XXIV
Richard esperó pacientemente en su celda, aunque atormentado en pensar en lo que debía estarle pasando a sus dos colaboradoras.
—¡Hey! —gritó a su celador— ¡Hey! ¡Quiero hablar con alguien! ¿¡No me escuchan!?
—¿Qué sucede? —preguntó el guardia que estaba custodiándolo.
—Quiero hablar con mi embajador. Quiero saber por qué la nave que debía recogerme ha tardado tanto, maldita sea. Hace tiempos debí salir de esta pocilga.
El guardia pidió autorización al asistente de Yorgos, quien se la concedió, tras lo cual llevó a Sevilla a la misma habitación que antes.
—De nuevo, esta es una conversación privada —le dijo altivo al guardia— lárguese de aquí.
El guardia obedeció y Richard ingresó el código de seguridad nuevamente… pero ésta vez no se comunicó a la Embajada… sino a una nave cercana, oculta en una nebulosa a pocos pársec del sistema.
—Que bueno verlo sano y salvo, Senador —le dijo el capitán Ta’u.
—Gracias. Lamentablemente no puedo decir lo mismo de mis acompañantes. Los datos que les estoy enviando es lo que he podido conseguir de los sistemas; el mapa de toda la estación y sus puntos débiles.
—Es usted un excelente hacker.
—Si hubiera tenido más tiempo… espero sea suficiente.
—Sí, lo es. Los rescataremos de inmediato.
Minutos después la estación estaba siendo atacada por la Libertad. La información dada por Richard les permitió desactivar sus sistemas defensivos lo que hizo caer el escudo energético. La nave abrió un boquete en la cubierta exterior, se acercó a la apertura y varios androides fuertemente armados saltaron al interior.
Pronto, los pasillos de la estación se vieron asolados por guerrilleros androides armados que disparaban a todo soldado Anaki al verlo y que habían sido traídos allí por la Libertad. Los guerrilleros eran muchos, pero los Anaki estaban lejos de estar indefensos. La soldadesca contraatacaba destruyendo a varios androides con sus armas láser que causaban tanto daño a sus cuerpos cibernéticos como lo hacían con cuerpos orgánicos.
En toda la estación sonaba la alerta roja. Yorgos se mantenía dentro de su despacho que era básicamente una cámara de torturas. Observó a Zelara quien yacía aún colgando de los brazos tras las torturas infringidas, y tomó su arma láser de mano, la preparó asegurándose que tuviera suficiente batería por lo que la pistola emitió un silbido, y la colocó en la frente de la Drosh.
—Cobarde —escupió ella casi sin fuerzas— cualquier puede matar a una persona atada…
Yorgos bajó el arma.
—Sí… es verdad… pensándolo bien, prefiero que recuerdes por el resto de tu vida lo que te hice, sucia ramera Drosh.
Dicho esto Yorgos se acercó a la puerta. Tomó una granada y al abrir las puertas plegadizas la lanzó afuera. La granada estalló destruyendo a un grupo de androides que caminaba por los pasillos y permitiéndole escapar. Minutos después abordaría una de las cápsulas de escape y dejaría solo la estación.
Un grupo de androides junto a Richard Sevilla entraron a la cámara donde estaba Zelara prisionera, liberándola. Richard la sostuvo y luego puso el brazo derecho de la agente sobre su hombro para ayudarla a caminar. Mientras los androides rescataban también a Exxil 93 quien estaba retenida dentro de una diminuta jaula en una bodega, como si fuera un simple objeto.
Tras esto todos abordaron la nave confederada y escaparon lo más rápido posible de la estación.
—Nunca había conocido a un político dispuesto a arriesgar su propia vida por la de otros —le dijo Zelara a Richard.
—Lo heredé de mi padre.
—Aún no estamos a salvo —le corrigió Taú— varias naves militares Anaki se dirigen hacia acá. Si nos interceptan nos destruirán y aún no podemos saltar al hiperespacio por algunos daños sufridos cuando nos atacaron los sistemas defensivos de la estación.
