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Linnath Larg, la aristocrática esposa del general Osthar Larg, se encontraba en la plaza central de la colonia Anaki en Sarconia, en la ciudad de Piedras Blancas. Cientos de personas diferentes transitaban las calles del lugar. El área era restringida para los nativos así que la casi totalidad de integrantes eran de raza Anaki, salvo algunos pocos Sarc que servían como esclavos en labores domésticas muy básicas como recolectar basura o realizar el aseo.

Linnath se encontraba comiendo junto a una amiga suya, igual de aristócrata, en un muy caro y fino restaurante del lugar. Lo que comían, aunque costosísimo, era muy poco ya que ambas eran extremadamente delgadas y buscaban guardar la figura, y acompañaban la comida con un caro licor de Ambrosía.

—Estos monstruos son realmente desagradables y ese hedor que emiten… ¡es horrible! —comentó Linnath en referencia a los Sarc y su aspecto tan diferente del Anaki al asemejar una mezcla entre topo, cerdo y armadillo. Uno de los esclavos que limpiaba la calle estaba cerca pero a ella no pareció importarle que la escuchara.

—Bueno, al menos estás aquí porque tu esposo tiene un cargo importante como comandante militar del sector —le reconoció su amiga— en cambio el mío es un simple mercader.

—No subestimes a tu marido, querida Annith, lo cierto es que ser gerente de las minas de oricalcum es una gran labor. Sin duda se enriquecerá mucho.

—Pero no tiene peso político. Tu esposo, en cambio, si hace una buena labor y logra derrotar a los Confederados podría llegar a la Corte Imperial.

—Y si pierde la guerra podría terminar asignado a algún asteroide minero en algún punto perdido del Imperio…

—¿Te divorciarías de él si cae en desgracia?

—¡Por supuesto! No lo pensaría dos veces. Aunque la estúpida de Zammara, su primera esposa, probablemente se iría con él. Ellos se aman —dijo con tono de burla— ¿Cómo te llevas tú con las otras esposas de tu marido?

—Nos llevamos bien. Especialmente porque ninguna de nosotras tiene que competir por sus afectos… si me explico… creo que se interesó en el negocio de la minería por los mineros…

La conversación se interrumpió súbitamente tras el abrupto estallido de un edificio contiguo al café. Como Linnath y Annith estaban sentadas en la terraza ambas salieron despedidas por la estela de humo y fuego y terminaron en media calle.

Linnath se levantó aturdida y sorda, con la mirada borrosa y derramando sangre verde de la sien derecha. Se tocó la herida manchándose los dedos de sangre y percibiendo el olor similar a cobre que emitía la sangre Anaki. Su blanca toga de seda había sido manchada por su propia sangre y le dolía todo el cuerpo. Tenía una quemadura en el brazo derecho. Miró a su alrededor; la ciudad estaba en caos. El local que estalló estaba incendiándose y había decenas de muertos y heridos sobre el piso. Personas gritaban, alarmas de locales se habían activado y las fuerzas de seguridad intentaban mantener el orden. Luego recordó a Annith y miró hacia todas partes. Su amiga se encontraba con el cuello quebrado y el rostro en una mueca horrible sobre la acera.

Korok Yorgos entró intempestivamente al lujoso aposento del Gobernador. No tocó la puerta, simplemente ingresó y las puertas plegadizas se abrieron automáticamente al sentir su presencia pues el Gobernador no había cerrado. Al entrar encontró a su jefe en la cama al lado de una hermosa mujer Anaki, ambos completamente desnudos.

—Disculpe, Gobernador —dijo— pero hubo otro atentado terrorista.

—¡Maldita sea! —rabió el político levantándose de inmediato y mostrándole su cuerpo obeso desnudo. Se vistió rápidamente mientras la mujer a su lado, de cuerpo esbelto y voluptuoso, observaba con una sonrisa sarcástica a Korok. Era rubia y tenía el cabello casi blanco por lo claro que era. Korok y el Gobernador la dejaron sola en la habitación mientras se dirigieron a atender la emergencia. —Quiero que mates a mil Sarc. Escógelos al azar. Que ese sea el castigo por este atentado —le ordenó el Gobernador y Korok sonrió complacido con la orden.

