MÉXICO: PRIMERA PARTE
CIUDAD MÉXICO
Al igual que Guatemala, México ha sido considerado por los migrantes ilegales con prisa como otro punto importante o país de paso en dirección a los estados del norte (Estados Unidos y Canadá) debido a que se puede viajar directamente por líneas aéreas sin que represente problema alguno; ahora están pidiendo visas, pero en ese tiempo no era de ese modo, la persona llega al terminal aéreo, descansa del viaje y se contacta con el coyotero, programando sus siguientes movimientos.
El otro tipo de migrantes, los ilegales con más tiempo y menos dinero, los que se lanzan a la aventura loca, asumiendo todos los riesgos que se incluyen en esta modalidad, como no tienen las mismas facilidades que los viajeros del párrafo anterior, inician el recorrido desde donde pueden; ése era nuestro caso, y habíamos llegado hasta el momento en que ya no se podía ni se debía pensar en regresar. A México llegamos con el corazón latiendo a millón sin saber qué haríamos en los dos minutos siguientes; por ahora, los coyoteros nos tenían en una casa de seguridad en Ciudad México, era lo que estábamos viviendo en ese instante, en ese día, hasta allí, nos estaba saliendo bien el viaje, por lo menos permanecíamos vivos.
Estábamos viendo por televisión un partido de fútbol, en la sala del pequeño departamento de los coyoteros; interrumpido de vez en cuando por las noticias sobre lo que ocurría con las escaramuzas de la policía judicial, el ejército contra los carteles de droga que predominaban en el país, especialmente con el cartel de Sinaloa asentado en Guadalajara, que unificó en primera instancia a los grupos de narcotraficantes de México; de vez en cuando daban noticias sobre las actividades del Subcomandante Marcos y su Ejército Zapatista que tenían en jaque al gobierno.
Obviamente, tampoco hicimos turismo aquí, es que cuando se tiene un objetivo de esa naturaleza, se es como la flecha cuando es disparada del arco, va directo al blanco; había visto decenas de películas de la época dorada del cine mexicano donde mostraban todas las bellezas de la ciudad, me sentía tan cerca de ellas, y tan lejos al mismo tiempo; quería conocer el Zócalo, pasear por Chapultepec, ir a testificar el famoso vértice donde convergen las tres culturas, nada de esto podía ser realizado, a menos que me separara de los muchachos y optara por viajar solo, lo cual no era posible; así que asumí con dignidad esta pérdida porque nada de lo que deseaba ver, pude visitar.
Seguíamos observando el partido, con uno de los coyoteros (los otros no estaban); aparentemente estábamos en la segunda etapa de su plan para llevarnos al Norte, sabíamos que nos tratarían de pasar por una ciudad llamada Matamoros, en la Costa Atlántica, no por el lado de Tijuana como yo había pensado porque parece ser que esa ciudad ya estaba demasiado conocida y muy cuidada, además de lejos (quedaba al otro lado de donde estábamos); hubiésemos tenido que cruzar todo México a través, en dirección Noroeste.
El conocer ese dato sobre Matamoros fue de suma importancia para nosotros, porque por lo menos sabíamos el punto al que debíamos llegar para aventarnos al otro lado. Además, coincidía con lo que César E., el hondureño nos había aconsejado hacer, entrar por Matamoros, ciudad que colindaba con Brownsville en los Estados Unidos. Estaba concentrado en esos pensamientos cuando el coyotero se levantó, dijo que iría a comprar comida para todos y unas cervezas para ellos; dirigiéndose hacia donde yo estaba sentado me pidió que vigilara a los muchachos (recuerden que yo era coyote nicaragüense) porque la esposa de uno de ellos estaba ocupada en la lavandería. Le respondí que no se preocupara, que contara conmigo; apenas dos minutos que el tipo saliera, me levanté como resorte, fui hacia la puerta, la abrí y me di cuenta de que estábamos en un vecindario con un gran patio en el centro; me coloqué en el cruce de las diagonales, buscaba desesperadamente la lavandería para comprobar dónde se encontraba la esposa del coyotero; los departamentos eran de una sola planta, pero algunos tenían losa de cubierta.
