Cuenta regresiva
Darlene respiró con tranquilidad, el olor a flores y naturaleza infundió sus fosas nasales haciéndola relajar. ¿Por qué ese jardín le gustaba tanto? Sentía que cada vez que pisaba el lugar podía lograr cualquier cosa que se propusiera. Sus fuerzas regresaban con cada minuto que compartía junto a los altos árboles, cada rama, cada pétalo. Cerró los ojos disfrutando de ese lugar como de ninguno otro en ese maldito palacio que había cambiado de manera drástica su vida, su pensar, su sentir y sus ganas de vivir.
Darlene solo tenía un sueño: ser libre. Y ese sueño lo vio morir junto a un joven que desde hace años había logrado cautivar su corazón, su manera de ser y hacerla sentir especial y única.
<< Debes matarlo >>
Abrió los ojos asustada al escuchar esa voz, pero no había nadie cerca. Su corazón latió con fuerza y siguió buscando, pero nada. No había una sola alma cerca de ella o de aquel jardín.
<< Debes matarlos a todos >>
Escuchó una vez más esa voz y todo su cuerpo entró en tensión. Era una clase de voz que podría ser dulce si no estuviese manchada de tanto odio y rencor. Tragó y siguió mirando.
¿A quién debía matar?
La pregunta rondó la cabeza de la azabache.
<< Lo sabes perfectamente, todos deben morir, yo te ayudaré >>
—Darlene—la joven saltó en su lugar y Maddox la miró confundido. Ella respiraba con rapidez y sus ojos desde hace tiempo no tenían esa chispa de pánico—¿pasa algo?—ella se calmó y volvió a ser aquella mujer que tanto le gustaba al demonio.
—¿Qué sucede?—preguntó sonriendo lentamente de aquella manera tan maliciosa.
—Tenemos un empate—le recordó Maddox—tu padre fue destruido por ti, Debby y tu madre están paranoicas por mi—Darlene lo miró fijamente. Levantó la vista al azul cielo, uno despejado de nubes.
—Un hermoso día ¿no crees?—la pregunta de la azabache lo desconcertó.
—Eso no me interesa—ella lo miró con una pequeña sonrisa.
—Debemos planear—Maddox confundido la siguió cuando ella comenzó a caminar alejándose del jardín. Admiró cada curva de su cuerpo en ese ajustado vestido en la parte superior. A Darlene le encantaban los vestidos con escotes sugerentes porque entonces Maddox actuaría como un imbécil buscando un poco de atención por parte de ella.
—¿Planear?—le preguntó con curiosidad Maddox. La sonrisa en el rostro de la joven le gustó.
—Luego te diré—le guiñó un ojo que le encantó.
Debby bebía un té que su madre le preparaba desde días antes. Sus nervios no habían mejorado del todo luego de aquel ataque en donde todos le decían que su mente había creado cosas, pero ella no les creía. Ella sintió como ese asqueroso animal caminaba en sus manos y esa serpiente se arrastraba en el suelo.
Luego de eso no había podido dormir bien porque estaba atenta a cada ataque que pudiese llegarle. Sus leves ojeras eran pruebas de que no la estaba pasando muy bien.
—Debes recuperarte Debby, estas horrorosa, de esa manera no conquistaras a Maddox y tendremos que irnos de este lugar en cualquier momento—Debby terminó de beber el contenido de la taza mirando a su madre.
—Para mañana estaré bien—aseguró levantándose de la cama para ir a mirar a por el enorme cristal de la habitación. Lo que vio la hizo odiar más a esa estúpida mujer.
Vio como esa mujer hablaba y él la seguía como un idiota. Apretó los labios sintiendo la furia extenderse por cada parte de su cuerpo. La puerta fue abierta por su padre que sonrió mirándolas.
—Listo—ellas sonrieron cuando Debby vio a una chica del servicio darle la taza de té que Darlene tomaba cada día.
—¿Cómo lo lograste?—preguntó la madre de Darlene con curiosidad mirando a su esposo.
Al fin servía para algo más que estorbar ese hombre.
El padre de Darlene cerró la puerta y lamió sus labios sintiendo la grandeza extenderse por todo su cuerpo. Imaginó todo el dinero que iba a poseer y que podría utilizar para sus juegos y apuestas. Imaginó todas las mujeres que tendría a su disposición y eso le encantó. La vida de pobre luego de tener dinero no le agradó para nada y obtener una fortuna sin trabajar se le antojó deliciosa.
—Unas cuantas monedas a las mujeres de servicio y son una tumba que hacen todo lo que quieras—Debby miró a su padre y se acercó a su tocador a maquilarse.
—¿Entonces nuestras fichas comenzaran a moverse?—preguntó la madre de Darlene tomando un labial del tocador de su hija y retocando sus labios. Debby se maquilló y ocultó sus ojeras bajo aquel polvo.
Tomó un cepillo para peinar su lacio pelo haciéndolo ver más brillante. Le encantaba la manera seductora que tenían al moverse. Miró su reflejo y lamió sus labios sintiendo que esta vez ella tendría el control de lo que pasaba.
—Me alegra que mataremos a una maldita bastarda—susurró Debby sin dejar ir la sonrisa que se desencadenó en su rostro. Saboreó el momento en donde solo vería un cadáver frio y Darlene Petrova jamás volvería—ese veneno es efectivo ¿cierto?—preguntó mirando a su padre a través del espejo. La sonrisa que este le dedicó fue suficiente respuesta.
—Espero que logres atrapar a Maddox Halfenaked, hija—ella enarcó una ceja en su dirección—porque nos estamos jugando mucho con esta partida, por eso debes lograr lo que es nuestra carta de triunfo—se acercó a ella y dejó caer una mano en su hombro—debes acostarte con él y conseguir un hijo—Debby asintió sin perder la sonrisa.
—Un hijo, un heredero y nosotros lo tendremos todo—comentó su madre colocando una mano en el otro hombro de Debby.
—Ustedes cumplan con sacar del camino a la maldita de Darlene, luego de eso tener a Maddox Halfenaked será pan comido—su madre sonrió.
—¿Segura?—ella alzó el mentón.
—Completamente—murmuró.
Mientras esas tres personas conspiraban Darlene abrió una de las celdas del calabozo. Maddox seguía mirándola con intriga. Darlene sonrió y giró hacia él.
—¿Qué hacemos aquí?—preguntó confuso.
—Planear—volvió a decir—hoy habrá luna llena—la confusión seguía en el rostro de Maddox.
—¿Eso qué?—preguntó sin entender.
—Que esta noche seremos los cazadores—aclaró y una siniestra sonrisa se iba formando en sus labios—hay tres presas que deben desaparecer—Maddox se carcajeó al entender el asunto.
—¿El mejor juego?—preguntó saboreando sus labios.
—El segundo mejor—aseguró.
—¿Cuál es el primero?—ella lo miró fijamente.
—Ese tendrás que descubrirlo—le guiñó un ojo para luego ambos mirarse y reírse.
Porque la cuenta regresiva comenzaba.