XII

Planeta AlaDrosh, Sector Vega, capital del Régimen Drosh, 2159.

AlaDrosh era un planeta totalmente urbanizado. Un interminable orbe de ciudad tecnológica se extendía hasta el horizonte donde quiera que estuviera el observador. El cielo casi siempre estaba nublado y llovía con frecuencia. Interminables aerotransportes sobrevolaban siempre el espacio circulando entre las torres y los rascacielos.

Todos los Drosh vestían de negro y solían ser pálidos. Si bien sus uniformes variaban mucho según la casta a la que pertenecían.

Astar Zelara, quien ahora ya no vestía ropa de esclava Anaki sino el uniforme negro típico de los agentes de inteligencia Drosh; una chaqueta de cuero, pantalones, votas y guantes, se había apersonado como le habían ordenado en las oficinas de la Secretaría de Inteligencia. Zelara era sin duda una mujer muy hermosa de piel tersa y un cabello rubio y lacio tan claro que parecía blanco.

Zelara observó por entre los enormes ventanales del edificio en que se encontraba a los trabajadores que hacían fila bajo la lluvia para adentrarse en las gigantescas fábricas donde laboraban todo el día. Empezaban desde muy temprano en la mañana y proseguían en esa labor hasta tarde la noche. Caminaban despaciosamente con rostros ojerosos y cansados mientras una enorme pantalla holográfica mostraba propaganda del régimen.

—¡Hermanos Drosh! —decía una voz en off que mostraba la enorme foto del Líder Supremo sonriente y alegre— ¡Cada día nuestra gloriosa Revolución llega a niveles más avanzados de logro y progreso! ¿No deseas ser parte de esa encomiable labor? Hoy, nuestro amado Líder Supremo, ha logrado resolver los problemas de la escasez alimentaria en las colonias de Vega , en donde ahora impera la abundancia y la dicha. ¡Gracias, Querido Líder! Y no olvides, Hermano, denunciar a cualquier disidente que atente contra nuestro paraíso revolucionario.

Un timbre sonó y Zelara observó hacia la entrada de la oficina de su jefe, el comisario de Cooperación Interplanetaria. Las puertas se abrieron lo que significaba que él la recibiría de inmediato. Al lado de la puerta una placa rezaba: Danthar Drul, Comisario de Cooperación Interplanetaria, Secretaría de Inteligencia.

—Saludos Hermano Comisario —le dijo dándole el saludo militar Drosh que consistía en mostrar la palma de la mano derecha.

—Saludos Hermana —le respondió Drul, era un tipo totalmente calvo y con barba de candado que usaba lentes oscuros redondos. Su uniforme negro estaba impecablemente limpio al punto de verse reluciente. —Tome asiento.

Zelara se sentó. Su escritorio estaba diseñado para que, aún sentada en una silla frente al mismo, él se viera más alto y ella tuviera que verlo hacia arriba. Atrás de él había un retrato enorme del Líder Supremo.

—Su labor ha sido excelente hasta ahora, Hermana Zelara, debo decirle que nuestro amado Líder está muy complacido con su trabajo.

—Gracias, Hermano Comisario Drul, para mí es un honor servir al Régimen.

—Veo que el Comité de Selección no se equivocó cuando escogió para usted la profesión de Agente de Inteligencia. Aunque debo decir que sus pruebas psicológicas, intelectuales y de aptitud no dejaban duda alguna de su vocación.

Zelara recordó aquella ocasión. Tenía trece años, como todos los Drosh cuando van ante el Comité de Selección, la instancia que escogerá a que se dedicarán por el resto de sus vidas. Una vez realizados los mismos exámenes que les hacen a todos los niños de esa edad, los ponían en fila y les daban las noticias. Algunos terminarían siendo obreros en fábricas, otros militares de infantería, y así sucesivamente. A la chica que estaba a la par suya le dijeron que debía ser prostituta. Ella tembló al escuchar ese dictamen ¿y si el de ella era igual? Pero no fue así, el Comité dictaminó en su caso que debía ser agente de inteligencia, y eso significaba formar parte de la Hermandad Superior, la cúspide de la pirámide, el selecto grupo de privilegiados que dominan la sociedad Drosh y que conforman la clase dirigente de la Hermandad.

—Como sabe, Hermana Zelara, nuestro Estado es aliado de la Confederación Interestelar. Nos han pedido que coloquemos agentes de Inteligencia Drosh en algunas naves con misiones estratégicas que les ayuden en la logística y las labores de seguridad y espionaje, así como ha contactar correctamente con nuestras redes de espías y agentes infiltrados a lo largo de toda la Galaxia. Propuesta que nos pareció excelente. Para tal efecto ha sido usted escogida para servir en una nueva nave de la Confederación, que entrará en servicio activo dentro de pocos días al mando de un conocido suyo, el capitán Ta’u.

