CAPÍTULO III: UNA GUERRA INTERMINABLE (2)

En la noche anterior, entre las mismas horas de la noche, una conversación estaba tomando un curso inesperado.

–Abuelita, es muy tarde ya, ¿cierto? –pregunta Ada.

–Así lo es hija mía–responde Leyra–. Deberías descasar, ¡mañana es tu gran día! No puedo creer que ya vas a cumplir seis rimeros.

–¿Por qué no? ¡Ya soy grande abuelita! –responde la niña–. ¡Y quiero que mi mami vea lo grande que estoy.

–Estoy segura que quedará impresionada.

–¿Qué crees que me regale?

–No lo sé mi nieta–responde la mujer–. Pero si no te duermes pronto no podré levantarte para llevarte adonde tu padre, y recibirla a ella con un beso allá.

–Bueno, está bien abuelita. ¡Me acostaré ya!

La niña se volteó rápidamente del balcón donde se encontraba conversando con su abuela, descendió las escaleras escondidas donde se encontraba una cámara secreta, donde se encontraba su cuarto hecho por su abuela; aunque, Ada no podía dormir, y al encontrar un libro entre su biblioteca de escritos por la reina, encontró uno que le llamó mucho la atención, sobre un forastero.

Sujetó el libro, y decidió subir las escaleras al instante, pues quería que su abuela se lo contará antes de dormir. Al llegar al nivel principal de la cúpula, observó a su abuela aún sentada sobre su balcón, pero escuchó un suspiro de repente, que agudizo sus oídos. Era un soplido tenue, que la invitaba acercarse a este.

El murmullo parecía provenir de la entrada principal de la cúpula; unas leves corrientes de viento corrían hacia ella, y en la perdida de la noción del tiempo, la niña escucho tres toques en la puerta de madera, muy agudos.

Ada se acercó, y su inocencia la inclinó a abrir la puerta para ver que estaba detrás de ella.

–Hola Ada, ¿te has olvidado de mí?

La niña estupefacta, permaneció en silencio ante la oscuridad que estaba postrada delante de ella. No sabía, ni como parpadear.

–No tengas miedo, no vengo hacerte daño–responde el ser–. Venía a hablar con tu abuela, ¿sabes dónde se encuentra?

La niña dio algunos pasos atrás, y con sus ojos aguosos, señaló con su mano temblorosa detrás de ella, apuntando hacia el distante balcón.

–Gracias mi niña–dice la mujer misteriosa–. Has crecido mucho, y tu corazón permanece noble, sobrina.

La niña permaneció en la pilastra esquinada; su pequeño instinto le decía que corriera por sus escaleras, y se fuera, pero esta estaba petrificada, no podía ni moverse.

La mujer encapuchada de negro, entró a la cúpula, y en sus primeros pasos, le acarició el cabello a la niña gentilmente. Por un breve momento, su manchado corazón sintió pizcas de empatía, y después de dieciocho años, decidió volver a ceder la bendición dragonaria, el acto más divino y sagrado entre los Raen, hacia su sobrina de sangre real. Esta se convertiría en su segunda, y última vez.

–¡Aléjate de ella! –exclama Leyra–. Ada te dije que te fueras a dormir.

–Está bien, madre–responde la extraña mujer–. Solo le estoy dando la bendición.

–La próxima vez, observa primero tus manos, Rita.

La energía blanca se disolvía ante la presencia de un poder azulino que brotaba de la cabeza y cuerpo de la niña. La bendición se disolvía, y no entraba correctamente; rechazando el poder, y haciendo que este se desvaneciese en corrientes de vapor sobre ellas.

–Vete a dormir Ada, no te lo volveré a decir–exclama la reina– Y si tú quieres hablar, mejor que sea de inmediato.

Leyra se voltea y se adelanta hacia el balcón, Rita entonces se inclina y le da un beso en la frente a la niña. Saca un amuleto de color amatista de su bolsillo, y se lo entrega a la Ada.

–Es un cristal para la buena suerte, hija–exclama Rita–. El mejor de los plasmáticos. Quizás creas que soy un monstruo, y tu abuela es un ángel. Pero recuerda siempre, no todo lo bueno es así de bueno. Ni todo lo malo, así de malo.

La niña sujeto el cristal con ambas manos, y la mujer volteó su mirada, hacia su frente. Empezó a dirigirse hacia el balcón, mientras la niña e escondía detrás de la pilastra, observando a escondidas y a distancia, lo que seguiría.

–Ada tiene un campo energético que la protege de toda energía impura–exclama Leyra.

–¿Crees que no me di cuenta de eso? Aun así, pensé que funcionaría. Es una bendición al fin y al cabo, ¿no crees?

–¿Qué bendición crees que puedes ofrecer? Si estas manos tuyas, son las más impuras que ha visto estos reinos.

–No vine aquí para discutir, Leyra– responde Rita–. Quiero observar cómo va esta guerra, junto a la dulce compañía de mi linda madre, ¿me concedes el honor?