XIII
Pasaron tres días de viaje en el hiperespacio y por las ventanas de la nave ya no se veía la negrura estrellada del espacio sino un interminable túnel de luces brillantes.
Ta’u meditaba en su habitación al frente de un altar a una deidad andrógina con cuatro brazos y cuatro piernas y un aspecto similar al de los Viraki.
Llamaron a la puerta interrumpiendo su meditación.
—Pase —dijo abriendo los ojos y levantándose del suelo. Xelara estaba afuera y penetró.
—Disculpe que lo interrumpiera mientras rezaba, Capitán.
—Estaba meditando en realidad. Y no se preocupe. Además llámeme Ta’u.
—¿Es esa una de sus deidades? —preguntó Xelara mirando al altar.
—Nuestra única deidad; Samyasa. La unión de los opuestos complementarios; hombre y mujer, activo y pasivo, luz y oscuridad. ¿Ustedes los Sáuxer tienen religión?
—También seguimos a una única deidad; la diosa Menarax, diosa de la fortuna, la riqueza y los negocios. Solían haber otros dioses pero los Sáuxer dejamos de darles importancia a los demás. Se dice que la imagen de Menarax trae buena suerte en los negocios. Vendemos estatuas de ella a 20 celestes por si le interesa comprar una.
—No, gracias. ¿En que puedo ayudarla?
—Quería agradecerle a nombre de mi gobierno por su ayuda en esta empresa.
—No tiene nada que agradecer, es mi deber.
—Aún así quisiera regalarle algo —dijo sacando de su bolsillo una tarjeta de color dorado con la imagen de la Vía Láctea grabada en su superficie y entregándosela en la mano.
—¿Qué es esto?
—Una tarjeta de crédito del Banco Sáuxer. Es una tarjeta tipo Galaxia, eso quiere decir que es de crédito ilimitado.
—Gracias Xelara pero no puedo aceptar —dijo devolviéndosela—; el Reglamento Militar Confederado prohíbe a cualquier militar en ejercicio recibir regalos de dignatarios extranjeros. Puede interpretarse como un soborno.
—Nunca entenderé a los Confederados —respondió Xelara negando con la cabeza.
—Si desea regalarme algo puede darme un regalo simbólico.
Xelara lo miró como si no hubiera entendido una palabra.
—¿Regalo simbólico? No entiendo. ¿Cómo puede algo tener valor simbólico?
—Le mostraré —dijo llevándola hacia donde tenía su buró privado y de entre su ropa sacó una medalla —¿ve esto? Mi tío me la regaló cuando me gradué de la Academia Militar. Mi tío también era militar y se la ganó cuando luchó en la Guerra de Draco, antes de que yo naciera. Es una medalla al valor. Fue un regalo muy especial para mí.
Xelara la inspeccionó intrigada.
—¿Es de algún metal valioso?
—No.
Siguió analizándola.
—¡Ah ya entendí! —dijo Xelara golpeándose la frente y Ta’u sonrió— ¡Es una pieza con valor histórico por lo que un coleccionista pagaría mucho por ella!
Ta’u miró hacia el techo…
—Capitán —le llamó Chen por su comunicador— estamos por llegar al primer planeta de la lista.
—Pueden sacarnos del hiperespacio cuando estén listos.
—Sí, Capitán.
Y dicho esto experimentaron de inmediato el jalón que se siente al salir del hiperespacio al espacio normal.
—Bueno, Xelara, parece que hemos llegado.
La Libertadora se mantuvo en la órbita del planeta que, desde la pantalla en el puente, mostraba unos grandes océanos y continentes totalmente cubiertos por vegetación. Al puente llegaron Ta’u y Xelara.
—El Planeta Nébula, señor —le informó Chen—; un planeta de masa rocosa y atmósfera mayormente de oxígeno. La superficie está cubierta por agua en un 67% y tiene tres continentes. Tal parece que sólo tiene vida vegetal, por lo visto aquí nunca evolucionaron las formas de vida animal y, por ende, jamás se desarrolló la inteligencia.
—Un mundo desabitado. Bajemos —anunció Ta’u—; explorémoslo bien.
Una nave más pequeña salió de la Libertadora rumbo al planeta y aterrizó en pocos minutos en la superficie del mismo. Hasta donde llegaba la mirada podían verse interminables bosques y frondosas selvas que se extendían hasta enormes montañas y colinas. Todo el planeta era muy silencioso ya que no había pájaros ni insectos ni ninguna forma animal. De entre la vegetación destacaban por doquier gigantescas plantas grandes como secoyas y muy frondosas. Parecían árboles aunque el tallo no era de madera sino de tejido.
