Capítulo 29
…—Entonces, ¿Cadi necesita ayuda? —Ezra asintió— ¿Pero quién?
—Majestad, si usted lo permite puedo ayudarla y así compartir responsabilidades.
—Pero acabas de ser liberada de un castigo, no creo que a Asma le agrede.
—Si su majestad ordena que sea yo quien la ayude no pondrá negativa —Sugirió—. Otra cosas, ¿Qué ha pasado con la investigación de la muerte de la reina?
El rey empezó a caminar a la salida del palacio junto con Ezra. Mahdi asintió dando su apoyo.
—No he encontrado nada. La única sospechosa hasta hace poco eras tú. Sin embargo, no eras la única que se beneficiaba de la muerte de Khatri.
En cuanto escuchó esas palabras, Ezra paró en mitad del camino.
—Majestad, creo saber algo.
—¿Qué es? —interrogó
—Cuando fui enviada al castillo del desierto siendo inculpada de haber hecho abortar a la fallecida Alid, creo que está relacionado con esta situación.
—¿Cómo se van a relacionar? —bufó con incredulidad.
—Pienselo… En aquel entonces la Consorte actuó muy apresurada y al final cayó. Quién sea el que esté tras esto, también lo está ahora. Solo hay una persona contemporánea con esos acontecimientos. Esa persona también se benefició de la muerte de la Consorte —señaló sin nombrar a nadie—. En aquel entonces despejó el camino con la muerte de Akil.
—Pero no tiene lógica, pues quién ejecutó a Akil fue la reina, pero ahora mismo está muerta, nada le puede beneficiar si está muerta.
—Su majestad no me ha entendido —se apresuró a decir—. No hablo de la reina. De hecho, si el plan hubiese quedado perfecto la investigación se quedaba estancada en la reina… no avanzaría. ¡Hubiese sido la coartada perfecta!
—¿Quieres decir que fue Cadi? —preguntó todavía con incredulidad.
—Yo no he dicho eso, pero su majestad ha entendido —declaró en clave. Ella no quería tener problemas por supuestas acusaciones falsas… quien había dicho eso en voz alta había sido el rey no ella. Déjeme investigar por usted
Mahdi la miró dudoso. Sin embargo, solo pudo ver su rostro frío e inexpresivo. Tanto había cambiado, ya no era cálida y tierna como en el pasado. Ahora, sus ojos maquillados con Kojol negro le daban un aspecto amenazador y poderoso. Pero el rey se sentía aún más atraído por esa nueva vibra en su esposa. Y seducido por su belleza inalcanzable accedió.
—Estaré cerca de ella con la excusa de ayudarla, solo saldremos de dudas. Si ella no fue, no fue. No perderá nada con eso. Después de todo no será castigada por qué la han atacado con un rumor —atacó con amargura.
—Ezra, querida. No puedo castigarla sin pruebas, pues su familia es poderosa. Aunque ellos no son el problema, en realidad es su hermano que ha escalado tan rápido en el ejército… No es cualquier persona. Ahora es un héroe de guerra nacional, aplastó a los chiitas y los expulsó de las fronteras. Está comandando un ejército de 100,000 hombres. ¡ Ni siquiera yo puedo contradecirlo! —argumentó
—Usted es el califa, algo hará al respecto. No creo que se deje gobernar por ese hombre.
Ezra se sentó sobre el banquillo y miró a un grupo de asistentes recorrer el palacio. Vio como sus cuerpos se tensaban y sus sonrisas se congelaban en sus rostros en cuanto la vieron. Esas mujeres miraron fijamente la escena. No podían devolverse y no saludar a ala señora Azzar, pues era una falta gravísima contra las reglas del palacio. Pero como su intención no era saludar a la mujer se quedaron reunidas a los lejos mientras hablaban.
—¿De verdad confías en mí? —interrogó el rey a la vez que se sentaba al lado de Ezra.
