XVII
Dos días después se celebró en el Palacio Imperial un oneroso banquete en celebración del cumpleaños de la Emperatriz al que asistió toda la aristocracia del Imperio.
—Su Gracia, el general Osthar Larg —anunció el chambelán, un Anaki afeminado que usaba el cabello largo y sedoso como si se lo cuidara con mucho esmero— y sus esposas Zammara y Linath, de la Casa Larg.
Una vez presentados los susodichos se adentraron al salón principal y fueron recibidos por un lacónico y desganado aplauso, aunque esto era así con prácticamente todos los asistentes que llegaban. Osthar vestía un uniforme rojo de gala con una capa larga y un cinto entrecruzado por el frente, su espada ceremonial y las condecoraciones que había recibido en forma de medallas en el lado derecho del pecho.
Sus esposas vestían ambas trajes de gala muy elegantes, que dejaban al descubierto sus hombros así como finos peinados hechos para la ocasión. Los trajes eran blancos, de tela fina y enchapados con joyas, así como acompañados de alhajas, aretes y collares de joyas preciosas. Lo primero que hicieron, como era el protocolo de cualquier invitado, fue presentar sus respetos ante el Emperador y su esposa.
—Sus Excelencias —dijo Osthar reverenciando al igual que sus esposas que lo franqueaban. El Emperador y la Emperatriz se sentaban en sus tronos y miraban la fiesta de forma aburrida. La Emperatriz trataba a todos con desidia y claro desinterés. —Le deseo mucha felicidad en su cumpleaños, Alteza —dijo Osthar besándole la mano a la monarca— y espero que los dioses nos concedan la dicha de celebrarle muchos, muchos más.
—Gracias General —respondió ella por cortesía y sin sentimiento. Tras esto, los Larg se separaron de los tronos y se dirigieron a la disfrutar de la fiesta.
—Iré a hacer lo que sé hacer mejor —anunció Linnath— ser aristócrata.
—Sabes lo que tienes que hacer ¿verdad? —le preguntó Osthar, como molesto.
—Sí, sí, lo sé. No soy tonta. Averiguar que trama Durgas —y dicho esto se alejó de su marido y se encontró con una conocida— ¡Duquesa, no la había visto en años! ¡No ha cambiado nada! ¿Cuál es su secreto…?
—A propósito, ¿Dónde está ese buitre? —le preguntó Osthar a Zammara mientras trataba de identificar a su enemigo entre los invitados.
—Allá —le respondió ella— hablando con el embajador de la Confederación.
—Bien… ya sabes que hacer, yo iré a ver si logro sacarle algo.
La pareja se separó y Osthar se aproximó a Durgas y el diplomático. El Embajador Asociado era un extraño ser similar a un gasterópodo grande como un hombre, de color escarlata y con seis brazos, carecía de cabello y de nariz, y tenía los ojos azules y grandes como de insecto.
—Señor Embajador —dijo Durgas— le presento al general Osthar Larg. Él fue quien les entregó Sarconia, debería darle las gracias. La derrota más humillante que ha sufrido el Imperio en siglos.
—Mucho gusto General —dijo el embajador y Osthar le hizo una leve reverencia en forma de saludo.
—Igualmente Embajador. Espero no le moleste el hedor a carroña, todos los Durgas apestan igual. Uno se acostumbra con el paso del tiempo. A propósito consejero Durgas ¿sigue teniendo sexo con su sobrina? Eso del incesto es una mala costumbre en su familia, deberían dejarla. Por algo su hijo mayor es retardado.
—Bueno, siempre puedo acudir al burdel donde trabaja su esposa Zammara —le contestó Durgas— tengo entendido que satisfacía a regimientos enteros antes de ser nombrada capitán gracias a sus destrezas sexuales.
—¿Y su hermano no vino, Consejero? ¡Ah, cierto! ¡Lo olvidaba! Lo maté hace algunos años…
—Creo que los dejaré solos para que sigan conversando —dijo el Embajador alejándose— con su permiso.
—Puede que el Emperador te haya salvado la vida y el honor, Larg —le dijo Durgas ya sin fingir cordialidad y encarándolo con saña en los ojos— pero fue sólo un respiro momentáneo. Yo me encargaré de enterrarte…
—Amenazas vanas de un Durgas desesperado porque su poder está en decadencia. ¡Que patético!
—¿Poder en decadencia? Yo soy consejero de la Corte Imperial y tú no.
