MÉXICO: SEGUNDA PARTE

MONTERREY, MONTEMORELOS (BÚSQUEDA DE JOHNNY)

Tal como nos lo había indicado el papá de Rafael, hicimos parar el camión tres cuadras antes de llegar al terminal de Monterrey, y nos bajamos; era lo que teníamos que hacer y lo estábamos cumpliendo al pie de la letra; visto con paciencia, era lógico: existen policías del departamento de migración mexicana, que no usan uniformes, andan vestidos de civil; algunos, hasta ofrecen los servicios de coyoterismo, unos resultan más o menos buenos; otros, perjudican a los crédulos, pero era mejor no pensar en ninguna de esas alternativas.

Lo conveniente era ajustarse al plan, trataríamos de encontrar a mi amigo Johnny en Montemorelos y a él le pediríamos que nos diera pautas para movilizarnos de allí en adelante; en el viaje, no se puede saber a ciencia cierta quién es quién, solo se tiene que encomendar a Dios, para que lo ayude (a no ser que se tenga un título profesional en Sicología…y ni así).

Sin embargo, teníamos que acercarnos al terminal para preguntar acerca del horario de los transportes; teníamos dos alternativas: la primera era la de viajar directamente a Matamoros, saltarnos la visita a mi amigo para ganar tiempo; la segunda era la de visitarlo en Montemorelos. Max y Walter sabían que para mí, era muy especial esta situación; además, ellos contemplaban siempre la ocasión de sacarle provecho a todo, y en este caso él podría orientarnos desde allí. Me acerqué a comprar los boletos, Max y Walter esperaron sentados, donde no llamaran la atención. Nuestro susto fue en vano, nada sucedió.

Johnny era un buen muchacho que creció en mi ciudad, su infancia no fue enteramente feliz. Muy inteligente, dedicado, entregado a la causa de Dios, enfrentó la pérdida de sus padres a temprana edad. Tenía una hermanita a quien cuidaba con esmero, hasta que la generosidad de la oficina central de la iglesia a la cual asistía regularmente le ayudó a conseguir una beca para estudiar en México. Escogió estudiar medicina, en la universidad de Montemorelos, era allí donde lo iba a tratar de localizar; por supuesto que él no me esperaba, es más…no lo encontré, porque el día que llegamos a la universidad, había salido; mis amigos me dijeron que no podíamos esperar a que regresara, así que le escribí una nota y se la dejé con un compañero quien me había proporcionado algunos datos sobre su vida allí.

Sentí mucha pena al no haberlo encontrado, porque no lo había visto en años, salió muy jovencito de Ecuador, teníamos mucha simpatía por él, por todo lo que pasó y supo vencer; aún con todos los problemas que lo rodeaban, siempre sonreía, así es como lo recuerdo; tengo la plena seguridad de que la humanidad ganó al graduarse Johnny como médico. No lo pude saludar, pero le dejé la constancia de mi visita en una nota escrita, espero que se la hayan entregado.

Los muchachos me apuraban porque no querían llegar muy tarde a Matamoros, aunque se nos había dicho que la casa refugio era de puertas abiertas, que recibía a los migrantes a cualquier hora que llegaran; pero tenían razón, teníamos que evitar llamar la atención de la policía de migración, ellos no entenderían ninguna razón que esgrimiéramos. Regresamos a la ciudad de Monterrey, para tomar el autobús hacia Matamoros, en la frontera; con el mismo cuidado, subimos al camión que nos llevaría a nuestro supuesto “destino final”. El viaje no iba a ser muy largo, pero sí de algunas horas; llegaríamos en la noche…la siesta entonces, era obligatoria.

No hubo molestias de ninguna clase, en este sentido casi nunca tuvimos este contratiempo; esta vez no fue diferente, no hubo un control de migración que detuviera el transporte para revisar documentos ni nada de eso, a pesar de que nos habían advertido que podía suceder, por la proximidad a la zona fronteriza. Sin embargo, nada de esto pasó, por lo que pudimos descansar de nuestros temores, aunque siempre habría motivos de sobra para preocuparse, la película que nos habían vendido era estresante: la policía de migración detenía los vehículos porque estaban firmes en la lucha contra los miembros del narcotráfico.

