BOSQUE PUTREFACTO

Me balanceé en las plantas de los pies, adelante y atrás, una y otra vez. La indecisión me tenía nerviosa, tantas cosas podían salir mal, más que mal, terrible. Giré la reliquia entre mis dedos, no muy segura de qué hacer.

—Es por Cam —me recordé, inhalando una gran bocanada de aire. Tenía que hacerlo, le debía eso, cuando el Cazador nos encontró días atrás, yo tuve su ayuda incondicional.

Haciendo acopio de mi patético valor, me arrodillé junto al arroyo y miré la transparente superficie del agua, fluyendo lentamente en un opaco y espumoso color gris.

—Llévame a donde Cam.

La reliquia lanzó un resplandor cegador y resbaló de entre mis dedos al agua. Observé cómo se sumergía hasta el fondo sin disolverse para luego volver a subir, entonces todo cambió. Entre remolinos y burbujeos hirvientes, el agua se tiñó de un eléctrico color azul oscuro. Tragué saliva bruscamente, sabía lo que debía hacer a continuación, pero no estaba segura de cómo lograrlo. Al final hice lo más lógico, me saqué las botas y metí los pies desnudos al arroyo, por un instante temí quemarme, pero en cuanto mis dedos rozaron la superficie esta se quedó pacífica. Las leves ondas que barrían suavemente el agua alrededor de mis tobillos eran el único indicio de movimiento en el arroyo, por lo demás, parecía estar fusionándome con un espejo muy bien pulido.

Clavé las uñas en la nieve antes de sumergirme completamente. De inmediato mi cuerpo se vio envuelto en una calidez casi cómica, y enseguida me empapé hasta los huesos.

La corriente me arrastró en un poderoso remolino, giré y giré como una muñeca, sin posibilidad de moverme a voluntad. Grité fuerte y una burbuja salió de mi boca, el agua entró en mis pulmones y quemó, igual que si hubiera tragado fuego.

Me llevé una mano a la garganta antes de notar como empezaba a caer, caía, caía.

Y caí.

Impacté de espaldas en el suelo con un sonido sordo y el golpe terminó por hacerme escupir el agua que había tragado. Jadeé aturdida en busca de oxígeno con los ojos cerrados, mi pecho subía y bajaba frenéticamente. Notaba los cabellos mojados adheridos a las mejillas, gotas de agua resbalaban por mi nariz y se escurrían por las comisuras de mis labios. Y entre todo eso, tenía la sensación desalentadora de estar en proceso de congelación.

De pronto un repentino gruñido acompañó a mis jadeos, contuve el aliento y mi corazón se aceleró todavía más. Otro gruñido, más leve que el anterior, pero más cercano. Abrí los ojos de golpe y me levanté apresuradamente, mirando a mí alrededor en total estado de alerta. Sin embargo, la vista ante mí me dejó de nuevo pasmada, y no por ser maravillosa, al contrario, los altos árboles ennegrecidos se balanceaban perezosamente, tan muertos como se veían. Mis piernas se convirtieron en gelatina, toda fuerza me dejó y caí al suelo en cuatro patas, a punto de darme de bruces. Agaché la cabeza en un intento por ignorar la cruda y desfigurada belleza que ese lugar emanaba; tantas veces me había tocado llegar ahí, y por lo general, ninguna excursión dejó experiencias que quisiera recordar.

Estaba a punto de irme, deseosa de alejarme de allí lo más rápido posible, cuando lo volví a escuchar, más nítido y cerca que antes: el eco de un gruñido que viajaba desde quien sabe dónde hasta donde yo me encontraba.

«Estoy en el Bosque Putrefacto» el pensamiento no ayudó, solo funcionó para añadir otra dosis de miedo a mí ya asustado espíritu.

—¡Auuh…! —El aullido se desvaneció apenas llegó a mis oídos.

Ya tenía suficiente de ese maldito lugar, quería irme inmediatamente, echar a correr en sentido contrario a donde venía ese aullido. No lo hice, me quedé sentada sobre los talones, escuchando atentamente, algo muy parecido a la curiosidad me tenía clavada en el suelo.

«¿Podría ser…?»

—¡Auuh…! —Esta vez se escuchó más próximo, como si la bestia viniera en mi dirección.

Bastó el recuerdo del descomunal animal para que gateara apresuradamente hasta quedar al resguardo de un tronco carcomido, protegida de cualquier par de ojos. Esperé su llegada con el corazón en un puño, quería saber si esa bestia era mi lobo o no. Deseaba tener la certeza de que vivía, a pesar de temerle.

Mi respiración era sólo superficial, por lo que pude escuchar claramente el momento de su llegada; el ruido de las pesadas pisadas aproximándose, cuatro patas cada vez más cercanas. Me apreté lo más que pude contra el tronco, escuchando el lento trote del animal acercándose poco a poco a mi escondite. Mantenía una mano sobre mi boca y la otra cerca de la reliquia, por las dudas. Conforme trascurrían el tiempo, las pisadas se oían cada vez más y más cerca, espié a través de una abertura en la desgastada corteza al tiempo que escuchaba la rápida respiración del animal.

Después de unos largos segundos de angustiosa expectación, una forma emergió de entre la maleza; las grandes patas fueron lo primero que vi, seguidas del resto del cuerpo, casi dos metros de puro músculo y pelaje; la bestia olfateó el aire en mi dirección. Efectivamente era mi lobo, lo reconocí al instante. Me mordí el labio a causa de la ansiedad y el miedo, porque a pesar de haber salvado mi vida, yo le temía y nada cambiaría eso. Con la enorme cabeza gacha pude verlo sin temor a ser descubierta por sus penetrantes ojos, y me alegró descubrir que había mejorado; la pata trasera ya no se veía lastimada, a juzgar por la manera en la que apoyaba su peso con uniformidad. Verlo sano hizo que una parte de mi culpa se desvaneciera.

El espeso pelaje a blanco y gris atrapaba los copos que caían de los árboles sin hojas, sentí unas inmensas ganas de tocarlo y enterrar mis dedos en su suavidad. Ese impulso casi me lleva a correr a él, para de alguna manera poder agradecerle por haberme salvado la vida. Pero no podía y me frené a tiempo, conformándome con articular un «gracias» silencioso.

Sin embargo, no me pareció suficiente.

—Te lo agradezco —moví los labios, sin proferir sonido alguno.

El lobo alzó la cabeza tan repentinamente que respingué con el corazón latiendo a mil por hora. Por un momento tuve la certeza de que me había escuchado, y por la forma en la que clavaba la angustiosa mirada azul grisácea en un punto muy próximo a donde yo me estaba, parecía estar buscándome.

Turbada pensé en lo extraño que es ver unos ojos exactamente iguales en cuerpos distintos.

«En especies distintas» aclaró mi subconsciente.

«Y con las mismas expresiones» añadí pensando en Cam, y en la forma en la que me solía mirar.

Incómoda y preocupada pensé en irme de inmediato, en cualquier momento el lobo podría verme, y de todos modos, ya no tenía nada más que hacer ahí. Si me había quedado era únicamente para comprobar dos cosas: que la reliquia no contaba con la habilidad de ubicar personas, hecho comprobado; y quería ver al lobo vivo, objetivo logrado.

Desconfiada, me desvanecí del Bosque Putrefacto.