Capítulo 21

La criada metió el dedo en el trozo roto del anillo y consiguió untar un poco su uña con lo que parecía ser una masilla. Alzó el dedo haciendo visible a Badar. Ambas miraron confundidas aquella pegajosa sustancia.

—Mi señora, ¿qué es esto?

—No lo botes, vuelve a echarlo en el anillo.

La piedra roja de rubí brilló con fuerza en sus manos, sus destellos llenaron la cámara principal, pero solo fue por poco tiempo, pues la piedra se fracturó en pedazos ante el golpe que Badar le dio.

—Concubina, debe averiguar qué es.

—Llama a la concubina imperial Azzar, ¡Ahora! —imperó

En poco tiempo Ezra entró al palacio de Badar. Ella estaba confundida por el llamado urgente que le había hecho su amiga.

—¿Qué pasó?

—He descubierto algo, en mi anillo había una sustancia extraña.

Ezra se sentó en el sillón y agarró los trozos del anillo.

—Es muy extraño, ¿qué es?

—Deberíamos llamar a un médico

—No, debemos buscar a alguien que no tenga relación con nadie en el harén

—¿Sabes de alguien?

—No… —Ezra se pudo de pie y metió los pedazos en una pequeña bolsita—Encontraré a alguien. Además, romperé mi anillo y veré si tiene lo mismo… te estaré avisando —avisó mientras salía de la residencia.

—Espera, ¿No llevas siempre el anillo puesto? Podemos romperlo ahora.

—No, sabes que no me gustan los anillos, solo lo he usado unas pocas veces.

Badar asintió entendiendo las palabras de ella y la despidió.

…

Los días en el palacio se volvieron largos y aburridos. Las imponentes edificaciones se hacían poco útiles cuando la soledad y el aburrimiento azotaba los corazones de las concubinas. Por toda una grande extensión se exhibía la muralla rojiza del harén del rey, aquel lugar soñado por las mujeres de la ciudad, pero odiado por quiénes vivían en su interior.

Joyas, lujos, y grandeza, todo eso lo ofrecía en harén, pero a cambio tomaba la libertad de las mujeres que se sometían a él. Además, que el riesgo de morir en el intento era elevado, pues, una concubina podía ser muy poderosa o no ser absolutamente nada dentro del harén.

Ya ni siquiera el rey entraba al lugar, aquellas hermosas flores habían sido olvidadas por su benefactor. ¿Qué sentido tenían sus vidas cuando todo giraba alrededor de una sola persona? ¿Acaso tenían dignidad? Solo eran simples esclavas a la orden y voluntad del rey, un hombre que no entendía sus sentimientos y deseos.

Tanto Ezra como la emperatriz estaban pasando sus últimos meses de embarazo, y durante todo ese tiempo la investigación de su caso no llegó a ningún lado, todo era extraño, ¿Por qué no habían encontrado ninguna evidencia?

Con pesadumbre, Ezra se desplazó hasta una de las ventanas de su palacio y miró a través de los pequeños vitrales. Aburrida por no poder ver bien la noche, abrió el ventanal, haciendo que la brisa entrara y refrescara un poco su corazón.

—Didi, ¿Por qué no he podido enamorar al rey? —preguntó al eunuco quien estaba oculto entre la oscuridad de la habitación, como una sombra a la espalda de Ezra.

—El rey está acostumbrado a estar rodeado por muchas mujeres, usted es solo una más. —respondió

—¿Qué puedo hacer para que me mire distinto?

—Lo primero es no caer en el desespero. Por ningún motivo el rey puede darse por enterado que se muere por el, sin embargo, ese no es nuestro caso, usted no siente nada por él, ¿verdad?

—Ya no lo sé —confesó

El eunuco entendió de inmediato aquella expresión, su ama se había enamorado del rey. ¡Grave error! Arrugó el ceño indicando su preocupación y se acercó aún más al sillón cerca de la ventana.

—Concubina imperial, ¿ha expresado lo que siente al rey?