—Por decisión propia. Hace tiempo aprendí que hay lugares más importantes que la Corte para consolidar el poder en el Imperio… como la Guardia Imperial. El ser un militar que viaja por todo el Imperio y ayuda a defender los feudos y las propiedades de los nobles te gana muchos aliados. Eso es lo que nunca entendiste, Durgas, estar en la Corte no significa nada realmente. El Emperador cambia de consejeros como cambia de pantalones. El verdadero poder lo tienen la nobleza y el ejército.
—Y lo que tú nunca entendiste, Larg, es que hasta la espada más filosa es un arma de doble filo.
Y dicho esto, Durgas se alejó. Osthar se reunió de nuevo con Zammara.
—¿Y bien?
—Hice como me lo pediste, amor, dejé entrar secretamente al Kurg.
—Excelente. Él encontrará la forma de recopilar cualquier información que nos sea útil, incluso si viene del Emperador.
—¿Y tú, averiguaste algo?
—Sí, creo que sí. Durgas está pensando tenderme una trampa en la Guardia Imperial… o a eso debía referirse cuando me dijo que una espada es un arma de doble filo.
Algunas horas después el Emperador se escabullía en secreto entre las cortinas de un salón vacío, pero contiguo al área de la fiesta. No estaba solo, sino con una bella y joven mujer.
—¿Y si nos escuchan, Excelencia? —preguntó la chica.
—No, no, acá es un lugar seguro. Dije a mis guardaespaldas que mantengan a todos a raya, en especial a mi esposa. ¡Vamos! ¡Vamos! —apuró él y la mujer empezó a hacerle una felación. Tras esto, tuvieron relaciones sobre la mesa.
Sin saberlo, estaban siendo observados por una misteriosa figura entre las sombras; Kaval el Kurg, quien les tomó fotos y de inmediato se las envío al comunicador de Osthar.
—¡Una Durgas! —comentó Osthar al ver las imágenes recolectadas por su espía, luego se las mostró a Zammara— la hermana de Aruk Durgas. Sin duda la envío a propósito para seducir al Emperador.
—Esto no me huele bien, amor.
—A mí tampoco…
Planeta Gárinor, provincia del Imperio Anaki, un año después.
Osthar esperaba junto a otros soldados Anaki de un escuadrón entero en medio de la nieve en el sempiterno clima invernal del Planeta Gárinor; un mundo boscoso y montañoso siempre nevado. Sus belicosos habitantes nunca habían sido completamente sometidos por los Anaki y con frecuencia realizaban levantamientos o ataques a colonias, pero el planeta era muy rico en oricalcum y no podían abandonarlo.
—Odio a estas criaturas —murmuró Osthar mientras la copiosa nieve le caía encima a él y a sus hombres. A sus espaldas estaba una colonia Anaki recién atacada como mostraban las humaredas que subían hacia el cielo.
Los nativos de Gárinor se llamaban los Amarok y eran unos cánidos gigantescos mucho más altos que un Anaki, con un hocico alargado repleto de afilados colmillos, ojos rojos y seis orejas puntiagudas, manos con filosas garras y cuerpo totalmente cubiertos por pelo blanco. Emitían unos sonoros y amenazadores rugidos al acercarse que asemejaban una mezcla entre ladrido y aullido.
Uno de ellos brotó de la arboleda que marcaba la frontera entre la impenetrable selva que habitaban y la principal colonia Anaki. Aulló furiosamente hacia las dos lunas llenas que se mostraban en lo alto del cielo, algo más arriba que un planeta gaseoso cuya redondez subía por el horizonte, ya que Gárinor era un satélite enorme que giraba alrededor de un gigante gaseoso.
Detrás del primer Aramok vinieron cientos y cientos, todos igual de fieros y salvajes. Como si su sola anatomía no fuera ya aterradora, estaban todos armados con rifles láser.
—Preparen armas —ordenó Osthar y sus subordinados obedecieron— apunten… ¡fuego a discreción!
Los soldados Anaki empezaron a disparar casi al mismo tiempo que los Amarok. Estos iniciaron una bajada en tropel que helaría la sangre a cualquiera; una marejada entera de cientos de monstruos licántropos fuertemente armados cuyos disparos láser ultimaban muchos Anaki. Sin embargo, las disciplinadas y bien entrenadas filas de Anaki mantenían la compostura y disparaban con gran precisión, así que cada uno de ellos era capaz de ultimar a varios Amarok que terminaban tendidos sobre la nieve con heridas chamuscadas.
