FINAL DE ESTA HISTORIA

Alma se refugiaba con la idea de que su madre era la misma Afrodita cuando la soledad la visitaba en medio del orfanato Santa Maria. Una diosa de un viejo mito griego que había logrado leer en una visita a la biblioteca pública junto con otros niños. La única fotografía que tenía de su madre cuando fue abandonada, era similar a como se describía a Afrodita en aquel mito. Era una diosa de la belleza particular, esta nació siendo mujer, su tez y toda su piel era pálida, lechosa, y se la representaba con el cabello largo y ondulado la mayoría de las veces, ataviada con una túnica de seda blanca y con un cinturón que le hacía resaltar más sus caderas y los senos.

Era tan hermosa que todo aquel podría caer a sus pies, rendidos y enloquecidos.

Cómo la imagen del rostro de su madre era similar a como describían a Afrodita, se refugió en que su madre podía ser realmente esa diosa griega y eso justificaría el abandono, romantizando la historia y tratando de que la realidad no la lastimara.

Alma solía ser una chica solitaria, apagada se aisló aun más cuando un infeliz le arrebató las esperanzas de vivir…

Estaba lavando los platos en la cocina. Era una noche de sábado agitada y estábamos repleto de clientes. Dios, eso era lo malo de que el restaurante estuviera ubicado en pleno centro de Seattle. Las personas ingresaban, comían y se marchaban, para que luego otros ocuparan el mismo asiento. Había intercambiado con mi compañera April los roles, ahora ella estaba atendiendo las mesas mientras yo lavaba los platos y los cubiertos. 

Garicia andaba merodeando por el lugar. Cada vez que podía caía de sorpresa en el restaurante y observaba si todo marchaba bien. Eso me tenía inquieta, ya que su presencia era lo más grotesco que podía vivir. Apenas me enteraba que Garicia ya estaba aquí, sabía que un mal día se presentaría y que en aquellas veinticuatro horas podría ocurrir cualquier cosa que pudiera herirme. 

No faltaba demasiado para cerrar, así que los platos no se apilaban con tanta frecuencia. Entonces, Garicia ingresó a la cocina y mi corazón comenzó a latir con fuerza, mis piernas se debilitaron y centré toda mi atención en el ciclo de enjuague con mis manos espumosas y con olor a detergente. 

—¿Te mandaron a lavar los platos, Cenicienta?  

La voz rasposa y asquerosa de aquel tipo me provocó nauseas. Se puso a mi lado, pero no lo miré, sólo me dediqué a centrar mi atención en mi trabajo de porquería.  

—Sí, señor —asentí, le dediqué una breve mirada con una sonrisa que era más que una apretada de labios y volví mi atención a los platos sucios. 

Vi por el rabillo de mi ojo cómo uno de los encargados de la cocina salió por la puerta trasera del restaurante para sacar la bolsa de basura y entré en pánico cuando me di cuenta que Garicia y yo nos habíamos quedado a solas. Se me secó la boca cuando él no perdió la oportunidad en enredar uno de sus dedos que parecían salchichas en uno de mis mechones rubios y largos. 

La mezcla entre aroma de cigarrillo y a colonia inundo mis fosas nasales. 

—¿Te he dicho que tu cabello es igual al de Rapunzel? —mencionó, con voz grave y con una pizca de diversión. 

—No señor. 

—Voy a ayudarte con eso.  

Me quedé quieta y tensa al ver que Garicia se había posicionado detrás de mí, haciéndome sentir su cuerpo contra mi espalda. Sus manos se aferraban contra la mía para poder lavar los platos él, simulando una clara “ayuda” de su parte. Congelada, con su áspera piel rosando mis dedos, vi cómo sus anillos de oro me raspaban las palmas con cada movimiento de la esponja contra el plato. 

Quería sacármelo de encima, el pánico me invadió al sentir su erección contra la parte trasera de mi pantalón. Se me llenaron los ojos de lágrimas y sentía que no podía respirar por el pánico. No, por favor no. Que alguien me lo saque de encima, que alguien lo mate, por favor. Por favor que se vaya. Por favor. 

Cerré los ojos, tras dar un respingo al ver que me tenía presionada más contra la bacha de cocina, la cual me estaba lastimando el estómago por la presión. Las náuseas aumentaron y el temblor de mi cuerpo ya se notaba. 

—A mí me gusta que se queden calladas, sumisas ante mí —murmuró él, con su boca pegada a mi oído. 

Se me resbaló el plato en lo más profundo del agua, ya que mis manos se habían quedado heladas. Garicia lo agarró rápidamente y lo escuché reír. Quería salir corriendo, pero las piernas no me respondían. 

—Ven—ordeno, bruscamente y autoritario.

Entro en estado de pánico cuando me toma del brazo y me lleva en contra de mi voluntad hasta el cuarto de limpieza. Me empuja en el interior. No soy capaz de gritar, mi cuerpo está en shock. Mis manos tiemblan, empiezo a sudar.