Aquellos momentos en que se realizaban las reparaciones del sistema de salto de la nave fueron de tal suspenso que la tensión podía cortarse con un cuchillo. Para cuando el mecanismo que producía los agujeros de gusano artificiales estuvo funcional nuevamente las naves Anaki salían del hiperespacio justo a la par. Sin embargo, la nave de Ta’u pudo producir su propio pasadizo al hiperespacio en pocos minutos recibiendo sólo algunos golpes del armamento de sus enemigos y escapando así de una muerte segura.
Orión , capital del Imperio Anaki
—Esta locura no puede continuar —murmuró Osthar observando por la ventana de su lujosa mansión como un grupo de soldados Anaki entraban a una casa vecina y arrestaban a los integrantes de la familia y sus sirvientes, aún tratándose de una familia noble Anaki. Los militares ignoraron las súplicas de todos y fueron confinados dentro de un enorme aerotransporte jaula.
—¿Pero qué dices? —le reclamó su esposa Linnath— Su Majestad el Emperador sólo está haciendo lo correcto. ¿Nos has visto las noticias? Un grupo de terroristas androides ayudados por Confederados destruyó ayer una estación espacial llena de civiles. El Emperador tiene toda la razón en ordenar la aprensión de todos los androides rebeldes y quienes simpaticen con ellos.
—He conocido a los Shurgar por décadas —dijo refiriéndose a los vecinos recién arrestados— y son leales al Imperio. Su único crimen fue tratar bien a los androides esclavos bajo su servicio y haberles concedido la libertad hace algunos años. El Emperador está llevando las cosas demasiado lejos. ¡Esto es demencial!
Linnath miró a Osthar con temor en los ojos.
—Amado esposo mío, esas palabras pronunciadas fuera de aquí nos harían compartir el mismo destino de los Shurgar. Te salvaste hace poco de ser ejecutado gracias a que la conspiración de los Durgas fracasó, no tientes tu suerte.
Pero Osthar pareció ignorarla mientras observaba pensativo a través de la ventana.
—¿Estás pensando en Zammara? —le preguntó Linnath.
—No es eso. Ella está cumpliendo con su deber como capitana en el Sector Kazar donde se concentra el grueso de la rebelión androide. Pero odio ver como mi amado Imperio empieza a desmoronarse ante la demencia. ¿Has escuchado los rumores sobre los Escuadrones de la Muerte?
—¿Qué con ellos?
—Han matado cientos de androides inocentes. Dicen que entran a las casas de plebeyos sospechosos de simpatizar con los androides y que cometen toda clase de atrocidades. Hace tan solo unos meses el Emperador habría ordenado el arresto y muerte de todos los miembros de los Escuadrones.
—Hace unos meses no estábamos prácticamente en una guerra civil.
Planeta Telunis , Confederación Interestelar
Telunis era el nombre de un gigante gaseoso anillado rodeado por 22 lunas, la mayoría de las cuales habían sido colonizadas. La vida había surgido en una de sus lunas, conocida como Athanis, sin embargo, desde hace más de 33 mil años los Teluni se habían distribuido por todos los satélites y habían además colonizado muchos otros planetas de su sistema solar y de otros sistemas.
Salvo por algunas reservas biológicas que cuidaban de ciertos pantanos y bosques en Athanis, las diversas lunas de Telunis eran verdaderas moles urbanísticas, totalmente recubiertas de avanzadas ciudades como si fueran enormes esferas tecnológicas flotando en el espacio. Miles de vehículos circundaban constantemente el sistema y las distintas colonias lunares casi como insectos sobrevolando frutas o panales.
Carvax era una luna Teluni especializada en servicios médicos. Allí estaba localizado el Hospital General de la Confederación, que dependía directamente del Ministerio de Salud. Este era quizás el más prestigioso centro médico de la Galaxia, directamente bajo administración de los famosos doctores Teluni, cuya ciencia médica era la mejor de la Galaxia.
Fue allí donde atendieron las heridas de Zelara.
El Hospital era un edificio enorme, el más grande de la ya de por si ciudad gigante que cubría la totalidad de la superficie del satélite. Zelara descansaba en su habitación y por el enorme ventanal al costado de su cama podía apreciarse el horizonte por el cual se extendía interminable aquella ciudad que, como todas las ciudades Teluni, era una urbe tecnológica y futurista. En el firmamento se apreciaba el enorme planeta gaseoso Telunis con sus bellos anillos inclinados en diagonal, las demás lunas y a lo lejos el sol del sistema resplandeciendo detrás del planeta.
