XX

Puerto Espacial Na’mu, Planeta Viraki Prima.

El más grande de los puertos espaciales del mundo Viraki había sido bautizado en nombre del procónsul Na’mu, principal promotor de la paz entre los Viraki y los Xith y quien negoció el tratado que puso fin a la guerra entre ambos pueblos 17.000 años en el pasado. Na’mu también fue conocido por haber adoptado y criado como propio a un niño Xith en plena guerra. Se le veía como uno de los padres de la duradera alianza que eventualmente evolucionaría en la Confederación y una estatua suya recibía a los pasajeros que llegaban a Viraki Prima ubicada en una de las salidas principales.

El enorme puerto espacial recibía cientos de transportes interestelares cada día y miles de pasajeros de infinidad de mundos distintos. Aguardando en una de las salas de espera se encontraban Richard, Alara y Michael a la expectativa del más reciente vuelo proveniente del Sistema Sirius.

—¿Crees que tus padres y los míos se lleven bien? —le preguntó Alara a su esposo mientras este revisaba los informes de arribos en la holopantalla principal.

—¿Más allá de que mi madre es bisexual y tiene una esposa lesbiana desde hace diez años?

—Pero mis padres ya sabían eso. Además no es la primera vez que se ven. Se han visto en muchos cumpleaños de Michael.

—Es verdad —dijo Richard mirando a su esposa— pero es la primera vez que pasarán varios días juntos. Creo que todo puede pasar. ¡Allá están! —dijo señalando hacia una de las salidas y en efecto, dos ancianos Xith y un joven atravesaron por ella, eran los padres y el hermano menor de Alara; los Althar.

—Estimados pasajeros, los que vengan de planetas Confederados por favor hagan una fila a la izquierda, los que vengan de planetas fuera de la Confederación por favor hagan la fila a la derecha —dijo una voz robótica desde un altoparlante. Los Althar obedecieron haciendo una fila que pasaba por un cubículo donde debían mostrar sus identificaciones a un agente de seguridad Viraki, aunque por ser Confederados el trámite era muy rápido. La primera en pasar el cubículo fue la madre de Alara.

—¡Hija mía! —dijo abrazando cariñosamente a su hija— ¡que los dioses te bendigan hija mía!

—Gracias, madre, igualmente.

—¡Mi nieto! ¡Pero cómo has crecido! —dijo abrazando a Michael y luego le pellizco las mejillas.

—Gra… gracias Abuela —dijo Michael con algo de dolor en la cara.

—Richard, no has cambiado nada —le dijo abrazando también a su yerno.

—Gracias Kimara —respondió él— usted tampoco. ¿Cómo siguió de salud?

—Estoy mejor, gracias. Has estado haciendo un excelente trabajo en el Senado te felicito.

—Gracias.

El siguiente en pasar el cubículo fue el padre de Alara.

—Padre, que gusto me da verte —aseguró Alara abrazándolo.

—Mi amada hija —le respondió correspondiendo el abrazo— digna representante del clan Althar.

—Gracias padre.

—¡Y este no puede ser mi nieto Michael! —comentó agachándose a la altura del susodicho— ¡es un hombre ya!

—Bienvenido Abuelo —dijo el muchacho y se abrazaron también.

—Hola Richard —dijo secamente al mirar a su yerno y le ofreció la mano para estrechar.

—Hola Shamur —respondió Richard casi igual de lacónicamente— ¿Tuvieron buen viaje?

—Regular.

El último en llegar fue Sury, el irreverente hermano veinteañero de Alara.

—Hey, ¿Cómo está mi sobrino preferido? —le dijo a Michael despeinándole el cabello— te traje un regalo para el Día de la Confederación que te va a encantar.

—¿En serio, tío? ¿Qué es?

—¡Ah no! No arruinaré la sorpresa. Lo verás mañana. ¿Y como está mi pareja interracial favorita? —dijo con un brazo alrededor de Richard y otro alrededor de Alara. —¿Han roto algún nuevo tabú de miles de años de la cultura Xith?

Ambos rieron. Aunque a Shamur no pareció hacerle gracia.

Y mientras conversaban subieron a un aerotransporte público que conectaba el planeta con la luna Talos y se dirigieron a la residencia de los Sevilla.

Al llegar a su casa se toparon con la sorpresa de que la madre de Richard y su esposa ya estaban ahí.

