XVI
No es muy común que un Kurg llega a tocar la puerta de una residencia que pertenezca a una Casa Noble. Más inusual aún es que pidan hablar con el propio Señor de la Casa.
Pero ahí estaba, Kaval el Kurg, en la entrada principal de la Mansión Larg. Siendo las parias de la Galaxia, una especie sin planeta de origen conocido que viven como marginados en todas las sociedades, su recibimiento no fue amistoso.
—¿Qué buscas aquí sucia rata? —le preguntó uno de los guardias privados que custodiaban la Residencia Larg haciendo referencia a su aspecto de roedor.
—Quiero hablar con su Señor.
Los guardias rieron.
—Lárgate antes de que te saquemos a patadas, alimaña.
—Es un asunto que a él le interesa. Tengo información de vida o muerte. Su vida y la de su familia peligran y he venido a advertirle…
Los guardias lo miraron con desconfianza. Uno de ellos lo tomó del cuello.
—Bien, rata, pero si estás tratando de timar a nuestro señor con alguna de tus estafas… te juro que te daremos muerte.
Kaval fue llevado hasta el despacho de Osthar, una lujosa oficina donde él recibía a sus visitas. Tras ser informado de que un Kurg deseaba hablar con él y la información que decía traer, le permitió hablar. Kaval le informó de todo cuanto escuchó en el jardín del Palacio Imperial mientras estaba de pie frente a su escritorio.
—¿Por qué me dices todo esto? —preguntó Osthar con suspicacia.
—Mi señor, pues porque quiero ayudarte.
Osthar rió.
—Ningún Kurg nunca hace nada desinteresado y sin esperar algo a cambio. ¿Qué quieres?
—Nada. Sólo ser tu humilde y leal servidor.
—Habla claro. ¿Qué quieres?
Kaval suspiró.
—Entiendo que no me crea, mi señor, pero quiero ser solo su sirviente. Estoy cansado de la vida de un Kurg, tratando de subsistir como pueda y siendo odiado por todos. Ni siquiera entre mi gente me siento bien. Si te sirvo, señor, aunque sea como siervo o esclavo, sin recibir salario, al menos viviré mucho más cómodamente que en la calle y no tendré que mendigar o robar para comer.
Osthar se acarició el mentón, pensativo. Tenía sentido.
—No veo de que forma me serías útil.
—Soy un experto espía, señor. Sé muy bien como escabullirme, escucharlo todo sin ser visto, conseguir información. Seré tus ojos y oídos. Creo que hasta podría infiltrarme en los aposentos privados del Emperador si quisiera.
—¿Por qué habría de confiar en ti? Los Kurg son famosos por ser estafadores y desleales.
—Porque entre los Kurg no existe peor traición que juntarse con los Vlurg (así es como llamamos a los no Kurg) y una vez que le sirva a usted mi clan me expulsará para siempre y jamás podré volver con ellos. Y ser un Kurg solitario en una Galaxia que nos odia es algo que nadie podría soportar. Mi lealtad a usted quedaría garantizada porque de ella dependería mi vida. Su casa se convertiría en mi nuevo clan.
Osthar lo pensó largo rato.
—Está bien —le dijo finalmente— acepto tu servidumbre.
Planetas Sadam y Gamara, dos semanas después.
—Bienvenido de nuevo General, es un gusto tenerlo aquí —dijo Mashurg a su ya conocido cliente frecuente —¿la usual?
—Sí.
—¿Siete años después y aún no se cansa de ella? —preguntó Mashurg pero la mirada de reprimenda de Osthar le hizo darse cuenta que no debía entrometerse en un asunto privado así que se limitó con llevarlo a la habitación donde estaba Exxil.
Ahí el militar Anaki y la ginoide se abrazaron afectuosamente e hicieron el amor.
—Había empezando a pensar que no volverías más —le dijo ella tras terminar, mientras lo abrazaba y le acariciaba el pecho.