La habitación se oscurece rápidamente en cuanto el cierra la puerta. Me acorraló contra una pared.

—Por favor—suplico, mis labios me tiemblan y lloro, lloro en silencio—. Déjeme ir.

—Cuando terminemos de jugar, te irás.

De pronto siento una de sus manos en mi cuello y quiero responder, realmente quiero hacerlo. No puedo.

Quiero gritar. Pedir ayuda. No puedo. No puedo. Quiero que me deje. Que me suelte, que me libere.

Lo único que recuerdo son sus manos sobre mi cuerpo, sus labios en mi cuello sintiendo su insípida barba sobre la piel mientras hacía conmigo lo que quería. Lo recuerdo tocándome, obligándome a qué lo toque. Yo no quiero. Me resisto. Me golpea. Nadie escucha. Me vuelve a golpear. Quiero apartarme. Sus dedos quieren bajar a mi parte más íntima. Me resisto. No quiero. Que se termine la pesadilla.

Me desgarro el interior. Lo sentí, sus manos taparon mi boca mientras estas se empapaban por mis lágrimas y mis súplicas.

Pedí que parara. Pedí que se fuera. Pedí que me dejara en paz.

Aquella noche tomé la tijera de mi baño, me corté el cabello a la altura de los hombros y no pude dormir.

Planifiqué mi suicidio a partir de esa noche.

Cuando Alma Grey tomó la decisión de terminar con su vida, no contaba que un extraño la viera desde una ventada del edificio. Ni siquiera se había percatado de cerrar las cortinas. O quizás, esa era una intención desde el interior de su inconsciente. Ella quería ser salvada pero ya era demasiado tarde.

James, en realidad, nunca llegó a tiempo.

Cuando aquel hombre de cabello pelirrojo, soñador y bondadoso vio que la chica tenía intenciones de colgarse, no se quedó helado, quieto, perplejo. Sino que, reacciono porque la adrenalina lo invadió, tomando así, el control de la situación.

Salió de su apartamento a toda velocidad, como si los pies no le alcanzaran para llegar a tiempo. Debía salvar a esa chica antes de dejarla morir. Sintió que era su responsabilidad. Bajó las escaleras de emergencia casi saltándose todos los escalones, sin temor a tropezar.

Cuando llegó a la recepción del edificio, se resbaló por culpa del piso recién pulido. Pero rápidamente se puso de pie, con el corazón en la boca, con la respiración agitada y con una sensación de que si no llegaba a tiempo...esa chica moriría.

Pero...no recordó que para cruzar una avenida se debe mirar para los dos lados. Lamentablemente, James no lo recordó y fue embestido por un camión que no frenó a tiempo en cuanto vio al joven interponerse en su camino.

Una persona muerta y un accidente hubo ese día en el radio de la avenida Madison; un suicidio y un accidente de tránsito.

—...estás conectado a una máquina —le digo en un susurro a James, quien se ha distancia de mí y ahora está sentado en el borde de la cama, mirándome fijamente con los ojos lleno de lágrimas, pero ninguna cae—. Tuviste un accidente, un coche te atropelló y ahora estás en un coma inducido.

—¿Acaso enloqueciste, Alma? —me pregunta, meneando la cabeza y una sonrisa tensa florece en sus suaves labios —. Deja de decir esas cosas tan absurdas. Si no quieres ser mi novia sólo dilo y ya. No me sueltes excusas fantasiosas.

Miro mis manos entrelazadas con las sabanas, agachando la mirada mientras veo como mis lagrimas caen sobre ellas, humedeciéndolas.

—Esto fue sólo una muestra de lo que hubiera pasado si lo dos siguiéramos con vida. Hubiéramos sido una hermosa pareja, tendríamos hijos y seriamos felices juntos—le expliqué, sin entrar en pánico porque sabía que, tarde o temprano se daría cuenta—. Si yo siguiera con vida hubiera sido por ti. Pero no llegaste a tiempo James y ahora sólo dependes de una máquina que respira por ti.

—¡Basta ya! —se pone de pie mientras se pasa las manos sobre el cabello y camina por la habitación, asfixiado —¡Deja de decir estupideces, Alma!

—Merry fue una mensajera todo este tiempo, ella quería llevarse mi alma a otro plano porque...ya no pertenezco a este mundo —admití, congojada y mirándolo, destrozada—. Ella nunca fue mi compañera de orfanato, ni tampoco se atrevió a tocarme. Ella siempre quiso salvar mi alma, interponiéndose en nuestro intento de realidad.

—¡No, yo me acosté con ella! —se defiende James, señalándome.

—Por supuesto que sucedió —afirmo —. Si tú estás más en este plano que en la tierra —solté, con cierto sarcasmo—. Estamos viviendo en una realidad que pudo ser, pero que no es real, James. Esto fue una muestra de lo que hubiera pasado si los dos estuviéramos vivos. Lo repetiré hasta que lo entiendas. Porque sí, estás a punto de morir. Estás teniendo muerte cerebral justo en este preciso momento.

