XXXIX

Habían pasado cuatro días desde que la Familia Karnstein enviara una carta a Viena solicitando la intervención del Imperio contra la Condesa Sangrienta después de haber escuchado las sórdidas historias relatadas por el Reverendo y los padres de Pola.

Una siniestra carroza recorría los serpentinos senderos que se extendían a lo largo de las montañosas cordilleras de los Cárpatos, jalado por dos caballos que eran constantemente fustigados por el cochero para que apresuraran el paso. El vehículo parecía recorrer las enormes distancias a toda marcha con una premura frenética.

Finalmente, el carruaje se detuvo una oscura tarde de cielo nublado en el centro de la aldea, y los caballos tuvieron un respiro. El carruaje negro crujió cuando una robusta figura emergió de él:

Se trataba de un hombre fornido y alto, de casi dos metros, con una larga barba gris, anteojos redondos oscuros, con sombrero de copa, una capa sobre sus hombros, sumada a una leva negra que le llegaba a las pantorrillas, corbata de la época, chaleco rojo enchapado, pantalones negros y botas, que cargaba un pesado maletín en su mano derecha, y que puso sus pies sobre el lodoso y húmedo suelo balcánico con enigmático silencio.

—Soy Juraj Thurzo —dijo con ronca voz ante la multitud de espectadores que llegaron a recibirlo entre los que estaba el Reverendo y los padres de Pola— Inspector Imperial nombrado por Su Majestad, Matías de Hasburgo, Rey del Reino de Hungría y Emperador del Sacro Imperio Romano Germano, también soy cazavampiros de la Orden de San Jorge de la Santa Iglesia Católica. Me han informado que hay alguien sospechoso de ser vampiro en esta localidad, ¿es eso correcto?

—Así es, Sr. Thurzo —respondió el Reverendo— se trata de la Condesa Elizabeth Bathory…

Thurzo extrajo de entre su maletín (que en su interior contenía viejos libros muy gruesos y apergaminados sobre ocultismo y demonología, cruces, ajos, espejos, y agua bendita) una enorme y afilada estaca de madera y declaró:

—Pues si existe un vampiro en esta región, morirá muy pronto…

—Tengo un regalo para ti. Una fierecilla salvaje que intentó estúpidamente penetrar en el castillo para rescatarte y fue presa.

A la habitación fue traída Astrid, encadenada y resistiéndose violentamente, Bathory se le aproximó y fijo su mirada en los ojos azules de la germana. Ejerciendo un control hipnótico sobrenatural, Bathory sometió y dominó a Astrid quien de inmediato se contuvo.

—Obedecerás todas mis órdenes —le dijo Bathory en perfecto alemán mostrando sus dos afilados colmillos y ojos de demonio a una Astrid que había perdido el dominio sobre sí misma. —Serás sumisa y obediente. Y harás todo lo que yo te diga —dijo Bathory acariciándole los largos cabellos rubios de una Astrid embobada— y ahora también harás todo lo que Saki te diga. Serás sumisa y disciplinada. —Tras lo cual, se giró hacia Saki diciéndole: —Ahora es toda tuya, querida. Leí tu mente y sé que esto es lo que siempre has deseado. Es mi regalo para ti, disfrútalo.

Saki se aproximó a Astrid, la abrazó por la cintura y le estampó un apasionado beso en la boca…

Y las horas pasaron…

El alba comenzaba a observarse en el lejano horizonte…

Una muchedumbre iracunda hizo su llegada desde el pueblo, encabezada por Thurzo. Los pobladores cargaban rastrillos, guadañas, cruces y antorchas ardientes y golpearon los enormes portones metálicos del Castillo Bathory hasta abrirlos de golpe.

La multitud se abrió paso en la plazoleta donde aún languidecía el cadáver de la sirvienta congelada en el cepo. Los campesinos golpearon las puertas del Castillo posesos de una febril ira colectiva producto de la frustración, el dolor, la amargura y la desesperación, clamando justicia por la muerte de cientos de niñas inocentes.

Las furiosas huestes de vampiros servidores de Bathory contraatacaron, pero fueron repelidos por la poca luz solar que se adentraba por la puerta y por los ventanales rotos a pedradas. Los campesinos, con sus guadañas, fueron capaces de decapitar a algunos vampiros y quemar a otros con sus antorchas, aunque Thurzo era el más hábil haciendo uso de una ballesta con proyectiles encendidos que con gran puntería clavaba en el corazón de los vampiros.

—¡Mueran malditas brujas servidoras de Satán! —vociferaba furioso el Reverendo cuando observó a las tres grotescas arpías que fueron sorprendidas introduciendo restos humanos de alguna infortunada niña descuartizada en un enorme caldero burbujeante situado en la habitación donde Bathory tenía un altar satánico y una serie de artefactos para la adivinación y la invocación de espíritus malignos. El indignado párroco las apuntó con su cruz como si fueran demonios. Pero el gesto, lejos de asustarlas o repelerlas las enfureció y los tres esperpentos femeninos se lanzaron contra el cura y lo asesinaron salvajemente…

El posadero Nicolai y los demás campesinos observaron la escena, indignados y tomaron un tonel de aceite que derramaron en la habitación ritual y luego encendieron con una antorcha. El aceite se inflamó consumiendo a las brujas y al cadáver del Reverendo. Las espantosas hechiceras prorrumpieron en horrorosos chillidos de dolor y juraron mil maldiciones terribles, con voces inhumanas.

