XXI
El día siguiente empezó como era normal. Todos los Días de la Confederación se conmemoraba el aniversario de la firma del Tratado de Talos con un vistoso festival. Empezaba con un desfile militar en que el Ejército Confederado hacía marchar a sus solados con uniformes de gala y algunas naves con estelas de colores recorrían el cielo. Luego pasaban carrozas alegóricas, una por cada Planeta Confederado, usualmente representativas de la cultura del planeta en cuestión, y finalmente desfilaban grupos de estudiantes de primaria y secundaria. Todo aquello era televisado. En la tarde el Primer Ministro de la Confederación daba un discurso frente a los miembros del Senado, de la Corte Suprema y los embajadores y en la noche las familias se reunían a cenar y pasarla juntos.
Richard y toda su familia observaron el desfile en palco de lujo (una de las ventajas de ser senador) y Richard tuvo que estar presente cuando el Primer Ministro dio su discurso.
El Primer Ministro de la Confederación ese año era el humano Rupert Barrington, miembro del Bloque y un acaudalado empresario quien antes de ser político era el humano más rico de la Galaxia. Había hecho su fortuna en la industria oricalcumífera.
—Me gustó mucho la carroza Chax de este año —dijo Michael— ¿de qué hacen esos capullos?
—De vómito —respondió Alara recordando a una compañera de habitación que tuvo cuando era universitaria.
—Espero que hayas prestado atención a la carroza Xith, Michael —le dijo su abuelo como en tono de regaño— tenía muchos simbolismos de nuestra herencia. Siempre debes ser fiel a tu herencia Xith y aprender nuestra historia y nuestras tradiciones.
—Sí, Abuelo.
Shamur sonrió y se sentó en un sillón.
—Me encantó el discurso del Primer Ministro Barrignton —celebró— ¡qué hombre tan inteligente! Sus planes para hacer crecer la economía son realmente brillantes… estoy seguro que será reelecto.
—Nunca pensé verlo hablando tan bien de un humano —comentó Richard sardónico.
—Yo no tengo problemas con los humanos —se defendió Shamur— excepto con aquellos que se casan con mi hija.
—Las posibilidades de la reelección de Barrington son escasas —intervino Zum— pronostico que el próximo gobierno será de la Coalición.
—¡Afortunadamente! —declaró Estela Sevilla tumbándose en el sillón— Barrington es un idiota y sus políticas solo benefician a los ricos, como todos los malditos gobiernos del Bloque. Sólo los gobiernos de la Coalición se preocupan realmente por los pobres…
—¡Aquí vamos otra vez! —dijo Alara metiéndose a la cocina.
—¿A los pobres? Darles limosnas a los pobres no es ayudarlos —replicó Shamur— sino darles trabajo para que salgan de pobres.
—¿Entonces para usted los programas de asistencia social son limosnas…?
El timbre sonó y Richard aprovechó para dejar el área de la discusión y abrir la puerta. Ahí se encontró a Yar’lin.
—Buenas noches senador Sevilla y feliz Día de la Confederación. ¿Se encuentra Michael?
—Sí, pasa, y feliz Día de la Confederación a ti también. ¿No lo vas a pasar con tu familia?
—Claro. Pero he venido a dejarle a Michael su regalo.
—Que considerada en comprarle algo. Adelante, está en su habitación.
—Gracias Senador —dijo la niña introduciéndose a la casa directo hacia el lugar indicado y antes de que Richard cerrara las puertas plegadizas al apretar un botón Lothar estaba justo en la entrada.
—Familia —dijo Richard interrumpiendo la conversación de todos con Lothar a su lado— les presento a mi mejor amigo de la niñez; Lothar.
—Michael —dijo Alara entrando a la habitación de su hijo— ven a conocer a un amigo de tu pa… —pero se silenció en seco al observar a su hijo besándose con Yar’lin.
A raíz de esto sacó a los dos muchachos del cuarto y se puso a regañarlos airadamente.
—Alara —terció Richard, conciliador como siempre— estás exagerando. Son sólo niños…
—No son sólo niños, Richard, es mi hijo y… —pero Alara no terminó la frase.
—¿Y qué mamá? —preguntó Michael desafiante— ¿una Viraki?
—No me retes, Michael —le contestó ella furiosa y señalándolo amenazadoramente con el dedo índice— y no trates de hacer esto un asunto étnico.
—Sinceramente creo que estás exagerando, Alara —intervino Estela Sevilla quien abrazaba a su esposa— no hay nada malo en algo tan tierno como un beso.
—Estela, usted siempre me ha agradado —le dijo Alara— pero espero sabrá respetar mi derecho a criar a mi hijo —Estela asintió, pero entonces Shamur intervino.