—Se ha recuperado exitosamente de sus heridas, agente Zelara —le dijo el médico Teluni que sostenía en una de sus cuatro manos una tableta digital con el expediente de su paciente. —La daremos de alta mañana.
—Gracias, Doctor.
—Eh… sobre la cuenta…
—Mi gobierno cubrirá los gastos.
—Perfecto —respondió el médico. Una enfermera llegó a la habitación interrumpiendo la charla.
—Dr. Lam, el Rey de Sarconia pide verlo. Parece que le han regresado los dolores en la espalda.
El médico negó con la cabeza, luego miró a Zelara con una sonrisa.
—Los pacientes más difíciles son los aristócratas. Con permiso Agente.
Mientras salía de la habitación el médico se cruzó con Richard Sevilla.
—¿Se encuentra mejor, agente Zelara? —le preguntó el político entrando a su habitación. Le traía flores.
—Sí, gracias. ¿Qué es eso?
—¿No hay flores en su planeta?
—No. Pero sí sé que son. ¿Por qué las lleva consigo?
—Son para usted.
Zelara lo miró con suspicacia.
—¿Estaré interpretando correctamente lo que me quiere decir?
—En mi mundo —dijo colocándolas en agua y luego en el buró junto a la cama de Zelara— es costumbre llevarle flores a alguien que está enfermo, especialmente si está en un hospital.
—¡Ah! En mi mundo son una invitación para tener relaciones sexuales.
Richard se sonrojó.
—Cielos… lo lamento agente Zelara… no quise ofenderla.
—Descuide, Senador, es sólo un malentendido cultural. Están muy bonitas. Fue usted muy valiente en Xelunus.
—No hice nada realmente. La valiente fue usted— el comunicador de Richard sonó— disculpe. ¿Sí? —dijo contestando.
—Senador Sevilla, soy Lester Barrington, el Primer Ministro, deseo hablar con usted lo antes que sea posible.
—Me tomará algunos días llegar a Talos, Señor Primer Ministro.
—Me encuentro de casualidad en el Sistema Telunis. Veámonos en la sede local del Ministerio de Salud, por favor.
—Está bien —dijo y cortó la comunicación— debo irme —le dijo a Zelara— espero que se recupere pronto, agente Zelara.
Cuando Richard salió de la habitación se topo con Ta’u, la comandante Cheng y el militar androide Max 22 quienes se dirigían a visitar a su amiga Zelara. Cheng llevaba un ramo de flores.
—Buenos días, Senador —le dijo Ta’u— un gusto volverlo a ver.
—Igualmente. Son ustedes una tripulación muy valiente. Les agradezco la ayuda.
—La mayoría de veces que nos ha tocado rescatar a un senador se ha tratado de un verdadero cobarde. Usted me demostró que no todos los políticos son iguales.
—Últimamente me dicen eso mucho, Capitán. Hasta pronto… ah, por cierto, cuidado con las flores, se puede malinterpretar.
Richard transitó los pasillos del Hospital. Casi todo el personal médico era Teluni pero los pacientes pertenecían a toda clase de especies diferentes y exóticas, algunas que Richard jamás había visto. Gente de toda la Galaxia asistía a ese hospital a tratarse.
Minutos después se encontró en la cita fijada con el Primer Ministro quien lo recibió en una oficina que probablemente pertenecía a algún alto funcionario del gobierno.
Lester Barrington era un humano anglosajón de unos cincuenta años, cabello castaño encanecido en las patillas y ojos grises. Era el primer humano en llegar a ser Primer Ministro de la Confederación y pertenecía al Bloque, el partido contrario al de Richard. Antes de ser ministro había sido un acaudalado empresario explotador de oricalcum que había acumulado una de las fortunas más grandes de la Galaxia.
—Siéntese, Senador, por favor —pidió ofreciéndole un asiento frente a su escritorio— quería hablarle de sus acciones recientes en territorio Anaki. Me han parecido extremadamente irresponsables y peligrosas. Pudo ponernos al borde de la guerra con los Anaki.
—Fue durante un gobierno de su partido, Primer Ministro, que fuimos a la guerra contra los Anaki por apoyar los deseos de libertad de los Sarcones. ¿Me está diciendo que no es lo mismo?