La nave aterrizó en una especie de claro en el bosque, similar a un vasto pastizal enclavado en un valle y rodeado de bosque virgen.
—No detecto ningún agente patógeno o tóxico, creo que podemos salir sin máscaras de oxígeno, señor —adujo Chen revisando los datos recabados por los sensores.
—Bueno, entonces disfrutemos del aire fresco en los pulmones —dijo Ta’u—; aquellos que tengan pulmones, claro.
Afuera el sol calentaba la piel y la brisa refrescaba. Al lado de Ta’u estaban Chen, Zelara, Max 22 y diez soldados más de distintas especies, así como la única civil: Xelara.
—Bueno, Srta. Xelara —dijo Max 22—; ¿ve algo explotable?
Xelara miró hacia todas partes como olfateando el lugar.
—Según los sensores de la nave —intervino Chen—; este planeta no posee yacimientos de oricalcum y casi no tiene metales preciosos.
—Aún así sería un excelente destino turístico —comentó Xelara frotándose las palmas de las garras—; puedo imaginar un resort con hoteles de lujo, espacios para acampar y turismo de playa y montaña. ¿Qué más perfecto que un lugar como éste donde ni siquiera hay insectos que te piquen? Estaría genial.
—Me parece que este lugar es un paraíso y explotarlo sería una verdadera lástima —dijo Tammuz arrodillándose y tomando una flor del suelo para olerla, aunque no tenía aroma ya que no había insectos que atraer.
—Coincido con el sargento Tammuz —reconoció Ta’u.
—Dejaremos una parte del planeta intacta —aclaró Xelara como en respuesta a las críticas—; para que se mantenga como reserva biológica o algo así, y explotaremos el resto. Pronto habrá millones de turistas disfrutando de este bello lugar.
—Bueno, es su derecho reclamar este planeta, Xelara. ¿Qué quiere que hagamos?
—Si no es molestia, me gustaría un informe completo de tipo geológico, bacteriológico, viral y demás información general para poder llevarlo a mi gobierno.
—Ya escucharon a la Señorita. ¡Empecemos!
Y así de dividieron en varios equipos y se dispersaron entre el bosque para recabar la información deseada.
Chen se encontraba al lado de un riachuelo recolectando muestras de agua. Tras introducir algo del líquido en un tubo de ensayo y observarlo con atención se alejó. Luego miró una flor anaranjada con espinas y se preguntó ¿Por qué tenía espinas si no había animales en el planeta? Al tocarla una de las espinas se le clavó en el dedo. Reaccionó de inmediato alejando la mano y chupándose el dedo mientras la flor desaparecía en la tierra.
A su lado estaba Tammuz quien recolectaba muestras minerales.
—¿Estás bien Chen?
—Sí, no es nada.
Al caminar por un área con el pasto crecido Chen pareció haber alborotado un montón de flores que salieron volando como helicópteros miniatura. Tomó una en sus manos notando lo ingenioso que era aquello.
—Mira Tammuz —le dijo—; al no haber insectos aquí estas flores evolucionaron para cumplir el rol de la polinización. No flotan aleatoriamente sino que se mueven con cierto grado de autocontrol.
Tras varios días de realizar los análisis generales a las muestras de terreno, vegetación y atmósfera, sin que se descubriera nada inusual, Xelara llamó a varias naves Sáuxer asistidas por equipos Confederados que llegaron rápidamente y comenzaron a talar las grandes plantas.
Ta’u se aproximó a Xelara quien supervisaba la tala desde lo alto de una colina y su incomodidad fue notada por la empresaria.
—¿Le molesta lo que hacemos? —le preguntó.
—No estoy seguro —confesó Ta’u.
—Preservaremos miles de hectáreas de territorio, un continente entero si quisieran. Pero necesitamos abrir espacio para construir los hoteles, resorts y demás edificios que permitirán hacer de este paraíso accesible para millones de personas.
—Lo sé… es sólo que este planeta ha permanecido intacto por miles de millones de años y ahora nosotros…
—Son sólo plantas… ni siquiera estamos afectando a ningún animal. ¿Usted no poda el césped de su casa?
Ta’u iba a replicar algo pero el sonido que le avisaba de un mensaje entrando a su comunicador lo interrumpió.
—Aquí Ta’u.
—Capitán, encontramos a un soldado muerto. Es Tammuz.