XIV

El cuerpo de Tammuz yacía sin vida sobre el pasto en medio del bosque. Aún tenía espuma en la boca y los ojos desorbitados.

—Creo que murió envenenado —dijo Chen que examinaba el cadáver—; pero sólo podré confirmarlo con una autopsia, señor.

—Haga lo que tenga que hacer, Chen —autorizó Ta’u.

El comunicador de Ta’u sonó de nuevo.

—Capitán, más muertos —le informó Max 22.

Al lugar llegó casi de inmediato viajando en un aeromóvil. Los cadáveres fueron encontrados al otro lado del planeta y eran cuatro trabajadores de distintas especies Confederadas; dos humanos, un Viraki y un Teluni. Mostraban síntomas semejantes a los de Tammuz.

Y mientras esto sucedía Zelara asistía a un equipo militar Confederado que estaba recolectando muestras de plantas para llevar a un jardín botánico de la Confederación. Caminaban por un sendero bromeando y hablando fuerte, mientras ella se mantenía silenciosa y escuchaba con atención el ambiente.

—Algo anda mal —murmuró. Los soldados no la escucharon y siguieron con la algarabía, pero Zelara oía pasos entre las ramas. —¡Silencio! —gritó y los soldados se acallaron. —¡Escuchen! Algo anda por ahí…

Los soldados prepararon sus armas.

Súbitamente unos extraños tentáculos salieron de entre el follaje y atraparon a un hombre que gritó conforme se le clavaban en el cuerpo y lo arrastraban fuera del sendero. Sus compañeros y Zelara dispararon sus láseres hacia la cosa que lo asía pero no parecieron lastimarla. Al contrario la cosa lanzó nuevos ataques que aferraron a dos soldados más.

—¡Retirémonos! —ordenó Zelara y los Confederados obedecieron saliendo del sendero pero fueron perseguidos por un extraño ser de color verde con tentáculos y unas patas llenas de espinas.

Los militares siguieron disparándole láseres sin detenerlo.

—Pensé que no había animales en este planeta —dijo uno.

—Y no los hay —respondió Zelara—; es una planta. Observen. Esas extremidades no son tentáculos, son enredaderas.

Era verdad. Y terminaban en espinas emponzoñadas.

—No le disparen —dijo Zelara—; es tan inútil como dispararle a un árbol.

Cerca de donde estaban había un grupo de trabajadores talando plantas gigantes que, al ver la criatura, corrieron despavoridos. Uno de ellos estaban incendiando los despojos talados con un lanzallamas que dejó tirado en el suelo. Zelara lo aferró y lo usó para incinerar al monstruo.

Pareció funcionar y la criatura emitió unos chillidos horribles conforme se carbonizaba.

Ta’u ordenó a todas las personas en el planeta regresar a sus naves por seguridad.

Max 22 quien se había quedado rezagado investigando la escena del crimen donde se encontraron los obreros muertos recibió la directriz así que se dirigió hacia la nave. En el camino escuchó pasos entre la maleza y una risa infantil. Preparó su arma y encaró a quien le merodeaba cerca.

Pero de entre el ramaje no surgió un monstruo, sino una mujer. O al menos eso parecía. La criatura tenía aspecto humanoide y cuerpo femenino. Medía un metro setenta, tenía pechos y vagina, la piel de color verdosa y evidentemente era tejido vegetal, tenía enredaderas y flores en vez de cabello y el rostro muy similar al de los humanos.

La chica rió de forma pueril y luego se acostó sobre el suelo en una posición provocativa. Le sonrió y lo llamó con las manos... era evidente que deseaba tener sexo…

Pero no lo recibió. Max 22 extrajo de entre su equipo una flecha con tranquilizante y le disparó. La criatura quedó inconsciente en segundos y la cargó hasta la nave.

Cinco horas después Chen congregó a todos en la sala de reuniones. Allí estaban Ta’u, Salax, Zelara y Max 22. Cerca de ellos y dentro de una celda de cristal transparente estaba la chica que había apodado “la ninfa”.

—Mi autopsia confirmó que Tammuz y los obreros fallecieron por efecto de un tóxico de origen vegetal —afirmó Chen—; que fue inyectado a través de una espina que se les enterró en el abdomen, sin duda durante el coito ya que todos tenían evidencias de reciente eyaculación. No la he examinado pero estoy casi segura que la Ninfa se los inyectó.

—¿Qué es ella y por qué no hemos encontrado a otras como ella? —preguntó Ta’u— ¿será la última de su especie?

—Más bien creo que es la primera —aseguró Chen.

—Explíquese, por favor.