En efecto, al día siguiente se dieron las represalias. En una morbosa fila fueron colocados mil Sarc de todos los sexos y edades y eran acribillados por soldados con rifles láser que, tras ultimarlos, los lanzaban a una fosa común.

—No hay honor en esto… —se lamentó Osthar observando aquello desde la ventana de su despacho.

—¿Cómo está Linnath? —le preguntó Zammara quien estaba al frente de él.

—Ayer mismo la dieron de alta. Sólo sufrió heridas leves. Claro que ella misma actúa como si estuviera inválida o mal herida y probablemente no se levante de la cama en semanas. En fin, para eso tiene esclavos que la atiendan.

—¿Qué vamos a hacer ahora, amado mío? Este conflicto no va a terminar a menos que extingamos a todos los Sarc.

—No dudo que eso es lo que algunos quisieran…

Korok se deleitaba torturando a una de las nuevas prisioneras capturadas tras el rendimiento de una nave Confederada. La mujer era humana, de origen oriental y cabello lacio y corto apenas por debajo de las orejas. Se encontraba encadenada al mismo andamiaje al que alguna vez estuvo encadenado Ta’u y las heridas y cortaduras que le había provocado Korok habían hecho que derramara su sangre roja.

—¡Ah me encanta el olor de la sangre humana! —dijo Korok casi susurrándole al oído a su víctima mientras aspiraba y luego limpiaba algo de la sangre que caía de la herida en la comisura de su boca. —Ese olor a hierro. La sangre humana es roja porque contiene hierro, la nuestra es verde porque contiene cobre ¿sabías eso… Chen? —dijo leyendo el apellido de la mujer que estaba escrito en su uniforme.

—Yo… no le…voy a… decir nada…

Korok se rió.

—¡Pero si no te he preguntado nada! No me interesa lo que quieras decir. Sólo deseo torturarte. Causarte dolor. Hacer que te arrepientas de haberles salvado la vida a esos estúpidos refugiados. Convertir tu noble sacrificio en algo negativo, que sientas ira, odio hacia mí… y hacia ellos ya que por salvarlos estás aquí.

—¡No seas cobarde, Korok! —bramó Ta’u desde su celda, donde podía escuchar la conversación— ¡sé hombre! Pensé que los Anaki tenían honor…

Korok miró de reojo hacia la mazmorra de Ta’u.

—El honor es un invento moralista que crearon algunos abuelos Anaki para retener a hombres como yo —y al decir esto le quemó con el bisturí láser en las costillas a la mujer quien gimió de dolor.

—Creo que eso es lo peor de la tortura —le dijo Arsala a Ta’u por la grieta— que te hace dudar de tus valores y tus principios. Te cambia por dentro.

—Es un maldito… —murmuró Ta’u— he sido prisionero antes de los Anaki y nunca nos habían tratado así. Actuaban con decencia…

—Están desesperados. Les dimos una lucha dura y no están acostumbrados.

—No lo hubieran hecho de no ser por nosotros. O al menos no habrían durado tanto.

—¿Está pensando que su gobierno ha hecho las cosas mal por ayudarnos?

—No es eso… pero la Confederación no siempre interviene cuando los Anaki o algún otro poder de la Galaxia hace algo malo. Sólo intervenimos cuando hay intereses de por medio…

—Como el oricalcum…

—Exacto. Y eso me hace dudar. ¿No estaremos jugando con las vidas de su pueblo, del mío, y de los propios Anaki?

—Para ser militar es usted un hombre crítico.

—Soy Viraki, somos rebeldes por naturaleza.

—Traigan a Ta’u —ordenó Korok una vez que la mujer humana colapsó inconsciente. Dos guardias abrieron la celda y llevaron a Ta’u a la cámara de torturas.

—Comenzaba a ponerme celoso —le bromeó. Korok sonrió y preparó su equipo de torturas.