Estábamos casi a las puertas de la ciudad de Matamoros, pero seguía siendo misteriosa para nosotros; un misterio que trataríamos de develar a la fuerza, ya que no conocíamos nada concreto sobre lo que teníamos que buscar o hacer allí, todo lo que sabíamos era teórico acerca de lo que se venía, todo era desconocido; fue aquí, en este duro e increíble viaje donde vine a conocer exactamente la profundidad del dicho “vivir cada segundo”. Cada segundo, cada minuto, hora o día que pasaba era una batalla ganada a la vida.

Se hizo de noche, eran cerca de las 21:00 horas cuando llegamos a Matamoros, hicimos lo mismo de siempre, nos bajamos del autobús, dos cuadras antes de llegar al terminal; aquí había que tener mucho más cuidado que el normal, porque estábamos en la “merita” frontera (como dicen los mexicanos); nuestro paso inmediato era buscar la casa-refugio de la que nos habían hablado desde Honduras (César nos había conversado sobre ella), nos indicó sobre la cancha de golf que quedaba del otro lado, en Brownsville, sabíamos hasta la forma en cómo debíamos cruzar el río, pero esa posibilidad la de la cancha de golf la vimos muy difícil porque al otro día, cuando fuimos a revisar la situación nos dimos cuenta de que el puente internacional estaba muy cerca.

Perdón, no me adelanto en la historia; decía que nos bajamos del camión (autobús), y caminamos un trecho, para “aclimatarnos” un poco; las casas en ese sector eran de una sola planta, conservaban el sabor y estilo mexicano, no se habían dejado influenciar por la arquitectura norteamericana, al menos, no en ese lado.

Era una bonita noche, estábamos ya en las primeras semanas de diciembre, no sentíamos frío todavía, estaba bastante fresco, era un clima agradable; teníamos miedo a preguntar a un taxista acerca de la casa-refugio, por lo que nos habían dicho acerca de ellos como espías de la policía; seguimos caminando hasta encontrar otro caminante, a quien le preguntamos sobre la dirección que buscábamos y nos indicó que no quedaba muy lejos de donde estábamos. Nos señaló por dónde ir y empezamos a caminar hacia allá, siempre tratando de pasar inadvertidos, aunque con nuestras fachas y mis amigos cargando sus mochilas era como llevar un letrero pidiendo que nos detengan.

Pero, no había mucha gente a esa hora, así que no tuvimos que esforzarnos en pretender difuminarnos en la oscuridad de la noche; efectivamente, el refugio no nos quedó lejos; llegamos finalmente y nos encontramos con un portón, llamamos para que nos atiendan; desde donde estábamos se alcanzaba a divisar un patio central largo (no muy iluminado), rodeado por tres barracas, tampoco era ancho, se veía luz en una de ellas, en la del fondo, al mismo tiempo era central; se accedía a esa parte por medio de una escalinata pequeña (asumimos que era una oficina).

Desde allá empezaron a caminar hacia nosotros dos figuras cuyos rostros empezamos a notar en medio de la penumbra: el uno era norteamericano y el otro latino; preguntaron la razón de nuestro requerimiento, pero sabíamos que era por puro protocolo ya que ellos conocen las necesidades y características de las personas que acuden en busca de su ayuda.

Empecé diciendo la verdad, en ese instante terminé con la mentira del coyote nicaragüense y dije que los tres éramos ecuatorianos, que habíamos realizado esta caminata desde nuestro país, lo que les pareció demasiado fantasioso, casi como que no creían en nuestra versión; por tal razón, no estábamos seguros de que nos fueran a brindar apoyo, porque supuestamente la casa acogía (en esa época) a centroamericanos cuyos países estaban en conflictos bélicos (entre ellos: El Salvador y Nicaragua, los más afectados).