—¡No! ¿Cómo crees? También tengo mi orgullo, no me humillaría de esa manera sabiendo que el rey no corresponde.

—¡Bien hecho! Por ninguna razón puede mostrar algún atisbo de amor, solo actuar con coquetería. ¿Sabe por qué?

Ezra sonrió forzada y asintió con la cabeza.

—No hará ningún esfuerzo en conquistarme. —respondió

—Está en lo correcto —aceptó emocionado—, recuerde que pronto usted y la reina darán a luz, es la oportunidad perfecta para demandar la atención del rey.

—No será fácil —Ezra murmuró en voz baja.

—Recuerde lo que siempre le digo. No lo olvide —dijo el eunuco antes de cerrar la ventana y ayudarla a acomodarse en el lecho.

Didi salió de su habitación dejándola sumida en la oscuridad y la tenue luz que era su vida.

—¿De qué vale esta vida llena de lujos, vestidos bonitos y palacios de mármol si no hay nadie con quien compartirlos? Dime, Didi, ¿te has enamorado alguna vez?

El eunuco paró en medio del camino y miró sorprendido a su ama.

—Soy el menos indicado para responder —musitó y después salió.

Ezra Azzar había logrado ascender hasta ser concubina imperial tras salir victoriosa en una corta pero definitiva batalla contra una de las bellezas.

Ahora, siendo una de las favoritas del rey, fue ganando terreno dentro del harén. Pero los planes perfectos no existían, y el suyo ya amenaza con venirse abajo.

La única regla en su juego era no enamorarse del rey, al final la rompió.

¿Podrá acaso perder en su propio juego?

Ella sentía como su corazón se oprimía contra su pecho, ¿acaso el amor era así de doloroso? Pero, ¿por qué los poetas lo describían tan diferente en sus poemas?

En ese mismo momento Ezra compuso un corto poema, uno que describía a la perfección su doloroso amor.

“Mientras observo la luna con tristeza,

encogida en un rincón de mi habitación,

recuerdo mi vida pasada.

Ahora es solo un vago recuerdo.

Cada palabra dicha quedó perdida

en las hojas amarillentas del ayer.

Ahora, mi vida depende del pasado,

reticente a dejarlos atrás y

aceptar lo que en realidad son; vacío"

Al finalizar la letra, sus mejillas estaban empapadas de lágrimas. Sin embargo, todo pasaba, todo fluía y ella no pretendía acelerarlo. En ese momento, tomó una nueva determinación, una muy ambiciosa para su propio bien.

El palacio era un campo de batalla y ella iba a pelear hasta el final.

[...]

En el palacio de la eterna luz, la emperatriz Khatri aguardaba a la espera de un médico imperial, ya habían pasado varios meses desde su encierro decretado por el rey. Sus días en aquel palacio se le hicieron eternos, sin embargo, ella misma se tranquilizaba al pensar que una vez diera a luz saldría del lugar para remover a Cadi de su puesto, su poder.

En pocas horas la emperatriz empezaría a dar a luz, el médico ya había decretado que ese día un heredero vendría al mundo, aquello fue música para los oídos de Raita, quien se alegraba enormemente de llevar tres meses más que la concubina imperial Azzar que en ese momento llevaba seis meses de embarazo.

Raita ya podía saborear el triunfo de dar un heredero apto al rey y ubicarse como la primera dama y princesa madre.

Pronto, los dolores de parto empezaron a llegarle paulatinamente. Cuando ya los dolores la impulsan a pujar y expulsar al bebé que llevaba dentro, los gritos se escucharon en todo el palacio.

El rey se encontraba afuera de la habitación impaciente por conocer al bebé y por fin calmar los gritos desgarradores de su esposa. De un momento a otro escuchó el llanto de un bebé, emocionado abrió las puertas de un golpe encontrando a una Raita medio muerta y a un pequeño bebé en brazos de la partera.

—¡Felicidades, majestad! ¡Es un varón!

Mahdi corrió hasta la reina y cargó a su hijo, un pequeñito con piel arrugada y babosa.

—Majestad, es un niño —susurró Raita.

