ULTIMO ALIENTO
A través de mi dolor penas fui consciente de su grácil figura acercándose a la distancia, la fulminé con los ojos llenos de lágrimas. La cara me ardía, lo que sea que me había arrojado me estaba quemando la piel, gemí mirando su hermoso rostro fijamente. En un intento por mitigar mi sufrimiento enterré los dedos en la nieve para cubrirme con ella, pero entonces sentí la empuñadura de la espada, caliente y reconfortante; me costó un esfuerzo descomunal cerrar los dedos a su alrededor, y ocultarla con la falda del vestido. Sí ella me mataba, no moriría sola.
Un segundo después Scarlett se plantó frente a mí.
—¿Qué eres? —susurré a la figura oscura.
Curvó la boca en una sonrisa terrorífica y caprichosa.
—Una Sentencia.
Sus cuchillas crecieron, las levantó por encima de la cabeza, dispuesta a clavarlas en mi cráneo. Antes de darle la oportunidad, levanté mi espada y con todas mis fuerzas enterré la hoja en la base de su garganta, inmediatamente cayó de rodillas y la punta emergió en la cabeza. Sus desorbitados ojos me miraron ausentes, y su boca volvió a curvarse en una sonrisa, a pesar de tener una espada atravesando su cráneo.
—Tengo un obsequio para ti —dijo con voz normal.
Empujé la hoja más profundamente, deseando que se transformara en fuego, igual que su compañera. Scarlett cerró los ojos y volvió a hablar; esta vez su voz fue profunda, lejos de ser la misma de antes.
—«Perecerás en la cima, bajo la nieve y la espada, sobre el fuego y las llamas, dentro del frío y el silencio. Presa del abandono y la desolación, destrozada en fragmentos incontables» —recitó sin inflexiones en la voz, enseñando los afilados dientes en una expresión de deleite puro. Por un segundo, me paralicé—. Es tu destino, lo que Sacra te entregara. Custodes, no escaparas de la maldición impuesta por tus progenitores; irás por voluntad y morirás sola, esa es tu verdadera maldición.
Su sonrisa se ensanchó todavía más, las comisuras de los labios alcanzaron las orejas y los afilados dientes crecieron el doble de su tamaño. Esa macabra expresión me hizo reaccionar; tomé la espada con ambas manos y enterré la hoja hasta la empuñadura.
—¡No voy a seguir escuchándote!
Scarlett se agitó y abrió un poco sus negros ojos, los cuales estaban vidriosos y vacíos. Desesperada busqué algo en su horrible mirada hueca, algo que delatara su mentira y aliviara mi miedo, pero no encontré nada en absoluto. No hubo sangre y tampoco gritos, las llamas se adueñaron y consumieron la sombra de la mujer en un santiamén. Pero sus palabras no, ellas permanecieron resonando en mi cabeza en un ciclo sin fin.
Mi arma seguía en la misma posición, incluso varios minutos después de la muerte de Scarlett. Yo seguía arrodillada y cubierta de sangre, todavía sosteniendo la empuñadura con ambas manos, el shock por mi primer asesinato me tenía en trance.
Quería alejarme de ese lugar cuanto antes, temblando posicioné la espada frente a mí, con la hoja hacia abajo, cerré los ojos con fuerza e hice algunas respiraciones para calmarme. Cuando me sentí más tranquila abrí los parpados y observé mi reflejo en la ensangrentada hoja; unos ojos amarillos, desorbitados y salvajes me miraban fijamente, mi cabello era una maraña alrededor de mi cabeza, la sangre manchaba mi cuello y gran parte de mi cara. Al menos no todo había resultado mal, mi cara seguía siendo una cara completa y sin rastro de quemaduras. Suspiré profundamente y cerré los ojos con fuerza, hablé con voz quebrada:
—Vuelta.
Frío, nada. Otra vez frío, después nada. Toques helados, luego vacío. Retazos de mi vida, proyecciones rápidas y luces espectroscópicas danzando dentro de mis ojos. Risas alegres, labios curvados en gestos tiernos, pequeñas manos palmeando por doquier, y un eco que parecía extenderse infinitamente en la nada. Un roce contra mi boca, el único beso real, la única vez que mi boca experimentó el contacto de otra; la caricia de unos suaves labios en los míos, un toque parecido al fugaz roce entre dos pétalos, cada movimiento impregnado con delicadeza y ternura. Un beso helado siguió al anterior, brusco y pasional, salvaje y totalmente distinto al primero; después también se desvaneció.
Roces fríos, nada, no quedaba nada.
Mi visión vaciló, me esforcé en despertar.
«Estoy dormida» pensé volviendo al cómodo vacío. «¿De verdad estoy dormida? ¡No, no duermo, estoy muerta!» pensé con creciente temor. «Ella me mató».
Luché por moverme, no pude, estaba en el vacío, mi cuerpo se negaba a responder.
«Estoy muerta en verdad» pensé de nuevo con desaliento. «No volveré a casa». Posteriormente vino el alivio, el sentimiento recorrió cada extremidad y se quedó bajo mi piel.
«Podré dejar de pelear», me dije, si pudiera suspirar lo haría.
Pero abandonarme no era tan fácil, la muerte siguió atormentarme. De la nada un dolor indescriptible, peor que el vapor de Scarlett, avanzó y creció rápidamente, aumentando con tanta velocidad que pronto deseé estar viva para poder gritar y retorcerme. Los helados toques en mi piel dejaron de molestarme, y se convirtieron en un bálsamo contra el dolor que me acosaba. El vacío también dejó de existir, lo sentí alejarse y en su lugar empecé a notar verdadero frío, mucho frío. Y siguió el tacto, la sensibilidad volvió a mis brazos gradualmente, poco a poco logré sentir las piernas e identificar cada parte de mi cuerpo; el lugar donde estaba la boca luchaba por lanzar chillidos. Una oleada de intenso dolor me hizo apretar los puños, el único movimiento que fui capaz de lograr por un buen rato.
Y con todas estas dolorosas sensaciones llegó la certeza de no estar muerta. La muerte no podría ser tan mala, después de todo, es el nivel donde ya no perteneces a un cuerpo sensible al sufrimiento, la muerte carece de dolor, el dolor no debería existir en la muerte.
Agité los ojos tras los párpados, desesperada por despertar. Pero el vacío regresó y consumió mis logros, dejándome vacía otra vez.