La lavandería no estaba en el patio, sino en la parte de arriba del departamento; éste, particularmente era de una sola planta, pero tenía la losa y supongo, que en ella se encontraba la dichosa lavandería; me moví un poquito más hacia la derecha del patio y no vi a nadie allí arriba, ni en los alrededores, ¡No había nadie en todo el lugar…y estábamos perdiendo un precioso tiempo de escape!
EL PICHIRILO (Volkswagen)
Corrí hacia adentro, donde los muchachos y les dije casi gritando, que era nuestra oportunidad de escapar, no lo podían creer; por un instante dudaron, les dije que saliéramos en este momento, que yo me adelantaba para buscar un taxi y los recogería; mientras ellos tomaban sus mochilas, salí corriendo del vecindario con la esperanza de encontrar un taxi que nos saque del atolladero en el que estábamos metidos; fui hasta la intersección, doblé hacia la izquierda, ya no iba corriendo, para no despertar sospechas, avancé hasta la mitad de la cuadra hasta que me di cuenta que un Volkswagen (uno de los millones en la ciudad, en mi país los llamamos “Pichirilos”) verde con blanco, con un letrerito arriba venía hacia donde yo estaba parado, lo manejaba un muchacho joven, no llevaba pasajeros, le hice señas para que se detuviera, y se orilló para permitirme subir, debe haberme visto desesperado porque no me preguntó nada sino que abrió la puerta y me dijo que entrara. Lo saludé cuando iba entrando, el carrito era solo de dos puertas, pero tenía asiento posterior y me acomodé allí; preguntó hacia dónde me dirigía, le contesté que primero recogeríamos dos amigos, en la esquina; asintió, sin decir palabra, se dio cuenta de que algo singular estaba pasando y viró por donde le indiqué. Max y Walter ya venían saliendo, los señalé, el taxista se detuvo, entraron rápidamente. Le pedí al muchacho que nos sacara rápidamente de este sector, que después le daría una dirección y que le contaría por lo que estábamos pasando. Sin duda alguna, ese fue otro ángel, nos sacó de allí a toda velocidad, sin ninguna otra pregunta.
Lo más importante por el momento, era salir de la zona de riesgo, así sucedió. No sé qué habría pasado si el coyotero regresaba y nos encontraba saliendo del departamento o del vecindario; tampoco supimos que pasó con ellos después de nuestra huida, aunque me hubiera gustado ver sus caras de sorpresa; supongo que lo agregarían al registro de las pérdidas y también que nuestras madrecitas estarían siendo nombradas en las maldiciones que estarían enviándonos; pero eso ya pertenece al capítulo de las memorias.
El amigo hondureño que nos salvó de ir a la selva y de caer en las manos de los militares, el mismo que nos brindó su casa sin complicarse para nada, también nos había proporcionado la dirección domiciliaria de un amigo suyo que vivía en la colonia Romero Rubio, en el Distrito Federal (esto fue lo que se me grabó y usé en todo momento). Le di la dirección al taxista y se dirigió hacia allá; bajamos del taxi, pero tuve la precaución de pedirle que nos esperara un rato; tocamos la puerta de la casa mencionada, pero nadie respondió; intentamos algunos minutos más, hasta que una vecina salió, nos indicó que el tipo ya no vivía allí y que no sabía su nueva dirección. No hubo caso, tuvimos que dejar de insistir.
El joven taxista mientras tanto, esperaba pacientemente en su carro, entretenido en limpiar el parabrisas, me acerqué donde el, le comenté lo sucedido y le conversé abiertamente lo que habíamos venido a buscar; me escuchó con atención, hasta que se sorprendió al escuchar de dónde eran los muchachos que yo, como coyote nicaragüense llevaba a los Estados Unidos (mantenía esa mentira, porque no nos resultaba mal tener un centroamericano metido en la colada) por si acaso tuvieran algo en contra de los sudamericanos (uno nunca sabe).
