Capítulo 28

La respuesta del rey fue la esperada, pues al estar entre la espada y la pared no tuvo más alternativa que aceptar. Ahora, unos días después del anuncio de su promoción como esposa oficial de tercera categoría las murmuraciones de parte de las demás esposas no se hicieron esperar. Pasaría a llamarse como una cuarta esposa y su título señora, al igual que Cadi.

Ezra había recibido el decreto del rey en el que se autorizaba su ascenso y su título de esposa, para ese momento ya no podía esconder su sonrisa alegre y triunfante. No se debía al hecho de casarse con el rey, más bien lo que aquello significaba… Poder.

Sentada en el tocador de su habitación estaba supervisando la labor de las criadas nuevas que le habían asignado. Vio con detalle cómo peinaban su cabello y lo adornaban lujosamente con broches, peinetas y pasadores de oro y plata. Luego maquillaron sus mejillas con colorete y sus ojos con kojol.

Finalmente las doncellas le acomodaron perfectamente sobre su cuerpo el caftán hecho fielmente a sus medida. Aquella túnica la llevaban todas las novias el día de su boda. En realidad, ella ya era considerada por el mundo como una esposa. Sin embargo, los títulos dentro del harén imperial se regían por otras cosas.

Cuando Ezra se levantó del banquillo, la infinidad de joyas que la adornaban repiquetearon por todo el lugar a la vez que ella se movía. Su broche en la cabeza, el collar, las pulseras y los brazaletes parecían tocar una melodía propia y especial.

Cuando estuvo lista Didi entró a la habitación, miró a su ama con admiración y embeleso.

—¿Cómo me veo, Didi? —preguntó mientras extendía los brazos a cada lado y giraba su cuerpo.

—Mi señora, se ve hermosa.

—¿Crees que falta algo?

En ese momento Yasmina entró ala habitación

En ese momento Yasmina entró a la habitación y tras ella Sahabat sosteniendo una rosa roja recién cortada del jardín del palacio.

—Le falta una rosa fresca —comentó Yasmina

Está sonrió en aceptación y volvió a sentarse en el banquillo.

Yasmina cogió la rosa, le cortó las espinas y la acomodó entre el cabello y oreja de Ezra.

Azzar miró el reflejo en el espejo por varios minutos y en silencio empezó a quitarse los adornos y pasadores que tenía puesto en la cabeza.

Las doncellas que habían pasado tantas horas arreglándole el cabello se inquietaron en sus sitios al ver la acción de su nueva ama.

—Quiero ser yo. Solo esta rosa me dará identidad. Pero todo este oro me perderán entre la multitud de esposas. Nací en el campo, y solo una flor llevaré sobre mi cabeza —explicó

Las doncellas aceptaron, pues no tenían otra alternativa. Y finalmente su ama quedó lista para la ceremonia.

Ezra montó el palanquín asignado y se movilizó hasta el gran palacio imperial. Cuando tocó los primeros escalones elevó la mirada a lo alto y suspiró aliviada. Ascender hasta allí no fue tarea fácil, pues perder a su amiga, depender de otros y ser menospreciada había sido el precio que tuvo que pagar. Pero ahora, ella planeaba hacer pagar a esas esposas que le habían hecho la vida imposible. No descansaría hasta verlas caer y retorcerse en su propia mugre.

Ezra empezó a subir las escaleras de piedra del gran salón imperial. Al entrar a la sala las concubinas se pusieron de pie en cuanto la vieron entrar. Sonrió con ganas en aquel camino adornado con flores y bellezas.

Al final del corredor estaba el rey sentado sobre el trono imperial. El hombre llevaba puesta la túnica real y la corona de las cinco piedras. Cuando estuvo a varios pasos de él se arrodilló y esperó con paciencia que todo el protocolo ceremonial terminara. Sin embargo, para su sorpresa este no duró demasiado, aunque si duró más que cuando fue ascendida a concubina imperial.

Al final, el rey le concedió el nuevo rango de esposa.

Luego de la ceremonia los novios, todas las concubinas y esposas presentes se dirigieron a la sala contigua. Allí el servicio del rey aún circulaba de un lado a otro con afán. Sin embargo, en cuanto la familia real entró a la habitación todos salieron rápidamente.

Esa ocasión era exclusiva para la nueva señora Azzar. Sin embargo, habían concubinas que todavía se empeñaban en llamar la atención del rey. Los trucos que se inventaban eran tan recurrentes y molestos, pero Azzar hacía lo posible por no prestarle atención.