—Detectamos una flota masiva de naves Confederadas y Drosh dirigiéndose hacia acá —le informaba por videófono Osthar al Gobernador de Sarconia— He convocado a todas las naves militares del Imperio en las cercanías y habíamos movilizado la mayor parte de fuerzas disponibles a la región así que creo que tendremos suficiente poder bélico como para detenerlos.

—Entonces la Confederación ya decidió iniciar la guerra abierta…

—Así parece. Larg fuera —anunció y cortó la comunicación de súbito.

—¿Sabes la historia de los Drosh, muchacha? —le preguntó girándose hacia la mujer con la que dormía desde hacía varias semanas. El político vestía sólo una bata en ese momento pues acababa de tener sexo y sostenía una copa de alcohol en la mano. La mujer lo observaba curiosa desde el otro lado de la habitación también cubierta por una bata.

—No mi señor.

—¡Por supuesto! Eres sólo una tonta esclava. ¿Qué puedes saber de historia galáctica? Los Drosh fueron diseñados genéticamente por nosotros los Anaki hace unos 800 años. Se les diseñó con la idea de que fueran los mejores espías, sicarios, mercenarios y agentes de inteligencia. Debían ser expertos en infiltración y espionaje y soldados brutales destinados a las misiones más difíciles y suicidas. Y sus mujeres debían ser las más seductivas para que pudieran realizar bien su labor de inteligencia y asesinatos políticos convirtiéndose en amantes de hombres poderosos para extraer información valiosa, chantajearlos o matarlos. Se convirtieron en la élite del Ejército, pero seguían siendo esclavos. Y hace 500 años se rebelaron contra nosotros, los muy infelices. Tras el levantamiento se independizaron, tomaron como suyos varios planetas y crearon su propio estado, el Régimen Drosh, una pesadilla socialista, y hasta la fecha siguen siendo los grandes conspiradores de la Galaxia. Nadie confía en ellos. ¡Pero bueno! ¡Suficiente hablar de política! ¡Ven aquí! ¡Hazme una felación!

—No… esta vez no… —dijo ella sonriente y extrajo de entre sus pertenencias una pistola láser. El Gobernador la miró boquiabierto y falleció de inmediato con un disparo láser en el pecho.

Mientras, en el espacio, Osthar combatía las fuerzas del Ejército Confederado que asechaban Sarconia. Algunas naves eran tripuladas íntegramente por Sarc que habían escapado y que pertenecían a la Resistencia y estas eran las que luchaban más ferozmente, incluso lanzándose en ataques kamikazes en caso de estar demasiado dañadas para seguir luchando.

—General —le dijo una joven Anaki oficial de comunicaciones— recibimos una llamada de auxilio de una colonia Anaki en Aldebarán. Están siendo atacados por los Shakaren.

—¡Maldición! Envié un escuadrón a socorrerlos.

—Sí, señor.

—Los Retículi abdujeron un grupo de colonos en Vega hace dos días —le comentó Zammara quien estaba a su lado ejerciendo como navegante— y es muy poco común que los Retículi hagan eso, por lo general no se aventuran dentro de territorio imperial.

—Es verdad… —reconoció Osthar acariciándose el mentón— esta maldita guerra nos está acabando. ¡Comuníquenme con Su Majestad el Emperador! ¡De inmediato!

—Sí señor —respondió la oficial de comunicaciones. Minutos después Osthar hablaba ante la imagen del Emperador en su oficina privada.

—Su Excelencia… debemos terminar esta guerra ya. Debemos dejar Sarconia.

—¡Jamás! ¡Eso sería una humillación! ¡Un signo de debilidad!

—Alteza… hemos retirado casi todas nuestras fuerzas de las fronteras del Imperio para concentrarlas acá y eso nos ha hecho vulnerables. Esta maldita roca no lo merece. El Imperio puede caer sólo por aferrarnos a este lugar. Ni todo el oricalcum de la Galaxia lo amerita.

El Emperador se silenció algún tiempo, como molesto.

—Está bien… maldición… ¡está bien! Haga lo que tenga que hacer… pero esta derrota no la olvidaré Larg.

—Larg convenció al Emperador de retirarse —le informó Korok a su asistente entrando a los calabozos— y se declaró una tregua temporal. Mata a todos los prisioneros. ¡A todos! Excepto a la humana… de esa me encargo yo…

—Sí, señor.