Rafael, que así se llamaba el taxista, debía haber tenido en ese entonces, 24 años, se le notaba que era una buena persona, tenía amable talante, tuve confianza en él (aunque muchas veces me habían dicho que los taxistas eran informantes de la policía). Le propuse que nos ayudara de la forma en que él pudiera, asegurándole, por supuesto éste era un favor que pagaríamos; de entre las alternativas que teníamos, anoto éstas:
• que nos indicara la ruta a seguir, para hacerlo por nuestra propia cuenta y riesgo, porque ya sabíamos dónde teníamos que llegar;
• que nos llevara a la estación de los buses, donde también allí terminaría el cuento; y/o
• que nos consiguiera un amigo que nos diera posada, hasta que Max recibiera dinero que le enviaría cualquiera de sus hermanos; por eso, se necesitaba urgentemente una dirección domiciliaria real para poder enviarla a su familia y que la puedan usar para la transferencia.
LA CASA DE RAFAEL
La propuesta de Rafael fue que nos llevaría a su casa primero, que hablaría con su padre, porque él era el dueño del vehículo y además podría aconsejarnos o ayudarnos a encontrar más y mejores alternativas; esta propuesta fue aceptada inmediatamente, ya que tampoco nos quedaba de otra. Por otro lado, Rafael se veía muy comprometido con nuestro problema, era joven y se imaginaba todo lo que habíamos pasado en la travesía hasta llegar a México; también le conversamos que nos había salvado, cuando nos recogió, porque estábamos escapando de los coyotes que nos mantenían atrapados en la casa de donde salimos. Por todo esto, Rafael debe haber sentido pena, y nos quiso ayudar desinteresadamente incluso.
Una vez que llegamos al primer acuerdo (el segundo nos llevaría al tema del dinero) subimos a su carrito y nos llevó a su casa. Ésta, quedaba en la periferia, en uno de los cerros que circundan la zona; un viaje largo debo añadir, México es una megápolis, se está extendiendo longitudinalmente, en forma increíble; pasamos por calles que me recordaban las de Mapasingue en Guayaquil Ecuador. Subimos hasta llegar a una especie de plazoleta, pero agrupaba aproximadamente diez familias, cada una en lo que nosotros conocemos como villas, pero pequeñas, luego supe que eran proyectos sociales habitacionales.
Si tomamos a la calle por donde entramos a la plazoleta, como punto de referencia, ésta sería el Sur, la casa de Rafael, quedaba en el Norte, casi en pleno centro de la herradura. Este vecindario estaba prácticamente encerrado. Si hubiésemos tenido la intención de escapar, ni siquiera me hubiera tomado la molestia de pensar en esa posibilidad; una ocasión, en uno de esos aciagos días que teníamos, se estacionó un carro de la policía en la entrada, buscando un sospechoso, lo veíamos, desde la casa de Rafael y ni parpadeábamos siquiera con ese detalle, tuvimos siempre presente que allí debíamos jugar limpio.
Rafael nos presentó con su padre, un hombre excepcional, como pudimos constatar después; le conversamos casi abiertamente la situación, manteniendo siempre la mentira “blanca” del coyote nicaragüense. Al igual que su hijo Rafael también nos creyó, se sorprendió mucho cuando escuchó que los “muchachos” venían desde tan lejos y convino en ayudarnos. Íbamos a estar, por lo menos, una semana en su casa, hasta que a Max le llegara el dinero; cuando necesitáramos salir, por la llamada para confirmar lo del envío, le pediríamos a Rafael que nos llevara; esto último era necesario porque era él quien tendría que retirar el dinero ya que el giro venía a su nombre.
Con la intervención de esta noble familia mexicana, comprobamos (una vez más) que estábamos siendo protegidos por Dios. Él nos llevaba de la mano, nos dejaba bajo la custodia de los ángeles a quienes les encargaba nuestras vidas. Siempre lo creímos así, estábamos plenamente convencidos de ello porque nada de lo que a veces nos sucedía parecía real.
