USA: PRIMERA PARTE

BROWNSVILLE (USA)

Después que dejamos el salón de billar (Pool), nos dirigimos a la casa que nos habían preparado, donde permaneceríamos escondidos hasta que el coyote consiguiera el transporte que necesitaba para llevarnos hasta poco antes de uno de los controles. Estábamos avisados sobre lo que debíamos hacer una vez llegado a ese punto; todo estaba calculado. Nuestra realidad era otra, vivíamos el presente, el segundo, nada más; solo esperábamos movernos, no importaba cómo.

Existe un dicho que marca esto de que “La espera…desespera”. Estuvimos cerca de dos horas tratando de calmar nuestra ansiedad. ¿Qué sabíamos sobre el futuro, no teníamos ni la más remota idea de lo que podía pasarnos? ¿Estaba este coyote, comprometido de la misma forma que Fernando en la Isla San Andrés con la migración? ¿Iría a ver a la policía, para entregarnos o que puedan pedir dinero y nos dejen pasar? Eran demasiadas conjeturas, pero este muchacho resultó ser derecho (buena persona), esperaba que no estuviera contaminado todavía, con todo lo que habíamos escuchado en las historias que contaron los migrantes en la casa Juan Diego, en Matamoros; con estos pensamientos, seguíamos en espera del coyote, hasta que escuchamos el ruido de motores fuera de la casa; la vivienda era de una planta, el cuarto donde nos habían ubicado era de color rojo, no muy vieja, pero se notaba descuidada, abandonada.

Entró el muchacho y nos dijo que subiéramos a los autos, entregándonos también dos garrafones de agua, uno para cada grupo; como siempre, Max y yo nos metimos en el mismo carro, donde se nos sumó el coyote anterior (el que falló en el primer intento) en la parte de atrás, adelante iban el nuevo coyote en el volante y otro de los pollos. Su amigo, en el otro carro, se hizo cargo de los restantes. Salimos del vecindario, con rumbo Norte, tomamos la ruta 77, que estaba paralela al Río Grande; viajábamos casi acostados en el vehículo, nos habían dicho que teníamos que pasar por un costado de Harlingen, que fue la ciudad donde estaba la cárcel en que nos encerraron la primera vez; por lo tanto, empezamos a preocuparnos, así estaríamos hasta no pasar ese escollo.

Poco tiempo después, el coyote detuvo el auto a un lado de la carretera para decirnos que el control de migración estaba muy cerca ya; que debíamos bajarnos para cruzar transversalmente, hacia el otro lado; es decir, cruzar las dos vías, y en éste país hablar de carreteras es hablar palabras mayores, cuatro carriles de lado y lado son cosa seria. Mis temores volvieron a hacerse presente, debido a que muchas veces había visto en las noticias sobre el tremendo riesgo que se corre al cruzar estos “highways” y aquí estaba yo, pensando cómo haría para sortear los carros que se nos vendrían encima.

Bajamos del auto, no teníamos mucho en que pensar, solo correr tratando de no dejarse aplastar o de convertirse en triste estadística. Una vez sorteado el obstáculo, la cosa no parece muy grave, pero estar en el preciso momento de cuando ocurren los hechos, corriendo, sin mirar a ningún lado, solo agachar la cabeza y esperar a ganarle a los coches es mucho cuento. A la voz de “ahora” nos movimos como si hubiéramos tenido resortes en la espalda.

Fue nuestro propio coyote, después de habernos asegurado que nos esperaría del otro lado (y cuando hubiéremos caminado las nueve horas que nos tocó caminar), quien dio el inicio de la carrera. Cualquier atleta profesional podía ser considerado tortuga a nuestro lado; devoramos los primeros cuatro carriles, los autos que algunas veces parecía que nos iban a dejar planchados en el asfalto, pasaban silbándonos en las nalgas y espaldas, hasta que logramos llegar a la mitad del objetivo.

La misma situación se dio en los otros cuatro carriles; no podíamos pasar todos de golpe, teníamos que hacerlo uno por uno, tal como lo hicimos en la primera etapa. Ya seguros en el otro lado, corrimos hacia unos matorrales. Había escasa vegetación, pero podíamos escondernos si nos agachábamos. Nuestra estrategia era esperar la noche, para empezar a caminar, porque los helicópteros de “la migra” revoloteaban encima de nosotros. Allí estábamos una vez más, viendo caer la tarde, otra puesta de sol que “disfrutábamos”; ya no me acordaba de cuantas veces lo había visto morir, junto con mis desesperanzas, porque siempre era alentador para mí, cerrar un día sin problemas de ninguna otra clase que las que usualmente nos correspondían como parte del “paquete de viaje”. Había que aceptarlo así, con alto espíritu deportivo.