—Pues aunque no me lo creas yo estoy de acuerdo con ellos, hija.
Todos quedaron atónitos antes esta declaración.
—¿Qué? Es verdad —continuó— Michael no es un niño y es hora de que se vaya haciendo hombre.
—¡Ah! —dijo Alara con tono irónico ahora encarando a su padre y olvidándose de su hijo— ¿entonces es correcto que un hombre Xith se mezcle con una mujer de otra especie pero una mujer Xith no puede hacer lo mismo?
—No se están casando ¿cierto? De todas maneras, Alara, no traigas viejas peleas a este asunto. Hace años que acepté lo tuyo y de Richard. De todas maneras es mejor eso ¿o qué prefieres? ¿Qué tu hijo sea homosexual?
—¡Hey! —reclamaron tanto Estela Sevilla como su esposa Beth al mismo tiempo.
—No, no me malentiendan —dijo Shamur a las dos— en su caso no hay problema porque ustedes son humanas. Pero los Xith nos regimos por el Código de Hammur que claramente enseña que la homosexualidad es una abominación…. Pero sólo le aplica a los Xith.
Esto trajo consigo una nueva y airada discusión. Aunque Michael y Yar’lin se volvieron a ver sonrientes como si hubieran salido ya de problemas.
—¡Basta ya! —gritó Sury— ¡Suficiente! Alara, estás actuando como nuestro padre —Alara bajó la mirada como si aquella recriminación le doliera— y sobre la abominación de la homosexualidad…
—Sury no… —trató de prevenir Alara, sin éxito.
—Soy homosexual —confesó.
Todos guardaron un silencio sepulcral… roto solo por el sonido de un cuerpo golpeando el suelo cuando Shamur cayó desmayado.
—¿Te sientes mejor abuelo? —le preguntó Michael. Shamur estaba en una cama y a su lado estaba su nieto, cuidándolo.
—Sí, Michael.
—¿Qué va a pasar con el tío Sury ahora? —preguntó Michael quien conocía bien las tradiciones Xith. —¿Lo desheredarás y expulsarás de la familia?
Shamur guardó silencio un tiempo.
—Tengo que hacerlo.
—¿Por qué Abuelo?
—Porque el deshonra a la familia al pecar y la ira de los dioses puede caer sobre todos nosotros si no lo hago. Todos quedaríamos deshonrados y no podríamos entrar al cielo.
—Me agrada el tío Sury. No creo que esté haciendo nada malo.
—Es la tradición, Michael. La herencia de nuestros ancestros…
—¿Entonces la herencia es más importante que tu hijo, Abuelo?
—Nuestra herencia es parte de nuestra identidad… es lo que nos legaron nuestros ancestros, hijo.
—¿Entonces es más importante para ti lo que dijeron los muertos que el amor de tu hijo vivo?
En la terraza Richard, Alara y Sury bebían algunas copas.
—¿Qué harás ahora, Sury? —le preguntó Alara quien sabía su secreto desde la adolescencia.
—Supongo que si nuestro padre me expulsa de la tribu tendré que irme a vivir a otro lugar. Tal vez a la Tierra o Viraki, como hacen la mayoría de Xith deshonrados.
—Eres bienvenido de quedarte aquí el tiempo que necesitas, Sury —le aseguró Richard y él se lo agradeció con una sonrisa.
Mientras en la habitación donde descansaba Shamur su nieto seguía hablando con él.
—Tú no aprobabas la relación de mamá con papá ¿cierto?
—Cierto —confesó él— ¿sabes que amo a tu madre y a ti, verdad?
—Sí.
—Y sabes que respeto a tu padre.
—Sí, lo sé, Abuelo. Una vez perdonaste a mamá por no seguir la tradición. ¿No puedes volver a hacerlo? ¿Por mí? Que sea mi regalo para el Día de la Confederacióny nunca te volveré a pedir nada. Por favor…
Shamur suspiró. Se estaba ablandando con los años, o eso pensó.
Se incorporó de la cama con ayuda de su nieto.
—Eres un muchacho excepcional, Michael. No le digas a tu padre que te dije esto pero… siéntete siempre orgulloso de tus dos herencias; la Xith y la humana, y aprecia tanto a tus ancestros humanos y su historia y tradiciones como a los Xith.
—Así lo haré Abuelo.
—Ayúdame a llegar a la sala.
Cuando Shamur salió de la habitación su esposa se le aproximó suplicante y le habló en Xith con tono lloroso, implorándole que no expulsara a su hijo menor de la familia. Shamur la acalló con un gesto de la mano y se puso de pie en la sala de estar donde toda la familia se acercó rodeándolo como a la expectativa de cuál sería su decisión sobre el destino de Sury.
