XI

—Ahora —le decía Alara a Richard mientras le untaba bloqueador solar en la piel antes de que descendieran de la nave que los había transportado del Sistema Sol al Sirius— recuerda que el calor en Xith es demasiado elevado para la mayoría de las especies de otros planetas. A ciertas horas del día no podrás salir de la casa que tiene la temperatura controlada a menos que quieras que se te cocine el cerebro. No mires directamente a los soles o te quedarás ciego y trata de tomar mucha agua. ¿OK?

—OK.

Las compuertas de la nave se abrieron y Richard sintió el abrumador calor de aquel horno de planeta. Se colocó unos lentes oscuros y se cubrió la cabeza con un sombrero de ala ancha de color negro, similar al sobretodo que vestía y era del mismo material sintético especialmente diseñado para protegerlo de la radiación solar.

—¿Cómo llegaremos a la casa de tus padres? —preguntó ya sudoroso.

—Montando sobre uno de estos —respondió ella acariciándole el lomo a un lagarto que medía unos seis metros de longitud y cuyo hocico de reptil tenía afilados colmillos. Richard palideció ante la idea de montar uno de esos monstruos. —Se llaman Scorash.

—¿Estás loca? ¿No hay aeromóviles en este planeta?

—Sí, pero sale más caro alquilar uno. Además, estos animales son muy rápidos y pueden correr hasta cien dushoxnar por hora.

—¿Y no son peligrosos?

—¡Ay claro que no! Están domesticados hace siglos. ¡Súbete y deja de quejarte, necio!

Richard obedeció y aferrándose de la cintura de su esposa recorrió las candentes arenas del desierto Xith sobre un lagarto gigante que, en efecto, era muy veloz.

—Richard, te presento a mi madre, Kimara —presentó Alara y una mujer Xith ya entrada en años, con rostro amable y sonriente, le estrechó ambas manos.

—Mucho gusto, Richard —respondió ella.

—Igualmente, señora, es un placer conocerla. Alara me ha hablado mucho de usted.

—Él es mi hermano menor, Sury —continuó y un muchacho adolescente le devolvió el saludo cordialmente.

—Bienvenido, Richard —le dijo— un gusto conocerlo.

—Siempre me llevé bien con mi hermano menor —le susurró Alara guiñándole un ojo— porque tiene una mentalidad más abierta que la de mi padre. Ella es mi hermana Ariad —dijo señalando a una mujer joven pero que parecía algo avejentada quizás por la vida de casada, además de que tenía un notorio sobrepeso y cargaba a un bebé en brazos. Le dio a Richard un saludo lacónico y ligeramente malencarado.

—Y finalmente —dijo Alara suspirando— mi padre, Shamur de la tribu Althar.

—Mucho gusto, señor —aseguró Richard tragando saliva y extendiéndole la mano para saludarlo pero el sujeto de rostro severo se quedó de brazos cruzados escrutándolo con la mirada.

—Así que usted es el tipo que embelesó a mi hija y la hizo traicionar su herencia.

Richard se aclaró la garganta. Podía ser diplomático pero también era un rebelde y siempre sintió un innato rechazo por la autoridad.

—No vine a discutir con usted, Sr. Althar, pero lo haré si es el caso. Su hija es una mujer maravillosa e inteligente más que capaz de tomar sus decisiones. En ese sentido yo no “la embelesé”.

—Insolente. Deberías mostrar más respeto, muchacho.

—¿Tiene algún problema con los humanos?

—¿Ves esto? —preguntó Shamur señalando una fea cicatriz provocada por una quemadura láser en su cuello— me la hice cuando estuve luchando como capitán de la Confederación en el Sistema Sol, defendiendo a la Tierra de un ataque de los Retículi. Arriesgué mi vida y perdí a muchos buenos amigos por proteger tu planeta cuando tú aún no habías nacido. No me digas que tengo algo contra los humanos.

—¿Entonces que le pasa? Los Xith son miembros de la Confederación como todos los demás…

—Mira muchacho, como militar pasé toda mi vida durante muchas décadas luchando por la Confederación y haciendo toda clase de sacrificios, porque creo en la Confederación y la amo. Pero antes que Confederados, somos Xith. ¡Y los Xith no se mezclan con los no Xith! La función de la Confederación es la cooperación, no la amalgama. Quiero a las demás especies confederadas como hermanas pero no permitiré nunca que los Xith perdamos nuestra cultura, nuestras costumbres y nuestras tradiciones…

—¡Ay papá! —reclamó Alara— hace miles de años la Ley Xith decía que a los homosexuales, a las mujeres rebeldes, a los adúlteros y a los herejes había que ejecutarlos, todo eso se dejó de lado hace eras. Los tiempos cambian.