—Para realizar mis análisis necesitaba una muestra del ADN de la flora local y tomé una de las plantas gigantes. Me llamó la atención que su ADN era demasiado complejo para una planta normal así que realicé un escaneo completo y luego revisé una de las que habían sido taladas. Estas plantas tienen unas redes de células muy similares a nuestras células nerviosas.

—¿Quiere decir que tienen cerebro? —preguntó Zelara— ¿son inteligentes?

—Sí. Así parece. Mi teoría es que como nunca se desarrolló la vida animal en este planeta estas plantas son capaces de diseñar genéticamente formas que suplan ciertas funciones, como las “flores-insecto” que encontré cerca de un río para la polinización. Así al verse atacadas por la tala crearon dos formas de defenderse…

—El monstruo es una —intervino Max 22— y la Ninfa es la otra.

—La Ninfa funciona como una planta carnívora —explicó Chen—; que atrae a su presa y la mata, sólo que por tratarse de antropoides las atrae por medio del sexo. Creo que usaron mi ADN cuando me pinché el dedo con una espina como base y por eso es humanoide.

—¿Y por qué se me presentó a mi también? —preguntó Max 22.

—Nunca han visto un androide —respondió Chen—: no saben que eres diferente a los hombres orgánicos y que no eres susceptible al deseo sexual.

—Que mal —suspiró Xelara—; ¡adiós al negocio! El contrato especifica claramente que los planetas con habitantes inteligentes no pueden ser colonizados ni explotados.

—A menos que se tenga el permiso de los habitantes —recordó Ta’u.

—Estas plantas son evidentemente agresivas —argumentó Xelara—; han matado a varias personas.

—Nosotros las matamos a ellas primero —adujo Zelara—; con la tala. Fue asesinato. Deben estar aterradas… no sabían que había vida en otros planetas y jamás habían visto una forma de vida animal. ¡Imaginen lo traumático de eso! y además empezamos a matarlas…

—Esto es claramente un malentendido cultural y un caso de primer contacto que salió mal —concedió Ta’u—; y deberemos aplicar el protocolo de la Confederación para primeros contactos. Chen, trata de comunicarte con estas criaturas y hazles saber del malentendido. Diles que lo sentimos y que nos iremos de inmediato.

—Haré lo posible… —afirmó Chen.

—No es necesario —dijo la voz de la Ninfa y todos giraron a verla. Hablaba en lengua común con fluidez.

—¿Nos entiendes? ¿Cómo aprendiste nuestro idioma? —preguntó Ta’u.

—Puedo leer sus mentes —contestó—; al igual que las Madres —dijo refiriéndose a las plantas gigantes— así es como ellas se comunican entre sí y me crearon con esa misma habilidad.

—¡Telepatía! —comentó Chen.

—¿Puedes decirles…?

—Estoy conectada a ellas y ellas han escuchado todo lo que ustedes han dicho. Entienden que fue un error y los perdonan.

—En ese caso estamos en paz —le dijo Ta’u.

—Son bienvenidos a visitarnos y a quedarse el tiempo que deseen —declaró la Ninfa—; mientras no nos hagan daño.

—Gracias —dijo Ta’u y luego miró a sus subordinados—; ¿Qué esperan? ¡Sáquenla de la jaula por Samyasa!

Al día siguiente ya todo estaba preparado para partir. Chen había estado hablando con la Ninfa todo el día y ambas se acercaron a Ta’u antes de que la nave dejara Nébula.

—Capitán, me informa la Ninfa, después de hablar con ella y explicarle como funciona la Confederación, que las Madres Planta están muy interesadas en ingresar. Afirman que temen que otra especie menos amistosa que las nuestras las conquiste ya que están virtualmente indefensas y les gustaría tener la protección militar de los Confederados. Dicen que a cambio pueden hacer crecer innumerable cantidad de plantas frutales y otros cultivos vegetales comestibles que pondrían a disposición de la Confederación.

—Bueno, creo que sería un buen trato, pero el ingreso a la Confederación lo define el Senado, aunque estoy casi seguro de que se aprobará sin problemas. Lo que me parecerá curioso es como harán para enviar un representante al Parlamento.

—Las Plantas Madre pueden crear tantas criaturas antropoides como ella que deseen —dijo Chen señalando a la Ninfa—; podrían hacer millones en pocos meses.

—¿Todas mujeres? —preguntó Ta’u.

—Las Madres no ven utilidad alguna en hacer hombres —explicó la Ninfa. Chen mostraba un gesto de darles la razón mientras Ta’u se rascó la cabeza sin saber que decir.