Chapter 55: BLANCA NIEVES

Asombrada giré la espada en mi mano, y la azulada hoja cortó el aire, dejando a su paso una fina estela azul-eléctrico. Era un arma bastante ligera y práctica, me sorprendió la manera en la que se amoldaba tan bien a mí, no la sentía extraña en mis manos, sino como una extensión más de mi cuerpo, manejable como un brazo.

Con renovadas fuerzas fijé la mirada en las arpías frente a mí, no parecían temerosas, solo un poco intrigadas. Esta vez yo cargué primero, mi espada chocó con las cuchillas de la criatura del vestido victoriano, Scarlett lanzó un chillido y trató de alcanzarme, no le di la oportunidad y enterré la hoja en el cuello de su hermana. Sorprendida, la hermosa criatura lanzó un sonido parecido a un gorgoteo, y sus largos dedos delgados se cerraron en torno a la hoja, pero ya estaba hecho, mi espada ya la había atravesado; su cuerpo rápidamente comenzó a consumirse en una llamarada de color morado oscuro, dejó escapar un agudo grito y yo saqué la hoja con un fluido movimiento, la mujer se desvaneció al instante. Exhalé profundamente y miré la inmaculada espada en mi mano, yo también estaba sorprendida, no sabía que podría herirlas a tal grado; al parecer mi nueva arma tenía esa innata capacidad.

Scarlett Fleury me sonrió con odio y un deje de diversión, más diversión que odio, y luego de mirarnos por unos segundos, ambas nos enfrascamos nuevamente en la pelea. Pero esta vez resultó mucho más difícil acertarle, Scarlett no se acercaba mucho a mi espada. La muerte de su hermana la había alertado, pelear contra ella no sería fácil, Scarlett parecía ser mucho más lista que su compañera. Una de sus cuchillas rozó mi cuello y el corte comenzó a arder como fuego, reprimí un alarido apretando la mandíbula con fuerza, y furiosa dirigí la espada al estómago oculto bajo la seda negra de su vestido. La chica rió con burla y retrocedió fuera de mi alcance con la gracia de una bailarina de ballet, apreté los labios y reforcé mi agarre en la espada, no iba a dejar que me lastimara con tanta facilidad. La novia de Cam arqueó una ceja y su sonrisa engreída se ensanchó, aproveché su distracción burlona y llevé la punta de la hoja a sus piernas, ella no tuvo tiempo de alejarse y logré trazar un profundo corte en su muslo. Scarlett no ardió, pero tampoco salió indemne, sino que la abertura quedó expuesta y expulsó un humus del mismo color que el abrasador fuego que consumió a su hermana.

Enfurecida y rabiosa, Scarlett Fleury encogió nuevamente sus cuchillas hasta que solo fueron unos largos dedos oscuros, pero no mortales. Tomé ese acto como mi triunfo definitivo y su resignación a morir. Me dispuse a darle el golpe de gracia, estiré el brazo con el que sujetaba la espada y separé las piernas, dispuesta a desprender su cabeza de su cuello.

Una inesperada sonrisa invadió sus labios negros y vacilé, mirándola con el ceño fruncido. No debí distraerme. Sin previo aviso su mano voló hacia mí, y rápida como un relámpago impactó en mi vientre, el dolor me hizo expulsar el aire, mis pies dejaron el suelo y volé hacia atrás, caí varios metros lejos de donde estábamos peleando. Con la cara sobre la nieve, dolorida, aturdida y bastante sorprendida, me esforcé en mantenerme consciente. Por el rabillo del ojo la miré aproximarse lentamente; su sombra se fue haciendo más nítida conforme se acercaba y yo recuperaba los sentidos. Los gráciles pies no pararon hasta que estuvieron un palmo de mi cara.

Jadeante levanté la cabeza. Respiré entre toses y un hilillo de sangre cayó de mi boca a la nieve; la mancha roja contra el cegador blanco me recordó la historia de Blanca Nieves. La madre que al ver su sangre pintando la nieve, deseó dar a luz a una niña con los labios rojos como la sangre, y la piel blanca como la nieve. Solté una risita casi histérica, estaba perdiendo los cávales.

Sabía que me mataría, pero aun así hice el esfuerzo por vivir, y apoyándome en los codos obligué a mi agotado cuerpo a levantarse, para lograrlo tuve que apoyarme de unas ramas para no volver al suelo, porque sí caía, no podría levantarme otra vez. Cuando al fin estuve sobre mis pies, con sumo esfuerzo levanté la espada y apunté con ella a Scarlett Fleury. Sabía que ese era posiblemente mi fin, por lo que erguí la barbilla con valor y ella sonrió con maldad.

—Una Custodes —murmuró su sensual voz, lamiéndose el labio superior con su bífida lengua negra.

No me sorprendió su agradable voz, sino la palabra «Custodes», la misma con la que mi Cazador se empeñaba en llamarme.

«¿Cómo es que esa criatura conocía a esa antigua raza?».

Ella no me dio oportunidad de seguir pensando, su delicado cuerpo se desplazó a la derecha y yo imité el movimiento, recelosa y más precavida que antes. Al verme tan firme, algo muy parecido a una sonrisa curvó su boca, extendió una mano con la palma hacia arriba, el acto me pareció intrigante y sin querer desvié mi atención de su cara a su mano. Asombrada miré como poco a poco emanaba del centro de la palma una sustancia muy parecida al vapor, que caía perezosamente de sus dedos, igual que una pequeña cascada. Perpleja me quedé quieta, Scarlett hizo una graciosa floritura y esa cosa parecida al vapor se arremolinó en su palma, formando en un diminuto tornado, quizás la palabra apropiada sería, remolino.

Antes de poder imaginar sus intenciones, ella me arrojó el humo a la cara. Grité ante el dolor que estalló en todo mi rostro, quemaba como si fueran brasas al rojo vivo, como el fuego, como el ácido… Dejé caer la espada y me llevé ambas manos a la cara, intentando calmar el agonizante e indescriptible dolor. Totalmente fuera de mí, caí al suelo otra vez entre alaridos y gritos desesperados, revolcándome en la nieve cual perro.

En una parte muy lejana, más allá de mis gritos y mi sufrimiento, la escuché reír. Estaba segura de tener la cara destrozada, quemada, carbonizada… Y el dolor no disminuía, es más, crecía y crecía sin cesar. Quería morir, preferiría estar muerta. Mis gritos hacían eco en el vació, perdiéndose en la nada.