Chapter 11: CAPÍTULO III: UNA GUERRA INTERMINABLE (1)

–No te preocupes– dice la mujer–. La visitaré más tarde, ¿te pare-

–¡Vamos hermana! – exclama Ceres–. ¡Acabas de llegar! Si no es ahora el momento indicado, ¿cuándo lo será?

–¿No crees que será demasiado emotivo? –respondió Amara–¬. Todos somos frágiles ahora.

–¡Tonterías Amara! – Ceres respondió–. Mi madre realmente te extraña; sabes que eres quien más la entiende. Ella sabe muy bien que estás aquí, ¡y la has visto cada año que vienes! No le rompas el corazón, ¡vámonos!

Las mujeres iniciaron su viaje hacia el interior de la fortaleza, montadas en el hermoso caballo blanco que se acercó a ellas con un silbido de la princesa dorada; el mismo caballo que una vez le regaló su madre, para sus dieciséis rimerianos. Y en el fondo del corazón dorado, la princesa realmente echaba de menos estar en el alma de su pueblo; anhelada con estar de nuevo con su gente. Pues aún cuando Aramordt había caído, un hogar habitaba entre sus remanentes.

Las hermanas cruzaron entre los corredores improvisados, y se integraron en los alrededores del nuevo castillo de sus padres, el Refugio de Aramordt. Cada paso que daban era más lento, pues el brillo de la maravillosa fortaleza renacida del caos y las sombras significaba algo para sus futuros. Destinos que ahora brillaban sobre su camino; reflexionando en ellos, mientras la gente generaba rondas de aplausos tras su caminar. Asombrados, ante el milagro de verlas juntas. Luchando codo a codo, como antes; como debió haber seguido. Su imagen llenó de esperanza el corazón de los nativos, ante la gran adversidad. Y sus hermosas sonrisas, eran esa luz del horizonte brillante que todos necesitaban. Guiándolos hacia el triunfo; mostrando el rostro correcto para enfrentar esta guerra sin fin, mientras deseaban en sus mentes que la princesa recuperaría aquellas arenas doradas de su antiguo reino hasta que en aquel entonces tomaron caminos separados, pues su viaje necesitaba caminos diferentes. Pero ahora mismo, era uno; unificado, y bendecido. Con los mismos sueños, las mismas alegrías, y los mismos miedos.

Llegaron a los salones finales; los más altos del castillo, la Morada de Leyra. Una hermosa cúpula suspendida en lo más alto del gran refugio, donde se vislumbraba la vista de toda la región, y se observaba la batalla a la perfección.

Allí llegaron ambas princesas, y cuando entraron a su cúpula, allí estaba la reina de todas las naciones, de todos los claros, de todos los bosques. La hermosa Leyra Aramordt.

–¡Hijas mías! –dice la mujer abrazando a sus hijas de gozo–. ¿Cómo están? ¡Amara gracias a los cielos estas aquí! Te extrañamos mucho.

–Y yo a ti madre–

–¡No te vas más! – exclama Leyra–. Haces demasiada falta. Pasen adelante hijas.

Ambas hermanas entraron a la cúpula de su madre, y vieron la vista más amplia que jamás vieron en sus vidas. Se veía todo el desierto; las vicisitudes de la región; aparte, la colosal batalla sucediendo en el frente.

–¿Dónde está mi padre? – pregunta Amara.

–Ay hija mía– exclama Leyra–, Tu padre sigue en las frontales, son demasiados Glonds. El poder de Zaura es insuperable. Esta noche será, mi última noche aquí. Mañana, regresaré al ataque.

–¿Crees que debas hacerlo madre? –pregunta Ceres.

–Así es hija mía– responde Leyra–. No puedo dejar a su padre allá solo, no mientras viva. Su causa sigue presente, y su fuego arde más que nunca. Está inspirado.

–Es el momento adecuado entonces

–Así parece, Amara– dice la mujer–. Pero suficiente sobre la guerra, cuéntame hija, ¿le obsequiaste algo a Ada?

–Así es madre, me han dicho que te has encargado muy bien ella–responde la princesa dorada.