Nosotros no éramos refugiados de guerra, ni asilados políticos, probablemente era un poco más difícil nuestra situación, pero toda especulación se quedó corta, porque estas personas, formaban parte de un programa asistencial de la iglesia católica y estaban comprometidas realmente con este proyecto.

Nos recibieron de buen modo. Fue suficiente que les dijéramos que habíamos venido desde tan lejos, casi “caminando” para que nos permitieran pasar al interior del patio y luego hasta el comedor para brindarnos algo de comer antes de ubicarnos en algún sitio; mientras tanto siguieron ahondando y preguntado más sobre nuestro viaje; reflexionando un poco acerca de la palabra “caminando”, si tomamos en cuenta que la única vez que tomamos un avión, fue desde Medellín hasta la isla San Andrés, porque no había de otra; que la travesía de San Andrés hasta las islas de Maíz (Nicaragua), la de la frontera Guatemala-México (Tuxtla-Gutiérrez) las hicimos en bote, el resto del camino lo hicimos en buses, “haciendo dedo” o caminando… ¡realmente fue un tremendo viaje que hicimos!

En fin, estoy seguro de que era para sorprenderse; para nosotros era una cosa de vida o muerte, era algo superior a nosotros y que teníamos que concretar; las cartas estaban echadas desde el momento de subirnos al primer bus en Ecuador, no podíamos echarnos para atrás; pero, no contábamos con que alguna vez se ilustraría; porque de haber sabido que iba a relatar el viaje alguna vez, lo hubiera documentado hasta con fotografías de cada detalle….uno nunca sabe.

Bueno, el hecho cierto era que estábamos en el punto que habíamos marcado como objetivo, ya era una de las batallas más importante ganada, el arribo a la casa-refugio en Matamoros era nuestra principal objetivo, y ya estábamos aquí; recién íbamos a conocer que del otro lado estaba literalmente pegada, separada solamente por un puente no muy largo, la ciudad de Brownsville, la cual ya pertenecía a Estados Unidos, en el estado de Texas (lo que tampoco conocíamos).

Mientras tomábamos un café caliente, uno de los anfitriones de la casa, preparaba nuestros espacios para descansar en una de las barracas; al terminar la colación fuimos conducidos hacia allá…y nos encontramos con muchas más personas en ese dormitorio; era un espacio grande, común. No estaban completamente dormidos todavía, pero algunos ya habían empezado a buscar sueño, porque despertaron un poco adormitados. Los saludamos brevemente, y fuimos a acostarnos en la cama designada para cada uno de nosotros. Esa noche conté alrededor de 15 personas, sin incluirnos. El dormitorio donde nos ubicaron era el de los varones; había uno de mujeres también, pero quedaba al frente, en el otro bloque.

Esta casa refugio en Matamoros era lo que podríamos llamar la sucursal de la casa matriz que quedaba en Houston, Texas. De aquí se catapultaban los grupos que querían cruzar la frontera. ¿Lo sabe la policía de migración norteamericana? No estoy seguro de ello. Había una cosa curiosa, pero que tenía razón de ser aparentemente: los gringuitos que ayudaban en la casa, se turnaban: dos semanas daban asistencia en Matamoros y las otras dos iban a Houston, en la matriz. George era uno de estos gringos; buena persona, se desvivía por hacerlo sentir bien a uno, nos ayudaba en todo lo que podía, era realmente bueno; todos en el Centro tenían esta noble característica, la de ayudar sinceramente a la gente.

No lo sabíamos cuando llegamos, pero poco a poco uno se da cuenta, además de los diálogos con los demás que, entre los cientos de personas que se acogen a la ayuda de esta casa refugio, se infiltran también los coyoteros; están entre nosotros, acechando, observando, analizando calladamente, escuchando las conversaciones de cada grupo, para conocer quiénes son las personas realmente desesperadas (y con dinero) para ofrecer sus servicios e intentar llevarlos al otro lado.