Esa semana que pasamos con la familia de Rafael, aprendimos a comer (por primera vez) las enchiladas mexicanísimas. ¡Ah, pero qué enchiladas! Una cosa es conversar de ellas y otra cosa es tratar de comerlas. Todas muy sabrosas con su salsita, nos advirtieron que podían resultar muy “picosas” (picantes) porque si era la primera vez para los ecuatorianos, debían hacerlo con cuidado. A mí no me dijeron nada… “¡porque como era nica”! se daba por descontado que las comía sin ningún problema, sin pestañear siquiera, lo cual no era cierto.
Tres enchiladas en cada plato, la familia en pleno observando las reacciones de sus “invitados” sudamericanos, gracias a eso no se daba cuenta del sudor que corría por mi frente; con una sonrisa idiota empecé a introducir la primera porción a mi boca, mis amigos hicieron lo mismo, aunque yo sabía que mis paisanos de la sierra son buenos para el ají. Mi abuelo mismo era campeón, mi papá igual, sus preferidos eran: uno llamado “del Diablo” que competía en sus gustos con otro que llamaban “gallinazo”, a mí nunca me gustó el picante…hoy estaba pagando ese error.
Con el primer bocado en proceso de masticación, las lágrimas empezaron a surgir, primero por gotitas, asomando tímidamente una por una, todavía no descendía la enchilada a su base; cuando el ambiente ya estaba caldeado, pensé para mis adentros, así debe sentirse el calor del infierno. En el momento en que ésta (la enchilada) tomó posesión de mi boca, mi lengua y paladar dejaron de ser, ya no formaban parte de mi cuerpo, vagaban por otros mundos, perdí la sensibilidad desde el mismo momento en que introduje el tenedor con la enchilada; las lágrimas fueron más aventadas que mi propia vergüenza y empezaban a salir atropelladamente, sin pedir permiso a mi cerebro.
El cuidado que había tenido con la familia de Rafael, para que no notaran mi actitud se fue al carajo, ya no me importaba nada; la tercera y última enchilada fue lo último; se remató el asunto con las llagas que yo sentía habían declarado una revolución en mi boca, venciendo a mis papilas gustativas, las cuales ya no “gustaban” nada; el calor allí era insoportable, Dante pudo haber encontrado un mejor infierno y escribir un nuevo castigo en una segunda parte de su “Divina Comedia”.
Mis amigos no estaban en mejores condiciones que yo, su situación de observados me ayudó a disimular un poco la mía, pero yo ya ni sentía mi boca. Logré hablar después de una hora de tratamiento con agua. Me di cuenta que estaba teniendo problema de comunicación porque cuando me preguntaron algo, solo acerté a mover mi cabeza y a balbucear unos gemidos, que ni siquiera serían considerados como palabras.
Fue tan grande el “éxito” que la mamá de Rafael tuvo con nosotros (la familia estaba feliz) porque comimos rápido para acelerar este proceso (que parecía haber sido sacado de los archivos de la Santa Inquisición) y terminar lo más pronto posible las enchiladas; la buena señora pensó (erróneamente), que las habíamos devorado porque nos encantaban; el resultado fue que nos colocaron dos enchiladas más a cada uno; y, sin poder siquiera esbozar una negativa, repetimos la escena (vuelva a leer lo que relaté en el párrafo anterior…elévelo a la milésima potencia) pero, por favor, ténganos pena, no se ría de nosotros.
A partir del episodio de las enchiladas tuvimos más cuidado con lo que comíamos; una tarde, después de que Max llamara a su casa, le pedimos a Rafael que se detuviera en una taquería, queríamos conocer algo, por lo menos, de la ciudad de México (algo que no fuera de su propia casa sin ánimo de ofenderlo), le dijimos que era porque tampoco los muchachos conocían la diferencia entre “taco” “burrito” y “tortuga”.
Bajamos del carro, nos acercamos a la taquería, en la radio se escuchaba una canción que no era ranchera como casi todo lo que se escuchaba en toda Centro América, tenía un ritmo muy bonito. Empezaban en ese entonces a hacerse famosos Juan Luis Guerra y los 4.40, después supe que el ritmo era “Bachata” y la canción “Burbujas de Amor”, la voz de quien cantaba se parecía mucho a la de Pablo Milanés, en tonalidad alta, me confundió, pero me gustó esa tonada particularmente y dos más que se escuchaban a menudo en aquel entonces.
