USA: SEGUNDA PARTE

¡EL ESCAPE!

Al siguiente día, la casa amaneció conmocionada: uno de los “pollos” había escapado; los coyotes sabían que se había dirigido a la casa Juan Diego que estaba en Houston; la cual se consideraba matriz, porque si recuerdan, la sucursal del refugio estaba en Matamoros (en el lado mexicano).

No sabemos en qué momento había fugado el muchacho, pero se entendió que fue por la noche, de alguna manera abrió la puerta, salió, volvió a cerrarla. Probablemente lo que se leerá en el siguiente párrafo, se considere al incidente como irreal o casi imposible de creer, pero tengo bien claro que en todas partes se cuecen habas, y sucedió.

Siempre se ha sabido que los coyoteros son personas duchas, experimentadas, algunos tienen fama de ser sanguinarios si son engañados; pero como toda regla tiene su excepción a estos les quedó muy grande la fama: en toda su astucia y supuesta experiencia aceptaron una idea que cuadramos con Max; como ellos eran conocidos, o sospechosos le dije que los gringuitos que trabajaban en Matamoros estaban este momento en Houston, que nos conocían y que podríamos entrar a la casa de refugio para sacar al muchacho que había escapado (?). No pretendo saber cuál fue la razón que los impulsó a creerme; nunca pude conocer esa respuesta, solo sé que me aceptaron lo que había propuesto, incluyendo que me acompañara Max.

La mañana y tarde pasaron rápidamente, eran cerca de las siete de la noche cuando salimos en una camioneta, recorrimos alrededor de veinte minutos en dirección al refugio (ellos conocían la ubicación); nos llevaron exactamente a la vereda del frente en dirección a las puertas del edificio, yo miraba atentamente hacia la entrada; en ese preciso instante alcanzamos a divisar a Greg, uno de los gringuitos que había estado con nosotros en Matamoros y lo llamamos a gritos; con tanto ruido que hacíamos, volteó su cabeza, se dio cuenta de lo que estaba pasando (el mismo nos había advertido que estaría pendiente de nosotros si llegáramos a cruzar); Max y yo bajamos de la camioneta, corrimos hacia la puerta; mientras entrábamos desaforadamente le dijimos que los coyoteros venían detrás de nosotros. Él, con dos personas más, impidió la entrada a esos dos individuos negociantes de carne humana. Repito, no entiendo todavía cómo fue que se convencieron de que podíamos hacer lo que les dije, pero lo hicieron. ¿Se manifestó Dios otra vez? No lo dudo.

Con el tiempo, al analizar lo sucedido estoy seguro que la avaricia los cegó, ya que vieron la oportunidad de recuperar sus $600,00 dólares. Por ello, perdieron $1.800,00 ese mismo día, los 600 del pollo escapado, los de Max y los que había prometido pagar. Yo sabía que los coyotes no tenían entrada en la casa refugio, esto nos lo aseguraron en Matamoros y eso fue realmente lo que nos ayudó, porque el saberlo nos daba esperanzas. Sin embargo, por seguridad, nos aconsejaron que no saliéramos en varios días, por temor a alguna represalia por parte de esa gente.

La casa Juan Diego era, y sigue siendo el oasis de los indocumentados; la labor altruista, noble de esta organización permite que todos los que logran pasar la frontera tengan un lugar donde sanar heridas para luego proseguir a su destino final. Era un edificio moderno, grande, de color blanco por fuera y por dentro, muy bien distribuido. La sala-comedor era acogedora, en el área de la sala había un televisor inmenso y sofás para distraerse hasta la hora de dormir. Desde el comedor se podía ver la cocina; allí había mesones donde colocaban la diversidad de platos a servirse, fue mi primer encuentro con las uvas verdes sin semilla, de las cuales no he podido separarme hasta hoy.

Una parte del comedor servía para recibir clases de Inglés Básico, que nos daba un gringo voluntario; el que nos tocó a nosotros se parecía al actor que trabajó en el rol de “Robocop”. El objetivo de sus clases se centraba en proporcionarnos suficiente vocabulario para poder establecer contacto básico al menos con quienes nos darían trabajo.

Las personas que formaban parte de la casa Juan Diego en ese tiempo, eran (entre otros): Carlos (hondureño) muy buena persona, era quien hacía de contacto entre toda “la raza” y los directivos de la institución, era nuestro “supervisor” porque me algunos casos nos acompañaba a las casas donde íbamos a trabajar. Don Marcos, la cabeza principal de la casa; los voluntarios José, Gregorio (Greg), George, Ken, a quien decíamos “Mr. Ken” y se reían por eso, porque anteponíamos el Mr., al primer nombre y no al apellido.