—Si, lo recuerdo. Le salvé la vida en Sarconia hace muy poco. Era comandante en ese entonces.

—Fue ascendido. Estará al servicio del capitán Ta’u y seguirá las reglas y protocolos de la Confederación con total obediencia, como si usted misma fuera Confederada ¿me explico?

—Por supuesto, Hermano Comisario.

—Bien. Es nuestro deber ayudar a nuestros aliados en todo lo posible.

—Pero, si me permite preguntar, Hermano Comisario, ¿será mi labor exclusivamente de asistencia a la Confederación?

—Claro que no. También recopilará toda la información posible sobre la Confederación que pueda sernos útil. Sólo por seguridad en el dado caso de que los Confederados algún día nos traicionen y se conviertan en nuestros enemigos. ¿Comprendido?

—Sí, comisario Drul.

—Excelente. Sé que puedo confiar en usted —dijo Drul levantándose de su asiento y acercándose a Zelara a quien puso una mano en el hombro— sé por experiencia propia su lealtad al Régimen y al Líder Supremo, y sé también su obediencia a sus superiores. Estoy muy contento con todas las ocasiones en que ha cumplido mis órdenes y me ha demostrado además su experticia en tantos campos… —y al decir estas últimas palabras le acarició el rubio y platinado cabello— …que la hacen irresistible a cualquier hombre.

Planeta Sarconia, dos semanas después.

Tres meses habían pasado desde la retirada de los Anaki y ahora podía verse al Planeta Sarconia repleto de soldados Confederados que asistían en la reconstrucción de las ciudades del planeta.

Uno de estos era Ta’u quien se encontraba supervisando las naves Confederadas que llegaban atestadas de materiales de construcción, medicinas, alimentos y otros cargamentos especiales. Las cuadrillas de trabajo Confederadas, la mayoría conformadas por trabajadores androides, se encontraban muy ocupadas tanto ayudando a reconstruir las ciudades subterráneas Sarconas como creando nuevos inmuebles, entre ellos una lujosa Embajada Confederada, una base militar y un grupo de edificios de apartamentos, los primeros construidos en la superficie. Debido a que los Sarcones poseían ojos sensibles a la luz del exterior los edificios tenían ventanas polarizadas.

—Buenos días capitán Ta’u —le dijo el comodoro Gutiérrez aproximándosele mientras Ta’u le daba indicaciones a algunos subalternos de donde llevar las cajas según su contenido.

—Buenos días, Comodoro —respondió con un breve saludo militar. Ahora era un oficial y su relación era más horizontal. —Aún no me acostumbro al nuevo título.

—Bien merecido su asenso, Capitán, su accionar durante el escape de la prisión Anaki fue ejemplar.

—No fue nada. Era mi deber…

—¿Nada? Estaba usted herido y recién torturado y sin embargo cubrió a varios civiles y compañeros suyos recién liberados mientras abordaban una nave, recibiendo un disparo en el proceso. Yo lo llamaría algo muy heroico.

—Gracias, Comodoro.

—En todo caso la nave que pensamos poner bajo su comando ya llegó y tenemos una misión importante para usted.

—¿Entonces dejaré Sarconia?

—Sí —dijo el Comodoro con una mano en el hombro de Ta’u con la cual comenzó a alejarlo del sitio de descarga— como sabe tras la liberación de Sarconia y el cese de hostilidades con el Imperio Anaki nuestras prioridades han cambiado. Por lo pronto suponemos que habrá paz por algunos años.

—¿Sólo por algunos años?

—Desde que existe la Confederación hemos tenido creo que siete guerras con el Imperio Anaki, tres ganadas por nosotros, tres por ellos y un empate. Sin contar la muy breve Conquista Valta de Abraxas en la cual fuimos temporalmente aliados de los Anaki y aún así los Valta nos derrotaron a ambos en pocos días.

—Lo sé. Estudié historia militar en la Academia.

—El caso es que no es cuestión de si habrá una nueva guerra con los Anaki sino de cuando. Por ahora nos corresponde reagruparnos y aprovechar el período de paz para fortalecernos. Los Anaki harán lo mismo. Con Sarconia tenemos un tratado muy simple y mutuamente provechoso: nosotros les daremos protección militar y ellos nos darán el 30% de su producción anual de oricalcum gratis. Pero ahora los Sarcones comenzarán a exportar su propio oricalcum al resto del la Galaxia. Ahí es donde entraron en juego los Sáxuer.

—Sí, escuché que la Corporación Sáuxer ya firmó un tratado con el Reino Sarcón para encargarse de la comercialización de su oricalcum cobrando una comisión. No estoy seguro de que me parezca justo…

—Todos tenemos clara la reputación que tienen los Sáuxer, Capitán, aún los Sarcones a pesar de que acaban de hacer el primer contacto y pareciera que no saben mucho de lo que pasa en el resto de la Galaxia. Pero lo cierto es que los Sáuxer tienen una red de distribución comercial que abarca la Galaxia entera y los Sarcones no tienen otra forma de distribuir su valioso recurso tan lejos y a tantos mundos. Creo sinceramente que el trato es beneficioso para todos.