—Lo sé, es un bebé precioso —respondió con una sonrisa.

—Majestad, ya el bebé ha nacido, recuerde sus palabras.

—Estás cansada, mañana hablaremos de eso.

El rey entregó el niño a la nana e hizo el amago de salir, pero la reina levantó parte se su cuerpo y gritó con esfuerzo:

—Espere—su cabello se vino sobre su rostro pálido—, dijo que me liberaría de este encierro en cuanto diera a luz.

—Sí—asintió varias veces, se acercó al lecho de la mujer y la obligó a acostarse nuevamente—, dime, ¿qué nombre le pondrás a nuestro hijo?

La mujer sonrío aliviada y se relajó en su lecho.

—Sabía que su majestad es compasivo, gracias.

—No hay de qué.

El rey había liberado de las ataduras a la reina, por fin se podía decir que Raita volvía a ser la reina.

—Debo recordarte que no investigué nada porque eres mi familia, perteneces a mi mismo clan. Todo el clan imperial te protege, está tras de ti.

—Pero majestad, yo no fui se lo aseguro, puede investigar y aún así no encontrará nada que me inculpe.

—No me importa, solo te advierto que si me entero que has hecho algo a mis espaldas no dudaré en deponerte.

El rey salió con rapidez del palacio de la reina dejándola en total incertidumbre.

Raita desinfló sus pulmones, enojada se acostó nuevamente en el lecho y apretó los puños en la sabana que la cubría.

—Su alteza, ¿Qué nombre le pondrá al bebé?

La reina suavizó el agarre de sus manos y centró la atención en el bebé que cargaba la criada. Estiró los brazos y recibió en su pecho a su pequeño y recién nacido hijo. Raita no despegó los ojos del pequeño pelinegro mientras este estuvo en sus brazos, aquel pequeño la había encantado con su silenciosa ternura.

—Lo llamaré Alí, porque llegarás a ser tan elevado como un Califa.

La criada asintió con la cabeza y luego recibió al pequeño entre sus brazos y lo llevó hasta su cuna de madera al otro lado de la habitación de su madre.

La reina había dado a luz y por todo el esfuerzo que hizo por traer al próximo heredero quedó rendida y ni siquiera sintió los llantos de su bebé en la habitación contigua. Pero para ello estaban todas las mamás disponibles del imperio, un total de cinco mujeres estaban atendiendo al bebé imperial.

…

Los demás palacios se encontraban en vilo por la noticia del parto de la emperatriz. En ese momento las concubinas y demás esposas solo rogaban porque la reina diera a luz a una niña, con eso estarían tranquilas. Sin embargo, todo se vino abajo cuando se corrió la noticia de que la reina había dado al rey un bebé, ¡Un apto heredero!

La reacción de la señora Cadi fue la misma que otras bellezas. Su expresión se descompuso y en ese instante supo que sus días de poder habían llegado al final de su poderío.

—¿Cómo es que la reina ya puede salir del palacio? ¿Por qué el rey no ha encontrado nada?

—Señora Cadi, el rey mismo le ha dado la libertad, esa fue su condición; cuando diera a luz iba a ser libre, recuperar su poder.

—¡No puede ser! ¿Por qué soy tan desgraciada?

—Su señoría, debe calmarse.

—¿Cómo quieres que me calme? Dime, ¿Qué tengo? No tengo nada. Ella me ha quitado a mi hija otra vez, también me ha quitado el poder del harén. Durante todos los años que he estado en el haren la reina se ha empeñado en hacerme la vida imposible ¡La odio!

—¿Sabe por qué la reina la acosa tanto? Porque sabe que la única que puede vencerla es usted, ¡Le tiene miedo!

Las palabras de la doncella en cierta forma lograron tranquilizarla y también inflarle el ego, uno que ya tenía por los cielos. Esa era la función que más destacaba de los criados y servidores, dar elogios y elevar el ego de sus amos, pues solo así lograban ascender de estatus aún si lo que decían era mentira, eso no importaba, lo único que importaba era contentar el desazón en los corazones de sus amos.