Todos eran excelentes personas, ninguno se “salía del formato”. Uno de los profesores de inglés se ayudaba con una guitarra en las clases, la cual no tardó en llegar a mis manos. Por supuesto, las canciones de propuesta fueron las que salieron a flote primero, las canciones de mi patria de igual manera; porque aquí ya había declarado la verdad, que era ecuatoriano y todo lo que preguntaban. Este gringo se llamaba Bryan (no lo recuerdo bien), me dijo que grabaría mi voz en un casete con las canciones que cantaba, que traería a un grupo de personas para que socializaran con nosotros alguna noche de esas…y lo hizo.

Ellos se hacían llamar “Barro y Bronce”; una de las muchachas que pertenecía al mencionado grupo tocaba muy bien la guitarra y nos dedicó algunas canciones de Silvio Rodríguez (una de ellas me encantó y la aprendí ese momento Días y Flores). En esa misma reunión, Bryan trajo una grabadora y estuvo pendiente de todo lo que se decía o se cantaba, grabó prácticamente todo; pero no todo podía ser perfecto, sucedió que a Don Marcos no le gustaba la relación del profesor con este grupo, porque sabía que eran medio “revolucionarios” o de “avanzada” creo que también tenían que ver con el movimiento gay; en todo caso, no quería que tuvieran contacto con nosotros y le pidió a Bryan que los sacara de la institución; me pareció un poco drástica la cosa, porque no decían ni ofrecían nada fuera del contexto de hacer música.

Para evitar cualquier inconveniente, obedeció, no sin antes conversar conmigo; los miembros del grupo sabían que yo viajaría a New York y me pidieron que me quedara con ellos (el grupo) prometiéndome que si lo hacía harían todo lo posible por asegurarme estabilidad con ellos. No sabía en qué tipo de trabajo o lío me iba a meter y lo que menos quería era tener problemas legales de ninguna clase por lo cual me mantuve con la decisión de ir a NY.

Como me habían conversado que tenían contacto con una radio y con un pequeño estudio de grabación, dijeron que me enviarían el casete editado…luego supe que habían pasado algunas de las canciones por la radio... ¡Qué gran perfil bajo sostenía! Si me enviaron el casete y lo tengo como reliquia.

Sin embargo, la cuestión era sostenerse de cualquier modo hasta que tuviéramos contacto con mi compadre Mike, a quien llamé nuevamente; pero su esposa (mi comadre) me dijo que en Ecuador había fallecido su madre, y que se había tenido que ir para los funerales; por supuesto que lo entendí, también me apené, conocí muy bien a la mamá de mi compadre, le dije que esperaríamos a que regresara para volver a contactarlos. Le recordé simplemente que ya no estaba donde los coyotes, sino que había conseguido entrar en la casa Juan Diego, pero que necesitaría de todas formas los $600,00 para comprar ropa o pagar boleto de avión o bus.

Todavía no sabía que la casa-refugio me podía subvencionar al menos la mitad del pasaje. Para esto, en la casa se tenían que observar ciertas reglas, entre ellas: salir a las 7 de la mañana, a tratar de buscar trabajo, porque no podíamos permanecer dentro de sus instalaciones a menos que sea desayunar, almorzar o cenar, el resto del día, teníamos que pasarlo afuera.

Pero, como ya sabemos ¡Dios siempre cuida de sus animalitos! Me había fijado que en la parte de atrás de la casa había un pequeño estudio donde tenían casi abandonada una mesa de dibujo; conseguí un pedazo grande de papel blanco y dibujé el plano de la casa, porque Mr. Ken me había pedido que lo ayudara a hacer unas refacciones en la bodega, construyendo anaqueles para guardar alimentos imperecederos, nada muy elaborado, anaqueles sencillos, fáciles de ayudar a construir.

Nunca le dije que no, así empezó mi labor de carpintero-ebanista al raje, claro que un poco lo llevo en la sangre (mi abuelo Benito, el papá de mi mamá, lo fue de verdad). Además, para lo que había que hacer, que no era mucho, me bastaba y me sobraba la experiencia que no tenía.