Los directivos de la casa refugio tratan de descubrirlos y expulsarlos de la institución, porque algunos de ellos son realmente malvados y sólo buscan hacer daño: hay unos que son narcotraficantes y buscan “mulas” (personas que les transporte droga hasta el otro lado) prometiendo que con el paso de la “mercadería” los dejan en libertad, con dinero, muchas veces es mentira y los asesinan. Otra circunstancia es que el coyotero se ofrece llevar al migrante hasta el otro lado por cierta cantidad de dinero, solo que si los agarra la migración, pierde el dinero. Pero no es fácil que un coyote se infiltre, debe ser uno nuevo, porque a los viejos ya los tienen identificados y nos los dejan ingresar. Las personas a cargo del centro, tienen reglas rigurosas en cuanto a esto, porque saben que los “pollos” corremos peligro en manos de alguno realmente malo. Una de las reglas dice que no se le permite la entrada al centro a ningún coyote (conocer ésta regla me serviría para después…en el otro centro, con el último coyote con el que tuvimos contacto).

La mañana siguiente fue esplendorosa, brillante; después de desayunar, salimos a caminar un poco, para reconocer el camino. Ya nos habían dado más información en el refugio; algunos de los huéspedes llevaban dos semanas intentando el cruce; uno de ellos fue con nosotros.

Otra de las reglas decía que nadie se podía quedar el día entero en la casa refugio, después del desayuno; teníamos que salir hasta el mediodía, se supone que en el ínterin se ocupa el tiempo en trabajar o buscar trabajo (esta misma regla se aplicaba en la matriz). Esta otra regla, la de que el huésped solo tenía dos semanas para intentar cruzar al otro lado, era una cosa que no se cuestionaba, no estaba escrita en ningún lado, pero uno sabía que tenía que hacerse de ese modo, no podía quedarse eternamente en éste, ni en el otro, sin hacer nada más que acogerse a los beneficios de la asistencia, no se admitían parásitos.

Fuimos a ver si podíamos encontrar la cancha de golf de la que tanto nos había hablado César (el hondureño); la debíamos ver fácilmente, desde el lado de Matamoros, al otro lado del río. Cuanto más nos acercábamos al borde, la arquitectura iba cambiando; los edificios eran más modernos y había muchos negocios, se notaba la cercanía de Estados Unidos, su gente podía pasar a este lado casi sin sentir mucho la diferencia, excepto, por supuesto, la de los precios de las cosas.

A esta hora, había mucho movimiento, caminábamos por la arteria principal, la que iba a dar exactamente al puente; por ende, al control migratorio. Cuanto más nos acercábamos al núcleo, el flujo de automóviles se hacía más lento; divisamos un parque con un monumento sobre el lado derecho; nos dirigimos hacia allá, de la avenida se desprendía esta desviación, la que nos llevaba a un malecón. Este era el punto que teníamos que encontrar para avistar la famosa cancha de golf, donde supuestamente (si la alcanzábamos), podíamos adentrarnos en Brownsville, sin ser detectados. No había ninguna casa refugio del otro lado del río, cada quien vería por lo suyo, era un sálvese quien pueda.

Me parecía un poco descabellada la idea de cruzar tan cerca del control de migración, muy arriesgada, casi me parecía que nos tiraban a los lobos de una vez, una locura; así que nos retiramos para pensar mejor en las oportunidades que podríamos tener después de conversar con los demás, a la hora del almuerzo. Max volvió a llamar por teléfono a su gente, les dijo dónde estábamos. Deduzco, por su gesto que sus hermanos estaban contentos de que hubiera llegado tan lejos. Habíamos salido del Ecuador en septiembre y estábamos a las puertas del imperio en Diciembre, no era una carrera de velocidad la que estábamos ganando, sino de resistencia, pero hasta el momento, ganábamos…era lo importante.

Regresamos a la casa-albergue; después del almuerzo, nos permitieron descansar un rato (por lo de la siesta mexicana); fue cuando conocimos algunas personas que estaban en nuestras mismas condiciones, también querían cruzar el Río Grande. Uno de los muchachos que se decidió a conversar con nosotros era un disidente de la milicia de El Salvador, joven militar, no sabíamos si defendía la revolución o la atacaba, pero no importaba, para el caso, era otra alma desesperada que intentaba lo mismo que nosotros.