Se aclaró la garganta.
—Hijo mío… no negaré que el que seas… no negaré que me avergüenza tu condición. Que es contraria a todas mis convicciones y tradiciones —Sury bajó la cabeza y Alara le acarició la espalda como una forma de apoyo— y que es imposible para mi aceptarlo. Lo siento. —en ese momento Sury cerró los ojos seguro de que lo expulsarían de la familia, pero Shamur suspiró— sin embargo no tengo que aceptarlo. La verdad es que tu madre y tu hermana te aman… —titubeó un poco— y… y yo también te amo. Así que no tendría sentido causarle tanto sufrimiento a la familia. No voy a expulsarte hijo mío. Siempre serás parte de esta familia… sólo te pido un favor… mantén tu vida privada lo más privada posible.
Sury sonrió. En realidad todo mundo sonrió.
—¡Ya son las doce! —anunció Zum. Todos habían estado tan distraídos que habían perdido la noción del tiempo. En cuanto se declaró la hora empezaron los besos y abrazos. Las parejas como Estela y Beth y Richard y Alara se dieron un beso en la boca, mientras que Kimara se le aproximó a Shamur y le dio las gracias en Xith para luego besarlo también. Después todo mundo se abrazó o se saludó afectuosamente. Incluso Richard y Shamur se dieron un buen apretón de manos. Al final sólo quedaron Sury y Shamur sin haberse tocado.
—Ah, ven acá —le dijo Shamur y se abrazaron.
—Es un milagro del Día de la Confederación —dijo Richard brindando. Luego abrieron los regalos. El más regalado fue Michael a quien prácticamente todos los demás le habían dado juguetes o ropa, pero en general todos recibieron algo, incluso al perro Cuasar le había comprado un filete.
—Richard esto está precioso —dijo Alara admirando un fino medallón de diseño claramente Xith que le había regalado su marido.
—Es una reliquia —explicó Richard— de origen Xith. Lo mandé a traer directamente desde tu planeta.
—Es bellísimo mi amor, gracias. Toma —dijo entregándole a él su regalo.
—¿La… la discografía completa de Metallica? —preguntó Richard con el rostro iluminado.
—Sí, amor, se lo mucho que te gusta la música clásica.
Richard la besó con mucho cariño. Luego se topó con su suegro.
—Ah, se me olvidaba Shamur, acá está su regalo —dijo dándole algo. Shamur estaba sorprendido.
—Eh… Richard… no sé qué decir… no esperaba…
—¿Qué yo le diera un regalo? No importa. Es el Día de la Confederación.
—Bueno… —dijo Shamur sacando un regalo también— para serle honesto mi esposa me obligó a comprarlo, pero espero que le guste.
Eran las dos de la mañana y Shamur finalizaba un chiste al lado de todos los adultos:
—…y entonces el Retículi le dice al cantinero ¿me lo envuelve para llevar? —todo el público estalló en risas.
Michael dormía en el sillón de la sala al lado de Cuasar y de sus regalos. Richard le echó una cobija encima y luego salió al jardín en donde el eco de las risas llegaba muy quedito.
—Y bien Lothar —le dijo a su amigo al sentirlo cerca— ¿no me vas a dar la enseñanza secreta?
—¿Otra vez estás deseando irte, Richard?
—Sí —confesó— estoy cansado de estar acá en Talos y de mi trabajo como senador. Necesito algo nuevo… necesito moverme… como siempre.
—Pronto encontrarás tu lugar Richard. Se aproximan tiempos difíciles.
—¿Por qué lo dices?
—Sólo lo sé.
—No. Debes de decirlo por algo. Se dice que los Yanta pueden ver el futuro.
—Se dice.
—¿Debo preocuparme?
—No tiene sentido preocuparse por el futuro, pues debemos vivir el presente. Disfruta estos bellos momentos con tu familia. Te ayudarán en los momentos duros. Esa es la enseñanza secreta, Richard, la que aprendiste hoy gracias a tu hijo —dijo saliendo del jardín y dirigiéndose a la calle.
—¿Cuál?
—El amor, Richard… el amor es una fuerza tan poderosa que es capaz de romper todas las barreras y de unir lo imposible de unir —y dicho esto desapareció en la oscuridad de la noche.
Richard miró hacia dentro de su casa y vio a su familia mixta hecha de personas de muy diversas culturas y especies. Miró a su esposa Alara acomodando algunos platos, ¡la amaba tanto como cuando eran novios! Alara le devolvió la mirada y sonrió.
“Sí” pensó “Lothar tiene razón”.