—Es el rey, confío en usted —declaró con formalidad.
—¿Solo por eso? —se aventuró a tomar las manos de Ezra. Pero de un solo movimiento Azzar se soltó del agarre y se corrió un poco en el asiento.
Mahdi acortó nuevamente la distancia y agarró con fuerza las manos de Ezra impidiendo retirarlas de entre sus manos.
—¿Por qué me sigues castigando? —susurró—. ¿Por qué sigues tan distante y fría conmigo, Ezra?
—No lo estoy castigando, majestad. Está aquí conmigo disfrutando de un bonito día.
—Vamos, ¿porqué lo haces? —interrogó a la vez que acariciaba su nuca y sus mejillas.
Ezra no esperó un momento más junto al rey o de lo contrario podría ceder y complacer en lo que quería y se levantó del banquito.
Las muchachas que miraban desde lejos por fin se decidieron abandonar el lugar. Y para hacerlo primero debían saludar a la esposa de tercer rango y obviamente al rey.
Con pasos rápidos y nerviosos, las mujeres se acercaron hasta ellos y reverenciaron en saludo.
Ezra miró de reojo a las mujeres y asintió en aceptación del saludo y estas se relajaron.
—¡Majestad! —todas se acercaron con timidez al rey. Algunas ni siquiera conocían a su marido.
—Me retiro, majestad —Ezra se despidió.
El rey trató de detenerla. Sin embargo, ya era demasiado tarde, pues Ezra ya se había alejado tan rápido como una liebre que se escabullía entre las trampas.
…
La señora Cadi divagó por la sala principal de su palacio mientras encendía los candelabros e iluminaba el lugar. Pero su ritual nocturno se interrumpió cuando la doncella personal entró a la estancia.
—Su señoría, el rey está aquí.
La señora Cadi arrugó el ceño extrañada.
—¿Está aquí?
—¡Si!
—Vamos, tráelo hasta aquí —ordenó
La muchacha salió dispuesta a cumplir con la orden de su ama y cuando regresó traía con ella al rey. Hizo una venia y se retiró de la sala.
—Majestad, ¿qué lo trae por aquí? —interrogó extrañada.
—Me he dado cuenta que tienes muchas obligaciones, y que te has equivocado en tus deberes como la nueva líder del harén. Te daré un ayudante.
—¿Qué? No me he equivocado, majestad.
—Le diste a la señora Azzar la asignación mensual de una asistente. Si fuese mi juicio te hubiese reprendido. Pero, Azzar me hizo pensar las cosas mejor y ella se ha ofrecido para ayudarte en la administración del harén.
Cadi no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Cómo Azzar había encantado el corazón del rey? Ella todavía se lo preguntaba. Sus ojos quedaron fijos sobre el rostro del hombre, todavía sorprendida y a la vez enfurecida por la noticia.
[...]
Asma Cadi no podía creer que el rey compartiera su poder con nada más y nada menos que la nueva esposa Azzar. Era algo insólito pensar que aunque había tratado de represarla en ocasiones anteriores, de alguna manera lograba liberarse de los grilletes y volvía a dominar al rey. Ella no sabía cuál era el secreto o la estratagema que usaba Azzar para embobar al rey y hacerlo actuar según quería.
—¿Cómo lo hace? —interrogó en voz alta
—Mi señora, ¿a qué se refiere?
—Azzar, ¿Cómo hace para que todo le salga bien?
—Mi señora, ella cuenta con la aprobación del rey… la ha contado desde que entró al palacio.
—No puede ser —se lamentó—. ¿Acabaré por perder todo lo que ya he ganado durante estos largos años? ¡No puedo permitirlo!
—Su señoría, el rey está obsesionado con ella… será imposible remontar su avance.
—El rey ni siquiera se quedó esta noche en mi palacio.
—¿Qué piensa hacer? —interrogó interesada.