Además: ¿Cuál habría sido su historia verdadera? ¿Qué habría hecho para que salga de ese modo de su país? ¿Quién lo perseguía? Conjeturas…solo conjeturas…no se puede llenar la cabeza con tanta historia, porque uno también tiene secretos con los que viaja a todos lados (son los famosos esqueletos en el closet). Así que optamos por eliminar cualquier pensamiento que no sea solamente el de cruzar la última frontera.

Entre los huéspedes había un muchacho delgado, de cabello ensortijado, pequeño, no lucía mala persona, decía que era mexicano, insinuaba que conocía muchos recovecos, pero que en esta vez le había fallado la cosa y lo habían regresado, estaba esperando una segunda oportunidad, deseaba embarcarse en uno de los nuevos convoyes que se organizaren y quería saber quiénes se arriesgarían.

No lucía coyote, pienso que era su primera vez, el personal de la casa refugio no lo conocía, hablaba como coyote, caminaba como coyote, olía a coyote, tenía que ser coyote, por la Ley de Murphy, no podía ser “pollo”. En efecto, lo fue, pero parece que todavía no estaba contaminado. Fue él quien propuso la idea de botarnos por el lado de las granjas, donde estaba el campo arado que describo al comienzo del relato; fue él quien nos guió, pero se puso en medio para evitar ser reconocido por la policía como coyote; y así mismo nos pidió que actuáramos, guardándonos su secreto, porque también nos prometió que, si algo salía mal, volveríamos a intentar cruzar con él, sin incrementar el costo del paso. Habiendo accedido a la propuesta, intentaríamos hacer el cruce, al siguiente día, saldríamos como a las seis de la tarde, para aprovechar la noche. La descripción y resultado de este episodio se encuentran en la introducción del relato, donde, después de todos los detalles, regresamos a esperar unos cuantos días hasta preparar el nuevo intento que culminaríamos con éxito.

SEGUNDO Y ÚLTIMO INTENTO, EL PASO DEL RÍO BAJO LAS NARICES DE LA MIGRA, CON EL JOVEN COYOTE.

LOS MOJADOS.

Aquí retomo la historia que cuento en la introducción, en la que rebobino todo lo vivido hasta llegar al mismo punto de origen. Estábamos desolados, tristes, no podíamos dejar de pensar en Walter, Max había llamado inmediatamente después de ese primer fracaso, para avisar a los hermanos de nuestro compañero. También ellos se habían movido por su lado y lo habían rescatado de donde fue a parar, pagando su fianza.

Esta vez, habíamos adquirido un poquito de conocimiento; por lo menos, sabíamos qué evitar, pasábamos planificando esa segunda oportunidad, queríamos que fuera la última por supuesto porque no se puede vivir con tanta incertidumbre. El coyote que había ido con nosotros también fue regresado y estaba en la casa refugio. Escuchaba atentamente lo que ahora no podía organizar, porque estaba fuera de esta planificación debido a su fracaso.

Sin embargo, se permitió aportar con una idea que se la escuchamos: decía que tenía un amigo que nos podía cruzar al otro lado del río, en las mismas narices de la policía, pero que tendríamos que ser rápidos y no demasiados, no podíamos ser muchos, porque la idea era conducirnos hacia una casa de Brownsville, recogernos en un auto, llevarnos hasta cerca de un control en las afueras de Brownsville, bajarnos del auto, atravesar la carretera hacia el otro lado, y caminar aproximadamente nueve horas, guiándonos por las luces de las torres de transmisión que están cerca de las carreteras y en las áreas de descanso.

El objetivo era llegar a una de ellas, donde nos recogerían, para conducirnos a Houston, nos liberarían, mediante el pago del “trabajo”. Lo que antes me sonaba descabellado, era lo único que teníamos a mano, le dije a Max que todo dependía de él, asintió y aceptamos esta propuesta. El coyote dijo que nos presentaría con el muchacho al día siguiente y cuatro más se agregaron al convoy. Seríamos ocho en total en este grupo. Las indicaciones serían dadas cuando nos encontráramos con el otro coyote, que era más o menos lo mismo que nos había adelantado el primero.