Su atención recayó sobre la princesa Shakti y la señora Cadi. La primera solo sonreía ampliamente hacia ella cuando sus miradas se cruzaron. Cadi por su lado estaba concentrada en la comida, ni siquiera había levantado la mirada en todo el tiempo que habían empezado a comer.

Ezra se dedicó a examinar a cada una de las concubinas reunidas en la sala. Y cuando por fin el banquete terminó, las esposas salieron de la sala una por una. Ella también pretendía salir, pero fue interceptada por Shakti.

La princesa acompañó los pasos rápidos de la nueva esposa, pero Ezra paró en seco cuando esta empezó a hablar.

—Vea, nos volvemos a encontrar…

—¿ Qué quiere? —interrogó con severidad.

—La quiero felicitar por su nuevo logro, “señora Azzar”—sonrió con cinismo

Ezra no sonrió, es más ni siquiera se volvió a mirarla.

—¿Qué quiere? —preguntó nuevamente— Me está haciendo perder el tiempo en conversaciones sin sentido, razón y rumbo.

—Está bien, no le quitaré más tiempo. Permiso —se despidió.

...

—Señora Cadi, usted me prometió que me iba a sacar de aquí —reprochó iracunda

—Te pido paciencia, Shakti… paciencia.

—¿Paciencia? ¿Oye lo que me está diciendo? He esperado ya un año, ¡un año! Ya no soporto estar aquí, tiene que sacarme. Ahora, su poder se ve amenazado con el ascenso de Azzar. Dígame, ¿cómo pretende asegurar su poder?

—Cuida la forma en que me hablas, no olvides que eres una pobre desgraciada. El rey no te ha visitado más desde que lo insultaste —reprochó enojada.

—¿Pero qué quiere que haga? Lo único que quiero es salir de aquí —empezó a llorar—. Me prometió un divorcio, todavía sigo esperando eso.

—No es fácil de conseguir, el rey es quien te concederá el divorcio, pero el ya ha declarado que nunca saldrás de aquí.

—Haré todo por conseguir ese divorcio, quiero salir de aquí. ¡No lo soporto! No me importa por quien pase por encima o qué arregle en secreto, debe sacarme de aquí —hizo un berrinche propio de una niña pequeña y luego salió del palacio de Cadi.

Nota:

Ahora una aclaración respecto al capítulo.

El divorcio es permitido actualmente por el Islam, en ese entonces también. De hecho, hay registros de que eso sucedió.

Sin embargo, las divorciadas a pesar de ser protegidas por la ley islamica al obligar al esposo a darle una dote que asegurara su futuro en caso de divorcio, también era conocido que esto era relativo, y solo les protegería por cierto tiempo. Es por eso que aquí las concubinas no tenían por opción el divorcio sino el ascenso y así asegurar su futuro y el de sus familias en caso de la muerte de su esposo.

[...]

Los días pasaron rápidamente en el harén del rey. Aquellos días fueron los últimos en ser tranquilos para Ezra. Y aunque el rey la visitaba casi todas las noches, todavía existía la duda e incertidumbre sobre lo que pasaría en el futuro. Ella sabía muy bien que el rey era voluble y que sus sentimientos que en un momento podían ser tan imperioso como una tormenta de arena, pero también podían cambiar, y convertirse en arenas movedizas… muy peligroso.

Encendió las velas de la sala principal y se sentó en el sillón. Suspiró con nostalgia y alisó las arrugas imaginarias de su vestido.

“¿Qué se siente perder la vida de esta manera y seguir como si nada? Soy un muerto en vida que trata de sobrevivir”

Su eunuco Didi entró a la sala interrumpiendo los pensamientos de la Ezra.

—Señora Azzar, las habitaciones ya están listas.

Ezra asintió en silencio

—Cierra las puertas del palacio, y dile a Yasmina que prepare mi baño y ropa de dormir

—Pero seguro el rey vendrá hoy —expresó confundido.

—Didi, ¿dónde está tu cabeza? Para el rey soy un juguete, uno que algún día le gustó y que nuevamente recuerda. Si siempre estoy disponible para el, no me dará ninguna importancia. En el pasado eso ocurrió, siempre estuve allí junto al rey, pero solo conseguí su rechazo.

—Lo entiendo —apoyó

Ezra sonrió ampliamente al eunuco y salió también de la sala. Cuando llegó a su habitación encontró dentro a Yasmina preparando la tina para su baño. Ella tomó el baño rápidamente y se puso su ropa para dormir. Sin embargo, Didi irrumpió en el corredor.