—Eso es diferente —argumentó Shamur— dejar de lado prácticas barbáricas no es lo mismo que olvidar las tradiciones…

—Bueno —intervino Kimara enfrentándose a su marido— pues si las tradiciones no deben olvidarse entonces te recuerdo, Shamur, que Richard es nuestro invitado y que, como tal, la tradición dice que debemos darle el trato más hospitalario que nos sea posible.

Shamur se tragó sus palabras y se introdujo a su casa. Richard y Alara compartieron una sonrisa de complicidad con la anciana y se adentraron seguidamente.

Esa noche buena parte de la tribu Althar se reunió a celebrar la más importante fiesta religiosa de los Xith, la cual conmemoraba a todos los líderes espirituales desde el Profeta Sorath que había fundado la religión Xith más de 30 mil años en el pasado, hasta el actual Patriarca de Xith que ejercía como gobernante político y religioso.

Después de unas largas y tediosas letanías que recitaron ante las imágenes de sus dioses, alrededor de sesenta personas con distintos grados de vínculo familiar y que abarcaban todas las edades desde niños a ancianos, se reunieron en torno a una fogata a conversar, bailar, cantar y comer. Richard fue bien recibido, aunque quizás más por cordialidad y porque la mayoría no sabía que era el esposo legal de Alara, y disfrutó mucho de la rica cultura Xith.

Richard también pudo observar como su suegro sostenía en brazos al hijo de Ariad, su nieto, de forma tierna y cariñosa, como quien sostiene al tesoro más preciado de su vida. A pesar de todo, el viejo tenía su lado sentimental.

Una niña Xith, prima de Alara, le llevó un jugoso y sabroso platillo frito sostenido en una varilla metálica y que era un poco crujiente.

—Eukhash —agradeció Richard diciéndole “gracias” en su lengua, la niña sonrió y se fue. Richard encontró delicioso aquel bocadillo. —¿Qué estoy comiendo? —se preguntó mientras mordisqueaba

—Se llama Krughar —respondió Alara— y es una especie de gusano.

—¿¡Qué!?

—¿Sabes, Richard? —continuó Alara— creo que deberíamos tener un hijo.

Richard se atragantó con el gusano.

—¿Un hijo? ¿Es siquiera posible? Somos de especies diferentes y tenemos ADN distinto.

—He escuchado que en el pasado, mediante manipulación genética, parejas de especies antropoides razonablemente similares pudieron concebir hijos mestizos. No sería la primera vez.

—Bueno… si tú estás dispuesta, no veo porque no intentarlo.

Sistema Sol.

El permiso de Alara se terminó y debió reingresar al servicio militar. La guerra en Marte estaba cada vez peor, la teoría resultó equivocada y el Imperio Anaki comenzó a enviar refuerzos al planeta, gesto imitado por la Confederación al punto de que ya casi era una guerra abierta entre las dos potencias galácticas.

Alara fue asignada a un potente acorazado, la nave militar más poderosa y grande que existía. Un acorazado era una nave gigantesca que podía medir generalmente entre diez y cien kilómetros de extensión. Sus escudos eran los más resistentes y su arsenal el más destructivo, por lo que un acorazado sólo podía ser destruido por otro.

El acorazado en el que viajaba Alara era comandado por el capitán Ka’tar quien se sentaba en una cómoda y amplia silla en el centro del Puente desde la cual capitaneaba. Alara y otros tripulantes manejaban las consolas que rodeaban la silla del capitán. Dicho acorazado era uno de cinco que pertenecían a una flota de naves preparadas para la batalla contra una fuerza Anaki similar que estaba ingresando al Sistema Sol bajo la excusa de llevar ayuda humanitaria a sus aliados del gobierno marciano.

La Confederación no les creyó, naturalmente, y ahora cinco acorazados Anaki enfrentaban a cinco acorazados Confederados en la que sería conocida como la Batalla del Sistema Sol.

En medio del vacío del espacio colindando con el Cinturón de Asteroides y cerca de la órbita de Marte se iniciaron los disparos de ambas fuerzas. Los cañonazos disparados por los acorazados eran fulminantes y despedazaban grandes bloques de fuselaje de las naves enemigas.

