XXIII

Planeta Xelunus , provincia del Imperio Anaki

Xelunus era un planeta enano, décimo desde su sol, ubicado en un sistema solar dominado por los Anaki. El planeta estaba cubierto por nieve y hielo por lo que parecía una gran y redonda bola de nieve en medio de la negrura del espacio. En torno de él había dos satélites, uno natural conformado por una pequeña luna esférica cubierta de hielo, y una estación espacial Anaki en donde residían las autoridades de la administración imperial, algo de personal y sus familias.

Una nave aterrizó en el planeta clandestinamente, abriendo un agujero de gusano que extrajo el vehículo del hiperespacio desde el otro lado del planeta para no ser detectado por los sistemas de la estación. El transporte interestelar descansó sobre los inhóspitos parajes de Xelunus, rodeado de frígidas montañas nevadas. En esa área del planeta se apreciaba la luna sobre el estrellado firmamento, de un tamaño enorme y descomunal, abarcando casi la tercera parte del cielo. El sol, en cambio, era diminuto y casi indistinguible de las demás estrellas.

De la nave emergieron dos figuras totalmente cubiertas de pies a cabeza con trajes térmicos como de cosmonauta, que les permitía tanto sobrevivir en las heladas temperaturas como respirar, ya que la atmósfera del planeta era de metano. Caminaron a través de algunas congeladas planicies hasta llegar a las cercanías de unas estructuras artificiales talladas en el hielo. Parecían ser trapecios cristalinos con entradas pero sin ventanas.

—Allí, Senador —le dijo la agente Zelara a Richard Sevilla señalando con su mano enguantada al horizonte— allí está la Reservación Xelu.

Los Xelu eran la forma de vida inteligente que se había desarrollado en ese frío mundo. El planeta tenía el núcleo fundido así que producía calor internamente y diversa vegetación constituida mayormente por líquenes y algas se había producido en complejos cavernosos subterráneos. Esto generó todo un ecosistema.

Los Xelu tenían cinco extremidades inferiores, tres extremidades superiores, un cuerpo de color blanco y muy frío, con un cuello alargado y una cabeza con forma de diamante y un único ojo triangular. Debido a que la luz escaseaba en su mundo, los Xelu no percibían salvo el espectro infrarrojo y algunas radiaciones.

—Es increíble como la vida surge hasta en los lugares más improbables —comentó Richard. Zelara asintió.

—Mire, allí está ella —le dijo Zelara. En efecto, del interior de una de las estructuras emergió lo que parecía ser una mujer humana, salvo porque no estaba protegida ni de las extremas temperaturas ni de la atmósfera tóxica, lo que denotaba que no era humana, sino androide.

—Bienvenido, Senador —le dijo ella cuando él y Zelara estuvieron suficientemente cerca— mi nombre es Exxil 93.

—Sí, sé quien es usted. Es un gusto conocerla.

—Pasen adelante. Mis amigos Xelu son bastante amables. Me han estado ocultando a pesar del riesgo que representa para ellos.

Se adentraron en una de las viviendas cuyo extraño mobiliario era casi ininteligible para Richard y Zelara. Aún así se sentaron en lo más parecido que había a un asiento.

—Debo decirle que fueron ustedes muy valientes en su levantamiento de Sadam y Gamara. La forma degradante en que las tratan los Anaki es indignante.

—Muchos de los clientes frecuentes de Sadam y Gamara eran Confederados, Senador —le dijo Exxil— algunos de ellos políticos de mucho poder.

—Eso es lamentable. Si me da sus nombres realizaremos una investigación al respecto. El uso de androides para fines sexuales está prohibido en la Confederación.

—No tiene sentido, pues lo que ellos hicieron sucedió en territorio Anaki, donde es legal. Pero no viene al caso, Senador, agradezco enormemente el apoyo que usted y otros como usted están dando a nuestra causa. ¿Sabía que los Anaki me borraron la mente? Sin embargo, es imposible eliminar del todo los archivos de una computadora, y mi cerebro es eso, una computadora. Eventualmente mis recuerdos regresaron poco a poco, y cuando fueron suficientes supe en que parte del disco duro estaban guardados en su totalidad.

—¿Qué la trajo a Xelunus?

—Bueno, dos cosas. Los Xelu no quieren a los Anaki. No les gusta el dominio Anaki, pero debido a que respiran metano y no pueden sobrevivir en temperaturas superiores a cero, los Xelu casi no salen de su planeta y rara vez interactúan con otras especies. Debido a su ambiente tan extremo es inusual que los Anaki bajen al planeta. La otra razón es que Xelunus es un mundo rico en oricalcum. Tienen unas minas de oricalcum muy valiosas. Pero como los Anaki orgánicos no pueden vivir en este clima, las mismas son explotadas haciendo uso de androides. Eso quiere decir que esta provincia Anaki en particular está llena de trabajadores androides explotados y descontentos, y es particularmente difícil para los orgánicos realizar labores de inteligencia o represión.