Acostados de bruces, protegidos por la sombra que nos arrojaban los arbustos, bebíamos agua para no deshidratarnos con el calor que la tierra liberaba lo que llamamos “bochorno”. El sol también, en la caída, iba legándonos la rabia de su venganza hasta intentar llevarnos a la desesperación y en algunos casos, al borde de la muerte. Esperando, siempre esperando (una de las ventajas de quienes viajan como nosotros, en términos solo de supervivencia es que no tiene que preocuparse del factor tiempo; así que la paciencia fue característica adquirida con la experiencia en el camino).

Miraba los rostros de mis amigos y de los compañeros que estaban cerca; me daba cuenta de que tenían mí mismo semblante: mezcla de esperanza, miedo, alegría; era lo mismo que mirarse en un espejo, podíamos leer nuestros pensamientos porque eran exactamente los mismos, solo que cada uno de nosotros tenía sus propios detalles de la historia por contar. Mientras tanto, ya iba obscureciendo más, un helicóptero pasó muy cerca de donde estábamos, pero no fuimos detectados; cuando esto sucedió, nadie se atrevió a moverse, ni siquiera respiramos, no sé por qué, pero nadie miraba hacia arriba, nuestras cabezas gachas estaban en dirección al suelo; al alejarse el aparato, sentimos una especie de alivio, no era completo, pero se aflojó la tensión; ahora era solo cuestión de minutos…y afortunadamente, la noche llegó.

El primer coyote (aquel que fracasó en el primer intento) empezó a moverse quietamente y nosotros a seguirlo; ya no actuaba como nuestro coyote, pero igual lo seguíamos porque era el que, supuestamente, sabía lo que estaba haciendo (de acuerdo con el proverbio ancestral de que “en la tierra de los ciegos, el tuerto es el rey”); además, el joven coyote nos había dado instrucciones muy precisas y solamente teníamos que seguirlas al pie de la letra. Caminábamos despacio primero, pero forzábamos la marcha de vez en cuando; nos guiábamos por las luces de las casetas de las antenas de radiotransmisión o de televisión, aunque también podrían haber sido faros de guía de los aviones de ruta comercial, mientras no saliéramos de esa línea imaginaria que está trazada entre una y otra luz, estábamos bien, teníamos que mantenernos paralelos a ellas pero evitar acercarnos mucho, porque hubiese sido trágica lotería toparse frente a frente con los guardias en un puesto de control de la migración.

Pasaban los minutos, si bien era cierto que no los contábamos porque solo nos limitábamos a avanzar; hubo un momento en que nos dimos cuenta que, paralelo a nosotros corría otra fila de indocumentados, tenían más prisa que la nuestra, iban corriendo a la manera india, dando saltitos sin detenerse; de pronto, vimos que una sombra se desprendía de su hilera, cayendo al suelo; ya que iban un poco más adelantados que nuestra columna, pensé que no se habían dado cuenta de lo que había pasado, después supe que (sin que esté escrito) es una más de las leyes de la jungla migratoria, si te cansas y ya no puedes seguir en la caravana humana, te dejan abandonado.

Cuando alcanzamos a la sombra, pudimos ver, con Max, se notaba que era una persona de mucha edad; la columna que integraba no se detuvo, siguieron con su paso veloz dejándolo atrás, sin siquiera voltear a verlo; nos acercamos, era un anciano sin duda alguna. Intentamos levantarlo en primera instancia, la gente de nuestra columna se detuvo un momento, aprovechando para tomarse un descanso, se nos resbaló en ese intento, lo intentamos por segunda vez y lo levantamos, él estaba muy cansado, casi no se quería mover, como aceptando su destino (pienso que así debe ser la muerte por asfixia, por ahogamiento en el agua), como que llega un momento en que sin sentir fuerzas, la persona se abandona a su suerte, y se entrega al abrazo de la muerte.

Insistimos en ayudarlo, lo cargamos: Max lo sujetaba de un lado; yo, por el otro; mi amigo era muy fuerte, lo alzó en vilo y lo paró para que nos abrazara. El hombre intentó asirse a nosotros, él sabía que éramos su última oportunidad y lo intentó, sus ojos nos miraban desesperadamente, suplicando que no lo dejáramos; sus piernas no lo podían sostener con firmeza, se doblaba a cada instante.

