Chapter 25.

. La Guajira

Pensé que el enojo se le pasaría rápido pero no fue así. Regresó como una hora después, no sé dónde estuvo, pero regresó mucho más molesto de lo que estaba cuándo salió. Lo vi cuando entró, yo estaba en la cocina terminando de hornear una torta, lo hice para matar el tiempo mientras él regresaba. No me miró cuándo entró, se limitó a caminar lo más rápido que pudo hasta su habitación.

Guardé la torta y todas las cosas que había sacado. Caminé hasta su habitación, abrí la puerta, solo me asomé un poco. Estaba acostado en la cama, pero aún no había apagado las luces.

-¿Puedo dormir contigo o quieres que me vaya? –No respondió, agarró su teléfono adrede para ignorarme. –Roman es tarde y estoy cansada, ¿quieres que duerma aquí hoy o no? –Siguió ignorándome, entendí. –Mejor me voy, descansa. –Me di la vuelta y sentí que se levantó rápidamente, agarró mi antebrazo.

-Sé que estoy molesto contigo, pero de igual forma debes dormir conmigo.

-¿Por qué debería dormir con alguien que está molesto conmigo?

-No puedo dormir sin ti, sería extraño.

Reí. -¿Extraño?

-Bueno… no quiero que estés lejos de mí. –Confesó. -Quédate, ¿sí? –Asentí.

Me acosté bocarriba, el apagó las luces y se metió a mi lado, pero sin tocarme. No sabía que él fuera orgulloso, se negaba a admitir que sobreactuó. Le insistí en esto un tiempo, pero al ver que no iba a ceder, me resigné y me di la vuelta, necesitaba dormir. Me pesaban los ojos.

-Urano.

-¿Sí? –No abrí los ojos.

-¿No piensas abrazarme?

-En verdad eres un niño grande y mimado. –Me di la vuelta y me acosté sobre su pecho, pasé mi brazo sobre su abdomen. El me abrazó también.

-No digas que soy un niño, no me gusta.

-¿Por qué?

-No lo soy.

-Haces berrinches como uno.

-Podría embarazarte si quisiera. –Me separé un poco y lo miré atónita, rompí en risas.

-¿Qué clase de cosas estás diciendo?

-No me gusta que me veas de esa manera, quisiera que me vieras igual que a ti, porque si me ves como a un niño de escuela esto no va a funcionar.

-No entiendo a dónde quieres llegar con eso.

-¿Por qué crees que me molestó que tuvieras un pretendiente como el profesor Julien? –Bajó la mirada, se veía preocupado en verdad. –Él es mayor que yo, más acorde a ti, puedes salir en público con él sin temor a que te vean y es… normal, no como yo.

-Roman, él no me interesa de ninguna manera. No me importa la edad que tengas, tengo bastante claro que no eres un niño, eres brillante, maduro, incluso lo eres más que mis amigos que son del mismo año que yo. No pienses nunca que me hartaré de ti o que podré avergonzarme, no podría.

-Urania, estoy consciente de que puedo llegar a ser muy molesto.

-Lo sé. –Admití. –Lo eres, me caes muy mal a veces. –Sonrió. –Pero aún con las cosas extrañas que tengas te quiero.

-¿Estás segura de eso?

-Te conozco Roman, sé que te molestas con facilidad, que eres obsesivo con algunas cosas, que eres posesivo, tonto y malgeniado. Conociendo todas estas cosas de ti te confesé que estaba enamorada de ti, no hay una cosa que no ame de ti.

-Ven. –Pasó su brazo por mis hombros, acercándome a él y me besó. Pensé que sería un beso corto, pero de inmediato me hizo girar y se subió sobre mí.

-Ya iba a dormir. –Me quejé mientras me liberaba un poco de sus labios, aunque no lo hacía en serio, pero quería que pensara eso. Pasó sus dedos por mi cuello.

