IXX

Planeta Marte, Sistema Sol. 2138.

Cuando Richard era apenas un jovenzuelo de doce años, vivía en una remota zona rural de Marte. Casi en medio de la nada, rodeado por desierto interminable y arenas rojizas, dentro de una pequeña granja en donde su madre criaba animales para la venta.

Enormes torres cercanas producían calor y una atmósfera artificial que proveía a todas las granjas locales de condiciones más aptas para la vida en el agreste planeta.

—¡Richard! ¡Richard! —llamó su madre. En aquel entonces una mujer de unos treinta y tantos años. El joven Richard se encontraba alimentando a los cerdos pero dejó de hacerlo para atender el llamado de su mamá.

—¿Qué pasa, ma? —dijo entrando a la casa.

—¿Puedes ir a la ciudad? Necesito que compres estas cosas —aseveró dándole una lista y la tarjeta de crédito del Banco de Marte.

—Sí, está bien.

—No tardes mucho.

—¡Ma!

—Dije no tardes mucho, no dije que no tardaras nada. Puedes gastar algo de dinero en el centro de juegos… pero no demasiado —concluyó señalándolo con el índice.

—¡Gracias ma! —dijo feliz y salió corriendo hacia un aerotransporte unipersonal mediante el cual sobrevoló el desierto marciano hasta la concurrida ciudad capital de Cydonia.

Mientras Richard jugaba videojuegos holográficos con algunos amigos y comía comida chatarra, era observado de lejos por una extraña figura encapuchada, toda vestida de blanco, aunque su túnica ya se había ensuciado con el polvo rojizo marciano. Después de un tiempo, Richard quedó hablando a solas con una chica que le gustaba mucho. Se llamaba Rosemary y era una rubia con dos bellos hoyuelos en las mejillas, o al menos esa era la característica que Richard recordaba más vívidamente. Había logrado conquistarla y se besaban a la salida del centro de juegos.

—¡Mira! —dijo la niña en uno de los breves recesos entre beso y beso— ¡Un Yanta! Nunca había visto uno en persona. Dicen que pueden leer las mentes.

Richard miró a donde señalaba el dedo de su amiga. A lo lejos estaba la figura con la capucha y la túnica blanca y que notoriamente no era humano, pues más parecía un cefalópodo. Tenía una cabeza alargada hacia atrás como la de un pulpo aunque cubierta por la capucha, ojos grandes y redondos de color azul, tres ventilas tubulares en cada lado de la cara, las manos terminaban en seis largos y angulosos dedos y debajo de su túnica tenía diez tentáculos en lugar de piernas. Más altos que un humano, este Yanta usaba una especie de báculo metálico a forma de bastón.

—Yo si los he visto antes —dijo Richard— no hay nada que temer. Los Yanta son inofensivos. Son pacifistas y vegetarianos.

Richard quedó absorto con aquel extraño Yanta en particular. Por alguna inexplicable razón se le aproximó.

—Buenos días, señor —le dijo en lengua común— ¿necesita algo? ¿está perdido?

—Eres un muchacho muy amable —le dijo el Yanta— mi nombre es Lothar.

—Yo soy Richard Sevilla, señor.

—No estoy perdido, pero me serviría bien tu compañía. Necesito alguien que me ayude a encontrar algo único que me es urgente conseguir.

—Yo lo ayudaré con mucho gusto. —Richard iba a despedirse de Rosemary pero al volverse ella se había ido.

—Lamento haber interrumpido las cosas con tu amiga —le dijo Lothar.

—No se preocupe. Sólo déjeme ir por un saco de compras de mi madre —pidió Richard y se digirió al centro de juegos donde tomó de la paquetería un enorme paquete cuadrado y cerrado que contenía en su interior distintos víveres.

