IX

Planeta Sarconia, Imperio Anaki. 2159.

El Cuartel General de la Guardia Imperial Anaki en Sarconia estaba equipado con todo lo necesario para fungir como sede de las fuerzas militares del Imperio en un planeta en guerra. Uno de los espacios más necesarios, al menos desde la lógica Anaki, eran los calabozos y las cámaras de tortura en donde se interrogaba a los prisioneros.

La atmósfera estaba repleta de los gritos de prisioneros siendo atormentados. En medio del morboso espectáculo, una siniestra figura se removía complacida, como alimentándose dichosamente del dolor que provocaba. Era un Anaki alto, delgado, huesudo, narigón y con la cabeza totalmente calva. Caminó en medio de las máquinas de tortura, sonriente, hasta llegar al fondo, donde de un andamiaje metálico colgaba encadenado por las muñecas un hombre de especie Viraki, fornido y musculoso, con barba de candado. Su cabello rizado negro estaba despeinado y caía caóticamente sobre su cabeza y hombros, y las heridas que le habían provocado hicieron que sangre negra y aceitosa manchara su piel roja.

—Nombre; Ta’u, grado: comandante del Ejército Confederado —le explicó una subordinada; una mujer Anaki atractiva con el cabello castaño atado en una coleta que leía la información de una carpeta— fue atrapado en una nave comercial entregando armas, explosivos, víveres y medicamentos a miembros de la Resistencia Sarc. Sobornó a varios comerciantes Anaki para que lo dejaran usar su nave. Los responsables ya fueron ejecutados por traición.

—Comandante Ta’u —dijo el hombre— ¿sabe quien soy?

Ta’u levantó la mirada. Ya había sido golpeado y torturado, por lo que su ojo derecho estaba casi cerrado, pero pudo reconocer los rasgos de su interlocutor.

—El Carnicero de Regulus —escupió— Korok Yorgos. Buscado por la Confederación y por varios otros estados de la Galaxia por crímenes de guerra. Masacró a 200 colonos Confederados desarmados y 30 militares que se habían rendido en una de las colonias agrícolas fronterizas de la Confederación durante la Tercera Guerra de Abraxas.

—¿Tiene algo que declarar antes de que empiece mi trabajo?

—Recordarle que la tortura de prisioneros de guerra está prohibida por la Convención de Cygma de la cual el Imperio Anaki es signatario.

—El Imperio Anaki y la Confederación no están en guerra, Comandante, así que usted no es un prisionero de guerra, sino un simple criminal que estaba dándole armas y explosivos a terroristas que los utilizarían para matar civiles Anaki inocentes. Como tal, puedo hacer lo que quiera con usted.

La mujer trajo una bandeja con diversos artefactos electrónicos y tecnológicos, así como unas jeringas. Korok tomó una de ellas, que contenía un líquido verde fosforescente y la preparó.

—Llegará un punto en que usted me dirá todo lo que yo quiero saber y me daré cuenta que es verdad lo que me dice. Es el punto que sigue después de que suplique que lo mate —y dicho esto le inyectó el líquido en las venas. Ta’u sintió un dolor insoportable como si ácido sulfúrico estuviera recorriendo su cuerpo, como si se quemara por debajo de la piel y emitió alaridos febriles.

Los artefactos que tenía Korok eran muchos y muy variados. Un dispositivo producía choques eléctricos de intensidad modulable y otro era como un bisturí láser que cortaba la piel finamente. Tras varias horas de tortura que a Ta’u le parecieron días, ordenó que introdujeran a su víctima a una celda.

Los guardias tomaron al Viraki y lo lanzaron en una mazmorra hecha de piedra y que solo tenía unos cuantos trapos harapientos como remedo de cama y un agujero para excretar, luego cerraron la pesada puerta de hierro y lo dejaron ahí, tirado sobre el frío piso de piedra, exánime, en la oscuridad.

