XL

Antaño, muchas generaciones de la Familia Bathory, enterraron a sus muertos en una enorme cripta de piedra del tamaño de una casa mediana, localizada en un costado del pedregoso cementerio bicentenario. En su interior, Bathory se encontraba al lado de Saki, ésta última con una cadena alrededor de su cuello sostenida por su ama vampira, iluminados pobremente por antorchas.

—¡No te preocupes, cariño! —le decía Bathory— empezaremos de nuevo, en una nueva vida, en algún otro lado. Nos ocultaremos en un refugio secreto que inventó mi padre hace muchos años. Nunca nos encontrarán y cuando las cosas se hayan calmado, viajaremos a un nuevo mundo en alguna lejana región donde los puercos inmundos plebeyos no se rebelen tan fácilmente, y tú serás mi esclava por siempre…

—Si, ama —respondió Saki con ojos y colmillos de vampira.

Bathory movió el brazo de una estatua de un ángel ubicada en una de las tumbas de la cripta, y una de las paredes comenzó a desplazarse hacia la derecha con un sonido pedregoso, mostrando el interior de una tumba fría y lóbrega con un ataúd negro con fondo rojo rodeado de tres velas apagadas.

El inspector Thurzo, acompañado de los tres crononautas restantes, irrumpieron en la cripta iluminándola con sus antorchas, cada uno armado.

—Tu maldad ha llegado a su fin, Bathory —escupió Thurzo apuntándole con su ballesta.

—¡Mátalos esclava te lo ordeno! —le ordenó Bathory a Saki, y esta reaccionó de inmediato con un rugido inhumano y se lanzó contra sus compañeros. Thurzo apuntó con su ballesta, pero Astrid le impidió disparar bajándole los brazos.

—¡No la lastime!

—Ella ya no es su amiga. Ahora está poseída por un demonio… —argumentó Thurzo, pero los crononautas lo ignoraron.

—¡Saki! —dijo Tony encarándola— ¡Somos nosotros, tus amigos! ¡Reacciona! ¡No quieres lastimarnos!

—¡No lo escuches! ¡Obedece! —le decía Bathory intentando incrementar su dominio telepático.

—¡Saki Takamura! —le dijo Astrid— ¡Escúchame! ¡Soy tu amiga Astrid! ¡Libera tu mente de ese demonio!

—Eh… sí, vamos Srta. Takamura —animó tímidamente el Dr. Krass— usted es una mujer inteligente, libérese de esa influencia telepática… ¡Sea racional!

Gradualmente, Saki comenzó a titubear, como si la bestia que la había poseído se fuera refrenando y, como impactada por una profunda neuralgia, Saki se frotó el rostro con una mueca de malestar, chilló con dolor, y finalmente cayó casi desmayada a los pies de Tony, quien la levantó con un robusto abrazo.

—¡Ni siquiera ustedes podrán matarme malditos! —amenazó Bathory.

—No te mataré, perra del infierno —anunció Thurzo— sería demasiado rápido. Te dejaremos encerrada en esta catacumba por toda la eternidad para que sufras un destino realmente peor que la muerte. Una vida inmortal sin luz, sin placeres, sin… sangre…

—¡NO! —gritó Bathory justo cuando Thurzo accionó el mecanismo en el brazo del ángel que cerró la compuerta de la catacumba, y luego, con su guadaña, destrozó la estatua para que fuera imposible volverla a abrir.

—La pesadilla ha terminado —declaró el Dr. Krass suspirando.

—Aún falta un vampiro por asesinar —dijo Thurzo contemplando a Saki.

—No permitiremos que mate a nuestra amiga, Thurzo —amenazó Tony abrazando más fuertemente a Saki y Astrid le apuntó con la espada.

—No puedo permitir que un vampiro quede vivo. Ella no podrá controlar su vampirismo, se volverá contra ustedes y los transformará en vampiros y dispersará la infección…

—Nos iremos lejos —dijo el Dr. Krass— muy, muy lejos. Nunca nos volverá a ver.

Thurzo pareció meditar el asunto largo rato. Finalmente dijo:

—Eso espero. Alertaré a las autoridades para que los busquen en cinco días. Les sugiero que estén lo más lejos posible para entonces.

—Descuide, estaremos a mucha distancia —declaró Tony abrazando a la consternada Saki.

—De acuerdo. No tengo tiempo que perder, debo ir a eliminar un brote de muertos vivientes en Rusia. Con su permiso…

Dos días pasaron desde que el terror de Elizabeth Bathory había sido detenido. Los aldeanos habían realizado los funerales de rigor, y llorado a sus seres queridos. Todos respiraban más tranquilos, aunque para inquietud de algunos nunca se encontraron los cuerpos de Ferenc ni de Carmilla.

Los crononautas continuaban hospedándose en la posada del difunto Nicolai, bien atendidos por Pola, ya que querían descansar un poco debido a lo estresante de su reciente aventura antes de un nuevo salto a una era inesperada.

—Desde que me alejé de Bathory y otros vampiros me siento cada vez mejor, supongo que el cambio total de humano a vampiro sólo se da si uno muere o entra en una especie de coma… o eso espero…

—Tendré cuidado si me ves el cuello con cara de hambre.

—¡Gracioso!

Ambos rieron.

—Astrid fue buena en perdonarme por lo que le hice siendo vampira.

—No hiciste nada demasiado grave y ella entiende que no tenías control de ti misma. Ni ella tampoco.

Cuando comenzó el crepúsculo, los crononautas decidieron partir, así que llegaron a la profundidad del bosque donde había quedado la Esfera que estaba recubierta de hojas secas. Una niebla comenzaba a brotar en la espesura y los lobos prorrumpían los primeros aullidos.

—Me quería despedir de ustedes —dijo la voz de Pola a espaldas de los crononautas que ya habían abierto la compuerta de entrada a la Esfera. La joven niña de doce años los observó lacónicamente, vestía su traje de campesina centroeuropea con una capa roja sobre sus hombros y cabeza.

—Eh… gracias Pola —dijo Saki— nos alegra que Bathory no te matara.

—No hubiera podido matarme —adujo Pola siniestramente— no tenía objetos de plata…

La luna llena finalmente emergió de entre las brumosas nubes negras y una espantosa metamorfosis comenzó a gestarse en el cuerpo de Pola ante los aterrados crononautas. Su esqueleto se retorció horriblemente mientras gruesos cabellos brotaban de cada poro de su piel y su rostro se desfiguraba en una mueca macabra, con un hocico alargado plagado de colmillos y orejas puntiagudas. En pocos segundos la niña se hubo transmutado en un horrendo híbrido de humano y lobo que profirió un escalofriante aullido.

Los crononautas no se quedaron a analizar aquel fenómeno y a toda prisa se introdujeron en la Esfera ordenándole a Prometeo saltar. La Esfera produjo un destello azulado y desapareció provocando un remolino de hojas secas.

Lugar desconocido, año 4332 D.C.

La Esfera se rematerializó en una extensa zona boscosa contigua a una playa solitaria y desolada. Miles de enormes búfalos recorrían unas praderas aledañas y podía escucharse el canto de pajarillos y no muy lejos el de gaviotas cerca de la costa.

-Según Prometeo nos encontramos en el futuro lejano –explicó Saki viendo la fecha.

-Yo hubiera esperado autos flotantes y naves espaciales –adujo Tony mirando hacia el horizonte. No muy lejos de ellos se podía observar algunos restos de osamentas humanas- pero parece que llegamos a la tierra sin humanos.