CHAPTER II: LA HIJA DORADA (3)

Aunque, indagando involuntariamente entre los bolsillos de su capucha, encontró un cristal. Dentro de él, reposaba una pócima verde; energía proveniente de la esencia vegetativa. Preparada con las semillas más puras de Eldrįner; protegida por el cristal adiamantado. Esta ayudaba a regular la temperatura del cuerpo, y su vapor se integraba a los órganos de la persona. Tenía propiedades curativas; limpiaba y reordenaba los tejidos desunidos. No podía afirmar que esto curaría totalmente al señor, pero sabía que, al menos en su consciencia, estaría más tranquila al haber aportado su ayuda.

–Dame tu mano– exclama la mujer al niño.

El niño le da su mano derecha a la mujer, y la mística princesa la obsequia la pócima vegetativa que había encontrado.

–Esta agua esta bendecida con los ríos más puros de Eldrįn–responde–. Dale esto a tu padre, y Elgoneth derramará la buena salud sobre él.

–Aun así–continúa–, no puedo garantizar que tu padre salga con vida de esto, pero por eso te la entrego ahora a ti, porque tú sí lo podrás hacer.

–¿Cómo señora? – pregunta el niño.

–Con amor, y con fe –responde la mujer–. Enfrenta la situación de tu padre con optimismo; siembra buenas intenciones, y este poder se triplicará para tu favor. Solo debes encargarte de dársela, con las más puras de tus energías.

Agarró su caballo blanco, se trepó ágilmente en él, y comenzó a marcharse a toda máquina; disculpándose con el necio elfo mayor, quien aun insistía en el camino que ella se quedase. Realmente quería seguir ayudando, pero esta vez se trataba de su familia. Esta vez se trataba de su hija.

Se dirigió entonces, hacia el horizonte. Vio desde las alturas de Eldrįner, el descenso hacia la Región de Neftalí, encaminada, hacia el interminable desierto. Siguió su camino, y descendió por el sendero empinado y descendente de tierra; el largo camino de las Colinas de Deolom.

En una luna crepuscular, descendía a toda velocidad por el sendero empinado, hasta que llegó a la superficie del desierto. Estando en él, empezó a dirigirse más hacia el sur, donde estaban las concentraciones del Equipo de Luz, el equipo sobreviviente del antiguo reino de su padre.

El lado de la guerra era oscuro, y en medio del desierto árido, la princesa de oro contemplaba a distancia los rayos y explosiones de guerra; el impetuoso campo magnético de plasma que recubría el lugar.

Aproximándose a la zona de la concentración, fue alumbrada por la luz del faro localizador de Eros; el hombre había estado despierto toda lo noche, pues sabía perfectamente que era el día en que su amada estaba próxima a venir.

Bajó las escaleras rápidamente, al identificar que se trataba de ella. Hasta llegar, a la salida del faro.

Salió del faro, y observó a su amada en la distancia; en la fría ventolina de la noche, mientras amarraba su caballo en una de los improvisados establos del refugio.

Eros se dirigió corriendo hacia donde su amada. No estaba delirando. Esta vez, ella estaba realmente allí.

–Pensé que no te volvería a ver–dice el hombre–. ¡Te he extrañado demasiado!

–Ya me he dado cuenta, amor–responde la mujer–. Yo también te he extrañado. ¿Dónde está la niña?

Detrás del padre, tímida desde la oscuridad, se denota la presencia de una niña reluciente; su cabello negro danzaba con los vientos fuertes del desierto.

–¿Ada? – dice Amara–. ¿Hija? ¡Soy yo mi amor!

La niña se aproxima poco a poco hacia sus padres, y se da cuenta que se trataba efectivamente de su madre. Suelta su peluche de oso que le había confeccionado su tía, y salió corriendo a abrazar a su madre, entre lágrimas y llanto.

–¡Te he extrañado mucho, mami!

–¡Yo igual hija! Yo igual.

–¡No te vayas mami!– dice la niña entre lágrimas–. ¡Por favor no te vayas más!

–Ay hija mía–exclama Amara–. ¡Vas a ponerme a llorar! ¡Vine a celebrar tu cumpleaños! Esta tristeza no la quiero con nosotras. ¡Vamos a celebrar! No vas a creer lo que te traje.

–¿Qué madre?

–¡Moras! –exclama Amara–. Nunca las he probado, ¡y quiero que las probemos juntas!

La mujer baja de su bolso, todas las moras que había traído, y otro pequeño donde tenía algo guardado. Un collar adiamantado fabricado por los elfos de Eleanor, diseñado para su hija. En el centro tenía la primera letra del Rimėrian. La letra A.

–¿Por mi nombre madre? – pregunta Ada.

–Y por el mío– ella respondió–, tu y yo siempre estaremos juntas. Tu y yo siempre seremos una, y con este collar, siempre estaré contigo; no importa que suceda a tu alrededor. Siempre estaré aquí, hija mía.

–¡Mira, ya pronto va a amanecer! –continúa–. ¡Feliz cumpleaños hija mía!

El alba arropó consigo una gran brisa en medio de la infinidad del desierto. Iluminándolos a ellos, y a la claridad de un pequeño castillo que Amara no había notado.

–¿Allí están mis padres ahora? – pregunta la princesa.

–Así es–exclama Eros–, sabes que tu padre necesita un trono adonde vaya.

–Ugh–responde Amara–. No me hables de tronos Eros. ¿Sabes dónde está mi hermana?

–Estaba en la Zona C, pero, ¿ya te vas? ¿No vas a pasar tiempo conmigo?

–Claro que sí, pero ahorita no es el momento–responde la mujer.

–Amor, te he esperado por un rimero entero–dice el hombre–. Si ahora no es el momento, dime tú, ¿cuándo lo es?

–Eros no te pongas sentimental ahora–responde Amara–. No estoy diciendo que no voy hablar contigo, solo estoy diciendo que ahorita no es el momento. Debo ver a mi hermana, y debería ver a mi madre.

–Pero amor...

–Te prometo que hablaré contigo después, ¿sí? Déjame hablar algo importante con ellas, primero.

–Está bien–contesta Eros–. Solo no te demores mucho.