CAPÍTULO II: LA HIJA DORADA (4)
Amara corrió lo más rápido que pudo hacia la tercera zona del refugio de su reino exiliado. Necesitaba encontrar a su hermana, sus instintos se lo decían. Pasó por las primeras dos zonas, algunas pilastras estaban caídas. El terreno estaba todavía húmedo. Había campañas abiertas, donde se trataban de restaurar los tejidos de los heridos en batalla. La guerra distante parecía ser una verdadera masacre.
Llegó a la zona número tres, la Zona C, y se topó con algunos de sus antiguos compañeros. Los saludaba a todos, mientras buscaba la campaña de su hermana. Pasando por unos senderos enlodados, se distrajo con los sonidos de la batalla distante; se sentó en una piedra donde se vislumbraba a distancia las temibles luces de la guerra; rayos de ataque y defensa. Era la Gran Batalla Interdimensional.
Sus pensamientos se inundaban en el misterio y el desvelo; en el caos, y bien en la cantidad de energía que sucedía allí cuando de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, apareció una presencia familiar.
–Pensé que no nos volverías a permitir verte la cara, mi hermana.
–¡Ceres! ¡Estuve buscándote por todas partes! –exclama Amara–. ¿Acaso los sonidos de la batalla no cesan nunca?
–Nunca, hermana– responde Ceres–. La guerra está más ardua que nunca.
–¿Cómo vamos?
–Es difícil decir –exclama–. Zaura tiene un dominio por el momento, pero los frontales de su ejército están debilitados; nuestra gente tiene más fuerzas, más energía.
–Aunque aquí dentro, Aramordt es débil–continúa–. Pues este, está infectado.
–¿Infectado?– responde Amara.
De pronto, Ceres se sujeta la parte izquierda del abdomen, denotando un dolor intenso en él.
–¿Qué te pasa? – pregunta Amara.
–Estoy herida– responde Ceres.
–¡¿Por qué no dices nada?!–responde la hija dorada.
Amara de inmediato, la sentó en el subsuelo, y la inclinó hacia la piedra; reposando su espalda sobre ella. Le revisó la costilla, y tenía una infección severa.
–Es un ácido– responde Ceres–. Proveniente de los Glonds, y de sus armas. Tienen magia oscura, ahora en su tecnología.
–Te quería preguntar– continúa la hija mayor del rey–, ¿trajiste alguna pócima de Eldrįn? Esta vez sí me puede ayudar.
Amara recordó en ese momento, la pócima que regaló a los elfos, justo antes de partir. Y estaba muy enojada, pues hubiese preferido mil veces darle esto a su hermana. Se veía gravemente herida.
–No hermana, no tengo. Lo siento.
–No te preocupes–exclama Ceres–. En realidad, estaba pensando ir adonde mi madre para pedirle una. Lo que me recuerda, ¿ya la fuiste a ver?
–No, aún no he ido–responde Amara.
–¿Que dices si me acompañas, y así la vamos a visitar las dos?¡Anímate!
Pero la hija dorada, por alguna razón, escuchó su intuición y sintió que a gritos le decía que no debía ver a su madre. O por lo menos, no en ese momento. Y fue muy extraño para ella, pues ella antes de estar allí, soñaba con la idea de volver a abrazar a su madre. Pero alguna energía extraña le indicó que no era lo mejor, para ninguna de las dos.