PENSAMIENTOS PROFUNDOS
Al día que siguió anduve sin encontrar nada extraordinario o fuera de lo común, ningún indicio de Cam. Aunque, por otro lado, la calma antinatural del bosque me proporcionó tiempo para practicar y aprender a manejar mejor la daga de mi madre, y la reliquia también, el verdadero reto fue con esta última, me llevó mucho esfuerzo lograr sacar la espada, fue un duro y tardío trabajo descubrir el truco. Al parecer la clave para manipular el poder de la reliquia, y conseguir cambiarla por el arma, eran una serie de exigentes requisitos; un valor que yo no poseía todo el tiempo, una esperanza que muchas veces flaqueaba, una fe ciega que no tenía en la reliquia, y lo más importante, el saber abandonar cualquier emoción que sean un defecto o una limitante. Todo esto no tenía nada que ver con la vida o su conservación, sino a la sed de sobrevivir a cualquier costo, al hambre de ser un oponente capaz.
Cuando al fin aprendí a dominar las exigencias necesarias para manipular la reliquia, luego de varios ensayo y error, canalizar esta masa de sensaciones en una sola dirección se llevó consigo toda mi fuerza, a falta de la adrenalina que surge en una pelea, me drenó hasta dejarme agotada. Exhausta y cubierta de sudor frío, y luego de mucho esfuerzo, al fin pude festejar mi primer triunfo admirando el magnífico arco azulado en mi mano, al tamaño exacto para mí. Demasiado ansiosa por probarlo separé las piernas al nivel de los hombros, posicioné el arco con el brazo izquierdo y tensé la cuerda, de inmediato una flecha de cristal se materializó a mis ojos, lista para ser lanzada.
Perpleja hice mi primer tiro, disparé y la reluciente flecha giró sobre sí misma dejando a su paso una brillante estela plateada hasta clavarse profundamente en el tronco de un árbol, a más de trescientos metros de mí. La flecha se enterró tan profundo y con tanta fuerza que cuarteó la corteza a su alrededor, no era un daño común, sino a la altura de un cazador. Con la boca abierta volví a posicionar el arco, apunté al mismo objetivo, e igual que antes, otra flecha apareció de la nada, esta vez me tomé mi tiempo para calmarme y familiarizarme con la vigorizante sensación. Cuando estuve lista, relajé los dedos y liberé la flecha, la cual viajó rompiendo el viento, pasando entre su hermana y destrozándola en dos para enterrarse con más profundidad. Esperé un poco y pasó lo más genial que había visto hasta entonces, ambas flechas se desvanecieron como si fueran polvo, dejando como prueba de su existencia los daños en el árbol.
Sonreí.
Los dos días anteriores había estado tan ocupada que ni tiempo había tenido para pensar en alguien más que no fuera yo, pero por la noche, bajo el cielo raso y la escasa luz de las estrellas, volvieron muchos recuerdos y preguntas, no solo referentes a Alan, sino también a Cam y al prestigioso lugar que estaba tomando en mi vida.
Cuando el alba iluminó el día, me encontraba en un verdadero dilema, mientras caminaba sin rumbo no paraba de mirar la reliquia una y otra vez. Encontrar a Cam se estaba volviendo imposible.
«Si tan solo me hubieras dicho dónde queda la Comunidad Roja» le reproché. «Así podría llegar hasta allí por mí misma».
Ahora comenzaba a pensar seriamente en su abandono, después tantos días sin encontrar ningún indicio suyo, empezaba a sentir mis esperanzas siendo drenadas.
—Quizás ni siquiera me esté buscando, volvió a casa y está con Scarlett Fleury
Mi maña de hablar sola estaba de regreso, a buena hora.
—Esa novia suya que tanto dice ya no querer —hice un puchero, enfadada de pronto con él—. Debe estar tan despreocupado y feliz por haberse quitado de encima a la chica que no confiaba en él, y que guardaba secretos que ponían en riesgo su vida. Volvió a casa después de buscarme un rato, se ha olvidado que yo le ayudé. Arriesgué mi vida por él, lo salvé y le di un techo, ¿acaso nada de eso cuenta para él?
Mis pensamientos se volvieron más violentos, fruncí los labios con resentimiento y dejé de mirar por donde pisaba. Me negaba a creer en su indiferencia respecto a mí, pero la soledad y el paso del tiempo cuestionan todo.
«Eso no es propio de él» me dije. «Nunca me dejaría sola, de seguro me está buscando desesperadamente…».
Suspiré al tiempo que me dejaba caer al suelo, era yo la que me sentía así; desesperada, asustada, la que estaba buscándolo como una loca. Además, ¿quién era yo para decir que Cam se preocupaba por mí de verdad? No lo conocía, unos días no bastan para formar una clara idea sobre la personalidad de alguien, ni siquiera los años son suficientes para conocer a alguien. A su lado, ¿cuántas veces no había pensado que era un bipolar y un extraño? ¿Cuántas veces no había sentido esa corazonada de que Cam no era tan transparente como me hacía creer?
«Tengo que encontrarlo y preguntarle» resolví.
No podía permitirme perder más tiempo como venía haciendo, el tiempo era limitado y muy valioso, nos esperaba la Comunidad roja, su gente y mis tan añoradas respuestas. Cada día que pasaba solo servía para crear un abismo más profundo entre casa y yo, entre mi familia, Alan y mi vida antes de Sacra; quería recuperar todo eso, volver a ser yo, no volver a empuñar un cuchillo y, sobre todo, no volver a verme obligada a decidir entre mi vida y la de alguien más.
—No me importa si Cam me es indiferente o no, él prometió llevarme hasta la Comunidad Roja, y lo cumplirá —me dije con firmeza—. No estoy dispuesta a permitir que mi única oportunidad de volver a casa se olvide de mí.
Un vistazo a mi pasado bastó para fortalecer mi resolución, recordar a la Carol de antes fue suficiente para darme cuenta de que deseaba volver a ser ella, ya no quería dormir con un ojo abierto y una daga en la mano. Ansiaba sonreír con la misma facilidad de antes, respirar el aire impregnado con el aroma de la tierra húmeda, sentir la calidez del sol en la piel, tocar la fruta fresca que papá traía del trabajo y que ponía en el canasto sobre la mesa; pero antes de cualquiera de estos deseos, moría por sentir en las puntas de los dedos los rasgos del chico que sembraba flores en mi jardín. Claro, nunca había tocado a Alan como pareja, jamás supe que se sentía acariciar sus pómulos, despeinar ese cabello castaño, rozar los contornos de su mandíbula mientras lo besaba... Reí alegremente, después de todos mis recientes temores y cuestionamientos, ahora veía que lo que sentía por Alan no se estaba marchitando como empezaba a temer.
Sin embargo, al escuchar pasos arrastrados aproximándose, mi repentina felicidad se esfumó con la misma rapidez con la que había aparecido. Salí de mi letargo y rápida como una bala corrí a ocultarme entre los árboles; me escondí bajo la sombra entre dos pequeños pinos para tener mejor vista y a la vez poder espiar desde el reducido espacio sin temor a ser descubierta.