Eso me ayudó a permanecer en la casa sin tener que salir a buscar trabajo. Aunque ya antes habíamos tenido (con Carlos el hondureño), la tarea de limpiar el patio y una piscina para unos gringuitos de avanzada edad; quienes, sabiendo lo que éramos (refugiados), nos preguntaban con curiosidad, cómo había sido nuestra jornada (el viaje) y desde dónde veníamos. Para esto, nos mostraron un mapa grande que tenían en la pared y allí se lo tuvimos que explicar, Mr. Ken me alivianó aún más el status en la casa y ya era otra cosa, así pasaron casi tres semanas.

Como buen “mono” se me pego una tonta muletilla al hablar; casi al término de cada frase decía “nothing more” (nada más); era estúpido, porque la usaba después de cada frase, no importaba lo que dijera, siempre terminaba con “nothing more”, y no me daba cuenta de semejante barbaridad hasta que Greg me lo hizo notar con una sonora carcajada diciendo:

- “Augusto dice a todo, nothing more” –

Pero no me decía el remedio, solo bromeaba al respecto, nunca me corregía, hasta que tuve que preguntarle al profesor de inglés, quien si me ayudó y me hizo la observación de que siempre hay alguna muletilla que se queda con uno cuando la aprende y hace mal uso de ella; en todo caso, la experiencia me sirvió, porque desde allí, siempre me he cuidado de no mezclar el inglés con el español o de usar incorrectamente el idioma. Si hablo inglés, solo hablo este idioma y no “Spanglish”.

Las noches en la casa Juan Diego, en Houston fueron en su mayoría tristes, era la primera Navidad que iba a pasar fuera de mi entorno familiar, no iba a ver a mi familia en el nuevo año que se avecinaba. Después de la muerte de mi madre, mi padre y mis hermanos eran lo que me quedaba de mi segundo círculo interno familiar, el primero se había ido para el carajo y no sabía si lo iba a recuperar. Sin embargo, estaba con vida, eso era lo importante, aunque no dejaba de pensar:

- “¿Les importará en mi casa?” –

Luego de la llamada desde San Andrés, la cosa había quedado bastante clara. Además de rota, sin esperanza de reparación. Si me hubiera pasado algo en el camino, hubiera muerto como un perro de la calle. Al igual que al anciano en el sendero en la frontera; mis amigos habrían dejado mi cuerpo abandonado donde hubiera caído. Recién aquí me estaba dando cuenta (de verdad) del tremendo esfuerzo que habíamos hecho Max y yo en llegar a los Estados Unidos. Fue ese momento en que tomé conciencia de las cosas. No saboreaba ninguna victoria, porque no estaba donde Mike y Charito todavía en lo que sería mi última parada. Las noches en Juan Diego fueron extremadamente tristes cuando colocábamos en una balanza lo acontecido.

Regresó mi compa, me envió el dinero, estábamos casi listos para abandonar el refugio. Max y yo fuimos a comprar ropa, porque no teníamos nada más que lo puesto. En el refugio nos daban lo que podían, pero no había mucho de donde escoger. Los gringos de Juan Diego subvencionaron la mitad de nuestros pasajes; aquí me tocó compensar a Max, algo de lo que él había hecho por mí todo el viaje…y para él fue suficiente. Se fue primero, su hermano lo esperaba en Newark, lo volví a ver un año después, fui a visitarlo a New Jersey y pasamos dos días increíbles acordándonos de lo que pasó en el viaje. No sé qué será de su vida en este momento, pero dondequiera que esté le pido a Dios que lo proteja y lo siga bendiciendo porque siempre demostró ser un excelente ser humano.

En cuanto a mí, los amigos de la casa Juan Diego, me llevaron al aeropuerto de Houston; me dieron recomendaciones, me tranquilizaron porque me dijeron que en los vuelos internos no había problema de migración. Volé, era mi segundo vuelo, y ahora me estaba dirigiendo a la capital del mundo, la ciudad que nunca duerme: New York. Mi compadre Mike me esperaba en el aeropuerto La Guardia, pero no nos encontramos hasta unas horas después, porque yo estaba perdido en el aeropuerto, hasta que me senté a esperar cerca de unos aparatos de TV de alquiler, donde se colocan las monedas para acceder a ellos. No los usé, no sabía hacerlo. Todo me olía a migración, pensaba que cada policía que veía me podía pedir los documentos, por eso no movía ni las pestanas.

Ver a mi compa Mike era como ver a Jesús caminando sobre las aguas, la salvación venía hacia mí; nos abrazamos fraternalmente, le di mi pésame por la muerte de su madre, traté de confortarlo hablándole de la mía, lo cual fue un error porque esta triste, terrible y mala coincidencia ahora también nos unía.