—La Guerra de Sarconia fue una intervención indirecta la mayor parte del tiempo, salvo al final. Su apoyo a los androides rebeldes en el Imperio Anaki puede provocar una confrontación directa para la cual no estamos listos.
—¿Entonces cuando se trata de liberar a un planeta rico en oricalcum como Sarconia si vale la pena el riesgo pero brindar apoyo a obreros pobres y esclavos no?
—Yo no he dicho tal cosa. Sé que se aproximan las elecciones y su partido necesita capturar el voto androide.
—No lo necesitamos. Históricamente el 90% de los androides votan por nosotros. Los únicos senadores androides han resultado siempre electos por la Coalición.
—Yo tengo un ministro androide en mi Gabinete.
—Un ministerio no cambia cientos de años de políticas discriminatorias y racistas.
—Suficiente, Sevilla, no era mi interés discutir con usted de política. Ya he tenido bastante con escuchar sus discursos contra mi gobierno en el Senado…
—El caso es que la población androide de la Confederación simpatiza con los rebeldes del Imperio Anaki, incluso su ministro lo ha reconocido. Aunque imagino que le llamó la atención como intenta hacerlo conmigo. Sólo le recuerdo que yo pertenezco a la oposición y no debo responderle a usted.
Barrington se reclinó en su asiento.
—En verdad no entiendo a los coalicionistas. Dicen estar en contra de la guerra pero apoyan grupos subversivos.
—Para serle sincero no deseo que haya una guerra entre la Confederación y el Imperio. Pero no puedo cruzarme de brazos y ver la injusticia que cometen los Anaki contra los androides. ¿Sabe que los androides sólo desean tener un estado propio donde ser libres?
—Sí, lo sé. Hay miles de planetas deshabitados, además ellos no necesitan que un planeta tenga condiciones aptas para la vida orgánica para colonizarlo lo que aumenta su margen de posibilidades. ¿Por qué están empecinados en independizar un pedazo del Imperio Anaki? ¿No es eso mucho más difícil?
—Es que usted no entiende. Ellos no quieren solamente tener un planeta cualquiera. Quieren que todos los androides de la Galaxia sean libres. Su plan es independizar un grupo de sistemas ricos en recursos minerales; el Sector Kazar, el cual ya está habitado por una población en un 70% androide. Con ello podrían convertirse en una verdadera potencia de la Galaxia; una capaz de presionar lo suficiente a los demás mundos y capaz de intervenir en el caso de que los androides en cualquier parte sean explotados o maltratados.
—Encomiable labor. Pero no estoy seguro de cómo me siento al respecto.
—¿Le teme a los androides?
—Es sólo que ellos son, en muchos aspectos, superiores a nosotros los orgánicos. Temo que teniendo su propio imperio puedan… bueno… quien sabe que puedan hacer… Pero eso no viene al caso. Hoy mismo remitiré mis disculpas al gobierno Anaki por sus acciones y emitiré un comunicado de prensa diciendo que usted actuó sin autorización alguna del gobierno. Usted tiene inmunidad parlamentaria así que no se pueden levantar cargos en su contra. El asunto no pasará a más, pero el Gobierno Confederado va a condenar sus actos.
—Como quiera.
Sector Kazar, Imperio Anaki
La nave Anaki que comandaba la capitana Zammara Larg, esposa de Osthar, llegó hasta la órbita de un planeta minero colonizado por androides.
—Señora, hemos llegado a las coordenadas indicadas —le informó su navegante.
—¿Condiciones?
—Siete ciudades y asentamientos grandes —le respondió una oficial Anaki leyendo la información en las consolas— alrededor de 30 millones de personas, la mayoría androides.
—¿Sus órdenes, Capitana? —preguntó el primer oficial. Zammara titubeó.
—Disparen los cañones de plasma a la superficie del planeta —dijo finalmente, aunque parecía que cargaba con ello una gran culpa— que no quede nadie vivo.
Sus subalternos obedecieron e iniciaron un brutal bombardeo con armas de destrucción masiva.
—La noto algo atribulada, Capitana —preguntó el primer oficial.
—No me gusta masacrar civiles inocentes —le respondió ella.