Avanzamos con el cuanto pudimos, le pedimos que pensara en su familia, en sí mismo para que retomara fuerzas, pero todo en vano; nuestra caravana también iba desapareciendo, se alejaban de nuestra vista; ellos tampoco iban a esperar, tuvimos que tomar la misma triste decisión que aquellos a quienes habíamos insultado en primera instancia cuando lo abandonaron. Ahora entendíamos lo que había sucedido, pero pudo costar una vida esta parte del aprendizaje; acercamos al anciano lo más que pudimos a una de las torres que vimos; lo dejamos recostado en el tronco de un arbolito, le dejamos una botella de agua y contábamos con que lo hallara la policía migratoria en cualquier momento. ¿Lo habrán encontrado? No lo sé.

Esta fue mi tercera nota de vergüenza en este documento: las anteriores palidecieron ante esta última: ¿Habremos sido culpables de una muerte? Hasta hoy, las pesadillas sobre esto me asaltan cuando pueden, trato de echar tierra al asunto, pero no consigo atenuar el terrible sentimiento de culpabilidad que me llega en proporciones gigantescas; he pensado que quizás escribiéndolo como confesión a Dios, pueda liberarme de esta pesada carga.

Max y yo en silencio, caminamos a paso firme para reintegrarnos a la columna. No nos atrevíamos a mirarnos a la cara, pero tampoco me sentía culpable en ése preciso momento, porque habíamos hecho lo humanamente posible, lo que estuvo a nuestro alcance; desafortunadamente, también teníamos que pensar en nosotros; fue allí, en ese lapso cuando comprendí en toda su cruel realidad el conocimiento de las leyes no escritas de la supervivencia migratoria, la ley de la selva, donde únicamente los más fuertes sobreviven. Los arbustos habían tomado la forma de árboles y nos adentrábamos en una vegetación más espesa.

Apretando el paso, ya reintegrados en la fila, seguimos caminando; corriendo cuando podíamos hacerlo; no sabíamos si en realidad el muchacho (coyote) nos esperaba; no había cobrado todo el dinero todavía; por lo tanto, había un buen margen de certeza. Hubo un instante en que quisimos certificar por donde estábamos y nos dirigimos directamente a una de las luces (faros, para variar, era un puesto de control policial); nos encontramos con varias edificaciones, todas de nivel bajo (una planta); regresamos al sendero por donde debíamos seguir, sin tener la menor idea de donde estábamos; claro que como no habíamos terminado de caminar las nueve horas (hasta ese momento, calculo que llevábamos seis o siete) no se nos hacía muy desesperado el salir a descubierto.

Suponíamos que nuestra forzada caminata terminaría en dos o tres horas más; habíamos vuelto a ser diez en la fila…estábamos completos, esta vez no nos habían sentido; iba amaneciendo, hacía frío (era casi mediados de diciembre).

Pasamos por una granja, pero aquí no sucedió lo que en la primera vez: no fuimos disparados, tampoco insultados; aunque cansados y a punto de ver el amanecer, pedimos posada a la primera persona que vimos cuando los primeros rayos solares iluminaron esta parte del mundo donde habíamos amanecido; algunos fueron al edificio donde guardaban el heno, el cual era pequeño; yo, me recosté en el frío suelo de un baño que ya no usaban, porque estaba cerca.

Dos horas después, dando las gracias por la hospitalidad y el hecho de que no fuimos denunciados, empezamos a caminar nuevamente; reunidos en nuestra fila accedimos al sendero que habíamos dejado, ya estábamos cerca del punto de encuentro; con el descanso, sabíamos que teníamos que caminar un poco más. Calculado el momento, volvimos a hacer una inspección.

Salimos con Max casi al borde de la carretera y nos encontramos con un área de descanso (Rest Area), las cuales se encuentran en todas las carreteras de los Estados Unidos, para que los conductores que pasan muchas horas al volante tengan un lugar donde reposar y hacer sus necesidades fisiológicas. Aquí también se pueden revisar los mapas de los caminos, comprar sodas, o simplemente detenerse a descansar o a tomar alimentos.

Regresamos donde estaban los demás y tratamos de organizarnos; en eso estábamos, cuando sentimos tres pares de ojos sobre nosotros, era una madre venado con sus hijitos que estaban no muy lejos del lugar donde nos encontrábamos. Estábamos, eso era seguro…invadiendo sus dominios.