Al siguiente día, conocimos al mentado coyote; era un muchachito de apenas 18 o 19 años máximo, chicano, tenía ciudadanía estadounidense, lo que le permitía mimetizarse fácilmente con los gringos; es más, no lucía como de tipo latino. Era el “coyote” que se iba a encargar de pasarnos al otro lado del río, casi por debajo del mismo puente internacional, me parecía cosa de locos; pero también era lo único que teníamos.

Esto me hizo recordar un relato de Edgar Allan Poe, en el que a uno de sus personajes (¿Dupin?) se le pidió que descubriera una carta comprometedora que cierta dama había enviado a un caballero y que había sido descubierta por un individuo cruel que pretendía chantajearla. El tipo mantenía la dichosa carta en un escondite donde nadie sería capaz de encontrarla. El relato nos dice que el escondite perfecto era el único del cual nadie sospecharía, estaba a vista y paciencia de todo el mundo, un poquito arrugada eso si, como dando la impresión de que era un papel sin importancia. Algo de esto tenía el sabor de la aventura que íbamos a correr esta vez.

De esto nos daríamos cuenta el día siguiente, cuando estuvimos listos para el evento, nos pidió que camináramos con tranquilidad, pero se nos hacía tan difícil, casi imposible; sólo el hecho de saber que íbamos a pasar a pocos metros de distancia del control fronterizo, se me hacía la carne de gallina, porque no sabía cómo reaccionarían los guardias (¿nos dispararían?). Cuando llegamos a la calle que bordea el río, el muchacho que nos dirigía nos dijo que íbamos a bajar a la orilla, sin mirar a ningún lado, que nos tendríamos que desnudar, colocar la ropa, los zapatos encima de nuestras cabezas y que lo hiciéramos de prisa; con Max, éramos expertos en la materia, los demás también asintieron y esperamos la señal, no recuerdo la hora exacta, pero debe haber sido el mediodía. El guía esperó a que pasara (por el otro lado) una patrulla que merodeaba por el sector, el muchacho conocía el tiempo del recorrido que efectuaba cada una de las patrullas del sector; en el momento en que ésta pasó, calculó unos segundos más hasta que vio desaparecer la perrera de la migra y dio la orden de bajar.

Uno por uno fuimos bajando, yo iba de cuarto, en la mitad de la columna. El que llegaba a la orilla debía desnudarse y empezar a cruzar inmediatamente, sin mirar a ningún lado, no podíamos perder tiempo en sospechar que nos miraban, era cuestión de minutos el cruce:

1) bajar a la orilla,

2) desvestirse,

3) meterse al agua, la cual daba hasta el pecho en la parte más honda,

4) volverse a vestir al otro lado y

5) subir la otra orilla, para acceder a la calle y caminar en forma segura, hasta un salón de billar (pool) que estaba a dos cuadras, para esperar allí hasta reunirnos nuevamente.

Todos pasamos sin ningún problema, parecía mentira, no lo podía creer, habíamos pasado la frontera, por debajo del puente, en las narices de la policía de migración. Este muchacho era arriesgado. No sucedió nada de lo que nos había pasado en el primer intento, fue una entrada limpia. Claro que faltaba todavía otro empujón, pero al menos estábamos encubiertos; teníamos mejores posibilidades, no tuvimos confrontaciones con nadie; también reafirmaba mi conocimiento sobre la palabra “mojado”. Una vez en el otro lado, puesta la ropa nuevamente dejábamos de ser “espaldas mojadas”.

El muchacho-guía esperó un poco para explicarnos que ahora venía una parte importante: teníamos que caminar en grupos de dos, hasta una casa que quedaba cerca de allí, donde tendríamos que esperar a que consiguiera dos carros en los que nos iban a transportar hasta cerca del primer control que había desde Brownsville hasta Corpus Christi.