Salimos del aeropuerto, bajando por la rampa para dirigirnos hacia las calles de New York. Mi compa y yo seguíamos en shock; porque él no tenía idea de cómo había llegado…ni yo tampoco. Me preguntaba atropelladamente por lo que había sucedido, en ese afán quería saberlo todo, pero apenas pude hacerle un resumen del viaje, hasta lo de la casa Juan Diego en Houston.

Llegando a la casa de Charito y mi compa, en el condado de Queens ella (mi comadre) y los nenes me recibieron felices; pero alcancé a notar algo extraño en el ambiente; mis compadres se sentaron frente a mí, preocupados; me estaban esperando para comunicarme una mala situación que atravesaban internamente. Me comentaron que cuando los llamé estaban resolviendo sus vidas de una manera muy radical y que mi llamada les había proporcionado una tregua; tregua que se daban solo para atender mis necesidades mientras me enderezara y pudiera moverme solo.

Casi no entendía en su verdadera dimensión lo que estaba pasando, pero la palabra divorcio me rondaba la cabeza, aunque no se atreviera a salir. Llegaba en mal momento…o quizás era bueno, si hubiese intervenido, callé, por prudencia (que me supo a cobardía), aunque luego el tiempo me dio la razón.

Ese mismo día, el de mi llegada, diciembre 30, llamó Mike a mi casa, para certificarles que estaba vivo y que no había mentido en lo del viaje; tuve contacto por ese medio con mi familia, aunque sólo lo creyeran porque yo estaba junto a él, hablando casi al mismo tiempo, de otra manera ni siquiera me hubieran aceptado la llamada, tal como sucedió con la de San Andrés...pero su actitud era totalmente comprensible.

Lo que viene después son tres años en un buen ambiente de trabajo, conseguido por un hermano de mi comadre Charito que había demostrado excelentes aptitudes en ese entorno, él era Sub-manager en el “Warehouse” en que trabajé.

En este ámbito, había buenas posibilidades de ganar dinero y algo de estabilidad siendo un buen trabajador. Hubo otras alternativas, éstas implicaban posiblemente la pérdida de mi familia, si es que todavía la tenía, porque involucraba matrimonio para legalización y obtención de residencia; y aquí voy a expresar en el párrafo siguiente ciertos pensamientos que guardo sobre el país que me acogió sin saberlo.

De acuerdo con criterio de pueblo, toda nación tiene ciudadanos de diferente “nivel” si me permiten ese término, pero tengo que reducir ese razonamiento a que todo país tiene personas buenas y de las otras; si dejamos que lo político se entrometa en nuestro criterio, entramos en terreno comprometido, sujeto a varios parámetros. Conozco el caso de personas de movimientos conocidos de izquierda, muchos autoproclamados como “revolucionarios” que les encanta viajar a lo que denominan “el imperio” para gozar de lo que supuestamente odian; también viajan desesperadamente hacia allá los politiqueros sospechosos de malversar fondos públicos o privados y otros por integrar una banda delincuencial de narcotraficantes.

El deseo de vivir el sueño americano es el detonante de la migración; solo agrego que si se tiene la oportunidad de estar en su suelo, con solo cumplir las leyes y las regulaciones durante la estadía, legal o ilegal, las autoridades permiten que ese “sueño” se cumpla.

Ahora vivo mi propio “sueño americano”, porque sigo estando en América ya que todos los que vivimos en este continente somos “americanos” (aunque hasta este nombre nos lo impusieron); el espacio donde trabajo es en el campo, los jardines, los huertos, el canto de las aves, el corretear de las ardillas, comer las frutas que uno misma siembra, todo esto forman parte del entorno de mi sueño.

Pero eso va a ser parte de otro capítulo y no tengo más espacio aquí; además, lo que deseaba contarles prioritariamente era mi experiencia en el viaje, sin otro objetivo que el de compartir detalles importantes relacionados con los coyoteros, ya que ellos son los personajes con los que tienen que enfrentarse los “pobres locos” que se atreven a hacer esa tremenda aventura con el peligro de perder sus vidas, por eso me atrevo a exponer esas experiencias en escrito para que ese riesgo se reduzca al mínimo, porque supongo que puedo decir, con experiencia…que ya viví mi "sueño americano" y regresé al mismo sitio de donde salí para emprender el viaje.