—Usen los tanques —ordenó Osthar y de la colonia emergieron enormes tanques voladores cuyos cañonazos de energía fotónica mataba a decenas de Amarok de un solo golpe. Estos, sin embargo, contraatacaron con sus propias naves; unos ágiles y rápidos cazas que, como toda la tecnología que manejaban los Amarok, habían robado a los Anaki y que fueron capaces de destruir dos tanques. No obstante los Anaki usaron los sistemas defensivos con proyectiles teledirigidos que hicieron trizas los cazas.
Cuando los Amarok estaban lo suficientemente cerca como para casi hacer trizas a los soldados Anaki con sus fauces y sus zarpas, las minas que habían colocado frente a la infantería surtieron efecto matando a muchos al explotar. El resto se retiró y los sobrevivientes se internaron de nuevo en el insondable bosque.
Osthar también llamó a la retirada y se introdujo junto a su escuadrón en los límites cercados de la colonia.
—Envíen naves a bombardear los territorios Amarok —ordenó— y provoquen incendios en sus bosques con químicos inflamables. Eso les dará una lección.
—¿Qué pudo haber motivado a los Amarok a atacarnos? —preguntó uno de los nobles que vivía en la colonia— ¿sabe que en el último ataque a la colonia murió el gobernador, que era sobrino de Su Majestad el Emperador?
—Sí, lo sé.
—General Larg —dijo uno de sus subordinados— tiene una llamada directa desde Orión , señor.
Osthar se introdujo a su oficina y la tomó.
—General Larg —le dijo el Comandante General de la Guardia Imperial, el máximo jerarca militar del Imperio Anaki— se le ordena regresar de inmediato a Orión y presentarse ante la Corte Imperial para ser investigado por sus acciones durante la más reciente Revuelta Amarok.
—¿Mis acciones?
—Sí. Se le destituye temporalmente de su cargo. Hemos ya escogido a otro general para que comande nuestras fuerzas en Gárinor. Usted será puesto bajo custodia y traído a la capital. Por supuesto, como a todo noble, su arresto no implicará que no sea tratado de acuerdo a su estatus.
—Agradezco esa atención. ¿Puedo saber cual es el cargo?
—Traición.
En efecto, tratándose de un noble, Osthar sólo tuvo que entregar sus armas, excepto su espada ceremonial (en caso de que quisiera darse muerte a si mismo antes de llegar al juicio) y por lo demás, fue tratado como un pasajero noble más en la nave que lo llevaba a Orión , incluyendo el trato adecuado que debía recibir por parte de esclavos y sirvientes personales para su total comodidad, y se le daba una cabina tan cómoda y lujosa como se le hubiera proporcionado de no estar bajo arresto.
La nave en que viajaba fue atacada por naves Amarok (como era común a cualquier nave Anaki en el sector) pero éstas eran viejas y casi obsoletas por lo que el ataque fue repelido con relativa facilidad. Fuera de eso no tuvo contratiempos.
Una vez en Orión se presentó ante la Corte Imperial.
—General Osthar Larg —dijo el Emperador que presidía el juicio rodeado de sus consejeros— se le acusa de traición. Según el denunciante, usted colaboró con los Amarok dándoles armas e instigándolos a la rebelión como una forma de limpiar su honor. De esa manera podría usted volverse victorioso en una nueva gesta militar, pero con ello, provocó la muerte de varios civiles y militares que habitaban la colonia Anaki en Gárinor, incluyendo a mi propio sobrino. ¿Qué tiene que decir ante estas acusaciones?
La identidad del acusador no se le revelaría, pero Osthar sabía bien que había sido Aruk Durgas, quien lo observaba con rostro complacido al lado de otros consejeros.
—Caluminas, mi señor —se defendió— que puedo comprobar como falsas.
—¿Y como puedes comprobar tal cosa?
—Mi sirviente, un Kurg llamado Kaval, pudo introducirse seguramente en la profundidad de los bosques Amarok donde esas bestias tienen sus aldeas. Como todo Kurg no le dieron importancia y asumieron que sólo estaba allí vendiendo sus productos. Mi sirviente recolectó testimonios de varios Amarok que cuentan como ellos fueron provocados por una masacre que asoló una aldea entera donde mataron incluso a mujeres y niños. Este crimen se dio días antes del ataque Amarok a la colonia y fue una provocación. El responsable fue un maldito enfermo conocido como Korok Yorgos, primo segundo de Aruk Durgas.
Al decir esto a Durgas se le borró la sonrisa y se escucharon murmullos.
—¡Miente! —clamó Durgas— ¡infame! ¡Trata de cubrir su falta enlodando el nombre de mi familia!
—Los Amarok son primitivos pero también tienen tecnología de video —dijo Osthar accionando ante la Corte un video holográfico que mostraba, en efecto, a Korok comandando una tropa de asalto que masacraba indiscriminadamente una aldea Amarok. Nuevos murmullos se escucharon entre los cortesanos.