Decía pues, que llegamos a la taquería, en el momento en que un muchacho atendía a un cliente; en su mano izquierda extendida, tenía una tortilla, no muy grande; en la mano derecha, un cuchillo (el cual debió haber estado muy afilado) con el que ejecutaba unos movimientos rápidos de arriba hacia abajo, cortando un bloque grande de carne, caliente, con forma de piña gigante que colgaba verticalmente, haciendo caer los pedazos directamente en la tortilla. Fue una cosa increíble ver a este muchacho en acción, era rapidísimo. Rafael nos dijo que todos trabajaban del mismo modo.
Siempre me confundía con los “tacos” y los “burritos”. No podía diferenciarlos. Esto me quedó de una experiencia pasada, porque en mi ciudad venden burritos, pero los llaman tacos. Los tacos californianos si eran fáciles de diferenciar, por la concha crujiente, pero la confusión estaba con el asunto de los burritos. México me aclaró la duda: la tortilla (de maíz o harina) es la base para ambos (taco y burrito), lo que podría decirse es su similitud. La diferencia estriba en que el taco es pequeño, como una flauta a la cual rellenan con el material de su preferencia (carne de res, cerdo, pollo), luego es llevado a la sartén para ser frito, hasta tener una consistencia crujiente.
El burrito es más grande, rellenado con frijoles, mezclado con carnes, queso u otros materiales, la tortilla permanece suave y es cerrado. Ambos, el taco y el burrito son deliciosos. La tortilla, por sí misma es sabrosa, aparte de nutritiva.
Pedimos nuestros tacos, ya estaba seguro de que no eran burritos, comimos hasta hartarnos; en el trayecto, en el viaje a la taquería, habíamos visto una carreta con venta de “tortugas”, las cuales no son nada más ni nada menos que nuestros sánduches criollos, hechos con pan redondo, de tamaño grande, cuya forma recuerda la de nuestras famosas tortugas “Galápagos” (de allí su nombre). Las rellenan así mismo, con el material de su agrado; ese fue otro motivo de salida, para después de dos días, que era el tiempo previsto para salir a retirar el dinero que le llegaría a Max. Rafael nos llevó de regreso a la casa, a esperar el día señalado.
Los días fueron aprovechados en tener largas pláticas con el papá de Rafael, quien nos aconsejaba sobre lo que debíamos hacer o no en el camino que nos faltaba por recorrer. Fue el quien nos alertó sobre la posibilidad de que podríamos ser capturados si llegábamos a los terminales de autobuses; nos aconsejó que bajáramos dos cuadras antes, para evitarlos; con él aprendimos a entonar el Himno de su país: “Mexicanos, al grito de guerra, el acero apretad y el bridón; y retiemble en sus centros la tierra, al sonoro rugir del cañón” lo cual también nos ofrecía mucha ventaja si éramos capturados, porque si llegaban a preguntar acerca de nuestra nacionalidad, teníamos que demostrar que éramos Mexicanos, y ésa era una forma. Los policías de migración preguntan sobre el himno, y direcciones domiciliarias principalmente.
Era casi como un entrenamiento; el papá de Rafael se tomó la molestia de prepararnos para el viaje; hubo un momento en que le comenté que quería visitar a un amigo que estudiaba en una universidad en la ciudad de Montemorelos, me dijo que quedaba muy cerca de Monterrey, que era por donde teníamos que pasar necesariamente, podía desviarme un poco, algo así como treinta minutos, hablé con Max y Walter, aceptaron sin ninguna objeción y quedó programado en el itinerario que seguíamos.