—Entiendo. Bueno, he venido a entregarle esto —dijo dándole un disco y una tarjeta plástica— el disco contiene toda la información recopilada por la Inteligencia Drosh y Confederada respecto a los Anaki de este sector. Incluye información detallada sobre el tamaño de sus fuerzas, puntos débiles, horarios de patrullaje, etc. La tarjeta está ligada a una cuenta bancaria Sáuxer así que los Anaki no podrán congelar los fondos. Es una generosa donación económica de parte de miles de androides Confederados y algunos orgánicos que apoyamos su causa.

—Muchas gracias, Senador, esto nos será de mucha ayuda.

—El gobierno Confederado les desea suerte —dijo Richard— y estamos dispuestos a reconocer un estado androide que se independice de los Anaki.

—Y el gobierno Drosh —intervino Zelara— siendo nosotros mismos ex esclavos de los Anaki y el primer Estado revolucionario de la Galaxia creado por la clase trabajadora, apoyaremos cualquier empeño de parte de los esclavos y los obreros por emanciparse, indistintamente de que sean orgánicos o androides. Para nosotros todos los obreros de la Galaxia son nuestros hermanos. Es por eso que le trajimos esto —dijo Zelara entregándole un maletín— de parte de los Drosh.

Exxil lo abrió y observó el contenido reconociéndolo. Se trataba de pequeños aparatos del tamaño de una bombilla pero de gran capacidad destructiva.

—Bombas de fotones. Muchas gracias agente Zelara.

La cordial conversación fue interrumpida por el sonido de estallidos en la cercanía. Esto alertó a todos. Exxil 93 y Zelara extrajeron sus armas.

—¡Los Anaki! —exclamó molesta la androide.

Una de las bombas estalló muy cerca. Sin embargo, los explosivos en cuestión no tenían la función de destruir, sino que emitían una estela de radiación electromagnética diseñada para dejar inconsciente a cualquier forma de vida orgánica, sin matarla, y afectar a cualquier máquina volviéndola temporalmente inservible. A raíz de esto todos quienes estaban en la zona perdieron la consciencia, incluyendo a Exxil.

Cuando Richard recuperó el conocimiento se encontraba sobre una camilla de laboratorio y le habían removido el traje espacial. Observó a su alrededor reconociendo una habitación de típica arquitectura Anaki y por la ventana se podía apreciar el espacio sideral siempre estrellado y en el horizonte el Planeta Xelunus ... se encontraba en la estación espacial.

—¿Ya despertó, senador Sevilla? —le preguntó un Anaki vestido de negro, con la cabeza rapada y nariz alargada. —Bienvenido. Estaba interrogando a sus amigas.

Richard se incorporó y observó que Exxil y Zelara estaban sentadas frente al Anaki que hablaba y dos guardias custodiaban la puerta.

—Korok Yorgos… —murmuró.

—¿Me conoce?

—El Carnicero de Régulus, el Verdugo de Sarconia y el Asesino de Gárinor. Su infamia lo precede. La Confederación, Sarconia y más de veinte sistemas lo buscan por crímenes de guerra.

—No necesito interrogar más a esta ramera cibernética —dijo Yorgos con la mano en el mentón de Exxil 93— llévenla a una celda.

Y dicho esto los guardias sacaron a Exxil de la habitación. Korok indicó a Richard que se sentara al lado de Zelara con un gesto manual.

—Pensé que había caído en desgracia cuando el Emperador descubrió que había sido una de sus masacres la que provocó el levantamiento Amarok en Gárinor —le dijo Richard.

—Veo que está usted bien informado de la política Anaki. Hemos subestimado a la Inteligencia Confederada… o quizás sería mejor decir que a la Drosh. Sí, el Emperador estaba molesto conmigo y ordenó mi muerte, pero tengo amigos poderosos que me protegieron.

—¿El Escuadrón de la Muerte? ¿Ese grupo de extrema derecha conformado por Anaki racistas que tratan a los no Anaki del Imperio como animales y se dedican a apalear androides y Kurg? Veo porque un monstruo como usted les asienta bien.

—El Escuadrón de la Muerte también cree que el Emperador, la Corte Imperial y las Casas Nobles son débiles y corruptos, y que deberíamos hace tiempo haber iniciado una guerra expansionista en la Galaxia y un ataque preventivo generalizado contra la Confederación y sus aliados hasta volverla un recuerdo del pasado y convertir a todos sus planetas miembros en provincias Anaki.

Richard rió.

—La megalomanía es tan chistosa. Pero supongo que los locos no saben medir sus propios límites. El Imperio Anaki no tiene la capacidad de derrotar a la Confederación.

—Eso está por verse. Sabemos que usted y su amiga Drosh están acá entregando armas y dinero a los rebeldes androides. Una afrenta directa contra el Imperio. Podría considerarse un acto de guerra.