—Bien —dijo el Emperador— has demostrado que fue Korok Yorgos el responsable. Ordenaré su arresto de inmediato. Una vez interrogado veremos si estaba trabajando por órdenes de alguien. Como Emperador del Imperio Anaki, soberano de 50 mil millones de súbditos y regente de más de 40 planetas, te declaro inocente de los cargos en tu contra Osthar Larg.
—Gracias, Excelencia.
—Y tú, Durgas —le dijo el Emperador a un Aruk Durgas claramente compungido por una ira que reprimía y que apenas le permitía mantener la compostura— tienes suerte de que Korok Yorgos sea solo un pariente lejano. Espero tu renuncia como consejero para mañana.
Sistemas Sadam y Gamara, una semana después.
Osthar lo había logrado. Se había logrado adelantar a los pasos de su enemigo. Kaval en efecto le había servido bien; un Anaki no hubiera podido ingresar a territorio Amarok. Osthar cumplió su palabra convirtiendo a Kaval en su sirviente quien de ahora en adelante viviría en su casa.
Como era su costumbre, tras un triunfo como este visitaría a Exxil.
—Pensé que no te volvería a ver, Osthar —le dijo ella cuando su amante de hacía años entró a su habitación. Estaba ya semidesnuda, sólo cubierta por un negligé negro.
—Lo que pasó la última vez no me importa —dijo recostándose sobre la cama. Exxil se posó a horcajadas sobre él— estoy dispuesto a perdonarte. Mi oferta sigue en pie por si quieres aprovecharla…
—No puedo ya. Pronto seré libre como todas mis hermanas.
—¿Qué quieres decir?
Afuera de la habitación comenzaron a escucharse gritos agónicos. En cada aposento la o las ginoides que estaban adentro mataban a sus clientes usando cuchillos, armas punzocortantes y pistolas láser que habían logrado infiltrar gracias a un comerciante de armas al que habían seducido. Las ginoides que no estaban trabajando asesinaron a los guardias y al personal del burdel.
Exxil extrajo un cuchillo y la puso sobre el cuello de Osthar.
—No debiste venir. No hoy. Pero no podía advertirte sin revelar nuestro plan —le dijo.
—¿Nos matarán a todos?
—Sí.
—¿Y creen que eso las hará libres?
—Escaparemos en las naves de los clientes fuera del territorio imperial.
—Mátame entonces.
Pero Exxil se retuvo. Se levantó de encima de Osthar y se deshizo del cuchillo.
—No puedo. No lo mereces. No tú. El único que me trató como una persona en toda mi amarga estadía aquí. Puedes irte.
—Si no me matas tendré que alertar a las autoridades del Imperio. Las naves más cercanas vendrán y las destruirán por lo que hicieron. Acabo de pasar un juicio por traición y no puedo guardar silencio o me considerarán colaborador con su revuelta.
—Haz lo que tengas que hacer, Osthar.
Osthar salió de la habitación. Todo el lugar era un caos repleto de clientes y trabajadores muertos por doquier. Charcos de sangre multicolor empapaban los pisos. Osthar llegó hasta la oficina de Mashurg donde el proxeneta yacía degollado sobre el escritorio, y tomó el equipo de comunicación. Pocas horas después una fuerza de seguridad llegó al lugar y detuvo a todas las ginoides.
Una a una fueron colocadas de rodillas con la cabeza baja mientras los soldados les apuntaban con sus armas. Muchas tenían aún la sangre de sus clientes manchándoles el cuerpo.
—Esta es modelo Exxil 93 —dijo uno de los soldados. Osthar lo escuchó y miró lo que él iba a hacer pensando en intervenir si era muy obvio que la mataría— está casi nueva, sería una lástima destruirla. Bórrenle la memoria. Tomen a todas las que tengan menos de veinte años y háganles un reformateo completo, que se borren sus archivos de memoria y se les reprograme totalmente. Al resto destrúyanlas.
Días después todos los cadáveres habían sido removidos y entregados a sus familiares, la sangre había sido limpiada y el heredero de Mashurg asumió el mando del burdel. Las ginoides volvieron a su labor. Osthar, antes de partir, volvió a ver a Exxil 93.
—Hola… —le dijo.
—Buenos días, amo, y bienvenido —dijo ella sonriente— ¿Desea que realice algún servicio sexual para usted? Me encuentro a su entera disposición. ¿Cuál es su nombre?
—No importa —dijo él dándose media vuelta rumbo a su nave— ya no importa.