—Mi señora, el rey ha llegado al palacio e insiste en entrar.

—Yasmina, apaga las velas —ordenó acelerada.

—De hecho, ya pasó el recibidor —Didi alcanzó a susurrar, pues el rey avanzó hasta la habitación encontrando el lugar a oscuras.

—Majestad, ¿Qué es todo este alboroto? —se sentó sobre el lecho.

—¿Cómo es que no me vas a atender?

—Majestad, estoy muy cansada. Cuidar de la princesa Aisha no es nada fácil

El rey no dijo nada

—¿Por qué no regresa al palacio? Ya es muy tarde y está haciendo frío.

—¿Me estás echando? —preguntó ofendido

—¡No me atrevería! —exclamó— Pero temo que no puedo atenderlo bien…

—Estás enojada, ¿verdad?

Ezra borró la sonrisa de su rostro y volvió a acostarse sobre el lecho. Sin embargo, el rey no vio su expresión dolida

—No lo estoy, son sólo suposiciones suyas —expresó

El rey suspiró cansado y empezó a retroceder a la salida.

—En verdad lo siento. Sé que merezco tu rechazo, pero prometo ganarme tu amor nuevamente.

El rey salió de la habitación y paró su caminar en cuanto estuvo al lado de Didi.

—Majestad, ¿Qué prefiere? ¿cazar un conejo silvestre o un feroz tigre?

Mahdi escuchó en silencio las palabras del eunuco, pero no respondió nada. Y finalmente salió del palacio.

Ezra quedó en medio de la oscuridad de la habitación y acompañada de su soledad, su fiel acompañante. El plan que había ideado salió a la perfección, y el rey se había empecinado en conquistarla nuevamente, aquello era un verdadero logro por parte de Ezra. Sin embargo, su corazón estaba indeciso. Ella tenía miedo de entregarlo todo y no ser correspondida. Dudaba de los sentimientos del rey, pues ese deseo de reconquista iban impulsados por el orgullo del hombre. Él no creía que existiera una mujer capaz de resistirse a él, el califa Abasí.

[…]

Aquel día el palacio de Ezra recibía l asignación mensual para su sostenimiento. El servicio entró a la sala principal sosteniendo las bandejas dónde se amontonaban las telas hechas en diferentes materiales como gasa, lino fino y seda. Sin embargo, la tensión entró al lugar cuando Yasmina reparó con especial atención las telas.

—Señora Azzar, estas telas no son las que le corresponden —expresó enojada—. Esto es lo que se le asigna a una asistente, no a una esposa de tercera categoría, incluso la cantidad en dirham y dinares es la de una asistente.

—Tal vez Cadi se equivocó —restó importancia—. La señora Cadi podrá darme la asignación mensual de una asistente. Sin embargo, eso no me quitará el hecho de que soy de tercer rango.

—Pero es injusto —reprochó

Ezra sonrió alegre al ver el berrinche de su doncella.

—No te preocupes, es solo un asunto menor —dijo con tranquilidad. Pero en el fondo ella pretendía sacar provecho de eso—. Coge todas esas telas y llévalas al departamento de costura, diles que la señora Azzar recogerá las túnicas dentro de una semana.

—Sí, mi señora.

El plazo de entrega pronto se cumplió y Ezra recibió las túnicas y vestidos hechos con las telas entregadas por la señora Cadi. Ese día se las puso y también tenía la intención de salir. Pero al salir de su palacio se encontró con el rey, quien una vez más trataba de convencerla con sus palabras y regalos. Aún así Ezra se mantenía gélida ante el rey.

—Majestad —saludó con cortesía

—Ezra, ¿dónde vas? —preguntó interesado.

—Pretendía salir al jardín imperial.

—Entiendo —asintió mientras rascaba su barbilla— ¿Por qué llevas puesta esa ropa? —interrogó

—Oh, ¿ qué tiene mi ropa?

—No es la que debes lucir

—Lo sé, majestad. Pero esto fue lo que la señora Cadi me asignó… —informó—… pero no la culpo. Tal vez se equivocó —fingió una sonrisa lastimera

—Pero no puede cometer este tipo de errores. Eres una señora, mí esposa, y el trato que se te debe dar es honorable y pulcro. Te prometo que haré correcciones.

—Pero

—No, querida.

—Majestad, está muy enojado, puede calmar su ira regalando a Cadi. Pero tal vez solo está cansada de llevar esa tarea ella sola.

—¿Qué quieres decir? —preguntó confundido

—Que puede que necesite ayuda, alguien que comparta su responsabilidad —sugirió