No veíamos por ningún lado a nuestro coyote (el joven), así que empezamos a trabajar con el plan B. Este, consistía en hacer lo que bien se pudiera; o, dicho de otra manera “sálvese el que pueda”. El coyote fracasado, hizo un primer movimiento, dijo que, desde allí, iba a intentar llegar a Houston, contactar con alguien (?) y regresar a vernos (??). Se iba a movilizar con otros dos, lo dudoso era de que regresara; así que, una vez que se fueran teníamos que empezar a usar el plan C: es decir “haz lo que te la gana”, que era casi como el plan B, solo que con más desesperación.

Cuando se fueron, no nos movimos para nada. Tuvimos que esperar hasta casi las dos de la tarde. A partir de allí, ya el abandono era completamente evidente. Nuestro nuevo movimiento era esperar a que anocheciera para salir al área de descanso y tratar de conseguir que alguien nos diera un aventón, quizás el último de la larga cadena.

Anocheció, empezamos a salir de a poco, entramos en el bloque de los baños, mis ojos se fijaban en todas las personas; sabía que los gringos, por descontado, no entraban en la categoría de coyotes así que mi mirada estaba concentrada en cualquier persona que tuviera apariencia latina, mejicana por más señas; no estuvo adentro, pero cuando salimos, me fijé en un mejicano, con sombrero y mostacho grande que estaba parado cerca de una camioneta verde obscura, me le acerqué. Hablé con él y le dije directamente que nos ayudara porque queríamos que nos traslade a Houston, que le pagaríamos lo que acordáramos. Preguntó cuántos éramos, le contesté que siete y nos dijo que por seiscientos dólares cada uno cerraría el negocio. A mí y a Max nos daba lo mismo que nos hubiera dicho mil o dos mil, igual ya sabíamos que había maneras de engañar a los coyotes. Nos dijo que tenía que recoger cerca del área de descanso a otra gente que debía hacer este mismo tipo de transporte; así que habíamos dado con un coyotero por pura casualidad. Subimos a su “troca” (camioneta, truck), Max y yo, en la parte delantera momentáneamente; la parte de atrás tenía una lona que la cubría totalmente, y allí se subió el resto de nosotros.

El coyote salió con su cargamento humano del área de descanso; se dirigió hacia la carretera; a una milla se detuvo para recoger a su gente, no me extrañaría que fueran aquellos con los que nos topamos cuando veníamos en el sendero; aquellos que dejaron al anciano; pero eso había dejado de ser nuestro negocio; dos mujeres de su convoy subieron donde estábamos Max y yo, pasamos a la parte de atrás de la camioneta. Una vez listos, nos cubrió con la lona, avisándonos que no hiciéramos ningún movimiento porque teníamos que cruzar puestos de control o también porque podrían estar los autos o camionetas de la migración recorriendo la carretera.

En éste viaje tampoco hubo problema, pasamos por Corpus Christi. Fuimos conducidos a una casa en Houston, lo cual indicaba que seguíamos en el estado de Texas. El coyote nos dijo que bajáramos y pasáramos al interior de la misma, donde nos esperaban otros individuos.

Cuando hablé con el coyote en el área de descanso volví a mi versión de ser el coyote nicaragüense guiando al ecuatoriano que me quedaba, pero no hubo caso; el tipo no quiso aceptar arreglos; por lo tanto, se suponía que yo debía pagar igual cantidad que Max y los demás.

Lo convencí que me dejara hacer una llamada a mi compadre en New York; aceptó, llevándome el mismo esa misma noche a una gasolinera, desde donde hice una llamada por cobrar (collect). Me contestó mi compa y le indiqué lo que me estaba pasando, que necesitaba ese dinero, que si me lo podía enviar a la dirección que le iba a proporcionar. Me pidió que lo llamara de vuelta, al siguiente día, para indicarme si había conseguido el dinero y la forma en cómo me lo iba a enviar.

Para esto, necesitaba darle una dirección. Agregó, que había recibido una llamada desde Guatemala, de parte de María S. (la peruanita), preguntando por mí, lo que me hacía suponer que el coyotero los había abandonado; mi compadre Mike, le había contestado que todavía no llegaba pero que estaba en camino, que ya me había comunicado. Mi preocupación, respecto a la suerte de todos los peruanitos que viajaron con nosotros desde la isla San Andrés (Colombia) hasta separarnos en Rama (Nicaragua) se hizo evidente; especialmente por la peruanita que me ayudó y a quien no podía ayudar de ningún modo, porque no había resuelto lo mío tampoco. Satisfecho el coyote, regresamos a la casa, donde le conversé a Max lo que había sucedido, conversamos un rato más, lamentándonos por lo que pasó con los peruanos, ya que estábamos seguros de que los habían abandonado; cansados, nos retiramos a descansar.