—¿Inocentes? Pero si ese planeta es un foco de rebelión. Se sabe que algunas células de androides rebeldes se localizan ahí…
—Sí, sí, lo sé. Aún así las órdenes del Imperio son demasiado radicales. No es necesario exterminar a toda la población de un planeta por matar algunos terroristas.
—Son sólo androides…
—Señora —le dijo la oficial de información— naves rebeldes están saliendo del hiperespacio.
La nave Anaki inmediatamente se vio sacudida por los disparos.
—Escudos al máximo —ordenó Zammara—, devuelvan el fuego y envían una señal de ayuda a toda nave Anaki en la cercanía.
El ataque conjunto fue demasiado fuerte y en poco tiempo la nave de Zammara empezó a sufrir estragos. Una consola explotó matando a la oficial de información al tiempo varios paneles del techo colapsaron sobre el puente.
—¡Retirada! —ordenó Zammara. Su nave abrió un agujero de gusano que rasgó el espacio y saltó escapando de la inminente destrucción.
Luna Talos, Planeta Viraki, capital de la Confederación, dos semanas después.
—El resultado de la votación —anunciaba el Elindari de aspecto elefantino que presidía el Senado— es 43% votos a favor, 55% en contra, 2% abstenciones. Se rechaza la moción presentada por el Gobierno para abrir una investigación contra el senador Sevilla.
Richard junto al resto de su bancada opositora celebraron con un aplauso y otros gestos de aprobación mientras los senadores oficialistas maldecían y se lamentaban. La sesión se dio por terminada y los distintos senadores empezaron a recoger sus cosas y partir.
—¿Puedo hablar contigo un momento, Richard? —le preguntó su compañera senadora Sai’lin.
Sai’lin era una guapa mujer Viraki de edad similar a la de Richard. Recogía su rizado cabello negro en una cola que caía por su espalda y vestía ropa escasa y provocativa, a pesar de ser senadora, ya que era costumbre entre su pueblo el exhibir el cuerpo. Ella y Richard habían sido novios cuando estudiaron en la Universidad, pero su relación había finalizado años atrás, no así su amistad.
—¿Estoy en problemas?
—No —sonrió ella y minutos después estaban caminando por los jardines que decoraban los alrededores del Senado. —Sólo quería decirte que he decidido postularme para el liderazgo del partido.
—Eso quiere decir que serías candidata a Primera Ministra.
—Por supuesto. Suponiendo que gane las primarias y luego obtengamos mayoría en las elecciones generales. Pero creo que la Coalición tiene muchas posibilidades de derrotar al Bloque en los próximos comicios.
—¿Estás segura? Barrington es muy popular y tiene mucho dinero.
—No es tan popular. El desempleo y la inflación han subido… pero eso son temas de campaña… lo cierto es que me gustaría tenerte de mi lado. Que me apoyes en las primarias.
Richard bajó la mirada.
—Querida Sai’lin… pienso que haces un excelente trabajo como portavoz de la bancada coalicionista actualmente y creo que serías un Primera Ministra genial… pero ya hablé con Zhol 45 y he decidido darle mi apoyo.
—¿Entonces es verdad? ¿Zhol se lanzará como precandidato a Primer Ministro?
—Sí. ¿No es genial? De ganar será la primera vez que un androide llega a ser Primer Ministro.
—Zhol no tiene posibilidades de ganar. Es un excelente senador pero es demasiado radical. Está muy a la izquierda.
—¿Y tú te postularás como la candidata moderada?
—¿No sabes quien será el otro precandidato? El Dr. Tax.
—¿Ese derechista? ¡Es casi tan adinerado como Barrignton!
—¿Y? ¿Es malo tener dinero? Tax ha sido miembro de la Coalición por décadas y ha sido uno de nuestros mayores donantes de campaña. Incluso donó a tú campaña senatorial.
—¿Y que? ¿Por eso le debo lealtad?
—No, no quise decir eso…
—Es el dueño de una corporación farmacéutica gigantesca. Si gana no podremos diferenciarnos realmente de la candidatura de Barrington. Además… siento que sus ideas son demasiado conservadoras. Es el mejor representante del ala derecha de la Coalición…
—El ala derecha de la Coalición sigue siendo preferible a un nuevo gobierno del Bloque ¿no te parece?
—Sí, supongo que sí. Bueno, sólo me resta desearte buena suerte.