En las concurridas calles de Cydonia podía conseguirse casi cualquier cosa. La mayoría de los habitantes que transitaban por doquier eran humanos o androides. Los únicos que rompían un poco con esta poca variedad eran los Kurg, una especie de seres que evolucionaron de roedores. Eran de baja estatura, normalmente no pasaban del metro cincuenta, con el cuerpo cubierto de grueso pelo marrón, ojos totalmente negros, dientes afilados de roedor y un hocico alargado, orejas grandes y puntiagudas como las de un murciélago y tres dedos. Vestían túnicas de color oscuro y las mujeres andaban totalmente cubiertas con capuchas que les tapaban la cabeza y ensombrecían el rostro.

Los Kurg por lo general no socializaban ni interactuaban con otros. Vivían en clanes familiares muy cerrados. Uno de estos clanes se encontraba mendigando en las calles de Cydonia o intentando vender baratijas. Uno de sus hijos menores, tan pequeño y flaco que apenas llegaba al metro de estatura, corrió repentinamente hacia la extraña pareja conformada por Richard y Lothar arrebatándole el paquete al primero.

—¡Hey! ¡No! ¡Alto! ¡Esas cosas son de mi madre! —gritó Richard.

—No te preocupes —dijo Lothar y sus ojos empezaron a emitir un extraño resplandor blanco. El Kurg se paró en seco como atormentado por un insoportable dolor de cabeza y dejó caer el paquete. Dos policías de Marte lo atraparon y empezaron a golpearlo.

—¡Maldita rata! —decían mientras le propinaban macanazos— te vamos a enseñar a no volver a robarle a un humano.

Richard y Lothar se aproximaron.

—Muy bien chico —le dijo uno de los policías— lo llevaremos a una celda y le daremos una lección.

Pero Richard se apiadó de la pobre criatura que se miraba hambrienta y temblaba aterrada.

—No —dijo— déjelo. No presentaré cargos.

Los policías se miraron uno al otro, como decepcionados, y de mala gana lo soltaron.

—¡Bah! Como quieras…

El Kurg, como incrédulo de su buena suerte, se alejó.

—¡Oye! —le detuvo Richard sacando una manzana de entre el paquete que le lanzó. El Kurg la agarró en el aire y se fue corriendo sin decir nada. —Prosigamos señor Lothar —le dijo Richard— ¿Qué era lo que estaba buscando?

—Creo que ya lo he encontrado.

—¿Cómo?

—Eh… voy a vivir en Marte por un tiempo así que necesito alquilar o comprar alguna propiedad.

—Ah… sé donde puede comprar una granja.

Y en efecto Richard llevó a Lothar a una agencia de bienes raíces. El gobierno marciano estaba muy interesado en la inversión extranjera desde que se había independizado de la Tierra. Sin mucho trámite y como si dispusiera de mucho dinero Lothar adquirió una propiedad agrícola cercana de donde estaba la casa de Richard.

—Necesitaré alguien que me ayude —le dijo Lothar cuando salían de la agencia— no sólo en algunas labores menores sino también en aprender el idioma local y las costumbres. Sería un trabajo de medio tiempo. Si te interesa con gusto te pagaré bien.

—Tendré que consultarlo con mi madre, pero estoy casi seguro que aceptará.

Y en efecto así fue.

—Me parece muy bien —respondió la madre de Richard cuando este le consultó— dada la fama de los Yanta de ser sabios y místicos creo que el señor Lothar sería una buena influencia para ti.

—¿Es verdad lo que dicen de ellos?

—Los Yanta son la civilización más antigua de la Galaxia ¿sabes? Descubrieron el viaje interestelar hace unos cincuenta mil años. Viven por miles de años y su tecnología es mucho más avanzada que la de cualquier especie Confederada. Podrás aprender mucho de él.

Y así Richard empezó a trabajar algunos días a la semana para Lothar. Encontró la compañía del Yanta muy estimulante y fascinante. Cada conversación aprendía algo nuevo e impensado sobre el universo.

—Tú no eres de Marte ¿verdad Richard? —le preguntó alguna vez.