—No lo sé, tampoco lo pensaré ahora… Mi hermano regresa de la guerra en pocos días, y ya no aguanto la espera para volver a verlo. El es un señor de la guerra, lleva a muchos hombres bajo su mandato. —comentó con orgullo.
—Señoría, el señor Amir logró resaltar en la guerra al capturar al jeque de los chiitas, él definitivamente le ha dado estabilidad dentro del harén.
—Si, ya nuestra familia se está haciendo poderosa gracias a Amir
…
Días después…
El ejército de más de cien mil soldados regresaba al país después de un año combatiendo a los chiitas. Muchos de ellos se quedaron en sus pueblos de nacimiento y se reunieron con sus familias. Amín junto con otros soldados viajaron hasta la ciudad, la urbe de la sociedad árabe de la época.
Sin embargo, lejos de la imaginación de Amín, específicamente en el palacio imperial de la capital árabe, el rey Abasí se sentía amenazado por el poder ascendente del hombre en el ejército. Él tenía muchos hombres a su cargo y el rey no pensaba esperar a que se le entregase más hombres bajo su mando.
El príncipe Jaffar también era un general conocido en el ejército árabe. Y que por el ataque de los chiitas se había tenido que movilizar a la frontera y expulsarlos. El hermano del rey tenía a su cargo doscientos mil soldados, básicamente aquellas personas eran del rey, pues el príncipe Jaffar era su hermano y pertenecía al mismo clan.
Abrumado, Mahdi envolvió el pergamino de su escritorio y lo guardó en uno de los gabinetes de su aparador.
—Majestad, ¿Qué piensa hacer? —el primer ministro quien lo estaba ayudando a buscar una solución al inminente problema entró por la puerta contigua del despacho real.
Ezra paseaba cerca de la sala de audiencias del rey y cuando vio entrar al primer ministro al recinto, la curiosidad la embargó. ¿Qué temas hablaban los hombres? ¿Por qué nunca podía involucrarse una mujer?
Con pasos calmados y silenciosos se acercó hasta uno de los laterales de la sala y entró al lugar. El ambiente se sentía frío y la iluminación de aquel rincón era totalmente escasa. Tal vez ese lugar era una bodega y por eso la razón de sus condiciones.
Ezra desvío su atención cuando escuchó una voz masculina. El ministro estaba hablando con el rey.
—Creo que debo debilitar su poder con un matrimonio. —escuchó decir al rey
—¿Con quién lo casará, majestad?
—Lo he pensado mucho, pero creo que ya he hecho mi elección.
—¿Quién es? Me encargaré de enviar un edicto de inmediato a la mujer.
—No te apresures en hacer eso —advirtió el rey—. Creo que la hermana de la señora Azzar es la candidata perfecta.
Ezra abrió los ojos sorprendida y producto del estupor empujó los brazos sobre una de las estanterías haciendo caer las cosas que estaban puestas allí.
Al otro lado de la sala los hombres se removieron inquietos por el sonido, y tratando de ver qué era, el ministro empezó a caminar hacia la bodega. Sin embargo, ya Ezra había salido mucho antes.
—No es nada, tal vez un ratón.
—¿Cómo van a haber ratones en mi palacio? Llamaré de una vez al servicio para que limpie esas bodegas —declaró molesto.
Al otro lado del muro Ezra todavía respiraba frenéticamente debido a toda la emoción y el miedo por ser descubierta. Sin embargo, en su cabeza todavía resonaban las palabras del rey… Un matrimonio para Salsa.
El solo hecho de pensarlo la llenaba de rabia.
Salsa podía ser un poco mayor y no estar casada todavía. Sin embargo, el rey no tenía ningún derecho de decidir en la vida de su hermana, no siquiera porque era el rey.
Ezra solo pensaba en avisar a Salsa. Sin embargo, ¿qué podría hacer ella si el rey emitía un decreto? Tendría tiempo de pensarlo, pero por lo pronto tendría que avisarle a su hermana.