—Bueno, poniéndolo de esa manera, creo que tiene razón.

—Me alegra que piense eso porque en su nueva misión le corresponderá tratar mucho con los Sáuxer. Precisamente como parte de nuestro interés de fortalecer a la Confederación hemos firmado un contrato con la Corporación Sáuxer. Ellos desean colonizar nuevos planetas desabitados con recursos explotables y necesitan de nuestra asistencia logística y militar. Su labor será acompañar a la encargada de colonización de la Corporación para identificar planetas cuyos recursos serán explotados en conjunto por la Confederación y los Sáuxer.

—Entiendo.

Algunos minutos después el Comodoro llevó a Ta’u hasta la órbita del Planeta Sarconia en un aerotransporte mediano. Desde la retirada Anaki el planeta se encontraba rodeado de naves militares de la Confederación, pero una en particular sería la que comandaría Ta’u; la Libertadora.

La nave era una lujosa construcción de tecnología bélica de último modelo. Medía unos tres kilómetros de largo y uno de ancho, estaba equipada con un armamento pesado avanzado, escudos de energía casi impenetrables, un fino fuselaje brillante como recién lustrado y el tamaño adecuado para una tripulación de unas cincuenta personas.

—¡Es hermosa! —dijo Ta’u al verla.

—Recién salida del astillero —le explicó el Comodoro. Su aerotransporte descendió en la pista de aterrizaje en el interior de la nave y se cerraron las compuertas. Una tripulación entera salvo el personal esencial para navegar se reunió allí para saludar a su nuevo capitán.

—Bienvenido, capitán Ta’u —le dijo la comandante Chen con un saludo militar. Ta’u correspondió.

—Creo que ya ustedes dos se conocen ¿no es así? —comentó el Comodoro—; la comandante Chen es además bióloga y será de particular ayuda en el proceso de exploración y colonización de nuevos mundos. Recuerde que el contrato con los Sáuxer excluye cualquier planeta que tenga formas de vida inteligentes, aún si no han desarrollado tecnología.

—Sí, comprendo.

A lado de Chen había un militar androide que saludó a Ta’u al pasar frente a él.

—¿Y usted es…?

—Teniente comandante Max 22, señor.

—No hay muchos androides en el Ejército, me alegra verlo aquí Teniente.

—Gracias señor.

—Él es el teniente Shastar Tammuz —presentó el Comodoro refiriéndose a un hombre Xith de rasgos groseros.

—Un gusto conocerlo Teniente.

—El gusto es mío, Capitán. Escuché de sus hazañas en Sarconia, será un honor servir a su lado.

—Y a esta chica la conozco —dijo Ta’u sonriendo y rompiendo el protocolo al observar a Astar Zelara.

—El gobierno Drosh nos “prestó”, por así decirlo, a la agente Zelara para que sirva de enlace con los múltiples agentes Drosh en toda la Galaxia y como asesora de Inteligencia.

—Agente, sea bienvenida y considérese parte de la familia —le dijo Ta’u.

—Así lo haré, gracias Capitán.

—Bueno chicos —declaró Ta’u—; a trabajar, rompan filas.

—Ahora vamos a su despacho —pidió el Comodoro—; para presentarle a la Srta. Xelara…

—No, no, ya estoy aquí —dijo una voz desde lejos y al área entró una mujer cuyos rasgos claramente felinos identificaban su especie como Sáuxer. Vestía un traje de chaqueta roja, minifalda púrpura y una blusa blanca. Hablaba la lengua común con el característico acento Sáuxer que pronuncia la “r” de forma larga y gutural— me gusta conocer a mis socios en su ambiente natural. Permítame presentarme Capitán, mi nombre es Xelara, gerente comercial del Departamento de Colonización y Explotación de Recursos de la Corporación Sáuxer. Es un verdadero placer conocerlo —dijo extendiéndole la mano gatuna para estrecharla.

—Igualmente Srta. Xelara.

—¡Ay! ¡Dígame Xelara a secas! ¡No se preocupe! Tengo ya una lista de los primeros planetas que deberíamos visitar en este sector —dijo gesticulando sus manos como si fueran una pantalla frente a su rostro—; nuestras observaciones apuntan a que son verdaderos tesoros por descubrir. Repletos de riquezas y recursos explotables. Si no hay inconveniente me gustaría partir de inmediato.

—Sí, sí, por supuesto —comentó Ta’u y el Comodoro se despidió con un saludo y dejó la Libertadora rumbo a Sarconia, mientras Ta’u daba la orden de partir.