Capítulo 19
Miré a James, perpleja. Palidecí y titubeé varias veces, no siendo capaz de formular palabra por más que lo intentara. Intentaba buscar las palabras correctas, las palabras exactas para aquel momento, pero no era posible.
James, sin embargo, esperaba oír una respuesta que escapara de mis labios sonrosados. Ambos estábamos en las penumbras y la luz de emergencia azulada se había encendido de golpe, creando un ambiente algo apagado que no nos importó en absoluto ya que estábamos en nuestro propio mundo.
El agua de la ducha seguía corriendo, ruidosa y tibia sobre nuestros cuerpos. James se apartó y pegó su espalda contra la pared, con el cuerpo desnudo, mirándome, esperando una respuesta. Tuve que concentrarme fuertemente en su rostro y no desviar la mirada hacia sus partes íntimas. Parecía no importarle estar desnudo frente a mí. Tragué saliva.
—¿No me amas? ¿Por eso no respondes? —apretó los labios y se echó el cabello mojado hacia atrás con ambas manos, frustrado.
—Te amé desde el primer día —le confesé, con lágrimas brotando de mis ojos y con una sonrisa fugaz, tonta.
Rápidamente me miró, sin poder dar crédito de lo que había oído y vi como una sonrisa iba naciendo lentamente de sus labios.
—Dime que no es un sueño y que soy correspondido—volvió a acercarse a mí, tomándome de los brazos y buscándome los ojos—. Dilo de nuevo.
—Te amo, James—sonreí, tonta y sintiendo que estaba en un sueño hermoso del que no quería despertar.
Me dolía el rostro de tanto sonreír, ese imbécil me tenía enamorada y no podía creer que las cosas se hubieran aclarado un poco, porque aún faltaba mucho por hablar. Pero aún así, ante él, desnuda, mojada y sin importarme las personas que pretendían separarnos, decidí que quería quedarme a su lado.
James Voelk era la perdición y yo quería ser consumida por él. No de manera sumisa, pero si de forma sentimental. Y era una sensación inexplicable ser correspondida.
—Te confieso mi amor y se corta la luz en el edificio—se echa a reír, divertido—. Agradezco que estén las luces de emergencias instaladas, porque sino no podría ver tu cuerpo tan perfecto e inmaculado.
—No exageres—me rio, sonrojada.
—Voy a pasarte el jabón por el cuerpo y no quiero escuchar un no como respuesta— dijo, con su boca empapada pegada a mí oído y haciéndome cosquillas en el cuello—. Y esto—me apreta el trasero con ambas manos y me estampa contra la pared—, es mío y de nadie más.
Todos los sentidos se aceleran y se me entrecorta la respiración.
—Tuya.
—Así me gusta, señorita Grey—jadea, me mordiéndome el labio inferior, dándole un mordisco intenso.
Me levanta del suelo y hace que rodeé las piernas por encima de su trasero desnudo mientras me besa desenfrenadamente. Chocamos los dientes un instante, por la desesperación, pero luego alcanzamos aquel beso perfecto. Cómo aquellos que te dejan sin aliento.
Siento su miembro erecto sobre mis partes íntimas y la temperatura me recorre la piel, deseando tenerlo adentro mío. James suelta un gemido escondido en lo más profundo de su garganta cuando le rasguño la espalda con mis uñas, provocando que me apreté más contra la pared.
—¿Quieres que te la meta? ¿No es así? —me pregunta, entre besos y como si le divirtiera mi desesperación.
—¡Sí! —jadeo, excitada.
—Ruégamelo.
Dios.
—¡Por favor! —supliqué, sin aliento.
Me cazó del cabello empapado con su enorme mano y me echó la cabeza hacia atrás, y con un rápido movimiento me metió la punta de su miembro en mí interior con brusquedad, haciéndome gritar.
Él, cómo respuesta, abrió su boca contra mí cuello. Dios mío, sus labios sobre los míos son una delicia y cada penetración se siente como tocar el cielo con las manos.
—¡Ay James! —gimo, con los ojos cerrados, extasiada por cada embestida.
Jalo su cabello mientras me la mete con gran insistencia y puedo oír cómo gruñe contra mi cuello húmedo. Su respiración contraída me excita más y mí insistencia porque me la meta más adentro no tarda en aparecer.
—Así me gusta, que estés completamente mojada para mí y que yo provoque toda sensación gloriosa para ti —carraspea, posesivo, mientras me apreta más los muslos y con gran esfuerzo me la mete más adentro.
Grito, excitada y mi cuerpo se contrae. Cómo castigo, con uno de sus dedos comienza acariciarme la punta del clítoris y aquello me vuelve loca, sin importarme que se me escapen algunos gritos contra su oreja. Le clavo los dientes sobre el hombro, quiero todo de él. Quiero que aquello no termine, pero ya estoy sintiendo que estoy a punto de llegar al orgasmo por sus insistentes caricias sobre mis partes íntimas, humedeciéndome más, lubricándome más y queriendo de todo de él.
Me empieza a penetrar más fuerte, más duro y cada embestida hace ruido por el choque de nuestras pieles mojadas. El agua de la ducha nos calienta más.
—Acaba conmigo, babé.