—No. Nací en la Tierra pero mi madre y yo tuvimos que escapar de ahí.

—¿Por qué?

—Mi padre era un opositor al gobierno del actual Primer Ministro de la Confederacióny murió asesinado. Mi madre y yo tuvimos que exiliarnos acá en este planeta olvidado que a nadie le importa.

—¿Y es malo que sea un planeta olvidado?

—Sí, claro. No pasa nada interesante acá.

—Mi estimado Richard, cientos de sistemas son constantemente asolados por las luchas y rivalidades de los grandes imperios de la Galaxia. Confederados, Anaki, Xorgon… en fin… todos están siempre en interminables intrigas, conspiraciones y enfrentamientos.

—¿Y los Yanta no?

—Los Yanta tenemos un mandamiento muy sagrado que no podemos romper: “Nunca intervenir en los asuntos de otros”. Siempre nos mantenemos neutrales. Nuestra filosofía y nuestras creencias nos prohíben entrometernos de cualquier forma en la evolución de las demás especies. Va en contra de nuestras convicciones. Nuestra tecnología nos permitiría fácilmente derrotar a los Confederados y Anaki juntos y conquistar la Galaxia, pero decidimos no hacerlo.

—¿Pero no intervienen tampoco para ayudar?

—No. Nunca intervenimos para lastimar o para ayudar, ni para bien ni para mal. Aunque admito que a veces cuestiono que tan prudente es la filosofía de mi pueblo respecto a la no intervención.

—Entonces si otro pueblo tuviera una epidemia que ustedes pueden curar no lo harían.

—Bueno… hasta ahora no ha sucedido eso nunca… pero supongo que no.

—Ustedes viven por miles de años. Supongo que su tecnología médica podría salvar muchas vidas si la compartieran.

—Eres un muchacho muy inteligente Richard. Sí, nuestra neutralidad es hasta cierto punto un arma de doble filo. Pero también creemos que regalarles cosas a las personas de alguna manera puede ser también un daño. Puede entorpecer su evolución. Si ustedes por si solos aprenden a hacer las cosas, es más valioso. Si la Confederación y el Imperio Lothariano dejaran de lado la guerra y se dedicaran a la paz, concentrando sus esfuerzos juntos y redireccionando sus recursos de la tecnología armamentista a la médica, sin duda nos alcanzarían en poco tiempo. Esa es una lección que algún día tendrán que aprender.

—Entiendo. No digo que esté de acuerdo… pero entiendo su perspectiva.

—Cuando nos conocimos y aquel Kurg te robó lo perdonaste. ¿Por qué?

—Los Kurg no tienen planeta de origen. Nadie sabe de dónde vienen. Se han dispersado por toda la Galaxia y viven entre las otras especies normalmente como parias… sé lo que se siente no tener hogar. Aún antes de tener que exiliarnos mi padre viajaba por toda la Confederación atendiendo asuntos políticos y sindicales y por eso nunca nos quedábamos mucho tiempo en ningún lado.

—Llegará el día en que encontrarás tu lugar Richard.

El tiempo pasó y Richard cumplió quince años. Visitaba menos a Lothar pero se había convertido en su mejor amigo y nunca pasaba más de una semana sin que se reunieran a conversar. Sin embargo otras cosas le consumían más y más tiempo… como en una ocasión en que hacía el amor con una joven llamada Elizabeth Maranzano en el asiento trasero de un aeromóvil descapotado. Al finalizar el encuentro sexual, la joven se recostó a su lado y ambos miraron el cielo nocturno estrellado iluminado por dos lunas.

—Estuvo genial, Richard, de verdad que eres bueno en esto… —le dijo ella.

—Gracias.

—¿Qué pasa? Te noto algo distraído.

—Es sólo que estoy cansado de estar en este planeta.

