Chapter 18: Capítulo 18

Decir que estaba destrozada era poco. Me había quedado helada, mi cuerpo temblaba y mi respiración era trabajosa. No quería creerlo, él no me haría una cosa así, no después de todo lo que habíamos vivido. No quería creer que James me lastimara de esa forma. No con mi estado mental en juego. No así, por favor.

El rímel se había corrido por debajo de mis ojos, como una lluvia negra que manchaba mi rostro hasta la mitad de mis mejillas. Mis ojos, rojizos por el llanto y mi corazón, terminado de ser destruido. La ira, carcomiéndome las ideas para que pase por alto lo ético y lo moral y vaya hasta la mesa donde James está sentado y darle la bofetada de su vida.

Todo se sentía como un plan bien hecho, bien calculado y yo como idiota no había logrado ver la película completa. Abrí la llave del lavamanos y me inclinó para lavarme el rostro más de la cuenta, con la intención de que el agua me calme, que me refresque. Pero el llanto se hacía cada vez más fuerte, imposible de ocultarlo. No quería salir así, no quería verlo nunca más. Lloraba, haciendo ruido inevitable con mi garganta. Me pesaba el pecho.

Las palabras de aquella señora me habían atravesado de una forma tan cruel y despiadada que se habían sentido cómo balas atravesadas en cada parte sensible de mi cuerpo. El agua mojando el inicio de mi vestido. No me importó. Ya nada me importaba.

Me sentía utilizada, no solo por James, sino por Garicia. El hombre que me había causado pesadillas había vuelto pero aquella vez más fuerte, porque había sentimientos involucrados. Había sentimientos que no querían irse y que me pedían a gritos que insistiera por una explicación. Mi corazón continuaba latiendo, desbocado en mi pecho y cada nervio de mi cuerpo parecía estar paralizado, ya que no era capaz de moverme.

Pero nada podía esperarme si se trataba del hijo de mi peor enemigo. De mi peor castigo terrenal.

Quería golpear todo, quería golpear cualquier cosa, desquitarme. Era tan grande el enojo que sólo lloraba en vez de pensar en frio y planificar algo que lastimara a James. Sólo por obedecer a su padre.

Sólo por eso, sólo por escucharlo.

Alguien tocó la puerta, provocándome un sobresalto. Busqué la toalla de mano rápidamente para secarme el rostro, dándome palmadas en él con la delicada tela azul.

—¿Alma? ¿Te encuentras bien? —la voz de James me apretujó el pecho de una forma insoportable.

Tomé fuerza de dónde no sabía y abrí la puerta, con una amplia sonrisa, con el maquillaje listo y como si nada hubiera pasado.

—Lo siento amor, Amanda me ha llamado desde Francia —le dije, con una sonrisa amplia y un ánimo renovado, salí del baño y cerré la puerta —. Sabes cómo es ella, habla hasta por los codos —me re, fingiendo que todo marchaba bien.

James me miró, con una sonrisa extrañada en sus hermosos y malditos labios, y con el entrecejo fruncido. Era increíble como unas facciones que parecían rudas y perfectas podían ocultar una verdad tan horrible.

Puse mis manos en sus caderas y me acerqué a él.

—¿Qué te parece si vamos a un lugar donde ambos podamos estar más tranquilos y así charlar? —le pregunté, con voz suave y dulce —Porque eso es lo que me debes James: una charla.

—Pero Alma, no hace mucho inició el casamiento —me respondió, confundido —¿Ya quieres marcharte?

Con mis manos sobre su cintura, lo empujé contra una de las paredes del pasillo de la casona y echándole una mirada al lugar para procurar que no me viera nadie, apreté su entrepierna y le di un mordiscón a su firme cuello. A James un gemido se le escapa. Estaba sorprendido y con las pupilas dilatadas.

—Ya entendí el mensaje —me respondió, apretando mi cuerpo contra el suyo y con la respiración dificultosa.

James Voelk me llevó a su apartamento que era igual de grande que un piso del edificio del campus. Abrió la puerta con desesperación, conmigo en brazos con mis piernas rodeándole la cintura, buscando el picaporte con sus manos y logró hacerlo.

Aunque él me sonreía, alegre y con la punta de su nariz pegada a la mía. Yo fingía que todo estaba bien y que no se me partía el corazón verlo de aquella forma. Tenía mis manos acunando su rostro perfecto, sosteniéndolo a cada lado de su mejilla. Mientras tanto él, buscaba mis labios con desesperación. Recorría sus manos en mi espalda y me llevaba algún sitio de la casa. Besaba mi rostro, devoraba mi cuello, provocándome un inexplicable cosquilleo tan intenso como delicado.