—¡Sí!—gimo contra su oreja, con mis brazos rodeando su cuello y apretándolo contra mí.
Me derrito completa cuando sus dientes hincan sobre uno de mis pezones y los muerde con insistencia. Ay mi Dios.
—¡Vamos bebé! —exclama James, entre dientes y aumentando el ritmo.
Mi estómago y mis partes parecen prenderse fuego cuando en mi interior gana el placer y estallo, alcanzando el clímax y soltando un corto y sonoro gemido.
James alcanza el orgasmo y retira su miembro rápidamente con la intención de no acabar adentro mío.
Antes de que él pretenda limpiarse con el agua de la ducha. Lo detengo con una mano en el pecho y me agacho a la altura de su pene.
—Dios mío—jadea cuando me meto el miembro en la boca para succionarlo y limpiar el semen con mi lengua.
Le sonrió, picara y él me mira con lujuria.
—No puedes hacerme esto, me volverás loco y te burlas de mí con una sonrisa—me dice, agitado, enredando sus dedos en mi cabello y apretándolo.
Chupo su miembro cómo si se tratara de una paleta mientras lo miro desde abajo, con mis ojos pegados a los suyos. Lo saco de mi boca.
—Ya que estás allí, lávame el cabello—le ordeno.
Con las piernas temblándole y con los labios separados, asiente, embobado. Toma el pomo del acondicionador, coloca un poco del contenido blanco en su mano y luego comienza a pasarlo en las puntas de mi cabello que ya pasa los hombros, con tanta suavidad que me relaja. Y así está un buen rato.
—Eso es—lo felicito, con una sonrisa a medias y con una ceja arqueada.
—Por ti mi reina, lo que sea.
Cuando quiero seguir chupándosela, me agarra por los hombros y me levanta con cuidado de que no me resbale.
—Te amo—me susurra, con los labios rosando los míos.
Era tanto lo que sentía por él que no podía creer que era correspondida. Pelirrojo, musculoso y absolutamente guapo. Rostro malditamente precioso.
—Te amo —le dijo en voz baja, y me atrevo a unir mis labios con los suyos, sellando aquel beso que nunca se repetía, porque siempre era único.
El apagón de la ciudad duró hasta las ocho de la noche. James y yo estábamos demasiado ocupados cómo para preocuparnos por ello, ya que pasamos la tarde amándonos de una forma tan gloriosa como mi identidad.
La intensidad del sexo fue variando, lo hacíamos con cuidado, con amor y luego nos dominaba la bestia y el salvajismo que ocultábamos en lo más profundo de nuestro ser. Hacer el amor con la persona que amas va más allá que sólo follar. Cuando los sentimientos están echados sobre la mesa, nadie ni nada puede detenerte. Lo sabía y quería apostar por ello.
Quería apostar por nosotros y deseaba que James, en lo más profundo de su corazón, también lo hiciera. Si es que me amaba cómo él me repitió incontables veces en el día.
Estábamos en su cama, acostados y envueltos en la sabana de seda verde, cubriéndonos la piel como si antes no la hubiéramos visto en cada resplandor suyo. Teníamos la mirada sobre el techo, mirando algún punto insignificante de la oscuridad, cada quien sumido en su pensamiento. James tenía las manos por detrás de la cabeza, generando que los músculos de sus brazos se tensaran y se ensancharan aún más.
—Sé mí novia —soltó James, sin mirarme y como si se le hubiera ocurrido en el momento.
Giré la cabeza para mirarlo, perpleja.
—¿Qué dijiste?
—Me oíste —giró la cabeza para mirarme con una sonrisa plantada en los labios.
Me senté en el colchón, tratando de no sonreírle y lanzar un chillido de niña chiquita.
—¿Sabes lo que significa tenerme de novia?
—No ¿qué? —frunce el entrecejo.
—Dejar de follar con otras chicas y sólo conmigo.
Se sentó y apoyó la espalda completa sobre sus almohadas.
—¿Crees que a mí sólo me importa follar, Alma? —me preguntó, serio.
Mierda. No pretendía herirlo.
—Yo…
—No todo es follar en mi vida, no voy por ahí y me tiro a cualquier chica que veo o le endulzo la oreja para que lo haga —me aclaró, con voz dura —. Tengo sentimientos, soy maduro si me lo propongo, no un maldito fuckboy.
Tragué saliva, y ahora me sentía culpable. Mis manos se entrelazaron y agaché la vista, sintiéndome tonta.
James se acercó a mí y me levantó el mentón con dos de sus dedos para obligarme a mirarlo a los ojos.
—Yo sé cuándo y cómo sentar cabeza. Y lo quiero hacer contigo porque a lo largo de mis treinta y cinco años no he encontrado a ninguna mujer cómo tú, mi Alma —su voz era suave y cálida —. Nadie te llega a los talones. Eres lista, super inteligente y tienes una belleza inigualable. Sería un idiota si te pierdo. Quiero ponerte en un pedestal y darte el mundo, amor mío.
Los ojos se me empañaron y un nudo gigante se instaló en mi garganta. Cerré los ojos tan sólo un instante, soltando una lagrima que cayó sobre las sabanas de James.
—Yo no puedo ser tu novia, James.
—¿Qué?¿Por qué?
Rompo en llanto.
—Estoy muerta.