–Es una niña muy buena, y muy inteligente–dice Leyra–. Algo callada, retraída. Debes estar más cerca de ella.

–Eso intento madre

–No he tenido ningún problema en cuidarla– prosigue Leyra–; aunque, aún no logra emanar sus poderes.

–¿Crees que sea algo grave? –pregunta Amara.

–No debe ser algo de qué preocuparnos–responde Leyra–. Es una niña que ha crecido con muchas presiones externas. La guerra no es el mejor lugar para florecer.

Amara bajó la cabeza, haciendo un gesto de tristeza. Leyra le sujetó su declinada quijada, y se la subió gentilmente.

–No seas tan dura contigo misma hija– dice Leyra–. Estas dando lo mejor que puedes dar.

–Madre, estas no son las condiciones que quería para mi hija–dice la mujer entre lágrimas.

–Lo sé hija, lo sé; yo tampoco quería esto para mi nieta–responde–. Aunque, ella está destinada a ser alguien grande, la luz la busca, y ella busca la luz. Esta destinada hacer algo muy grande. Sino atravesamos este dolor, no podremos conocer la visión de nuestros destinos. Debemos estar atentos. Elgoneth espera lo mejor.

Cuando la hechicera mayor, pronunció el nombre de la deidad, Amara perdió la visión; entró en un trance en su vista y sus ojos se pusieron demasiado brillantes. La luz la estaba perdiendo entre las corrientes de la materia, y su espíritu se perdió en el misticismo y la nostalgia de la creación del todo.

–¿Amara? –pregunta Leyra–. Tienes las pupilas grises, ¿te sientes bien?

–Necesito sentarme madre, es todo.

Ceres y Leyra bajaron al segundo nivel de la cúpula donde había una habitación pequeña. Aquí, Leyra dormía cuando volvía de la gran batalla. Amara entonces quedo en cama con su madre.

–Voy a marcharme–exclama Ceres–. Creo que estarán mejor solas. Quiero estudiar algunos ataques de la batalla, desde arriba.

–Está bien hija–exclama Leyra.

Una vez Ceres cerró la puerta, Leyra se dirigió a Amara.

–¿Cómo te sientes hija mía?

–Ya mejor madre gracias.

–Parece que te perdiste cuando dije el nombre de mi padre– exclama la reina–. ¿Has tenido visiones con él, no es así?

–Si madre. Creo que, está tratando de mandarme un mensaje.

–Pienso lo mismo–exclama Leyra–¬. Pero creo que es un mensaje más personal del que crees. Parece que al final del camino, es el único lugar donde se pueden encontrar las respuestas.

La reina de los bosques inclinó su cabeza; dirigió su mirada hacia el abismo alejado de la gran batalla. Se levantó y se aproximó hacia su balcón, en la fría velada del atardecer traicionero. Amara se levantó de la cama, y se puso justo de lado de su madre. Algo estaba fuera de lugar.

–¿Qué pasa madre? –pregunta la hija dorada.

–Hay algo que necesito decirte, hija–responde Leyra–. Creo que eres la indicada para escucharlo. Necesito decirle esto a alguien. Pero quizás no sea de tu agrado.

La hija dorada tomo un respiro profundo; tragó la silaba amarga, pues ella conoce bien a su madre. Su garganta carcomía de miedo. Su mente se ansiaba de impaciencia. Sabía exactamente, de lo que estaba a punto de conversar.

–Rita estuvo aquí, anoche–continúa la reina.

–¿Aquí? ¿En tu cúpula sagrada?

–No dialogamos exactamente aquí–responde la mujer–. En el montículo más alto que vez debajo de nosotras, existe un lago pequeño, que ella misma engendró, pues no hay manera que haya sido creado por otra naturaleza que no sea de la magia oscura. Es donde aparece, sobre las aguas.

–¿Sobre ellas?

–Desde ellas, y sobre ellas–responde la reina–. Es un portal desde su Reino de Cenizas, hasta aquí. Es una energía muy impura Amara, pero es donde está dispuesta a conversar. Sobre la fría arena de este perdido y envenenado desierto.

–¿Qué sucedió? –preguntó Amara.