Observo con un gran dolor en mi pecho a James, cayendo de rodillas al suelo mientras suelta un fuerte grito. Uno de esos que te desgarran el alma. Pero no puedo hacer nada, porque soy solo eso; un alma.

Todo este tiempo mi nombre decía mi desenlace verdadero.

James se ve consumido por el sufrimiento de lo que está ocurriendo y cuando abre los ojos otra vez, ya no está en la habitación con Alma, con la mujer que ama.

Toda la escena cambia.

Está de rodillas en una habitación de hospital. Esta estaba llena de médicos que estaban intentando socorrer su cuerpo, devolverle la vida, estabilizarlo. Apenas podía verse en la camilla. No había rastros no de su madre ni de su padre, eso lo devastó. Escucha el sonido de las máquinas, ensordecedoras. El griterío de los médicos, desesperados por intentar salvarlo. La puerta que es al pasillo está abierta, varias enfermeras curiosean desde el umbral, con aire preocupado, angustiadas.

James intenta acercarse a la cama, en un intento de ver si puede regresar a su cuerpo, como en las películas. Palidece al ver su rostro lleno de cables. Hasta hay un tubo introducido en su boca. Siente arcadas, náuseas por la impresión que le da verse.

—¡Despierta!¡Despierta maldita sea! —le grita él, al borde de la locura.

Intenta tocarse, aunque sea el rostro. Tener algún contacto con su piel, desesperado.

Entonces, el sonido de la frecuencia cardíaca toma toda su atención. Ese sonido que sólo escuchas en la ficción y de la cual nunca estás preparado para recibir. Ese sonido que pasa de un PI simultáneo, se hace una larga línea.

—Hora de la muerte…doce y cuarto del mediodía—dice un doctor, un hombre mayor, viejo y que mira con gran pesar al joven de cabello anaranjado muerto en su camilla—. Era muy joven.

James retrocede, en estado de shock. Traga con fuerzas, siente un gran pesar en su pecho. No sabe cómo puede ser aquello que sólo le pertenece a lo físico.

Un roce en su mano lo sobresalta. Mira a su lado y allí se encuentra Alma, quién lo mira entristecida, al borde del llanto. Esta aprieta sus labios y abraza el brazo de James.

—Lo siento mucho, James—le susurra ella, con la voz rota.

—Creí que estábamos vivos. Hicimos el amor, tu universidad, mi trabajo. Mis viajes...—musitó, como si le costara hablar mientras veía como tapaban su cuerpo

Alma se abraza más a él, conmovida.

—Fue sólo un pantallazo de lo que pudo ser...sí sabía que te conocería a ti...no hubiera tomado la decisión que tomé, James.

James la mira, levantándole el mentón con dos dedos y le alza el rostro para que sus ojos se encuentren. Aquella mirada significa todo lo que alguna vez pudo ser.

—Me enamoré de tu alma, de tu luz, de tu bondad —confiesa Alma, al borde de romper en llanto —. Es por eso que no te confesé lo que estaba sucediendo entre los dos y disfruté cada minuto contigo. Cada segundo, cada momento. Mi madre murió de cáncer, lo supe finalmente cuando morí. Su alma se encontró conmigo y me dio en abandono cuando supo que tenía los días contados. Ella era una madre soltera y sin dinero hizo lo que estuvo a su alcance. Tanto Afrodita como Merry me suplicaron que descansara en paz...pero yo no quería apartarme de ti, James. Es por eso que nunca te dije nada.

James solo escuchaba, seguía en estado de una emoción desbordada por el asombro y el terror. Una sensación de incertidumbre y confusión.

Un alma confundida.

—¿Tu madre se llamaba Afrodita? —a él se le afloja el gesto a pesar de que sigue llorando y consigue sonreírle.

—Así le decía yo...su nombre verdadero es Monica Davis. Es un nombre precioso tanto como lo es ella —le sonríe Alma, con las mejillas sonrojadas —. Ella me protegió todo este tiempo para que pase más tiempo contigo. Me regaló eso, aunque sea considerado un pecado. Mientras Merry quería llevarme a la fuerza, acechándome...mi madre me cubría para que pase tiempo contigo.

James la toma de la mano y tira de ella. No quiere soltarla.

—¿A dónde vamos? —le pregunto Alma, meneando la cabeza.

El hombre de cabello anaranjado la mira a través de sus hombros mientras sigue avanzando y un brillo en sus ojos deja entrever algo de esperanza.

—A descansar en paz, ciervito. Nunca voy a dejarte ir, y si te vas, me iré contigo.

—¿Me amas demasiado como para irte conmigo a dónde sea que vaya mi alma?

James la miró directo a los ojos

—Eres mi todo, mi más. Eres mi para siempre, Alma Grey.

Ese día descansé en paz.