CAM
Las pisadas continuaron acercándose en mi dirección, agucé el oído y risas atronadoras y fuertes voces no tardaron en hacerse oír. Conté cuatro voces distintas, pero fruncí el ceño al percatarme de las pisadas, escuchaba cinco andares diferentes, no cuatro; algo andaba mal con ese grupo. Llena de curiosidad escudriñé la dirección de donde parecían venir, nada, no alcanzaba a ver absolutamente nada fuera de lo común; los pinos se balanceaban suavemente al ritmo del viento, y nadie parecía estar acercándose. Nerviosa me debatí entre irme o quedarme; por un lado, estaba mi seguridad, y por el otro, la curiosidad que me carcomía.
«No podrán lastimarme», me tranquilicé. «Tengo armas que ellos no».
Toqué mi maltrecho collar para comprobar que seguía ahí, también flexioné brazos y piernas en caso de que una pelea fuera inevitable, aunque esperaba no llegar a ello. Agazapada en la nieve esperé la llegada del grupo, y cinco minutos después seguía esperando, los escuchaba pero no los veía. A pesar de que parecían estar acercándose (a juzgar por la nitidez de las voces y pasos), yo seguía sin ver nada. Empecé a sentirme impaciente, quería verlos, ansiaba ver a otros humanos aparte de Cam, más nativos.
Mi deseo no tardó en cumplirse, de repente las voces y los pasos se hicieron más audibles, como si alguien hubiera retirado un tapón de mis oídos. Me mordí el labio, expectante. El grupo apareció a unos buenos cien metros de mí, bastante cerca de donde me encontraba antes de correr a ocultarme, y efectivamente, eran cinco. Todos ellos parecían ser hombres, era difícil saber el género con certeza, todos traían capucha y gruesa ropa de invierno, ¿en verdad hacía tanto frío? Yo me sentía bien, bastante bien. Dos de ellos lideraban y otros dos lo seguían, estos últimos gruñían y tiraban de uno más con brusquedad, entre maldiciones y jadeos cansados. El grupo se detuvo y el quinto miembro emitió un quejido bajo, sonido que sorprendentemente llegó claramente a mis oídos a pesar de la distancia.
—No debimos dejarlo así —gruñó uno—, pesa demasiado.
—¿Pues qué querías? —contestó su compañero resoplando, tiró del quinto sujeto, quien parecía desmayado—. Es muy fuerte, dio mucha pelea, sabes que dejarlo así nos costó lo nuestro.
Lo dejaron caer al suelo sin consideración, y este volvió a quejarse lastimosamente, miré al muchacho tirado, parecía un muchacho por su delgada complexión física, y alcancé a atisbar unos mechones blancos sobresaliendo de la capucha, mi corazón dejó de latir.
Era Cam.
Me paralicé y el color desapareció de mi cara, a través de mi aturdida mente escuché la voz de otro hombre, siguiendo la conversación de sus compañeros.
—Ni que los digas —rió, tocándose un punto en la cara—, transportarlo consciente sería una estupidez, no es un chico cualquiera. ¿Verdad que no lo eres? —le propinó a Cam una patada que lo hizo rodar y lanzar otro quejido doloroso.
Apreté los dientes, deseando enterrar mi daga en el corazón de ese maldito hombre y sus amigos.
«No puedes» me riñó mi subconsciente. «Aún no».
A regañadientes me obligué a permanecer quieta y a esperar el momento adecuado, no atacaría con imprudencia esta vez.
«No se ha olvidado de mí» me dije con desaliento. «Me ha buscado».
Al mismo tiempo deseé que no lo hubiera hecho, preferiría morir antes de verlo muerto.
«No está muerto» pensé con firmeza. «Todavía puedo hacer algo por él».
Los hombres seguían charlando, me costó un descomunal esfuerzo centrarme en su conversación y evitar mirar al chico tirado boca abajo.
—Solo espero que en verdad sea el que buscamos —comentó un tipo de capuchón verde oscuro—. No me haría gracia saber que he pasado por todo esto por nada —terminó con desagrado.
—Es él —aseguró el que había arrojado a Cam al suelo, su voz poseía tanta seguridad que ni yo lo pondría en duda.
El hombre tiró de su capucha, revelando un rostro de mediana edad; tenía una expresión feroz y fría que me hizo tragar saliva, y su entrecejo fruncido no hacía más que agregarle hostilidad a su cara, era un tipo de temer, lo intuía. Bajó la vista y miró a mi amigo casi con repugnancia, antes de volver a hablar con su poderosa voz amarga.
—Necesito ir —Se agarró la entrepierna, hice una mueca—. Mantenerlo vigilado —ordenó dando media vuelta e internándose en los árboles.
Lo seguí con la mirada hasta que se perdió entre la maleza, me aliviaba la ausencia de ese hombre más de lo que estaba dispuesta a aceptar.
—Será mejor que también vaya, queda mucho camino aún. Además, a partir de ahora me toca llevarlo —dijo otro, luego se apresuró a alejarse.
Los dos sujetos restantes le dieron un último e inquisitivo vistazo al chico inconsciente antes de seguir a los otros. Casi sonreí ante mi buena suerte, y sin perder tiempo salí corriendo de mi escondite, directamente para auxiliarlo, patiné en la nieve antes de caer a su lado, miré a nuestro alrededor para asegurarme de que estábamos solos, y por fin me incliné sobre él. Le quité la capucha de la cabeza cuidadosamente, si tenía alguna herida no quería empeorarla, si eso era posible; pero en cuanto los cabellos blancos cayeron rebeldes sobre su cara y no vi manchas rojas tiñéndolo, pude calmarme. No había contusión, ni daño cerebral, según yo. Mantuve los oídos atentos mientras lo revisaba a detalle, pues prefería conocer con anticipación la llegada de nuestros amigos a que nos tomaran desprevenidos. Cam masculló algo que no entendí y empezó a agitarse, nerviosa le acaricié el cabello en un intento por tranquilizarlo.
—Calma, calma, yo estoy aquí —reaccionó a mi voz quedándose quieto otra vez.
Lo acosté boca arriba sobre mis piernas, y comencé a limpiarle con el pulgar la sangre de una herida en la ceja derecha, pero de inmediato me detuve en seco y la rabia empezó a bullir en cuanto mis ojos se posaron en el sinfín de golpes que no había notado antes, ¿estaba tan ciega para no ver algo así? Su cara era un gigantesco hematoma morado oscuro, uno de sus ojos estaba tan hinchado que no se veía, del labio partido manaba un hilillo de sangre, y por la humedad en sus ropas oscuras, tuve la certeza que no solo era su cara, sino todo él.
—Y yo preocupándome por tu cabeza —mascullé entre dientes—, que tonta soy.
Le pasé un brazo por la cintura, estaba dispuesta a alejarlo de esos tipos cuanto antes, aunque tuviera que cargarlo. Cam hizo una mueca cuando comencé a levantarlo, me detuve de inmediato, lo miré apretar los ojos y fruncir la frente, se me humedecieron los ojos ante aquella triste visión. Ver un hombre fuerte como Cam reducido a un manojo de carne terminó por trastornarme, me dolía verlo así; sin duda dolía tanto que gritar no hubiera estado de más.
Mientras volvía a depositarlo en el suelo, escuché a los tipos acercándose nuevamente, me quedé quieta mientras pensaba frenéticamente qué hacer. Sin duda no podía salir corriendo, imposible dejar a Cam; pero si me escondía y esperaba… Demasiado tarde, el primer hombre salió de los árboles.