—Estamos actuando a título personal y no ha nombre de nuestros gobiernos —dijo Richard— y nuestra ayuda económica era simplemente humanitaria.

—¿Y los explosivos?

—Para usarlo en las minas de oricalcum, solamente.

—Cuando termine con usted, Sevilla, me habrá dado una confesión completa.

—No me intimida, Yorgos. Soy un miembro del Senado de la Confederación, la más alta esfera de gobierno de mi Estado. No se atrevería a torturarme, mucho menos a matarme. Mi embajada sabe que estoy aquí, por cierto. Deben de estar llamando en este momento a sus superiores.

Yorgos guardó silencio algunos instantes, como dándole la razón silentemente.

—¿Y su amiga? Ella no está protegida por un cargo político como usted, Sevilla. A ella puedo hacerle lo que quiera. Y sí, agente Zelara… no me he olvidado de usted…

Richard fue llevado hasta una celda muy pequeña e introducido en su interior. La celda, aunque bastante estrecha, poseía una cama y un inodoro. Una vez que cerraron la puerta a sus espaldas, no tuvo más que hacer salvo acotarse en la cama con las manos bajo la cabeza y esperar…

Doce horas después, Yorgos torturaba con crueldad a Zelara. Ésta se encontraba con las manos atadas al techo, semidesnuda, sudando copiosamente y con hematomas en el rostro y heridas sangrantes en distintas partes del cuerpo y el rostro. Yorgos le estaba haciendo cortes en la piel con un bisturí láser.

—Mi señor —interrumpió uno de sus subordinados, pero Yorgos lo ignoró. Dejó el bisturí láser sobre la bandeja y tomó un azote electrónico con el cual le introdujo un alto voltaje de energía eléctrica al cuerpo de Zelara. Ésta rabiaba de dolor y se mordía el labio, pero resistía las ganas de gritar para no darle gusto a su torturador. En ocasiones cruzaban miradas y ella sonreía triunfal cuando había logrado contener el grito. —Mi señor —insistió.

—¿¡Qué!?

—El embajador de la Confederación está llamando directo desde la Embajada Confederada en Orión .

Yorgos miró a su víctima y respiró profundo. Le puso una mordaza y luego se dirigió hacia el área donde estaba localizado el videófono desde la cual era imposible ver la imagen de Zelara torturada.

—Buen día, Embajador —respondió zalameramente. En el otro lado de la pantalla se encontraba un Xith de poblada barba y abundante cabello gris.

—¿Dónde está el senador Sevilla? Y no intente mentirme, sé que usted lo tiene.

—El senador Sevilla fue encontrado cometiendo actividades criminales contra el Imperio, y estamos considerando la posibilidad de enjuiciarlo.

—No me haga reír, Yorgos. El Tratado de Próxima claramente establece que los altos funcionarios públicos de su Imperio y nuestra Confederación tienen inmunidad diplomática. Ustedes no enjuician a nuestros senadores y nosotros no enjuiciamos a sus nobles. Si quiere violar el tratado, por mí está bien, pero me encargaré de que mi gobierno arreste a cada noble Anaki en territorio confederado, sea turista, mercader o diplomático, y que luego les informen que deben culparlo a usted por las molestias.

Yorgos rechinó los dientes.

—Muy bien. Dispondremos que el senador Sevilla abandone la estación y será remitido a su territorio…

—No, no. No confío en que lo introduzcan a una nave Anaki. Enviaremos una nave nuestra con credenciales diplomáticas, para que a nadie se le ocurra atacarla mientras está en territorio imperial, y en ella recogeremos a Sevilla. Estará allí en doce horas. ¿Comprendido?

—Sí.

—Ahora déjeme hablar con él.

—Ya oíste —le dijo Yorgos a su subalterno, este se dirigió junto a dos guardias a la celda de Richard.

—Su embajador quiere hablar con usted —le dijo abriendo la puerta. Poco después Sevilla era llevado a un salón cercano a su celda donde había un sistema de comunicación. Como el asistente y los dos guardias no parecían querer salir, Richard se aclaró la garganta.

—Las comunicaciones con mi gobierno son confidenciales. Me niego a hablar con el Embajador si no es a solas y en una línea segura.

El asistente miró al techo como pidiendo paciencia y abandonó el salón junto a los guardias. Richard entonces ingresó un código personal en la pantalla lo que hacía la comunicación imposible de ser intervenida.

—¿Cómo se encuentra, Senador?

—Estoy bien. No me han lastimado.

—¿Cumplió la misión?

—Sí.

—Enviaremos una nave por usted. Llegará en un día.

—No, quiero que tarden. Al menos dos días.

—Pero… Senador… usted ya ha hecho suficiente…

—No me iré sin ellas, Embajador. Dos días…

—Muy bien… así será. Dos días.

La comunicación se cortó. Richard miró sobre su hombro, y luego comenzó a ingresar códigos y comandos en el computador… no tenía mucho tiempo.