—Liberen a los cazas —ordenó el almirante Gutiérrez desde el acorazado insignia que lideraba a los otros cuatro. La orden se trasladó hacia todas las demás naves de guerra y pronto una serie de pequeñas pero feroces naves unipersonales se dispersaron por el espacio vomitadas por las compuertas de los acorazados como abejas saliendo de un panal.

Los Anaki imitaron el gesto y ahora había cientos de naves individuales que disparaban potentes láseres entre sí iluminando con pequeñas explosiones el vacío cósmico. Los cazas atacaban también el fuselaje de los acorazados con un asedio incisivo.

—Disparen las bombas de plasma —ordenó Ka’tar y un tripulante Teluni situado al lado de Alara accionó sus consolas preparándose para lanzar las potentes armas. Alara lo imitó ingresando los códigos en las pantallas táctiles y del interior del acorazado brotaron dos gigantescos cañones. Estos, a su vez, dispararon unas esferas de energía plásmica que chocaron contra el acorazado Anaki más cercano haciéndole estallar muchos de sus niveles y calcinando a los tripulantes que estuvieran allí. Esto provocó una reacción en cadena que fue incrementada por reiterados nuevos ataques y por los cazas que disparaban sin clemencia al moribundo acorazado. Los estallidos se perpetuaron sumiendo a la nave en un fuego multicolor que la desmembró desde adentro. Los cazas cercanos huyeron de la inminente explosión aunque no todos lograrían escapar de la estela de destrucción y cuando el acorazado explotó muchas de estas naves individuales fueron arrasadas por las ondas expansivas. En cuestión de instantes el gigantesco coloso espacial quedó reducido a escombros, humo y chispas que se diseminaban por el espacio.

Shan conducía uno de los cazas. Disparaba con excelente puntería aunque ayudada por los sistemas computarizados de su nave, y sus láseres despedazaban cazas Anaki. Destruyó uno, otro y otro mientras sobrevolaba la órbita de Marte. Esquivaba los disparos que sus enemigos le lanzaban y la nave pasó entre Fobos y Deimos y remontó el vuelo al espacio continuando su ataque. Diezmó más cazas Anaki y persiguió algunas naves hasta el Cinturón de Asteroides. Mientras esquivaba hábilmente las enormes rocas espaciales disparaba contra los Anaki y, de vez en cuando, uno que otro meteorito recibía el embate en vez de la nave enemiga, desperdigando fragmentos pedregosos por todo lado. Súbitamente recibió un disparo láser en la popa de su nave y sus sistemas comenzaron a fallar. Las consolas se volvieron rojas advirtiendo los peligrosos fallos técnicos y Shan perdió el control de la nave que atravesaba el Cinturón de Asteroides dejando una estela de humo hasta que, incapaz de maniobrar, se estrelló en un asteroide enorme.

En un estallido explosivo desapareció para siempre la joven mujer, dejando tras de sí sólo un rastro de escombros mecánicos y rocosos flotando en el vacío sideral.

Los ataques de los acorazados seguían siendo, sin embargo, los más esplendorosos. Era una verdadera contienda de dimensiones titánicas. Los embates de uno de los acorazados Anaki a otro Confederado surtieron resultado y tras crujir horriblemente comenzó a partirse su casco por la mitad. La enorme nave entonces se dividió en dos pedazos que comenzaron a separarse lentamente por efecto de la inercia. Las naves Anaki percibieron esto y concentraron su fuego en el agónico transporte que pronto estalló en mil pedazos.

Las naves Confederadas contraatacaron y algunos minutos después otro acorazado Anaki comenzó a volverse inútil pues los ataques le devastaron sus sistemas defensivos. Los Confederados iniciaron el acoso que dio resultado y la hicieron añicos.

Ahora había sólo tres acorazados Anaki y cuatro Confederados, pero aún estos últimos no podían cantar victoria. Uno de los acorazados Confederados comenzó a flaquear por el asedio, las naves Anaki dispararon cañonazos de fotones y plasma que terminaron por dañarlo severamente y este empezó a invadir el Cinturón de Asteroides cortando su perenne tránsito y recibiendo una serie de golpes en su casco producto de los enormes cuerpos rocosos y, finalmente, el acorazado estalló en medio del cinturón dispersando varios asteroides a través de las bastas extensiones espaciales.