—¿Mamá? —preguntó Richard desconcertado— ¿Qué hacen aquí? ¿Por qué no nos avisaron que habían llegado ya? Las hubiéramos recogido en el puerto espacial.

—¡Tonterías hijo! —dijo abrazándolo— tomamos un taxi.

Estela Sevilla era una mujer latina de 47 años aunque lucía muy joven probablemente por los avances en tecnología médica de la época. A su lado estaba una mujer muy atractiva de 28 años con quien se había casado legalmente en la Tierra hacía 10 años. La esposa de Estela se llamaba Beth, tenía cabello rojo y era de origen sueco.

—Alara, cada día estás más hermosa —le dijo Estela a su nuera y le dio un abrazo también. —¡Y acá esta mi nieto querido!

—Hola Nana —dijo Michael dándole un abrazo. Estela nunca había querido que su nieto la llamara abuela pues decía que ella aún era muy joven para eso.

Tras esto las Sevilla intercambiaron saludos de cortesía con los Althar y todos pasaron al interior de la casa.

El espíritu festivo duró más o menos tres horas. Para la tarde estalló el primer debate político.

Los principales contrincantes eran Estela Sevilla y Shamur Althar. Entre los dos debatían bastante acaloradamente sobre la Guerra de Sarconia.

El argumento subía de tono a cada rato, al punto de que el perro Cuasar empezó a emitir un quejido y se alejó de la sala de estar. Richard y Alara observaban todo desde el desayunador.

—Bueno —le dijo Richard a Alara— es lógico que pasara tarde o temprano. Mi madre era una pacifista que protestaba contra la guerra cuando era joven y tu padre es un ex militar que ha peleado en todas las guerras desde… que se fundó la Confederación—dijo insinuando en broma que su suegro era muy viejo. Por lo que Alara le dio un manotazo en el hombro.

—Admitámoslo Richard —dijo ella— si vienes de una familia humana liberal e izquierdista y yo de una familia Xith conservadora y derechista… quizás nunca deberíamos mezclarlas.

—¡Le salvamos la vida a los Sarcones defendiéndolos de los Anaki! —exclamó Shamur— ¡Evitamos un genocidio! ¡Ustedes los pacifistas los habrían dejado morir!

—¡Y ahora que les quitamos a los Anaki somos nosotros los que les roban su oricalcum, que noble! —argumentó con sarcasmo— ¿Eso es en lo único que piensan los bloquistas? ¿Oricalcum?

—Como una persona que luchó en la Guerra de Sarconia —intervino Alara llevándoles refresco a todos— debo decir que ambos tienen razón. Si debimos intervenir para salvarle la vida a los Sarcones y no, no debimos ser tan hipócritas de cobrar nuestra ayuda con oricalcum.

Y dicho esto, pareció zanjar la discusión. Todo mundo se calmó y empezaron a hablar de otros temas.

—Y dime Sury —preguntó Shamur a su hijo menor— ¿Cuándo te piensas casar? Estás ya algo viejo para estar soltero. Además eres el único hombre de la familia y te corresponde liderar el clan cuando yo haya muerto.

Sury acabó su bebida de un solo golpe mientras Alara le daba una mirada de complicidad.

Richard salió al jardín de la casa a beber una copa de ambrosía líquida.

—Es increíble ver al muchacho que alguna vez jugando videojuegos holográficos convertirse en un hombre importante con una bella familia —dijo una voz a lo lejos pero que se acercaba cada vez más.

Richard miró el origen de la voz. Se frotó los ojos para cerciorarse que no fuera una visión… ahí estaba, frente a él, su amigo Lothar.

—Lo… Lothar ¿Lothar?

—El mismo.

—¡No te había visto en 17 años!

—Discúlpame. Los Yanta vivimos mucho y 17 años es poco tiempo para nosotros. ¿Estás molesto?

—No, no —dijo Richard ya sonriente— estoy feliz de verte. ¿Qué haces aquí?

—Estoy de… turista solamente —Richard lo miró con incredulidad— así que pasé a visitar a un viejo amigo.

—Ven… te presentaré a mi familia.

—Parecen estar ocupados —dijo Lothar señalando hacia dentro con uno de sus dedos llenos de articulaciones. En efecto una nueva discusión había surgido sobre el programa educativo. —Volveré mañana y te daré esa última enseñanza secreta que te prometí —dijo saliendo del jardín y dirigiéndose a la calle— me hospedo en la Embajada Yanta por si me necesitas.