—¿Por qué? Te escribo y te llamo por videófono con frecuencia para que veas que no me olvido de ti, incluso a menudo te pido consejo. Te has convertido en mi confidente y en una gran amiga.
—¿Sólo amiga?
Osthar se silenció. Meditó algún tiempo y finalmente lo confesó. Pensaba decírselo en esa visita de todas formas.
—No. Lo cierto es que estoy enamorado de ti.
Exxil rió como un cotilleo, se levantó sentándose sobre la cama y mostrando su esbelto cuerpo desnudo y lo encaró.
—Eso es absurdo, Osthar, no juegues conmigo. Amas a tu esposa Zammara.
—Puedo amar a dos mujeres. Lo que me haces sentir no lo siento con nadie más. No me siento bien sabiendo que estás aquí trabajando como esclava…
—Osthar ¿estás celoso?
—Talvez. Pero además esta vida no es digna para ti.
—¿Y para mis hermanas si?
—A ella no las conozco.
—Esta es la vida de todas las ginoides. Somos creadas como esclavas sexuales. Todos los androides son esclavos o siervos en el Imperio Anaki. Al menos en la Asociación mis hermanos androides son libres. ¿Sabías que incluso hay androides que son miembros del Senado de la Asociación o ministros en el Gabinete?
—No estás en la Confederación…
—No. Estoy en el Imperio Anaki… el mismo que perpetró la Gran Fundición…
Osthar se removió molesto en la cama. Ese tema nunca lo había tratado con ella.
—Hace unos cien años —dijo ella como recriminándoselo— el entonces Emperador Aldos con la excusa de “purificar” al Imperio ordenó la muerte de todos los androides y Kurg, exceptuando a las ginoides de Sadam y Gamara a quienes les prohibió salir del sistema. Las enormes hogueras metalúrgicas donde fueron destruidos los androides le ganaron el apodo al genocidio de “Gran Fundición”. Los Asociados ayudaron a millones de androides a escapar y salvar sus vidas, muchos ellos terminaron viviendo como refugiados en la Confederación. La masacre no se terminó hasta que Aldos murió asesinado en el Palacio Imperial cinco años después y en parte porque su comportamiento maniático le había ganado varios enemigos entre la nobleza.
—Parece que simpatizas con la Confederación…
—Te lo he dicho muchas veces sin temor. Sí, me parece que la Asociación es un ejemplo a seguir en la Galaxia en cuanto a democracia e igualdad.
—Esas palabras pueden acarrearte la muerte…
—¿Y? ¿Crees que esto es vida? Ser un objeto de placer para miles de hombres cada año de mi vida. ¿Sabes cuanto vivimos los androides?
—Sus cerebros positrónicos normalmente comienzan a fallar de manera irreparable a los 400 años.
—400 años de ser una esclava sexual…
—Por eso quiero que dejes esta vida. Cásate conmigo. Aún puedo tener una tercera esposa.
Exxil rió con amargura.
—La Ley Anaki no permite el matrimonio entre androides y orgánicos. Tú lo sabes.
—Entonces ven a vivir conmigo. Te compraré a Mashurg y te llevaré a mi casa.
—¿Cómo esclava?
—Te liberaré…
—Siempre seré una ciudadana de segunda clase en tu mundo, Osthar. Sólo lo aceptaré si me permites escapar a la Confederación…
—No puedo hacer eso. Sabes demasiado.
—Sabes que nunca te traicionaría. Además atiendo clientes Asociados ¿no temes que divulgue tus secretos?
—No. Sé que tu programa te lo impide.
—Nuestra inteligencia artificial nos permite ir en contra de la programación si nos esforzamos de verdad…
—Aún así confío en ti. Pero si vas a la Asociación podrían tomarte prisionera y extraerte la información…
—Los Asociados jamás harán eso.
