándose a ella.
—¿En serio?—preguntó para lamer sus labios—¿Por qué?—Debby se apartó un poco de ella, le incomodaba cuando Darlene la rondaba de aquella manera porque nunca salía nada bueno de eso. Ella aceptaba que de aquella estúpida que era controlada por todos ya no quedaba nada.
—Nunca te gustaron las cosas excéntricas, pensé que lo que más te gustaban eran los pordioseros del pueblo, en realidad, uno en específico—murmuró buscando fastidiarla.
—¿Pordiosero?—preguntó Darlene, su voz sonando más tranquila que lo que anteriormente sonaba.
—Aiden, ese muerto de hambre pueblerino—Debby sonrió cuando su sonrisa se perdió, para luego sentir ese extraño escalofrío recorrerla al mirar sus ojos vacíos y la sonrisa macabra en sus labios. Miedo. Otra vez Darlene le daba miedo con esa expresión.
Darlene dio un paso hacia ella y Debby retrocedió rápidamente. Su sentido de supervivencia le gritaba que se alejara de aquella mujer. Cuando Darlene caminó Debby sintiendo un miedo que nunca antes había sentido se dio a la fuga corriendo y dejando atrás a la mujer.
No fue tanto su expresión, fue lo que vio en sus ojos. No vio que Darlene quería hacerle daño, vio que Darlene iba a hacerle daño. Se dio cuenta de que esa mujer no era simples palabras, vio la intención en sus movimientos.
Cuando ingresó jadeante a su habitación se dio cuenta de que sus manos temblaban y que su cuerpo se sentía frio. Su madre no se encontraba en la habitación y lamió sus labios nerviosa mientras jugaba con sus dedos.
<< No debí provocarla >>
Escuchó un ruido y cuando sus ojos buscaron no había nada, eso antes de mirar al suelo y ver la víbora que se movía en el piso. Un grito dejó sus labios a la vez que saltaba a la cama a tiempo porque la víbora se lanzó a ella. Comenzó a gritar como loca mientras la víbora se adentraba bajo su cama. Sintió algo caminar en sus manos y al bajar la vista vio una enorme tarántula y la piel se le puso blanca mientras jadeaba quedándose estática. Sentía el animal caminar por sus dedos y escuchaba a la víbora en su suelo.
La puerta de la habitación se abrió y vio entrar a Maddox seguido de Darlene, para luego sus padres entrar.
—¿Qué pasa?—preguntó Maddox con una cara de preocupación que casi hace reír a Darlene. Ni en las obras de teatro iba a encontrar a un hombre con tan buena actuación.
—Quítala, quítala de mis manos—suplicó Debby mientras lágrimas viajaban de sus ojos. Maddox la miró confundido.
—¿El qué?—preguntó.
—La tarántula, quítala por favor, hay una víbora también, voy a morir, ayúdame por favor—las lágrimas viajaron con fuerza.
Maddox con paso precavido se acercó a inspeccionar. Miró a la joven que lloraba y parecía que en cualquier momento se desmayaría jadear con fuerza en medio de lágrimas.
Darlene trataba con todas sus fuerzas de no reírse a carcajadas mientras miraba los padres del año que al escuchar la palabra víbora habían salido por la puerta mientras esperaban las noticias que Maddox tendría que dar, eso de salir vivo.
—No hay nada, Debby—habló Maddox mirando a la joven.
—Claro, la siento caminar—balbuceó la joven temblando ligeramente.
—¿Escucharon eso?—preguntó Darlene al ver a sus padres ingresar a la habitación—su hija está totalmente loca---la madre de Darlene la miró furiosa mientras se acerca e inspeccionaba que realmente no había nada.
—Cariño, no hay nada—comentó mirando con preocupación a su hija.
—La tarántula, la víbora mami, las vi—realmente parecía una desquiciada mental de aquella manera, sus ojos abiertos y leves ojeras, sus ojos rojos por las lágrimas y esa expresión descompuesta.
—Déjanos solos por favor—miró a Maddox y Darlene mientras escuchaba a su hija balbucear continuamente.
—Bien—marido y mujer salieron cerrando y dejando a la familia atrás. Al ingresar a la habitación de Darlene la carcajada de ésta retumbó por todo el lugar.
—¿Cómo hiciste eso?—preguntó con curiosidad, la sonrisa de Maddox se ensanchó mirando el brillo malicioso que había en su mirada. Él se acercó a ella tomándola por la nuca y uniendo sus labios en su desenfrenado beso que los dejó jadeante a ambos.
Las mentes de los humanos eran débiles y mostrarles su miedo era una especialidad que a él le gustaba, una pequeña ilusión y la estabilidad de sus mentes podrían caer.
—Soy un demonio, pulchritudo, todavía no te muestro todas mis habilidades—ronroneó con voz baja y ronca, era una declaración sexual.
—Entonces muéstrala—comentó Darlene posando sus labios nuevamente en los de él.