Los números estaban parejos una vez más y los cazas ya casi se habían neutralizado mutuamente por lo que quedaban sólo unos cuantos.

—Señor —informó Alara— uno de los acorazados Anaki muestra señales de haber perdido los sistemas de navegación y de defensa.

—Concentren fuego a las áreas más débiles de la estructura y destruyámoslo de una vez.

Así lo hicieron. El fuego cruzado terminó por convertir el acorazado en una bola de fuego multicolor que cegaba la vista.

Pero el acorazado en que se encontraba Alara también empezó a padecer un embate fulminante de sus enemigos. La consola frente a ella estalló haciéndola caer sobre el suelo con dolorosas quemaduras en la cara. Diversos paneles cayeron del techo junto con cables chisporroteando, un pedazo del suelo se hundió tragándose a dos tripulantes y el fuego se propagó por todo el Puente.

Alara estaba casi ciega y mal herida. Presa del dolor insoportable en su cuello y tosiendo por el humo, se levantó del suelo con ayuda del tripulante Teluni a su lado.

—Vamos, vamos —le dijo…

—¿Dónde está el capitán Ka’tar? —preguntó ella.

—¡Está muerto! —gritó el Teluni y Alara pudo entrever que, en efecto, su viejo amigo y mentor yacía sobre el suelo con el cuello roto debido al colapso de una viga metálica.

Cojeando y asistida por su compañero, Alara llegó a las cápsulas de escape al lado de otros sobrevivientes y pronto fueron expulsados al espacio instantes antes de que el acorazado explotara.

Uno de los acorazados Anaki comenzó a esparcir negras humaredas y era notorio que estaba próximo a estallar. Su capitán ordenó que embistieran suicidamente contra el acorazado Confederado más dañado y ambas naves chocaron en el espacio con un ruido ensordecedor y produciendo un choque cataclísmico. Las dos naves guerreras se fusionaron así en sus fierros retorcidos y estallaron en medio de flamígeras oleadas expansivas.

Ahora sólo quedaban dos acorazados de cada bando, ambos igual de dañados y destartalados. Era notorio que ninguno de las dos facciones había ganado realmente, así que el acorazado Anaki dio la vuelta y escapó del Sistema Sol en medio de ases luminosos que conectaban con el hiperespacio.

La mayoría de sobrevivientes de la batalla fueron llevados a hospitales militares de la Confederación en la Tierra, entre estos Alara, quien estaba muy grave.

Al enterarse de la condición de su hija. Shamur viajó desde Xith hasta la Tierra llegando en dos días al hospital. Allí estaba sobre una camilla Alara con el rostro vendado y aún inconsciente, siendo velada por un preocupado Richard.

—¡Esto es tu culpa! —le reclamó al entrar— ¡Espero que estés satisfecho!

—¡Ya me cansé de su actitud, maldito viejo testarudo! —dijo él levantándose de su asiento enfurecido y aferrándolo de las solapas de su hábito. —¡No estoy en condición de aguantar sus necedades! ¡Así que por una vez en su vida cállese la boca! ¿¡Entendió!?

—¡No me hable así, Sevilla! —dijo él desprendiéndose de Richard, luego lo señaló amenazadoramente con su dedo. —Muéstreme más respeto…

—¡Usted no sabe lo que es el respeto! Nunca ha respetado a su hija y a sus decisiones… ¡Mírela! Puede morir en cualquier momento y aún ahora usted prefiere manifestar su odio hacia mí que mostrarle a ella su amor…

Las palabras de Richard parecieron calar en Shamur y conmoverlo como si silenciosamente le diera la razón.

—Está bien —dijo— usted no me agrada, Sevilla, y creo que nunca lo hará. Pero es el hombre que mi hija ama y no tengo más remedio que aceptarlo. Dis… discúlpeme —y al pronunciar estas palabras estrujó el rostro como si le doliera mucho lo que hacía— si he sido irrespetuoso con usted.

—Discúlpeme usted también a mí —dijo Richard— y sí, tratemos de llevarnos mejor, por el bien de todos…

A la habitación entró una doctora humana cargando el historial médico de Alara.

—¿Es usted el esposo de la paciente? —preguntó.

—Sí, Doctora. ¿Cómo está ella?

—Está un poco delicada y tendremos que tenerla en valoración largo tiempo, pero la buena noticia es que no tendrá cicatrices a largo plazo. Nos preocupa más el daño a su sistema nervioso, ya que se lastimó algunas áreas neurológicas que son muy vulnerables en los organismos Xith.