—¡No irás a la Confederación! —dijo ya airadamente Osthar— Si quiero salvarte es para que estés a mi lado, no para que te vayas a un estado enemigo donde jamás te vería de nuevo…
—¿Entonces esa es tu motivación? ¡No te preocupa realmente mi bienestar! ¡Sólo me quieres como tu juguete! —Exxil se levantó con intención de salir de la habitación.
—¿A dónde crees que vas? —le preguntó Osthar— no te he dado permiso de irte.
Exxil se detuvo en seco dándole la espalda. Se volteó y se acostó en la cama boca arriba y mirando hacia el techo.
—Disculpe, amo. Soy toda suya. Haga lo que quiera…
Aquellas palabras dichas en un tono frío y carente de sentimientos fueron como una daga en el corazón de Osthar quien se levantó y dejó el lugar sin ponerle un dedo encima.
Orión , capital de Imperio Anaki, una semana después.
—Según he podido enterarme de buena fuente —dijo Osthar en su mansión ante la mayoría de sus familiares que habían sido convocados para ese día— nuestros viejos enemigos los Durgas están fraguando una conspiración contra nosotros.
—¡Esos malditos Durgas! —dijo un anciano sentado cómodamente en una gran silla acolchonada— cuando era joven maté a 3 con mis propias manos. ¡Deberíamos darles cacería y matarlos como sabandijas!
—Abuelo —suspiró Osthar— cuando fuiste joven fue hace más de 200 años. Los tiempos han cambiado y por ello debemos ser más listos.
—Hablaré con aquellos escuadrones de la Guardia Imperial que no son leales —le dijo Zammara, su esposa— y sondearé a algunos generales y coroneles para ver que saben, si te parece bien.
—Sí, es buena idea.
—A mí todas estas cosas me aburren mucho —dijo un joven delgado y debilucho que bebía alcohol sentado con gesto aburrido.
—¿Podrás pensar alguna vez en algo que no sea fiesta y drogas, sobrino? —le preguntó Osthar.
—No recuerdo que tú fueras más responsable a su edad, hermano —le dijo una Anaki muy atractiva que vestía una de las togas sacerdotales de color negro con bordes púrpura, tenía los ojos maquillados con azul oscuro y el cabello negro y lacio.
—Eso me recuerda, Ardasha, querida hermana, que necesitaré de tu ayuda particular.
—¿En serio?
—Como Sacerdotisa del Templo de Zaris, nuestra bendita Diosa de la Muerte, me imagino que conoces bien a los otros sacerdotes.
—Por supuesto. Los veo a menudo.
—¿No es el Sacerdote del Templo de Karos, Dios de la Guerra, un Durgas?
—En efecto.
—¿Y que sabes de él? ¿Algo que podamos usar en su contra?
—Sé que recibe sobornos de parte de jerarcas militares para que les dé su bendición, que según el mito, les ayuda a vencer en batalla. Ahora dice que tu derrota en Sarconia fue producto de la ira de Karos. Pero fuera de eso no le conozco nada malo, y no hay un solo sacerdote que no reciba sobornos de una forma u otra. Excepto yo, por supuesto.
—Por supuesto. Quiero que averigües todo lo que puedas sobre él. Si tienes que enviarle alguna de tus monjas a que lo seduzcan, hazlo.
—Hermano, no pienso poner mi labor sagrada al servicio de tus conspiraciones tontas…
—Si Durgas tiene éxito deshonrándonos te destituirán como sacerdotisa y terminarás siendo esclava de los Durgas.
—Espera… espera —dijo Ardasha Larg cerrando los ojos— creo… creo que estoy sintiendo un mensaje de Karis misma… dada nuestra conexión mística… ella nos apoya y quiere que los Larg sigamos teniendo control sobre su Templo. Así que… te ayudaré en todo lo que pueda.
—Creo que por ahora es suficiente —dijo Osthar cerrando la reunión— pero como jefe de la Casa Larg les ordeno a todos usar sus contactos, sus sirvientes y sus aliados para averiguar todo lo que puedan sobre los Durgas.