—Los Confederados han incrementado la presencia en este sector —le explicaba la capitana Zammara Larg de la Guardia Imperial Anaki a su esposo y superior el general Osthar Larg y al gobernador de Sarconia (un Anaki obeso y con peinado relamido) en la sala de reuniones del Cabildo— nuestras fuerzas de patrullaje reportan un aumento de cerca del 35% en naves militares Confederadas merodeando la zona. Nuestras naves tienen órdenes de disparar a matar en cuanto se divise un transporte Confederado, pero ellos hacen lo mismo. Las escaramuzas son de todos los días y hemos perdido cerca de 15% de nuestra flota de guerra en enfrentamientos con los Confederados.

—Los Confederados perdieron la Guerra de Marte hace 7 años —intervino Osthar— y tuvieron que abandonar toda presencia militar en esa colonia humana. Quedó totalmente en nuestras manos. No tiene valor energético pero si estratégico; nos permitió colocar en un sistema confederado una buena cantidad de bases militares y una guarnición gracias a nuestra alianza con el dictador local. Es obvio que ante la pérdida de Marte estén ahora apostándole todo a Sarconia.

—Recientemente el Primer Ministro de la Confederación —adujo Zammara— acusó públicamente al Imperio Anaki de estar perpetrando un genocidio contra los Sarc, lo cual fue rápidamente rechazado por el Imperio que retiró su embajador de la Confederación. Los Confederados hicieron lo mismo y de momento las relaciones diplomáticas están congeladas.

—Palabras populistas de un líder débil como el Primer Ministro Confederado —respondió el Gobernador— para sembrar la ira y el odio de su pueblo hacia nosotros…

—Sin duda —dijo Osthar— el problema no es el hecho sino la razón que subyace tras él. La única razón por la cual el Primer Ministro de la Confederación empezaría una campaña de desprestigio sería para justificar ante sus votantes una eventual guerra abierta contra nosotros. Guerra que se libraría acá.

—Los Drosh ya están ayudando a los Confederados ¿no es así?

—Correcto, Gobernador —confirmó Osthar— los Drosh son aliados de los Confederados, al menos de momento. Todos sabemos que cambian muy fácilmente de alianzas.

—¡Malditos Drosh malagradecidos!

—El problema, Gobernador —adujo Osthar— es que sus medidas hacia la población Sarc no sólo engrosan las filas de la Resistencia sino que son precisamente la clase de acciones que los Confederados utilizan para argumentar que se está cometiendo un genocidio…

—¿Mis acciones?

—Sí, Gobernador. Ordenar jornadas de trabajo esclavo para los Sarc en las minas de oricalcum, algunos de ellos niños y ancianos, muchos de los cuales mueren de agotamiento, destruir sus lugares sagrados, prohibir so pena de muerte practicar su religión y el hablar su lengua natal y las ejecuciones extrajudiciales… ¿Cuántos fueron la última vez?

—500.000 Sarc ejecutados —contestó Zammara— entre ellos algunos niños.

—Eran terroristas… ¡combatientes! —respondió el Gobernador con desprecio.

—Sospechosos de serlo… —corrigió Osthar— y sus familias. Y su jefe de seguridad… ese…

—¿Korok Yorgos?

—Sí, el Carnicero de Regulus. Es un monstruo…

—Su trabajo, Osthar, no es abogar por los derechos de estos animales nativos, sino proteger a los colonos Anaki de las agresiones de nuestros enemigos Confederados y del terrorismo Sarc. Mi trabajo es administrar esta colonia y extraerle todo su valioso oricalcum para bien del Imperio y una de mis prerrogativas es nombrar a quien yo quiera como mi jefe de seguridad, y decidí nombrar a Yorgos de cuya labor estoy complacido. Yo no me meto en su trabajo, y le sugiero que no se meta en el mío. Ahora, con el permiso de ambos, pero tengo cosas que hacer.

Osthar suspiró.

—Hola… hola ¿me escuchas? —decía una voz de anciana a través de la pared. El sonido se filtraba por una grieta tan grande que el ojo de quien le hablaba se veía claramente. Ta’u despertó de su letargo.