—Yo nací aquí. He visitado otros planetas en vacaciones, incluyendo la Tierra… no me gusta la Tierra… tanta gente… es tan bulliciosa. Creo que no me gustaría vivir en otro lugar que no sea Marte.

—Y yo siento que ya es hora de irme. Me pregunto si algún día dejaré de sentir ese deseo de… de deambular…

Lothar llegó a la granja de los Sevilla donde fue bien recibido por la madre de Richard.

—Buenas noches Estela —le dijo— ¿has visto a Richard? Se supondría que hoy iría a mi casa a jugar ajedrez.

—Creo que salió con una de sus nuevas amantes —confesó ella.

—¡Vaya! Con razón. No lo culpo por preferir eso a pasar tiempo con un viejo como yo.

—No digas eso. Él te aprecia mucho… pero ya ves… esas chicas le pululan como moscas a la miel.

—Sí, lo he notado. Hace una nueva conquista a la semana.

—Heredó eso de su padre. Era igual. Ven, pasa, te daré algo de comer. Los Yanta comen ¿verdad?

—En realidad sintetizamos energía del ambiente —le dijo Lothar entrando a la casa— principalmente de la radiación solar así que no necesitamos comer como ustedes. Pero puedo aceptarte un vaso de agua.

El programa que aparecía en la holotelevisión fue interrumpido súbitamente por una noticia especial.

—El ministro del Interior de la Confederación—dijo el reportero— renunció hoy en la mañana presentando pruebas ante la Fiscalía General Confederada que señalan al Primer Ministro Torn como autor intelectual en el asesinato del activista y sindicalista opositor Francisco Sevilla, así como presentó evidencias de corrupción en su gobierno. El Fiscal ha ordenado la apertura de una investigación y el Senado de la Confederación verá mañana una moción de censura que, de aprobarse, destituirá a Torn del gobierno y llamará a elecciones anticipadas.

Estela se quedó mirando las noticias abstraída, casi como en un sueño. No lo podía creer… las cosas estaban saliendo a la luz. Su esposo, el hombre que amaba, sí había sido asesinado por Torn y ahora él pagaría por su crimen.

En la holotelevisión se veía la imagen de Torn, un Teluni gordo y de rostro amargado, siendo asediado por una legión de periodistas que le hacían preguntas y que él ignoraba diciendo solamente “No haré comentarios”.

—Parece que pronto tú y Richard podrán volver a la Confederación —le dijo Lothar aferrándole amistosamente el hombro. Estela no salía de su asombro…

Pero así fue. Torn fue destituido por el Senado y menos de un año después fue declarado culpable y sentenciado a cadena perpetua en prisión, donde se suicidaría antes de iniciar su condena. Siendo un político del Bloque el escándalo le afectó tanto a este partido que la Coalición ganó por amplio margen las siguientes elecciones adelantadas y de hecho ganaría las elecciones seguidas después de esa. Esto a pesar de que el Bloque expulsó a Torn oficialmente de sus filas y condenó todos sus crímenes.

Los Sevilla pudieron regresar a la Tierra en cuanto Torn fue destituido y el nuevo gobierno de la Coalición le ofreció a Estela Sevilla el cargo de embajadora ante el Imperio Lothariano, que ella aceptó.

Pero antes de dejar Marte para siempre Richard se despidió de su viejo y querido amigo Lothar.

—Llegará el día, mi amigo Richard, en que te daré una muy especial enseñanza más.

—¿Una enseñanza? ¿Cuál?

—Aún no lo debes de saber. Es secreta.

Secreta…

Esas palabras retumbaron en la mente de Richard mientras despertaba en la mañana de la víspera del Día de la Confederación. El despertador sonó y abrió los ojos de golpe. Todos aquellos recuerdos que le habían llegado en sueños ¿a que se debían?

En todo caso ese día llegarían sus suegros y su madre, así que debía levantarse temprano para ir a recogerlos al puerto espacial. Richard se estiró sobre el colchón, bostezó y finalmente, se levantó de un tirón.