—Entiendo…

—Pero le tengo otra noticia.

—¿Sí?

—Ella está embarazada.

—¿En serio? —preguntó Richard asombrado— estuvimos intentando un embarazo en una clínica genética pero no sabíamos si había resultado…

—Pues resultó. Debido a que no hay otros embarazos Humano-Xith registrados tendrá que retirarse del servicio militar durante el periodo de gestación ya que es un embarazo de alto riesgo.

—Ya veo —dijo Richard, luego se giró hacia Shamur— ¿Qué le parece? ¡Va a ser abuelo de nuevo!

Shamur iba a decir algo pero entonces Alara emitió algunos gemidos que llamaron la atención de todos. La médica se aproximó y tras ver sus pupilas y tomarle la temperatura le dijo:

—¿Me escucha, Sargento? ¿Cómo se siente?

—Me duele mucho la cara…

—¿Cuántos dedos ve? –preguntó mostrándole dos.

—Dos…

—Muy bien. Ahora que despertó creo que se repondrá. Tenemos algunas noticias que darle.

Alara estaba complacida por su embarazo, pero en cierta forma la experiencia de la guerra la había marcado. Era como si la violencia y la pérdida de sus buenos amigos como Shan y el capitán Ka’tar la hubieran turbado y hubiera perdido la inocencia que alguna vez la caracterizó. Sin embargo, esa era la vida que había escogido, y aunque no recuperó del todo el espíritu alegre que alguna vez tuvo, tampoco permitió que su vocación militar menguara ni que su experiencia en la guerra la amargara.

Planeta Xith, cinco años después.

—Y así, me encontraba en las selvas de Cygma combatiendo Xorgon. ¿Alguna vez has visto un Xorgon? —le decía el viejo Shamur a su nieto de cinco años, hijo de Richard y Alara. El niño era casi indiferenciable de un Xith ya que heredó los ojos felinos de la madre, y miraba a su abuelo boquiabierto y con mirada atónita escuchando sus relatos. Negó con la cabeza, como era lógico, y su abuelo continuó. —Los Xorgon son unos reptiles de tres metros de altura, con grandes hocicos repletos de afilados colmillos y garras como navajas. —Ante la descripción el infante tragó saliva— Mi escuadrón y yo sumábamos unos veinte soldados Confederados, y frente a nosotros en una planicie estaban alrededor de ochenta de estos monstruos fuertemente armados y mirándonos con odio rabioso. Pero, me encomendé a los dioses, respiré profundo, y junto con mis compañeros cargamos contra ellos sin temor…

El niño se cubrió la boca impresionado por la épica narración.

—¡Ay papá! —le dijo Alara quien para aquel momento estaba totalmente recuperada de sus heridas y no tenía salvo una pequeña cicatriz en la parte derecha del cuello. —Cada vez que cuentas esa historia le sumas más Xorgon. Un día dirás que eran un millón.

Shamur ignoró el comentario de su hija y se dispuso a proseguir el relato pero se interrumpió algo asustado al ver la piel humedecida de su nieto.

—¡Alara! —dijo— creo que algo malo le pasa a Michael. ¡Mira! ¡Está sangrando o algo así!

Alara se aproximó a inspeccionar a su hijo, pero al verlo se relajó.

—Es sudor, papá.

—¿Sudor?

—Los humanos transpiran con el calor. Recuerda que es mitad humano.

A la casa entraron Richard y su suegra, Kimara, con quien siempre se había llevado muy bien y conversaban animadamente.

—¿Supiste la noticia, Shamur? —le preguntó su esposa— Richard fue electo senador de la Confederación. —Shamur hizo una mueca como si aquello no le importara, pero la mujer insistió. —¿No tienes nada que decirle?

Shamur se aclaró la garganta, suspiró y finalmente dijo.

—Lo felicito, Sevilla

El viejo militar se sentó a la mesa con su nieto en el regazo.

—Gracias, Shamur —dijo Richard asentándose en uno de los asientos diagonales a su suegro— ¿Qué hay de cenar? Espero que esos deliciosos gusanos fritos. ¡He desarrollado un gusto por ellos!

—Son la comida favorita de papá también —dijo Alara mientras sacaba una cacerola con aromáticos platillos Xith de la cocina y la llevaban a la mesa.

Richard y Shamur se miraron mutuamente. ¡Al fin estaban de acuerdo en algo!