—Sí, la escucho.

—Mucho gusto. Mi nombre es Arsala. Soy Sarc ¿y usted?

—Ta’u —respondió él levantándose y sentándose con la espalda contra la pared— comandante del Ejército Confederado, señora.

—Llámeme Arsala, después de todo somos compañeros de presidio. Debo agradecerle en nombre de mi pueblo por su ayuda. Usted es muy noble. No estaría aquí de no haber tratado de ayudarnos.

—Es mi deber, Arsala. No es correcto lo que los Anaki les hacen. ¿Qué era usted antes de la invasión?

—Filósofa, escritora, poetisa. Miembro del Concejo de Ancianos que asesora a la Reina de Sarconia en su gobierno.

—¿Poetisa? Me gustaría escuchar alguno de sus poemas.

Y entonces Arsala recitó:

Limpia tus aciagas lágrimas,

No llores más, mi niña,

Que los monstruos que hoy te lastiman

También lloran cuando se hieren

Cuando los embargan las penas

En el espacio circundante cercano al Sistema Sarc dos naves militares Confederadas se enfrentaban violentamente contra tres naves Anaki mientras una nave civil atestada de refugiados Sarc escapando del Genocidio intentaba huir desesperadamente.

—Señora, un mensaje de una de las naves Confederadas —le dijo un subalterno a la capitana Larg— dicen que la nave civil transporta refugiados inofensivos, incluyendo mujeres y niños, que viajan hacia uno de los campos de refugiados en territorio Confederado. Pide que cesemos el fuego.

—Nuestros informes de Inteligencia dicen que en la nave viajan varios miembros de la Resistencia Sarc —le recordó el teniente a Zammara— incluyendo al cabecilla Suram, quien es considerado autor intelectual de varios atentados terroristas y que posee información interna de nuestras fuerzas que, de caer en manos enemigas, podrían costarnos muchas vidas.

Zammara se mantuvo pensativa.

—Continúen el asedio —declaró por fin— no dejen que esa nave salte al hiperespacio. Destrúyanla si es necesario.

—Sí señora —respondió el teniente y continuaron el ataque. Las naves militares Confederadas estaban más que capacitadas para enfrentar con fiereza a las Anaki. Poseían tecnología armamentista de última generación, escudos resistentes y sistemas de defensa similares en capacidad. Además eran tan veloces como las Anaki y hubieran podido escapar con facilidad, pero ahí se encontraban defendiendo la nave civil; un viejo carguero comercial lento y prácticamente indefenso.

Debido a la simetría de fuerzas los Confederados habían causado grandes daños a las naves Anaki. En el Puente mismo donde se sentaba Zammara ya algunos monitores habían estallado y se había provocado incendios en ciertas áreas. Se reportaban heridos y muertos en toda la nave y daños graves en la estructura.

Una nave Confederada estalló. Su compañera mantuvo el hostigamiento y continuó cubriendo la nave de refugiados conforme ésta intentaba abrir una entrada al hiperespacio. Sus fuerzas atacaron con tal ferocidad que una de las naves Anaki estalló también. Finalmente el carguero logró abrir un agujero de gusano y desapareció en el espacio. La nave Confederada intentó entonces la retirada.

—¡No la dejen escapar! —ordenó Zammara con el rostro tiznado por la humarasca que se había producido en el Puente.

Las dos naves sobrevivientes Anaki bombardearon la nave Confederada al punto que la entrada al hiperespacio que había producido se cerró por falta de energía y la nave quedó inutilizada, incapaz de moverse o defenderse.

—Señora —dijo el oficial de comunicaciones— los Confederados se rinden.

—Pobres… tomando en cuenta al Carnicero, creo que es mejor para ellos la muerte que ser prisioneros —comentó como para sí misma Zammara y luego se dirigió a sus hombres— aborden la nave y pongan a todo Confederado bajo custodia.