Sergio
Sergio
No sé si hablar de política en estos momentos sea lo más apropiado porque después de enviar un mensaje personalizado a todas las personas que estuvieron sentadas en la reunión del desastre político más grande de mi vida, no sé si ella quiere retomar sus deberes o si simplemente quiere tantear el terreno, la cosa es que espero con ansias y en gran medida el sexo de reconciliación y esto es un tema delicado.
Mi prometida insiste y reconozco lo que tengo por venir durante la semana próxima: —Tengo un debate y es necesaria la declaración de campaña. Si vamos a hacer algo diferente tipo un concierto o una gala en fechas específicas para que no lo copien ni choquen las agendas. En general, ocupo un plan de campaña.
Sergio sonríe en espera de que le dé la respuesta a todos sus problemas.
—Tú de verdad eres solo la cara de esto—los dos reímos. Le doy varios besos en la mejilla y bajo a su cuello, cerca de su oído le recuerdo que soy un hombre excesivamente ocupado y enamorado y que esos deberes desamor me han mantenido trabajando y mal durmiendo de más.
—Pobre, Sergio, el desatendido.—Se burla y me acaricia el cabello.
Explico que he estado trabajando con urgencia en mejorar la propuesta para la oligarquía, así como todo lo que me han criticado los politólogos, mis compañeros de campaña y sobre todo mi prometida. Ella sonríe con suficiencia y yo le miro a los ojos con cierta diversión.
—Tenemos que dar una entrevista sobre nuestra vida romántica y hoy a las cuatro tengo que ir a tomar el té con la reina de este país.
Sonrío ante el apodo que Isabela le ha puesto a nuestra primera dama, es cierto que
—¿Qué le vas a regalar?
—Una caja con especies, y tés caros, además de unas rosas por parte de mi prometido.—comento.
—¿No quieres ir?
—No tengo nada en común con ellas, no soy esposa, no soy mamá y no me interesa tomar el té porque prefiero el jodido café. Es para enseñarme una casa que no creo estemos interesados en elegir.
La miro sorprendido, en dónde planea que duerma yo de ser presidente, Isabela lo entiende enseguida y explica: —Sergio nos acaban de regalar un terreno precioso, enorme, no sé cuantos metros o kilómetros, en fin. La casa presidencial ha sido la casa Westborn por 180 años, ahí hay polvos viejísimos y gente enterrada. En serio, ¿quieres vivir ahí? —pregunta mi prometida. —Nos están regalando una propiedad en el centro de Mainvillage que es casi una mini ciudad porque a alguien no le funcionó la construcción de torres de apartamentos y tu papá compró tres cuadras para nosotros. Piénsalo. ¿si ganas necesita humillar a los Westborn? —pregunta sorprendida. —Mi amor, seguro nuestro primogénito sale a jugar en el jardín y le parece un cadáver de hace 200 años.
Isabela es una contrincante inigualable porque acaba de usar a ese hijo que sabe que quiero y no hemos tenido a favor y ha sacado el sexo añejo de los Westborn, también los cadáveres y como si fuese poco, lo mucho que
—Como eres exagerada. No es humillar. Es la casa presidencial. Se la queda el que gana.
—La casa presidencial es donde esté el presidente y la oficina presidencial está separada de esa casa. Ten piedad. —Él se ríe y me da unos besos en el cuello, promete pensarse a o largo de la campaña
—Bueno, allá cuando no puedas follar porque el espíritu de la primera dama de Mainvillage te lo está haciendo —Sergio se ríe y yo sonrió al verle tan relajado.
—Yo solo quiero hacerlo con esta primera dama—reconozco y acaricio la pierna desnuda de Isabela.
—Yo puedo arreglar todos tus problemas—le doy un beso y bajo del auto tan pronto como siento que se ha detenido por completo. —Podemos casarnos y en tan solo tres días puedo ponerte un bebé ahí.
—Sergio... No quiero oír estas bromas en casa de mis papás.
Los dos le damos las gracias al chofer, bajamos del auto y mis cuñadas más pequeñas vienen a saludarnos y a su hermana, las mellizas miran el anillo de compromiso. Veo a Alexa que saca del bolsillo de su short una lupa y le pregunta si quiero llevarlo al joyero para estar seguras.
—¿Seguras de qué?—le pregunto.
—Que no sea una baratija —Las dos mocosas ríen incesablemente y Sergio las y lleva de cabeza al interior de la casa.
Mis hermanos están en el jardín enseñándole trucos a Linda, mi papá me ve y se gira para venir a abrazarme, yo me acerco y le abrazo un buen rato. Mi papá me llena de besos la frente y me recuerda que sin importar cuán pesado sea el anillo en mi dedo y cuán intenso sea el esposo que elija, esta siempre será mi casa, él siempre vendrá por mí. Le doy un beso en la mejilla y los dos observamos a Julianne va corriendo con unos bollos ya hechos para poner en una canasta y los dos reímos.
—No te cases con Sergio. —pide mi madrastra y yo sonrío.
—¿Vas a seguir?—le pregunto a la mamastra de mi esposa, ella me ve confundida y añado: —Julianne a veces hay que apretar un poco a quienes sabemos que les sobra. Ya te envié una propuesta nueva y una disculpa por escrito la puedes pegar en la pared.
—Tu mamá me mandó bollos para hornear. Estoy despierta desde las cinco, la odio.
Mis padres están entrando a casa de los Burwish con bandejas de fruta picada, algunas galletas para los nietos y los sobrinos pequeños, también compraron algunas cosas en el supermercado. Los chicos van directo a la cocina a ver qué hay y Olimpia le da un beso a su tía antes de preguntarle en cuál habitación puede ir a terminar de dormir, mis papás le dan una mirada de advertencia y la tía Julianne la acompaña a ponerse cómoda.
—¿A quién odias?
—A ti, por mala mujer —todos reímos.
El tío Sebastian le da un beso en la mejilla a Julianne y le pregunta a mi papá, cómo él el más chineado por su madre, acabó con una mujer que se queja por los bollos de pan solo para calentar, todos reímos ante la ironía y July se frota la cara abrumada
Mi madre se queja porque los envío casi hechos, solo para hornear, porque cuando los envía ya cocidos Julianne enfurece, y todos reímos ante la indignación de ambas. El tío Sebastian me da un beso en la frente
—Sergio, he recibido el correo con las mejoras económicas y tu solicitud de ayuda —anuncia mi padre. — Dirección financiera para mejorar tu plan de campaña —Me aclaro la voz.
—Sí, ¿vas a ayudarme?
Milena interrumpe y mis sobrinos van directo a saludar al abuelo, Paris no sabe si elegir entre mi papá o el perro.
—De quién es eso, Max es alérgico a los perros —se queja Milena y de inmediato sabemos quedes una mentira. —Vine solo por el desayuno de compromiso, ya sabes en el que te vuelves una esclava del amor y le preparas el desayuno.
Todas las miradas se posan, oye Isabela y Mily.
Mi hermana, mi hermana.