Korok desapareció de la vista junto a Chen, mientras Ta’u se encontraba aún atado al andamiaje. La mujer Anaki tomó una pistola láser y le apuntó a la cabeza. Ta’u cerró los ojos y luego escuchó un disparo.

Sintió un líquido tibio manchándole la cara. Abrió los ojos y a sus pies estaba la mujer Anaki muerta y tras ella la esclava del Gobernador con una pistola humeante en sus manos.

—Usted debe ser una Drosh —dijo él.

—Mi nombre es Astar Zelara —asintió— agente del Régimen Drosh. Venga —dijo liberándolo— tenemos mucho que hacer.

Ta’u y Zelara empezaron por abrir todas las celdas.

—Es libre ya, Arsala —le dijo Ta’u sacándola de su prisión. La anciana se cubrió los ojos de la luz solar y le sonrió a su amigo.

—Gracias, comandante Ta’u —dijo reverenciando como hacen los Sarc en forma de respeto.

Pero aún quedaba algo más que hacer. Ta’u destrozo la puerta del despacho de su torturador, Korok, de una potente patada. En el interior el Anaki estaba intentando abusar de Chen.

Un Korok distraído por su lujuria se giró de improvisto y recibió un golpe en la cara. Luego Ta’u le apuntó con la pistola y el pulso tembloroso. Por su mente pasaron todas las torturas que le provocó aquél sujeto y empezó a sudar frío mientras se deleitaba pensando en matarlo…

—No lo mates, Ta’u —terció Zelara a sus espaldas— capturémoslo vivo para que sea juzgado por sus crímenes.

Ta’u respiró profundo y se calmó. Le dio un nuevo puñetazo a Korok en el abdomen y se lo entregó a Zelara quien se lo llevó lejos.

—¿Se encuentra bien Chen?

—Sí, señor.

—Vámonos de aquí.

Al salir se encontraron con la ciudad de Piedras Blancas sumida en un genuino marasmo. Soldados Anaki y guerrilleros Sarc se disparaban mutuamente en las calles.

—Pensé que había un cese al fuego —preguntó Ta’u junto a los otros parapetado tras un aeromóvil.

—Entre la Confederación y el Imperio Anaki —aclaró Zelara— esta es la Resistencia.

Ta’u tomó un rifle de uno de los muchos cuerpos de soldados fallecidos que repletaban la calle.

—Esta gente está mal herida, sácalos de acá, yo los cubro.

Y dicho eso empezó a disparar hacia los soldados Anaki mientras Zelara llevaba a Arsala y a varios prisioneros tanto Sarc como Confederados a un aerotransporte abandonado que estaba cerca. Los disparos láser que llenaban el ambiente en un caos anárquico le pasaban rozando.

Uno de estos hirió a Zelara en la pierna, y Korok aprovechó para escapar. Ta’u se dio cuenta y le disparó, pero el rayo láser sólo le hirió el hombro. Korok rabió, se sostuvo la herida que le dejó una grave quemadura humeante y corrió más a prisa.

Debido a la distracción un disparo láser le dio a Ta’u en el costado izquierdo del abdomen. Chen corrió hacia donde él mientras Zelara encendía los motores del vehículo ignorando la herida en su hombro. La humana ayudó al Viraki a correr cojeando hasta la puerta de acceso y finalmente el vehículo despegó hacia el espacio…

Dos días habían pasado desde el cese al fuego entre el Imperio Anaki y la Confederación. Los Anaki empezaron a evacuar a toda su población del planeta Sarconia en enormes cruceros espaciales mientras los propios Sarc celebraban y bailaban por las calles.

—Parece que tu mundo será libre después de todo, Arsala —le dijo Ta’u a su amiga. Ambos tenían vendadas partes del cuerpo severamente lastimadas durante su cautiverio y, en el caso de Ta’u, la cintura, debido al disparo que recibió.

—Mientras mi mundo posea oricalcum y exista la ambición en el Universo, nunca podremos ser libres, mi estimado amigo. Pero por ahora podemos celebrar.