-No lo harás. –Me quitó la sabana que nos cubría y descendió dejando besos hasta mis piernas. Lo miré atónita, no sabía que pensaba hacer. Agarró mis shorts y con fuerza me los quitó. Con sus manos abrió mis muslos y su rostro descendió hasta posarse en mis bragas. Dios, dios, dios, él nunca me ha hecho esto. Empezó a besar mis bragas de forma tortuosa y desesperante, porque quería más, mucho más, pero pareciera que él quisiera torturarme. Mi rostro hervía, mis piernas temblaban e incluso sudaba. Yo me había humedecido por completo y Roman me miraba divertido.

-¿Aún quieres dormir? -¿Bromeas Roman? Negué con la cabeza y el siguió con su tarea. Deslizó sus manos por mis piernas hasta que sus dedos encontraron mis bragas y las retiró. Inhalé profundamente cuando lo vi acercarse y tuve que morder mis labios cuando sentí su lengua en mi humedad, aunque esto de nada sirvió porque gemí muy fuerte y él, al verme tan caliente, empezó a mover su lengua muy rápido haciéndome perder el aliento. Le indiqué como lo debía hacer, sé que no sabía nada al respecto, pero apenas le indiqué como y donde me gustaba, entendió de inmediato y sentí que volaba. Dios Roman, nunca imaginé que serías tan bueno en esto. Seguía lamiéndome sin detenerse e incluso, aún mientras hacía esto me introdujo uno de sus dedos. Yo estaba fuera de mí, con la respiración entrecortada y mi cuerpo ardía por completo. Siguió así sin detenerse e introdujo otro dedo, luego otro y los movía muy rápido, tanto que no soporté más y sentí una descarga eléctrica, mi espalda se arqueó y gemí muy fuerte. Me costó varios segundos recobrar la respiración.

-Amo cuando gimes. –Admitió mientras besaba mis muslos.

-No pensé que harías esto, no creí que te gustara.

-Urania, no sabes cuantas cosas quisiera hacer contigo. – Confesó y de inmediato se arrepintió al verme sonreír curiosa. Se sentó y yo me acerqué a él.

-Exijo saber.

-No quiero decirlo.

-Vamos dime, por favor.

-Quisiera… quisiera. –Titubeó, lo miré expectante. –No puedo, pensaras que estoy enfermo.

-¿Acaso fantaseas con violar o matar a alguien?

-Claro que no, no es nada psicópata, pero me avergüenza decirlo.

-Está bien, cuando quieras me lo puedes decir. –Me acerqué a él y lo besé, incluso me subí sobre él. Me miró divertido.

-Creí que ya estabas satisfecha. –Negué con la cabeza, rió con ganas y lo volví a besar.

-No aún.

Transcurrieron unos días y llegó el día del dichoso viaje que mis alumnos tanto deseaban. Me dolía la barriga de tan solo pensar en pasar cuatro días con ellos, no me malinterpreten, me gusta enseñar y pasar tiempo con los chicos, pero verlos tanto tiempo llega a ser tedioso y más cuando se alborotan, no sé cómo resultará todo.

Roman y yo tuvimos que irnos por separado porque no había forma alguna de que ambos llegáramos en el mismo taxi. Llegué a eso de las cinco de la mañana al terminal donde debíamos salir, moría del sueño, pero no podía hacer nada al respecto.

-Amiga, me duele la cabeza. –Lucila prácticamente se durmió de pie sobre mi hombro y por eso la moví.

-No me digas que estuviste bebiendo ayer.

-No, es que ayer me quedé hasta tarde con Mateo y él se emocionó demasiado, me golpeé mucho contra la cabecera… -La interrumpí. Julien la miraba divertido, ella sé que se avergonzó por completo. El lunes anterior que lo vi, de inmediato volvió a pedirme en el descanso si quería salir con él y le dije que no podía, le dije que salía con alguien y no se molestó al respecto, por el contrario, me preguntó cómo era y detalles de forma amistosa. Tuve que mentir, no tuve otra opción.