Los vampiros peones fueron rápidamente refrenados por los pueblerinos, gracias a las experimentadas indicaciones de Thurzo, y se dispersaron.

—¡Auxilio! ¡Ayúdennos! —clamaban desde los calabozos Tony y el Dr. Krass y sus súplicas llegaron a oídos de Thurzo quien, comandando una cuadrilla, llegó hasta el lugar. Allí encontraron a algunas muchachas torturadas todavía vivas, y a Tony y Krass en sus jaulas metálicas.

—¡Libérenos por favor! —suplicó Tony— y les ayudaremos…

Thurzo en persona los liberó a ambos, y giró instrucciones a sus hombres para que soltaran y sacaran del lugar a las jóvenes.

—¡Gracias! —exclamó el Dr. Krass— debemos rescatar también a nuestras amigas…

—Lo harán —indicó Thurzo entregándoles un rastrillo a Tony y una guadaña a Krass así como varias estacas de madera— ataquen a los vampiros en el cuello o en el pecho, ninguna otra herida funciona. Y les advierto que si son mordidos, tendremos que matarlos para que no se conviertan en vampiros.

El caos se difundió a través de todo el Castillo, y un marasmo de horror se apoderó del edificio.

Tony y el Dr. Krass recorrían frenéticamente las habitaciones en la búsqueda de Saki y Astrid, justo en uno de los cuartos, Tony encontró a Carmilla semidesnuda alimentándose furiosamente del cuello de Nicolai el posadero, padre de Pola.

La hermosa joven levantó la mirada cual bestia salvaje, con sangre chorreándole de la boca, rugió como un animal al ver a Tony quien preparó su rastrillo. Entonces, la joven se incorporó y contempló a Tony con una mirada de inocencia, aproximándose con su ropa desgarrada que le descubría el cuello, el hombre y el pecho derecho. Su mirada atravesó la mente de Tony cautivándolo como una cobra, y se le acercó lentamente diciendo:

—¿No te gusto? ¿No me encuentras atractiva?

—Sí… mucho… —dijo Tony con la mente nublada por el deseo y el control, y cuando Carmilla estrechó su voluptuoso cuerpo adolescente con el suyo, Tony se ruborizó.

—¡Hazme tuya! ¡Hazme lo que quieras! ¡Satisface todos tus deseos en mí!

—¡Sí! —exclamó Tony en un susurro ansioso— ¡Te deseo tanto!

Carmilla comenzó a besar el cuello y la zona detrás de las orejas de Tony con una sádica sonrisa, y sus ojos se tornaron vampirescos, al mismo tiempo que dos filosos colmillos brotaban de su boca, y se preparó de inmediato para morder a Tony, pero su boca abierta ávida de sangre, se mantuvo abierta conteniendo un grito de dolor y la sangre lejos de ser sorbida, brotó del interior…

El Dr. Krass se había introducido rápidamente a la habitación y le clavó una estaca en la espalda a Carmilla antes que esta mordiera a su amigo. La joven, enfurecida, escupiendo sangre y presa de temblores epilépticos, se lanzó por la ventana de la habitación desquebrajándola ruidosamente y desplomándose por el barranco hasta caer sobre el agua en el desfiladero.

Tony y el Dr. Krass salieron de la habitación y el ruido del enfrentamiento entre humanos y vampiros retumbaba por todo el edificio.

Ferenc se divertía clavándole una enorme lanza a los desgraciados campesinos que se cruzaban en su camino, en una especie de emulación de sus tiempos de empalador.

Finalmente, Ferenc, cubierto de sangre, se adentró a la habitación de Bathory donde tenían cautiva a Astrid que se encontraba semidesnuda y con mordidas en el cuello.

—He vivido por dos siglos y pocas mujeres he visto con tu espléndida belleza. Me sentiré honrado de beber tu sangre y convertirte en mía…

Astrid —que se encontraba débil— intentó infructíferamente defenderse, pero en pocos segundos sucumbió al control mental de Ferenc.

—¡Déjela en paz! —ordenó Tony enfurecido cuando entró a la habitación y contempló a la germana siendo mordida por Ferenc, y con un torrente de adrenalina, rompió el mango del tridente formando así una larga y afilada estaca de madera. Ferenc se separó de Astrid, sorprendido y encaró a Tony quien, en un frenético ataque, le enterró la improvisada estaca justo en el corazón hasta sacar la punta por el otro extremo de la espalda y clavarlo en la pared.

Ferenc rugió enfurecido y se sacudió epilépticamente, pero finalmente pareció morir, irónicamente, empalado.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó genuinamente consternado, pero Astrid parecía haberse recuperado rápidamente y dijo:

—¡Mi señor Tony! ¡Nunca te había visto tan… valiente! —Astrid se levantó de la cama y le estampó un beso apasionado y Tony se ruborizó…

—¡Ejem! —interrumpió el Dr. Krass aclarándose la garganta— lamento interrumpir pero…

—¡Es verdad! —reaccionó Astrid— ¡Saki Takamura se encuentra en la Cripta Familiar con Bathory!

Astrid retomó su espada que había sido colgada como una decoración más de la habitación y sonrió como si fuera el reencuentro de un viejo amigo.

Los crononautas salieron de la habitación y fueron súbitamente atacados por el siniestro mayordomo Thorko que enarbolaba un hacha. El filo de la misma hirió levemente el brazo derecho de Tony, pero Astrid reaccionó con sus instintos guerreros e insertó su espada en el estómago del mayordomo, asesinándolo de inmediato.