—Te necesito —jadeó, besándome el mentón y dándole un ligero mordisco que me hizo soltar la respiración —. Te necesito siempre, hermosa mía. Mi reina, mi diosa. Mi todo.

Un nudo en mi garganta se instaló en ella. Mi dolor era grande que aún seguía muda, distante pero dispuesta a pasar un último día con él. Pegó mi la espalda contra la pared más cercana, sin dejar de besarme y buscando el cierre de atrás del vestido. Sentía su erección muy por debajo de mi abdomen, llegando a mi puente de venus y el deseo en mi interior empezó a aumentó con aquel roce suyo.

Entonces, con la respiración trabajosa, ambos nos detuvimos y nos miramos, buscando los ojos del otro.

—Alma, te siento distante ¿estás bien? —me preguntó, preocupado y acariciándome la mejilla con su dedo pulgar.

¿Qué decirle? ¿Qué explicarle? Estaba tan perpleja por todo lo que me había enterado que no era capaz de soltar palabra. Asentí con rapidez, tragando con fuerza y dedicándole una sonrisa sin dientes.

Busqué sus labios, quebrada y él me correspondió, titubeante. Su respuesta es inmediata, y vuelve a besarme con brusquedad, con intensidad y sin intenciones de dejarme ir. Y yo no quiero que lo haga, no quiero que me suelte, no quiero que me deje ir, pero la línea entre amarlo y odiarlo con todas mis fuerzas era tan delgada que estaba a punto de romperse.

Me dejé llevar, jurándome a mí misma que aquel encuentro con James, sería la última vez. Sus besos son suaves, húmedos y su lengua no para de entrelazarse con la mía, creando un ritmo perfecto y llevadero. Adictivo.

Lo amaba y dolía. Mucho.

Me lleva hasta el baño, con el vestido flojo y no tarda en depositarme en el suelo para bajarme la prenda y yo me deshago de la corbata que es lanzada a una parte del suelo del baño y le desabrocho la camisa con gran desesperación.

Tocó su pecho firme, desnudo y se sintió tan bien sobre mis dedos que no pude evitar llenarlo de besos. Él soltó un suspiro, disfrutando de mi contacto. Mientras yo lo besaba, prendió la ducha y el baño se llenó de vapor.

La última vez, me dije a mi misma, la última e iré sin volver atrás.

Ofreciéndome su mano y con una sonrisa de oreja a oreja, me invitó adentrarme en nuestra pequeña lluvia. Yo acepté, con un nudo en mi pecho.

Cuando creí que me haría el amor como pensé que lo haría, nos metimos en la ducha y nos quedamos abrazados. Yo con mi rostro pegado en su pecho mojado y él lavándome el cabello con shampoo.

Aquel afecto suyo, aquel detalle me hizo romper en lágrimas y comencé a llorar, quebrándome de inmediato.

—Hey ¿qué ocurre? —me preguntó, completamente anonadado y con un pitido de voz.

Me obligó a mirarlo, mientras yo lloraba sin poder parar. No aguantaba más.

—Estás conmigo porque tu padre te obliga —mi voz era queda, llorosa, distante y no podía ni siquiera mirarlo a los ojos como él tanto quería —¡Estás conmigo para que no denuncie a tu padre y arruine la reputación de las cadenas de restaurantes, James! ¿Acaso pensabas que no me daría cuenta o enteraría?¡¿Tan estúpida crees que soy!?

James se quedó helado y en vez de apartarme para poder mirarlo mejor, lo único que hizo fue atraerme hacia él y pegarme contra su pecho, con su mano en mi cabeza, envolviéndome en un abrazo tan fuerte que no creía necesitar.

—No sé qué ocurrió cuando estuviste ausente en el casamiento, no sé qué mierdas te soltó mi madre —masculló, con gran rencor —. Pero lo que te hayan dicho no es cierto —me obligó a mirarlo y repitió —. No es cierto, Alma —sus palabras fueron firmes y pausadas.

Las gotas de la ducha aplanaban su cabello anaranjado contra su frente y oreja, creando pequeñas gotitas que caían sobre mis pechos desnudos. Los mechones se tornaban más oscuro por los mojados que se encontraban. Estábamos pegados el uno al otro, mirándonos a la cara y como si el tiempo se hubiera detenido.

Había sonado tan sincero y parecía tan lastimado que me sentí peor. Quería escabullirme, hacerme pequeña. Estaba tan cerca de mí que podía ver la profundidad de sus ojos.

Me quedé hecha piedra cuando sus ojos se empañaron y me susurró, sin dejar de sostenerme el rostro con las manos:

—Yo te amo, Alma.

La luz del apartamento se fue.