A las cinco y treinta que todos llegaron, fue que pudimos salir. Eran dos autobuses, en el primero íbamos Lucila y yo con el grupo de noveno, en el otro iba Julien y Gabriela, con el grupo de once. Técnicamente Lucila y yo debíamos ir con el grupo de once por ser el más numeroso, pero le pedí el favor a Julien porque sé que, si Roman y yo viajábamos en el mismo autobús que su grupo, habría comentarios horribles durante todas las horas de viaje.

La mañana pasó rápido, se hicieron las paradas correspondientes en magdalena, palomino y almorzamos. La comida era muy mala o no sé si fue mi plato en específico, pero estaba espantosa. El arroz estaba con mucha agua, a la carne le faltaba sal y estaba dura, que desgracia. A eso de las cuatro llegamos a Riohacha que era la capital donde pasaríamos la primera noche y los tres días siguientes, serían en el cabo de la vela, que es justo en la punta norte del país. Es una zona desértica llena de habitantes indígenas que no hablan castellano.

La primera noche dormí en la misma habitación que Lucila y Gabriela, pero dormí poco por el ruido de las habitaciones contiguas. Tuve que levantarme en la madrugada y caminé por el pasillo hasta llegar al punto de origen del ruido. Era en la habitación de Nicolás, es de once y le he dado clases en algunas ocasiones porque estos días ya debía darles clases a los de once, aunque no al grupo de Roman por fortuna y sé que Nicolás es un cretino de primera. He visto a chicas darse golpes por él y al tonto esto solo le hace crecer aún más su ego.

Entré sin previo aviso y de inmediato, todos pusieron cara de pánico. Estaban casi todos los chicos de ambos once aquí, incluido Roman. Al parecer esta era su habitación porque él estaba en la cama del fondo solo, leyendo un libro y los demás, estaban en las camas consiguientes bebiendo alcohol y jugando con naipes.

Hubo un silencio mortal, sé que a más de uno le quiso dar un derrame cerebral al verme. El alcohol estaba totalmente prohibido por norma de la escuela, no mía. Esto va a ser muy divertido.

-Qué bonito. –Dije sarcásticamente. Le envié un mensaje a Lucila, este es su grupo y ella es genial como amiga, pero como profesora es cosa distinta. Disfruta hacer sufrir a los chicos, tiene un retorcido gusto por ello y sé que va a amar ver esto. Hará rodar cabezas. Yo no soy así, no me gusta complicarme tanto.

-Profesora Urania… -Intentó excusarse Camilo, también el propio Nicolás me lanzó miradas seductoras que me hicieron perturbar. Afortunadamente apareció Lucila de inmediato, con todo y su pijama puesto, hasta trajo su planilla. Si me miraron con miedo a mí que no soy de regañar ni gritar, no puedo describir la mirada de terror que sintieron al ver aparecer a Lucila con su pijama blanco. Fue muy divertido, este había sido un día tedioso, pero al ver esta escena de sufrimiento ajeno, tuve que reprimir las enormes ganas de reír.

Roman me miró de reojo sonriendo, quise sonreírle también, pero sería inapropiado. Observé como ella les quitaba las botellas de las manos y maletas, en realidad sí debía hacerlo y no por ser cruel nada más, si algo les pasa es enteramente responsabilidad nuestra, es mejor evitar. Un hecho curioso es que alcancé a ver que compraron mucho alcohol y del costoso, no sé cómo costean algo así. A esa edad jamás podría haber comprado una botella de Bourbon.

Sonó mi teléfono, un mensaje.

-Gracias por espantar a toda esta gente, gracias a ti podré dormir, aunque lo veo difícil sin tener a la fea almohada blandita que abrazo todas las noches, esa que tiene cabello negro y que me estoy muriendo por besar. –Roman, 02: 25 am. Salí de la habitación porque no quería que los chicos me vieran sonreír de esta manera.