El día del retiro del dinero llegó. Fuimos con Rafael por supuesto, él era quien nos llevaba en su taxi y en esta ocasión especialmente tenía que usar su identificación para retirarlo; de ningún modo podíamos hacer eso nosotros porque no teníamos identificación mexicana, estábamos ilegalmente en el país, no teníamos derechos, era como si no existiéramos (pero este pensamiento es erróneo, naturalmente el problema era que nosotros no lo sabíamos; aunque siempre nos cuidábamos de todo para evitar conflictos). El tema del envío de dinero era sencilla: los hermanos de Max, desde Ecuador, o Estados Unidos, se lo enviaban (después que conseguíamos a la persona adecuada) un giro bancario (Money Order) bajo el nombre y dirección de la persona escogida. Rafael tomó el dinero de la agencia y se lo entregó a Max. Max, llamó a sus hermanos para certificar que lo había recibido y regresamos a casa de Rafael.
Esa noche, recibimos los últimos y oportunos consejos de su papá. El conocía que, en Matamoros, había una casa de asistencia social para refugiados centroamericanos; quienes, huyendo de sus convulsionados países o de sus problemas personales, cruzaban las fronteras mexicanas para tratar de llegar a los Estados Unidos. Nuestro objetivo era llegar a esa casa, era nuestra meta pre-final. También le dijo a Rafael que nos podía llevar hasta la ciudad de Querétaro, la cual era su límite. ¡Qué gran personaje Don Luis! Estaba apenado por no poder ayudarnos a ir más lejos; le dijimos que lo que había hecho por nosotros, durante nuestra estadía en su casa, con atenciones y consejos dados, era más que suficiente para ser considerado como un gran acto de bondad; que muy poca gente hace eso por personas que ni siquiera conocen y que ni con todo el oro del mundo podríamos pagar tanta generosidad; se conmovió más el hombre y nos abrazó deseándonos que el resto del viaje nos resultara con felicidad; nos retiramos a descansar, a prepararnos para el comienzo de la nueva aventura que nos tocaría vivir, a partir del siguiente día.
¡Amaneció, sentimos alegría y tristeza al mismo tiempo!...Mientras desayunábamos, escuchamos las indicaciones de todos en la casa de Rafael, lo cual me recordó mi estancia en la casa de la familia Vizuete, en Riobamba-Ecuador, ¡Qué preocupación la de la gente que lo quiere bien a uno!, recibimos con atención lo que nos decían, y nos empezamos a despedir. De uno en uno, fuimos abrazando esta hermosa familia. Nos dirigimos al Volkswagen, colocamos el equipaje de los muchachos en él, con mi equipaje no había mucho problema, solo tenía que ponerlo en uno de mis bolsillos y ya. Rafael fue a ocupar el asiento del conductor y nos acomodamos para viajar a la ciudad de Querétaro.
Era tan simple la situación (aparentemente), que asustaba tanta facilidad, no cabía la menor duda: Dios continuaba con nosotros, todo salía a pedir de boca. Rafael echó a andar el carro, hicimos de la mano a la familia que había salido a despedirnos por última vez y partimos, salimos por donde habíamos entrado la primera vez al vecindario, bajamos el cerrito, cuando llegamos a la planicie, tomó la avenida central y no nos detuvimos hasta salir de ciudad México.
El plan estaba forjado con mente fría, era sencillo: solo teníamos que tomar un autobús (camión) en Querétaro y llegar a Monterrey primero; Rafael nos acompañó hasta adentro del terminal, para asegurarse de que no pasara nada, él se encargó de comprar los boletos y dejarnos en la puerta del autobús, no tuvimos que hablar con nadie; mientras tanto, yo miraba a la gente y sólo pensaba en quiénes serían los policías de migración, porque estaban vestidos de civil.
Max, llamó a un lado a Rafael, y le puso en las manos $ 200,00 dólares; éste, quiso rechazarlos, pero mi amigo le dijo que no era un pago por lo que habían hecho, sino un reconocimiento de gratitud para su familia, porque era difícil encontrar ayuda en tales circunstancias y ellos nos la dieron de corazón; fue un gran gesto de Max...Rafael los tomó, agradeciendo, y esperó a que subiéramos al camión.
Fue la última vez que vimos a este otro ángel.